Capítulo 18 La decisión
Ámsterdam. Casa segura. Viernes, 3 de diciembre de 1943. Nueve de la noche.
Bram entró sin quitarse el abrigo. Henk estaba sentado junto a la estufa.
Pieter leía. Daan dormía en la habitación contigua después de que Pieter lo obligara a tomar algo para el dolor.
Joop había reaparecido aquella tarde. Tres días desaparecido.
Sin explicación. Estaba junto a una ventana cubierta, fumando.
Aquello solo consiguió empeorar el humor de Bram.
—Tenemos que hablar.
Henk levantó la vista.
—Habla.
Bram miró a Joop.
—A solas.
Joop sonrió.
—Qué considerado.
—Fuera.
Henk sostuvo la mirada de Bram. Después miró a Joop.
—Da una vuelta.
Joop no se movió.
—Hace frío.
—Abrígate.
La sonrisa desapareció. Joop apagó el cigarrillo.
—Interesante.
Cogió el abrigo. Antes de salir miró a Bram.
—Espero no ser el tema.
—Entonces tendrás una agradable sorpresa.
Joop salió. Henk esperó. Cinco segundos. Después diez.
—Ahora.
Bram se acercó a la mesa.
—El ferroviario está vivo.
Pieter cerró el libro.
—¿Pierna?
—Fractura. Sobrevive.
—Bien.
—Ya lo han interrogado.
Henk dejó la pipa.
—¿Alemanes?
—Dos hombres.
—¿Habló?
—Dice que no.
—¿Le crees?
—Sí.
Henk asintió.
—¿Y qué más?
Bram miró hacia la habitación donde dormía Daan.
—Dijo un nombre.
Henk supo antes de oírlo. Se notó. Eso enfureció todavía más a Bram.
—Elise.
Pieter miró a Henk.
—¿Quién?
Bram soltó una risa seca.
—Pregunta al profesor. Parece que aquí todo el mundo sabe cosas menos yo.
Henk se quitó las gafas. Las limpió.
—Baja la voz.
—¿Quién es?
—Sabes quién es.
—Quiero oírlo.
Henk volvió a ponerse las gafas.
—Elise Müller.
Pieter se quedó inmóvil.
—La analista del SD.
—Sí.
Bram golpeó la mesa con la palma. La taza de Henk saltó.
—¿Desde cuándo?
—Desde el archivo.
—¿Desde el archivo qué?
—Ella ayudó a Daan.
—Eso lo sé.
—Más de una vez.
Bram miró hacia la habitación.
—¿Y él?
Henk no respondió.
—¿Qué siente él?
—Eso tendrás que preguntárselo.
—No necesito preguntarlo. Ha dicho su nombre mientras lo perseguían soldados.
Pieter intervino.
—Eso no significa…
—Significa bastante.
Bram caminó por la habitación.
—Una mujer del SD.
—Sí.
—La mejor analista de Brandt.
—Sí.
—Sabe quién es Daan.
—Sí.
—Sabe que falsifica documentos.
—Sí.
—Sabe que trabajamos con él.
—No sabe quiénes somos todos.
Bram soltó una carcajada.
—Fantástico. Entonces estamos solo medio muertos.
Pieter se levantó.
—Bram.
—No.
Se giró hacia Henk.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no necesitabas saberlo.
—¿No necesitaba saber que la mujer que puede mandarnos a un sótano está protegiendo al hombre que organiza nuestras operaciones?
—Exactamente.
Bram lo miró como si no hubiera entendido. Henk continuó:
—Cuantas menos personas supieran del contacto, mejor para ella y mejor para nosotros.
—¿Contacto?
—No es parte de la célula.
—Pero nos pasa información.
Henk no respondió. Bram entendió.
—Dios.
Miró a Pieter.
—¿Lo sabías?
—No.
Bram volvió a Henk.
—Horarios.
—Leiden.
—Parte de la confirmación vino de ella.
Bram golpeó la mesa otra vez.
—¿Estáis locos?
—La información era correcta.
—Había civiles.
—Ella nunca dijo que no los hubiera.
Bram se detuvo. Joop. La otra fuente.
—Joop sí.
Henk asintió. Muy lentamente.
—Joop sí.
El enfado de Bram cambió de dirección.
—¿Dónde ha estado tres días?
—Dice que al norte.
—¿Haciendo qué?
—Contactos.
—Claro.
Pieter caminó hasta la puerta. Comprobó que estaba cerrada.
—Tenemos dos problemas.
Bram lo miró.
—Tenemos veinte.
—Dos inmediatos.
Pieter levantó un dedo.
—Joop.
Otro.
—Müller.
—No pongas a ambos al mismo nivel —dijo Henk.
—¿Por qué no?
—Porque uno de ellos ha arriesgado la vida para sacar a Daan del SD.
Bram se detuvo.
—Ella puede haberlo hecho para que la conduzca hasta nosotros.
Henk negó con la cabeza.
—Si Brandt hubiera querido seguirlo, no habría necesitado romperle la mano.
—No sabes cómo piensa Brandt.
—Tú tampoco.
—Entonces no podemos confiar.
—No he dicho que confiemos.
Bram lo miró. Henk se inclinó sobre la mesa.
—No confundas utilizar una información con confiar en quien la proporciona.
Pieter asintió.
—Eso sí.
Bram caminó hasta la estufa.
—¿Daan confía en ella?
Nadie respondió. Eso era una respuesta.
—Perfecto.
Se pasó una mano por el rostro.
—Entonces Daan es una vulnerabilidad.
Desde la habitación llegó una voz.
—Daan está despierto.
Todos se giraron. Daan estaba en el umbral. Camisa. Pantalones. Sin zapatos. La mano izquierda apoyada contra el pecho. Parecía agotado.
—¿Cuánto has oído? —preguntó Henk.
—Lo suficiente.
Bram lo miró.
—¿Es verdad?
Daan entró.
—¿Qué parte?
—No me hagas esto.
Daan se sentó. Pieter iba a protestar. Daan levantó una mano.
—Estoy sentado. Sé hacerlo.
Bram apoyó ambas palmas sobre la mesa.
—¿Estás enamorado de ella?
La pregunta cayó de forma tan directa que hasta Henk apartó la mirada. Daan no respondió enseguida. No porque no supiera. Porque todavía no quería llamar así a aquello. Puente. Archivo. Tres minutos. Su firma falsificada. La mano de Elise sosteniendo la suya delante de Brandt. Nueve minutos.
—No lo sé.
Bram soltó una risa.
—Mentira.
—No.
—Dijiste su nombre en Leiden.
Daan levantó la mirada.
—¿Quién te lo ha dicho?
—El ferroviario.
—Fuiste a verlo.
—Sí.
Daan cerró los ojos.
—Bram…
—Está vivo.
Daan volvió a abrirlos.
—¿Seguro?
—Sí.
Algo parecido al alivio cruzó su rostro. Bram lo vio. Eso lo enfadó menos de lo que esperaba.
—No cambies de tema.
Daan respiró.
—No sé qué siento.
—Eso es una estupidez.
—Probablemente.
—Es del SD.
—Lo sé.
—Ha enviado personas a prisión.
Daan guardó silencio.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—¿Y no te importa?
Daan levantó la voz por primera vez.
—Claro que me importa.
Todos callaron. Daan miró a Bram.
—Ese es precisamente el problema.
Se levantó.
—Si fuera inocente sería fácil.
—No lo es.
—Lo sé.
—Si fuera una de nosotros…
—No lo es.
—Entonces ¿qué demonios estás haciendo?
Daan apoyó la mano derecha en la mesa.
—Intentando no mentirme.
Bram lo observó.
—Me salvó.
—Eso no borra nada.
—Nunca he dicho que lo haga.
—Arriesgó su vida por ti.
—Sí.
—¿Por qué?
Daan bajó la mirada.
—No se lo he preguntado.
Bram rio.
—Pues quizá deberías.
—No puedo verla.
—Mejor.
Daan levantó los ojos.
—No vuelvas a decir eso.
La habitación se endureció. Bram dio un paso.
—¿Qué?
—No hables de ella como si no fuera una persona.
—Es una mujer del SD.
—Y tú eres un saboteador.
—No compares.
—No estoy comparando.
Daan respiró. Intentó bajar la voz.
—Estoy diciendo que las palabras que usamos para alguien nunca cuentan toda la historia.
—Eso suena bonito.
—No pretendía sonar bonito.
—Pues suena peligroso.
Daan asintió.
—También.
Henk intervino.
—Basta.
Nadie respondió. Henk se levantó.
—No decidiremos si Müller es buena o mala.
Bram lo miró con incredulidad.
—¿Entonces qué decidimos?
—Qué riesgo representa.
Aquello cambió la conversación. Henk se inclinó sobre la mesa.
—No necesitamos decidir qué clase de persona es Müller. Solo qué puede saber.
Bram se cruzó de brazos.
—¿Y qué puede saber?
—Lo imprescindible. Margot seguirá siendo el único contacto. Nada de direcciones, nombres ni planes completos. Si una información suya no puede comprobarse por otra vía, no la usamos.
Daan asintió. Era prudencia, no confianza.
—¿Y si da algo falso? —preguntó Bram.
—Se corta el contacto —respondió Daan.
Henk asintió.
—Eso. Nada más.
Bram no parecía satisfecho, pero no discutió. Henk guardó el papel.
—Ahora Joop.
Todos miraron la puerta. Daan sintió algo distinto. Con Elise había dudas morales. Con Joop empezaba a haber datos.
—No le contamos información sensible durante unos días —dijo Henk—. Solo lo imprescindible.
Bram asintió.
—Eso me sirve.
—No montaremos una cacería —añadió Henk—. Si se ha equivocado, lo sabremos. Si nos ha vendido, también terminará cometiendo otro error.
Daan miró hacia la puerta.
—Y entonces tendremos una prueba.
Se abrió la puerta exterior. Todos callaron. Un golpe. La contraseña. Joop. Henk guardó el mapa. Bram se apartó de la mesa. Daan regresó hacia la habitación como si continuara enfermo. Joop entró. Se quitó el abrigo.
—¿Me habéis echado de menos?
Bram respondió:
—Muchísimo.
Joop lo miró. No detectó nada. O eso pareció. Henk volvió a sentarse.
—Tenemos trabajo.
Joop encendió un cigarrillo.
—Por fin.
Daan lo observó desde el umbral. No con odio. Todavía no. Con atención. La misma con la que Elise miraba un documento. No buscar lo evidente. Buscar el milímetro. La presión equivocada. El detalle que no pertenecía al resto.
Joop expulsó humo. Daan no apartó la mirada.
—¿Qué? —preguntó Joop.
—En Leiden dijiste que no habría civiles.
La mano de Joop se detuvo a mitad de camino hacia la boca.
—Dije que no debía haberlos.
—Primero dijiste que no habría.
Joop miró a Henk, después a Bram y finalmente a Daan.
—¿Me estás acusando de algo?
Daan sostuvo su mirada.
—Todavía no.
Joop sonrió, pero esta vez la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Entonces avísame cuando lo hagas.
Apagó el cigarrillo con más fuerza de la necesaria y se volvió hacia la mesa. Henk no dijo nada. Bram tampoco. Ya no hacía falta: la duda había dejado de pertenecer solo a Daan.