Capítulo 17 El testigo
Leiden. Hospital. Viernes, 3 de diciembre de 1943. Seis de la tarde.
Bram odiaba los hospitales. No por la sangre.
Había visto demasiada para que la sangre significara ya gran cosa.
Odiaba el olor. Desinfectante. Ropa húmeda.
Sudor. Ese aroma limpio que pretendía convencerte de que allí dentro la gente se curaba cuando en realidad muchos solo iban a morir entre sábanas blancas.
Caminó por el pasillo con una gorra oscura y un abrigo que le quedaba demasiado grande.
Pieter había conseguido el nombre. Willem van Dijk. Veinticuatro años. Ferroviario. Fractura de tibia. Herida profunda en la frente. Contusiones. Pronóstico favorable. Había sido uno de los hombres de la locomotora. Uno de los que no debían estar allí.
Joop había dicho que no habría civiles. Después había corregido:
No debería.
Bram llevaba horas pensando en aquellas dos palabras. Llegó a la habitación. Dos camas. La primera vacía. En la segunda, Willem tenía la pierna elevada y envuelta en vendas. Estaba despierto. Miró a Bram con desconfianza.
—¿Familia?
Bram cerró la puerta.
—No.
Willem tensó los hombros.
—Entonces ¿quién eres?
—El hombre que viene a hacerte una pregunta y después se marcha.
—¿Policía?
—¿Tengo cara de policía?
Willem lo examinó. La cicatriz del cuello. El abrigo viejo. Las manos.
—No.
—Gracias.
Bram acercó una silla. No se sentó.
—Esta madrugada estabas en el tren de Leiden.
El rostro de Willem cambió.
—No sé nada.
—Eso está bien.
—No vi quién puso la bomba.
—Mejor.
—No vi caras.
—Excelente.
Willem frunció el ceño.
—Entonces ¿qué quieres?
Bram bajó la voz.
—Saber qué viste después.
El ferroviario guardó silencio. En el pasillo pasó una enfermera. Bram esperó. Los pasos se alejaron.
—Dos hombres me sacaron —dijo Willem.
Eso sorprendió a Bram. Él sabía que habían sido Daan y él quienes lo sacaron, pero desde dentro de la locomotora, entre humo, sangre y miedo, Willem no podía distinguir exactamente quién había hecho qué.
—¿Puedes describirlos?
—No.
—Inténtalo.
—Uno era más joven.
Bram casi sonrió.
—Eso ayuda mucho.
—El otro tenía una mano vendada.
La sonrisa desapareció.
—¿Cuál?
Willem pensó.
—La izquierda.
Bram sintió una presión en el pecho. Daan.
—¿Cara?
—Oscura. Pelo oscuro. Un ojo hinchado.
Demasiado.
—¿Lo vio alguien más?
—Mi compañero.
—¿Los alemanes?
Willem negó con la cabeza.
—No sé.
Bram acercó la silla y esta vez se sentó.
—Escúchame.
Willem lo miró.
—El hombre de la mano vendada te salvó la vida.
—Lo sé.
—Si alguien pregunta, no existió.
—¿Entendido?
Willem apretó los labios.
—Me sacó de allí.
—Precisamente.
—Pudo dejarme.
—Sí.
—Y volvió.
Bram no respondió. Willem miró la pierna inmovilizada.
—Los alemanes ya vinieron.
Bram sintió frío.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Quién?
—Dos hombres.
—¿Uniforme?
—Uno.
—¿SD?
—No sé.
Bram se inclinó.
—¿Qué les dijiste?
—Que hubo una explosión. Que me quedé atrapado. Que no vi nada.
—¿Y al hombre?
Willem levantó los ojos.
—No les dije nada.
Bram lo estudió.
—¿Por qué?
Willem parecía sinceramente confundido por la pregunta.
—Porque me salvó.
Bram apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Los hombres hacen cosas raras cuando tienen miedo.
—Él también tenía miedo.
—Sí.
—Pero volvió.
Aquella frase se quedó en Bram. Pensó en Daan saliendo de la oscuridad. En la Euterpestraat. En tres dedos rotos. En la manera enfermiza que tenía de caminar hacia los problemas justo cuando cualquier hombre sensato correría en dirección contraria.
—Es idiota —dijo Bram.
Willem frunció el ceño.
—¿Lo conoces?
Bram levantó la mirada. Error. Pequeño.
—No.
—Has dicho…
—He dicho que quien vuelve hacia un tren custodiado por alemanes es idiota.
Willem pareció aceptarlo. Bram se levantó.
—Si vuelven a preguntar…
—No vi nada.
—Ni mano.
—Ni mano.
—Ni cara.
—Ni cara.
—Ni a mí.
Willem lo miró.
—A ti no te he visto nunca.
Bram asintió.
—Te recuperarás.
—Eso dice el médico.
—Hazle caso.
Llegó a la puerta. Puso la mano en el pomo.
—Espera.
Bram cerró los ojos. Siempre ocurría. La pregunta final. La cosa que nadie decía hasta que pensaba que ya te ibas. Se giró.
—¿Qué?
Willem lo miraba con una expresión extraña.
—El hombre de la mano.
—¿Qué pasa con él?
—Dijo algo.
Bram sintió que cada músculo de su cuerpo se tensaba.
—¿Qué?
—Cuando me sacaban.
—¿A quién?
—No sé.
Willem intentó recordar.
—Estaba medio inconsciente. Me dolía la pierna. Había disparos.
Bram esperó.
—Él… hablaba.
—¿Qué dijo?
—Primero me decía que aguantara.
Bram asintió.
—«Aguanta. Ya casi.»
Eso sonaba a Daan.
—¿Algo más?
Willem tardó.
—Un nombre.
Bram no respiró.
—¿Cuál?
—No sé si era una persona.
—¿Qué nombre?
Willem miró hacia la ventana. Después a Bram.
—Elise.
—¿Seguro?
—Sí.
Bram sintió una punzada bajo la cicatriz del cuello.
—¿Lo dijo una vez?
—Dos.
—¿Cómo?
Willem no entendió.
—¿Cómo qué?
—¿Gritando? ¿Llamando a alguien?
—No.
El ferroviario cerró los ojos un instante.
—Como si se le hubiera escapado.
Bram no habló.
—La segunda vez casi no se oyó.
Willem volvió a mirarlo.
—¿Quién es Elise?
Bram se levantó.
—Nadie.
—Entonces la conoces.
—No.
—Estás mintiendo.
Bram abrió la puerta.
—Descansa, Willem.
—¿El hombre está bien?
Bram se detuvo. Pensó en Daan. En las férulas. En la mano que quizá nunca volvería a grabar. En Elise Müller entrando y saliendo del edificio del SD mientras Brandt la vigilaba.
—No —dijo.
Willem bajó la mirada. Bram añadió:
—Pero está vivo.
Salió. El aire de Leiden le golpeó la cara.
Bram caminó deprisa. No hacia la estación.
Primero dos calles. Después un puente. Luego una taberna donde pidió una cerveza que no bebió.
Esperó quince minutos. Salió por detrás.
Solo entonces fue hacia el punto donde Henk había preparado la bicicleta.
Mientras pedaleaba pensó en una sola palabra.
Elise. No era un nombre desconocido. Lo había escuchado. No directamente de Daan. De Henk.
De Margot. Fragmentos. La analista. La mujer de los documentos. La alemana. La que había ayudado a sacarlo del SD. Nunca habían hablado de ella abiertamente. Eso era deliberado. Ahora Daan había pronunciado su nombre cuando creía que iba a morir junto a una vía. Dos veces.
Bram pedaleó más fuerte. Pensó en Kees. Su hermano. En el muro. En el hombre que había dado su nombre. En las personas que se habían acercado sonriendo antes de destruir una vida. Daan podía confiar en aquella mujer. Eso no significaba que Bram tuviera que hacerlo. Al contrario.