Manos de artista Capítulo 19 Lo que queda entre nosotros
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Capítulo 19 Lo que queda entre nosotros

Ámsterdam. Viernes, 10 de diciembre de 1943. Ocho de la tarde.

Daan llevaba dieciocho días sin verla. Los había contado.

No quería admitirlo, pero los había contado.

Dieciocho días desde la Euterpestraat. Dieciocho días desde que Elise había sostenido su mano destrozada delante de Brandt y fingido examinarla como si él no significara nada.

Desde entonces había aprendido varias cosas.

A escribir con la derecha. A vestirse utilizando una sola mano.

A cortar pan sujetándolo contra el borde de la mesa.

A no despertarse cada noche cuando soñaba con el sonido de sus propios dedos al romperse. Lo que no había aprendido era a dejar de pensar en ella.

—Cinco minutos —dijo Margot.

Daan levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Tienes cinco minutos.

—La última vez empezamos con tres.

Margot lo miró.

—Y mira cómo terminaste.

Daan sonrió. Estaban en la trastienda de una pequeña encuadernación cerrada desde el comienzo de la ocupación. El propietario había huido a Inglaterra y Henk conservaba una llave. Una mesa. Dos sillas. Cajas vacías. Olor a cola seca y cuero. Nada más.

—Brandt sigue vigilándola —dijo Margot—. No todos los días, pero los suficientes.

—Entonces no debería venir.

—Eso le he dicho.

—¿Y?

Margot levantó una ceja.

—¿Has conocido a Elise?

La puerta trasera sonó. Daan dejó de respirar. Margot lo vio.

—Qué patético.

—Cállate.

—Con mucho gusto.

Abrió. Elise entró. Abrigo oscuro. Cabello recogido.

Sin uniforme. Daan no la había visto nunca sin él.

Ese detalle lo desconcertó más de lo que esperaba.

Elise cerró la puerta. Miró primero a Margot.

Después a Daan. La mirada bajó inmediatamente hacia su mano izquierda.

Ya no llevaba una gran venda. Tres dedos permanecían sujetos mediante férulas pequeñas.

—Estás mejor —dijo.

Daan miró la mano.

—Depende de con qué me compares.

Margot caminó hacia la puerta.

—Diez minutos.

Elise la miró.

—Dijiste cinco.

—He cambiado de opinión.

—Margot…

—Si no salís en diez, volveré y os insultaré a los dos.

Salió. La puerta se cerró. Daan y Elise quedaron frente a frente. Tantas cosas habían ocurrido desde el puente que ninguno sabía por dónde empezar. Fue Daan.

—El documento pasó el control.

Elise sonrió. Una sonrisa pequeña. Cansada.

—Me llegó el mensaje.

—Era una buena falsificación.

—Era mediocre.

—Me salvó la vida.

—Eso no mejora la firma.

—Eres insoportable.

—Tú entraste en el SD vestido de trabajador municipal.

—Obras municipales.

—Eso lo empeora.

Daan rio. El movimiento todavía le molestaba en las costillas. Hizo una mueca. Elise dio un paso hacia él.

—¿Siguen doliendo?

—Menos.

—¿Y la mano?

La pregunta cambió el tono. Daan la levantó.

—Pieter dice que es pronto.

Elise observó los dedos.

—¿Puedes moverlos?

—El índice y el pulgar.

Los hizo rozarse.

—Los otros…

No terminó. Elise bajó la mirada.

—Lo siento.

Daan sabía qué quería decir. No solo la mano. Todo.

—No.

Elise levantó los ojos.

—¿No qué?

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertir cada cosa que hicieron en algo que hiciste tú.

Elise se tensó.

—Trabajo para ellos.

—Sí.

—He trabajado para ellos durante años.

—Sí.

—He identificado documentos.

—Lo sé.

—Personas fueron detenidas por mis informes.

Daan guardó silencio. Elise continuó:

—No sé cuántas.

—Me dijiste trescientos cuarenta y siete documentos.

—Documentos.

Su voz se quebró muy poco.

—Nunca conté a las personas.

Daan no respondió.

—¿Sabes por qué?

Negó con la cabeza.

—Porque si contaba documentos podía dormir.

Elise miró hacia las cajas apiladas.

—Un papel no tiene hijos. No tiene madre. No tiene miedo.

—Una persona sí.

Daan escuchó. No intentó consolarla. Elise agradeció que no lo hiciera.

—La casa donde vivo pertenecía a una familia judía —dijo.

Daan levantó ligeramente la cabeza.

—Los De Wit.

Era la primera vez que pronunciaba el apellido en voz alta delante de él.

—Padre. Madre. Dos niños.

—¿Dónde están?

Elise negó lentamente.

—No lo sé.

Daan entendió.

—¿Y sigues viviendo allí?

El golpe llegó. Elise lo aceptó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Al principio porque me la asignaron.

—Eso explica el principio.

—Después porque fui cobarde.

Daan la observó.

—Podría inventarme algo más elegante.

Elise sonrió sin humor.

—No lo haré.

Daan se apoyó contra la mesa.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque si vas a pensar en mí…

Se detuvo. La frase había ido demasiado lejos. Daan esperó. Elise corrigió:

—Si vas a arriesgarte confiando en mí, tienes derecho a saber quién soy.

—No sé quién eres.

—Precisamente.

Daan miró la mano izquierda.

—Yo tampoco sé quién soy últimamente.

Elise frunció el ceño.

—¿Por la mano?

—En parte.

Tomó un lápiz que había sobre la mesa. Con la derecha escribió en un trozo de papel. Lentamente.

DAAN.

La letra era torpe. Elise la observó.

—Puedes escribir.

—Como un niño de seis años.

—Un niño de seis años muy obstinado.

—Eso sí.

Debajo escribió:

ELISE.

Las letras salieron mejor. Elise lo vio. Daan también.

—Eso es irritante —dijo él.

—¿Qué?

—Tu nombre me sale mejor que el mío.

Elise sonrió. No respondió. Daan dejó el lápiz. Los dos nombres quedaron juntos.

DAAN

ELISE

Aquello parecía demasiado íntimo. Elise giró el papel.

—Mejor.

Daan rio. Después quedaron en silencio. Más cerca que antes. No mucho. Un paso. Daan podía oler el frío en su abrigo. Elise miró la cicatriz junto a su ceja. El ojo ya estaba casi recuperado. Después miró los labios. Apartó la mirada.

—Brandt sospecha de mí.

Daan volvió a la realidad.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para seguirme.

—Entonces esto ha sido una estupidez.

—Sí.

—Podrían haberte seguido.

—Margot se aseguró de que no.

—Eso no significa…

—Daan.

Él calló.

—Necesitaba verte.

La frase quedó entre ellos. Simple. Sin defensa. Daan sintió que el mundo se hacía muy pequeño.

—¿Por qué?

Elise sonrió con tristeza.

—No hagas preguntas difíciles cuando ya conoces la respuesta.

Daan no estaba seguro de conocerla. O quizá sí. Dio un paso. Elise no retrocedió.

—No puedo decirte que lo que hiciste antes no importa.

—Lo sé.

—No puedo convertirte en otra persona porque me gustes.

Primera vez. La palabra. Gustes. Elise bajó los ojos.

—Lo sé.

—Y tampoco puedo fingir que no me importa lo que estás haciendo ahora.

Ella volvió a mirarlo.

—Entonces no finjas.

Daan levantó la mano derecha. Se detuvo antes de tocarla. Elise recorrió la distancia. Apoyó la mejilla contra su palma. Daan cerró los ojos. No fue un beso. Todavía no. Fue algo más extraño. Más vulnerable. Una confianza que ninguno tenía derecho a sentir.

Elise mantuvo el rostro contra su mano.

—¿Tienes miedo? —preguntó Daan.

—Muchísimo.

—Yo también.

—Bien.

Daan sonrió.

—Margot diría que es una respuesta horrible.

—Margot dice demasiadas cosas.

Se abrió la puerta.

—Y Margot oye demasiadas cosas.

Ambos se separaron. Margot entró.

—Diez minutos.

Daan la miró.

—Has contado mal.

—No.

—Han sido ocho.

—He decidido salvaros de vosotros mismos.

Elise se puso el abrigo correctamente. El momento había terminado. Margot abrió la puerta.

—Nos vamos.

Elise miró a Daan.

—No sé cuándo podré volver.

—No vuelvas si es peligroso.

—Siempre es peligroso.

—Sabes lo que quiero decir.

Elise asintió. Llegó a la puerta. Daan habló.

—Elise.

Se volvió. Él señaló el papel sobre la mesa. Los nombres estaban boca abajo.

—La próxima vez, mi letra será mejor.

Elise sonrió.

—Eso espero.

Salió. Margot detrás. Daan se quedó solo. Giró el papel. Los dos nombres seguían allí, uno debajo del otro. Lo dobló una vez y lo guardó en el bolsillo.