Manos de artista Capítulo 16 El puente de Leiden
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Capítulo 16 El puente de Leiden

Al norte de Leiden. Viernes, 3 de diciembre de 1943. Dos de la madrugada.

El frío endurecía la tierra. Daan estaba tumbado detrás de un terraplén, con unos prismáticos en la mano derecha y la izquierda escondida bajo el abrigo.

A veinte metros, Bram terminaba de revisar el cable.

No habían colocado tres kilos de explosivo debajo de un tren.

Habían colocado la carga en uno de los apoyos laterales del pequeño puente ferroviario.

La intención era sencilla. O parecía sencilla cuando se dibujaba sobre una mesa.

Esperar. Confirmar el convoy. Hacer volar el tramo antes de que llegara. Obligar a frenar. Interrumpir la línea. Marcharse. En una guerra, las cosas más peligrosas solían empezar con planes sencillos.

Henk estaba a un kilómetro al norte con las bicicletas. Otro hombre vigilaba el camino. Joop no había venido. Daan lo agradecía.

—¿Hora? —susurró Bram.

Daan consultó el reloj.

—Las dos y diez.

—Llega tarde.

—Cinco minutos no es tarde.

—Para un alemán, sí.

Daan sonrió.

—Margot diría que eso es racismo.

Bram no respondió. Estaba nervioso. Se notaba porque hablaba menos de lo habitual, hazaña considerable.

Daan volvió los prismáticos hacia la vía.

Nada. La luna apenas iluminaba los raíles.

Habían retirado previamente una señal secundaria y colocado otra advertencia más atrás para reducir velocidad si el conductor veía la vía dañada. Nada garantizaba que funcionara.

—¿La mano? —preguntó Bram.

Daan no apartó los prismáticos.

—Sigue ahí.

—No he preguntado eso.

—Entonces formula mejor.

Bram se acercó arrastrándose.

—Pieter ha dicho que no deberías estar aquí.

—Pieter también dice que no debería beber café.

—No tenemos café.

—Por eso estoy cumpliendo la mitad de sus recomendaciones.

Bram miró la venda que asomaba.

—No tienes que demostrar nada.

Daan bajó los prismáticos.

—¿Por qué todo el mundo cree que intento demostrar algo?

—Porque te conozco.

Daan lo miró.

—Estoy aquí porque hice el plan.

—Henk podía hacerlo.

—No como yo.

Bram sonrió.

—Ahí está.

Daan iba a responder. Entonces lo oyó. Muy lejos. Metal. Ritmo. Un tren. Levantó los prismáticos. Una luz apareció en la oscuridad.

—Ahí.

Bram se giró. Daan observó. Locomotora. Después vagones. No podía contar todavía.

—Es él.

—¿Seguro?

—Es la hora.

—Eso no significa…

Daan siguió mirando. El convoy se acercó. Distinguió vagones cerrados. Plataformas. Cajas. Ninguna iluminación de pasajeros.

—Carga.

Bram tomó el mecanismo de detonación. Daan miró el reloj.

—Espera.

—¿A qué?

—A confirmar que reduce.

La locomotora avanzaba. El ruido crecía. Daan sintió la vibración a través de la tierra.

—Ahora —dijo Bram.

—No.

—Daan.

—Espera.

Quinientos metros. Cuatrocientos. La locomotora redujo. Daan lo oyó en el ritmo.

—Bien.

Calculó. La carga tenía que detonar con suficiente margen. No quería el tren encima.

—Cuando diga.

Bram sostuvo el mecanismo. Trescientos metros. Daan levantó los prismáticos. Vio una figura en la locomotora. Otra. No pudo distinguir uniformes.

—Bram.

—¿Qué?

—Hay dos hombres delante.

—Lo sabíamos.

—No sé quiénes son.

—Conductores.

—Holandeses.

—Puede.

Daan bajó los prismáticos. El tren seguía acercándose.

—No me gusta.

Bram lo miró con incredulidad.

—No podemos cancelar ahora.

—Claro que podemos.

—Llevamos una semana…

—Eso no importa.

—Es un convoy alemán.

—Con trabajadores holandeses delante.

Bram apretó el detonador sin accionarlo.

—Si no lo hacemos, las municiones pasan.

Daan miró la locomotora. Pensó en la palabra decide. Otra vez. Doscientos cincuenta metros.

—La carga no está bajo el tren —dijo Bram—. Volamos ahora. Tendrán margen.

Daan calculó. Si el conductor reaccionaba. Si los frenos respondían. Si realmente había reducido. Demasiados si.

—Daan.

Doscientos metros.

—Ahora —dijo.

Bram accionó. La explosión iluminó la noche. El sonido golpeó el terraplén. Tierra. Piedras. Metal. Una sección del puente se levantó y cayó hacia un lado. La vía se deformó. Daan buscó inmediatamente la locomotora. El silbato. Un sonido largo. Frenos. Chispas.

—Vamos —dijo Bram.

—Espera.

—Daan.

—Quiero verla parar.

El tren frenaba. Demasiado lentamente. Daan sintió que el estómago se cerraba. La locomotora se acercó al tramo destruido. Cien metros. Ochenta. Sesenta.

—Para.

El metal gritaba. Cuarenta. La locomotora se detuvo. No del todo. La parte delantera superó unos metros el punto seguro. Una rueda salió de la vía. La máquina se inclinó. No cayó. El primer vagón chocó contra ella. Después el segundo. Un estruendo. Cajas rompiéndose. Voces.

Bram agarró a Daan.

—Ahora sí. Vámonos.

Daan seguía mirando. No había volcado el convoy. Habían bloqueado la vía. Eso era suficiente. Entonces oyó el grito.

—¡Help!

Holandés. Daan se quedó inmóvil. Otro.

—¡Help! Hier!

Bram maldijo.

—No.

Daan empezó a bajar el terraplén. Bram lo agarró por el abrigo.

—¿Adónde vas?

—Hay alguien.

—Hay alemanes.

—También alguien pidiendo ayuda.

—Ese no es nuestro problema.

Daan se giró.

—Claro que lo es.

—Nos van a disparar.

—Entonces quédate.

Se soltó. Bram lo siguió insultando.

—Eres el hombre más estúpido de los Países Bajos.

—Me alegra volver a ganar algo.

Llegaron junto a la locomotora. El vapor llenaba el aire. Un hombre salió por una portezuela lateral. Uniforme ferroviario. Holandés. Sangre en la frente.

—Mi compañero.

Daan entendió.

—¿Dónde?

—Dentro.

Disparos a lo lejos. Guardias. Bram sacó la pistola.

—Treinta segundos.

Daan subió al estribo. La mano derecha. Pie. Codo. La izquierda protestó cuando intentó apoyarla. Soltó un grito. Bram lo empujó desde abajo.

—No uses esa.

Dentro había un segundo ferroviario atrapado entre una caja metálica y el panel lateral. Pierna. No podía moverla.

—¿Está rota? —preguntó Daan.

El hombre lo miró como si fuera idiota.

—¡Sáqueme!

—Buena respuesta.

Daan intentó mover la caja. No pudo. La mano izquierda era inútil para hacer fuerza. Las costillas recordaron la tortura. Dolor.

—Bram.

Bram apareció.

—Tenemos que irnos.

—Ayúdame.

—Daan…

—Ayúdame.

Los dos agarraron la caja. Bram hizo casi toda la fuerza. La levantaron unos centímetros. El ferroviario tiró de la pierna. Gritó. Libre.

—Fuera.

Bram pasó el brazo del hombre sobre sus hombros. Daan tomó el otro lado con el brazo derecho. No lo cargó. No podía. Entre los dos lo arrastraron. Un disparo golpeó metal.

—¡Ahora!

Saltaron. El primer ferroviario corrió hacia ellos. Ayudó a sostener a su compañero.

—¿Quiénes sois?

Bram rio sin aliento.

—Mantenimiento ferroviario.

Daan casi rio. Otro disparo.

—Al canal —dijo.

Se separaron. Los dos ferroviarios se alejaron hacia una zanja. Daan y Bram subieron el terraplén. Daan resbaló. Cayó sobre la izquierda. El dolor fue inmediato. Blanco. Se quedó sin aire.

—¡Daan!

Bram lo agarró por la chaqueta. Lo levantó.

—Corre.

—Estoy…

—Corre.

Lo hicieron. No deprisa. No heroicamente. Tropezando. Respirando como animales. Daan apretaba la mano contra el pecho. Llegaron a las bicicletas. Henk los vio.

—¿Qué ha pasado?

—Luego —dijo Bram.

Montaron. Daan sujetó el manillar casi exclusivamente con la derecha. La izquierda apoyada. Pedalear dolía. Todo dolía. Pero avanzó. Detrás, el silbato de la locomotora seguía gritando en la noche.

A las cuatro menos cuarto estaban en una granja abandonada. Pieter esperaba. Miró a Daan. Después la venda.

—¿Qué has hecho?

—Buenas noches.

—¿Qué has hecho?

—Me he caído.

Pieter cerró los ojos.

—Voy a matarte.

Bram se sentó.

—Ponte a la cola.

Pieter retiró parte de la venda. Daan apretó los dientes.

—No parece que hayas vuelto a romperlos.

—Excelente.

—He dicho «parece».

—Menos excelente.

Pieter palpó el índice. Después el pulgar.

—Muévelos.

Daan obedeció.

—Otra vez.

Lo hizo.

—Bien.

Pieter respiró.

—Si vuelves a utilizar esa mano para cargar peso…

—No cargué a nadie.

Bram soltó una carcajada. Pieter lo miró.

—¿Qué?

—Ha aprendido.

Daan señaló a Bram.

—Él cargó más.

—¿A quién?

Pieter dejó de trabajar.

—¿A quién?

Henk respondió:

—Había ferroviarios holandeses.

Pieter miró a Daan.

—Pensaba que era un tren militar.

—Lo era.

—Entonces…

—También había trabajadores.

Henk miró a Bram.

—Joop dijo que no.

Daan levantó la mirada. Ahí estaba. Bram dejó de sonreír.

—Dijo que no habría civiles.

—Primero —corrigió Daan—. Después dijo que «no debería».

Henk sacó la pipa. No la encendió.

—¿Accidente de información?

Nadie respondió. Daan pensó. Joop podía haberse equivocado. Las fuentes se equivocaban. Los horarios cambiaban. Los ferroviarios aparecían donde no debían. Todo tenía explicación. Siempre. Ese era el problema.

—No prueba nada —dijo.

Bram lo miró.

—Otra vez protegiéndolo.

—No lo protejo.

—Entonces ¿qué necesitas?

—Una prueba.

—¿Qué clase de prueba quieres? ¿Que aparezca con un brazalete del SD?

Daan miró la mano.

—Algo que no pueda explicarse de tres maneras distintas.

Henk asintió.

—Bien.

Bram se levantó.

—Y mientras encontramos eso, ¿qué hacemos?

Henk lo miró.

—Le contamos menos.

Daan levantó la cabeza.

—¿Una prueba?

—Una precaución.

Henk finalmente encendió la pipa.

—A partir de ahora, Joop no conocerá los planes completos.

Bram sonrió sin humor.

—Eso me sirve.

Daan no dijo nada. No le gustaba. Precisamente por eso sabía que era lo correcto. A la mañana siguiente, el informe llegó a la Euterpestraat. Sabotaje ferroviario al norte de Leiden. Daños en infraestructura. Convoy militar detenido. Dos ferroviarios holandeses heridos. Autores desconocidos.

Elise leyó el documento dos veces. No había nombres. No había detenidos. Eso era bueno. Brandt apareció detrás de ella.

—Resistencia.

—Probablemente.

—¿Algún grupo?

—No con estos datos.

Brandt tomó el informe.

—El puente.

Elise lo miró.

—¿Qué?

—Eligieron un punto bastante bueno.

—Eso parece.

—Alguien sabía el horario.

Elise sintió frío.

—O lo observaron.

—O alguien se lo dio.

Brandt la miró. Solo un instante. Suficiente.

—Quiero todos los movimientos ferroviarios filtrados durante la última semana.

—Sí, señor.

—Y acceso a comunicaciones del Abwehr.

Elise dejó la pluma.

—Eso no depende de mí.

—Lo sé.

Brandt sonrió.

—Depende de su amiga.

Margot. Elise no reaccionó.

—Puedo pedírselo.

—Hágalo.

Brandt dejó el informe.

—Parece que Visser ha encontrado otro oficio.

Elise sintió que el corazón se detenía un instante.

—¿Visser?

—Un falsificador con la mano rota no sirve para mucho frente a una prensa.

—Pero puede seguir pensando.

Elise sostuvo su mirada.

—No tiene ninguna prueba de que estuviera en Leiden.

—No.

Brandt se dirigió hacia la puerta.

—Todavía.

Salió. Elise miró otra vez el informe. Dos ferroviarios heridos.

Ningún muerto registrado. Convoy detenido.

Daan podía haber estado allí. O no. Quería saberlo.

No podía preguntar. Tomó la pluma. Abrió una nueva carpeta.

Y empezó a buscar quién había sabido con antelación la hora exacta de aquel tren.

No a Daan. La otra dirección. La información que había salido del sistema alemán antes del sabotaje.

Si Brandt podía seguir un rastro hacia la resistencia, ella también podía seguirlo hacia dentro.

Y quizá, por primera vez, ambos terminarían buscando al mismo hombre.