Capítulo 15 La otra mano
Oeste de Ámsterdam. Martes, 30 de noviembre de 1943. Ocho de la noche.
Daan tardó doce minutos en dibujar el puente. Antes de la Euterpestraat habría tardado tres. Quizá menos. La primera línea salió torcida. La segunda también. La tercera consiguió unir las dos orillas del canal sin parecer trazada durante un terremoto.
Daan dejó el lápiz.
—Es horrible.
Henk acercó el papel a la lámpara.
—He visto mapas militares peores.
—Eso no ayuda.
—No pretendía ayudarte.
Daan intentó coger de nuevo el lápiz. Pieter le golpeó los nudillos con una cuchara.
—No.
—¿Qué haces?
—Evitar que seas idiota.
—Llegas tarde.
—La mano.
Daan miró la izquierda. La férula ya era más pequeña. Pieter había retirado parte del vendaje esa mañana. El edema había disminuido, pero los dedos seguían amoratados y rígidos. Meñique. Anular. Medio. El índice y el pulgar podían moverse. No como antes. Pero se movían.
—No estoy usando esa mano.
—Estás apretándola contra la mesa cada vez que dibujas.
Daan la retiró.
—¿Contento?
—Moderadamente.
Bram estaba inclinado sobre el mapa.
—El puente no tiene que ser bonito.
Daan lo miró.
—Gracias por la aportación artística.
—Tiene que caer.
Eso sí consiguió que Daan dejara de bromear. Henk colocó encima de la mesa otra hoja. Era un mapa ferroviario. Línea Ámsterdam-La Haya. Leiden. Desvíos. Puentes. Horarios anotados a mano.
—Viernes —dijo.
Daan estudió el papel.
—¿Qué pasa el viernes?
—Tren militar hacia el sur.
—¿Tropas?
—Munición y material.
—¿Fuente?
Henk miró hacia el extremo de la habitación. Joop fumaba junto a la ventana. Daan sintió algo inmediatamente. No miedo. Atención. Joop se acercó.
—Sale de Ámsterdam después de medianoche.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Daan.
—La pregunta favorita de esta casa.
—Y sigues sin responderla.
Joop sonrió.
—Un hombre en ferrocarriles.
—Nombre.
—No.
Bram resopló.
—Otra vez.
Joop lo miró.
—Si supierais los nombres de todos mis contactos, dejarían de ser contactos.
—O empezarían a existir —dijo Daan.
El ambiente cambió. Muy poco. Joop apartó el cigarrillo de los labios.
—¿Qué significa eso?
Daan sostuvo su mirada.
—Que últimamente tus fuentes saben muchas cosas.
—Por eso son útiles.
—También sabían dónde había patrullas la noche que me detuvieron.
Bram miró a Daan. Henk también. Joop no cambió de expresión.
—Te dije que no pasaras por Rozengracht.
—Sí.
—Y no pasaste.
—Sí.
—Entonces te salvé de una patrulla.
Daan apoyó la mano derecha sobre el mapa.
—Y acabé en otra.
Joop dio una calada.
—Si quieres acusarme, hazlo.
Daan pensó en el sótano. En los alicates. En el hombre diciendo nos dijeron. Después en la ausencia de pruebas.
—No.
—Entonces deja de mirarme como si ya hubieras decidido.
—No he decidido nada.
—Tus ojos dicen otra cosa.
Daan sonrió sin humor.
—Mis ojos no son falsificadores.
Joop apagó el cigarrillo.
—El tren pasa por Leiden alrededor de las dos y cuarto.
Señaló el mapa.
—Aquí reduce velocidad antes del tramo del canal.
—¿Escolta? —preguntó Henk.
—Dos hombres armados en locomotora. Puede que otros en el último vagón.
—¿Civiles? —preguntó Daan.
Joop negó con la cabeza.
—Ninguno.
La respuesta llegó demasiado rápido. Daan lo notó.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Cómo de seguro?
Joop lo miró.
—Lo suficiente.
—Eso no es una medida.
Bram intervino:
—Daan.
Él no apartó la mirada de Joop.
—Quiero saber qué vamos a volar.
—Un tren alemán.
—Eso tampoco responde.
Joop se acercó a la mesa.
—Municiones. Repuestos. Material para tropas. Nada de pasajeros.
—¿Personal ferroviario holandés?
Joop dudó. Fue mínimo.
—No debería.
Daan lo señaló.
—Eso ya no es «ninguno».
—Las locomotoras las operan quienes las operan.
—Holandeses.
—A veces.
—Entonces habrá civiles.
—Puede.
Daan miró a Henk.
—No me gusta.
Bram golpeó el mapa con el dedo.
—Si esperamos a tener una guerra limpia, podemos rendirnos esta noche.
Daan lo miró.
—No he dicho limpia.
—Lo estás diciendo.
—Estoy diciendo que no voy a lanzar un tren a un canal sin saber quién va dentro.
—Y yo digo que cada caja de munición que llegue al sur puede matar a alguien.
—También.
—Entonces decide.
Daan apoyó la espalda en la silla. Eso era lo que odiaba. La palabra. Decide. Como si hubiera una opción correcta esperando pacientemente entre dos malas. Henk sacó la pipa. No la encendió.
—La información se confirma por otra vía.
Daan levantó la cabeza.
—¿Cuál?
Henk deslizó un papel. No había nombre. Solo números. Hora. Tipo de carga. Destino probable. Daan reconoció algo. La forma de las anotaciones. Precisa. Pequeña.
—¿De dónde sale?
—No necesitas saberlo.
Daan miró a Henk. Después a Margot, que permanecía junto a la estufa. Ella no dijo nada. Daan volvió al papel.
—¿Ella?
Henk guardó silencio. Margot habló:
—Una persona con acceso a movimientos internos ha confirmado que el convoy tiene prioridad militar.
Daan levantó los ojos.
—Elise.
Margot apretó la mandíbula.
—No pronuncies…
—Estamos entre nosotros.
—Precisamente.
Daan bajó la voz.
—¿Lo confirmó ella?
Margot lo miró durante unos segundos.
—Confirmó que existe un convoy militar especial el viernes.
—¿Pasajeros?
—No puede saberlo.
Joop intervino:
—Mi fuente sí.
Daan volvió a mirarlo.
—Tu fuente sabe demasiado.
—Y la tuya demasiado poco.
Henk golpeó la mesa con la pipa.
—Basta.
Todos callaron. Henk señaló el mapa.
—No volaremos el tren.
Bram frunció el ceño.
—¿Qué?
—Volaremos el puente antes de que entre.
Daan entendió.
—Bloqueamos la vía.
—Exactamente.
—Sin descarrilamiento.
—Si calculamos bien.
Bram negó con la cabeza.
—Eso reduce el daño.
—Ese es el objetivo —dijo Henk—. Interrumpir la línea.
—El objetivo es destruir material alemán.
—El objetivo es ayudar a ganar la guerra.
Bram guardó silencio. Daan miró el mapa. Eso cambiaba las cosas.
—Carga bajo el pilar.
—Sí.
—Explosión antes del convoy.
—Treinta segundos antes.
—Demasiado justo.
—Un minuto.
Daan tomó el lápiz con la derecha. Dibujó. Lento.
—Aquí.
Señaló el acceso norte.
—Un observador confirma locomotora.
Otra marca.
—Bram acciona desde aquí.
—¿Y tú? —preguntó Bram.
Daan siguió dibujando.
—Controlo la línea sur y la retirada.
Bram soltó una risa.
—¿Desde cuándo?
Daan levantó la cabeza.
—Desde que no puedo hacer esto.
Alzó ligeramente la izquierda. Aquello era nuevo. No la rabia. La aceptación. Daan volvió al mapa.
—Ya no necesito colocar la carga.
—Puedes quedarte aquí —dijo Pieter.
—No.
—Daan.
—No necesito tres dedos para mirar un reloj.
Bram sonrió.
—Eso sí.
—Ni para decirte cuándo correr.
—Eso ya lo haces demasiado.
Daan añadió una línea. El trazo volvió a torcerse.
Esta vez no rompió el lápiz. Continuó. A las nueve y cuarto Margot se marchó.
No iba directamente a ver a Elise. Nunca lo hacía.
Tres tranvías. Dos calles caminando. Un café.
Una iglesia. Solo después, si estaba segura de que nadie la seguía, permitiría que la información continuara.
Daan la acompañó hasta la puerta.
—Margot.
—No.
—Ni siquiera he preguntado nada.
—Vas a hacerlo.
Daan sonrió.
—¿Cómo está?
Margot suspiró.
—Viva.
—Eso ya lo sé.
—Trabajando.
—También.
—Vigilada.
La sonrisa desapareció.
—¿Brandt?
—Entre otros.
—Entonces no debería pasarnos información.
—Díselo tú.
—No puedo verla.
Margot levantó una ceja.
—Exactamente.
Daan apoyó el hombro contra el marco.
—Dile que pare.
—No.
—Margot.
—No soy vuestro servicio postal sentimental.
—No es sentimental.
—Por supuesto.
Daan la miró.
—Si la descubren por enviarnos horarios…
—Elise sabe qué arriesga.
—Eso dice todo el mundo.
Margot se puso los guantes.
—Estás empezando a sonar como ella.
—¿Eso es malo?
—Muchísimo.
Abrió la puerta. Daan habló antes de que saliera.
—Solo dile una cosa.
Margot cerró los ojos.
—Una.
Daan pensó. No quería escribir. No quería un mensaje que pudiera encontrarse.
—Dile que estoy aprendiendo a usar la derecha.
Margot lo miró.
—¿Eso es todo?
Daan levantó la mano.
—Es bastante.
Margot asintió.
—Se lo diré.
Salió. Elise recibió el mensaje al día siguiente. No en papel. Margot apareció en su casa, fue directamente al piano y se sentó.
—¿Qué haces?
—Aprender.
—¿Piano?
—No. Cirugía.
Elise la miró. Margot levantó la mano derecha. Tocó una nota. Horrible. Después otra.
—Está aprendiendo a usar la derecha.
Elise se quedó inmóvil. Entendió. Daan. Miró las manos de Margot sobre las teclas.
—¿Cómo está la izquierda?
—No sé.
—Margot.
—Me han dicho que los tres dedos siguen inmovilizados. El índice y el pulgar responden.
Elise respiró.
—Bien.
—Eso dice Pieter.
El nombre. Primera vez que Margot se lo daba. Elise lo guardó. No lo escribió.
—¿Puede trabajar?
—No como antes.
Elise sintió una punzada. La imagen del sótano regresó. La mano abierta. Los dedos deformados.
—Fue por los documentos.
Margot se giró.
—No.
—Claro que sí.
—Fue porque Brandt quería que hablara.
—Y yo trabajo para Brandt.
—Otra vez no.
Elise cerró el piano.
—No estoy pidiendo que me absuelvas.
—Perfecto, porque no pienso hacerlo.
Margot se levantó.
—Pero tampoco voy a permitir que te atribuyas todo el mal de Europa porque resulta más cómodo que averiguar qué haces mañana.
Elise la miró.
—¿Qué hago mañana?
Margot se puso el abrigo.
—Trabajas.
—Eso ya lo sé.
—Y sigues equivocándote.
Elise casi sonrió.
—¿Algún mensaje más?
—No.
Margot abrió la puerta.
—Aunque preguntó por ti.
Elise bajó la mirada.
—No quiero saberlo.
Margot sonrió.
—Mentirosa.
Salió. Elise quedó sola. Abrió el piano. Colocó las manos sobre las teclas. Miró la derecha. Después la izquierda. Intentó imaginar que una dejaba de obedecer. No pudo. Empezó Chopin. Esta vez no se equivocó. Y por algún motivo, aquello la hizo sentirse peor.