Capítulo 14 La deuda
Ámsterdam. Leidseplein. Jueves, 25 de noviembre de 1943. Seis de la tarde.
Margot había elegido una mesa desde la que no podía verse la puerta. Eso fue lo primero que preocupó a Elise. Normalmente Margot necesitaba controlar cada entrada. Cada espejo. Cada ventana.
Aquella tarde estaba sentada de espaldas al local, con un cigarrillo consumiéndose entre los dedos y una taza de café que parecía llevar mucho tiempo fría. Elise se quitó los guantes. No se sentó inmediatamente.
—¿Puedo?
Margot levantó los ojos.
—Desde cuándo pides permiso.
Elise se sentó. Margot volvió a mirar el café. Habían pasado casi tres días desde el traslado. Tres días sin verla. Elise sabía por qué. No necesitaba preguntar. Preguntó de todos modos.
—¿Cómo estás?
Margot rio. Una única exhalación.
—Pregunta estúpida.
—Sí.
—Entonces ¿por qué la haces?
—Porque no sé qué otra cosa decir.
Eso consiguió que Margot la mirara.
—Bien.
Apagó el cigarrillo. Encendió otro inmediatamente. Sus manos eran estables. Demasiado.
—¿Daan? —preguntó Elise.
Margot tomó el café. No bebió.
—Vivo.
Una palabra. Elise sintió que algo se aflojaba dentro de ella.
—¿La mano?
—Pieter cree que conservará los dedos.
—¿Funcionarán?
—No lo sabe.
Elise asintió. No preguntó dónde estaba. Margot se dio cuenta.
—Bien.
—¿Qué?
—No has preguntado la dirección.
—Brandt me sigue.
Margot levantó ligeramente las cejas.
—Lo sé.
Elise miró hacia la ventana.
—¿Cómo?
—Porque el hombre del sombrero gris lleva diez minutos en la librería de enfrente y no ha pasado una sola página.
Elise resistió el impulso de mirar. Margot sonrió. Por primera vez aquella tarde apareció algo de la mujer que conocía.
—Nunca mires al hombre que te sigue. Mira a quienes están fingiendo no verlo.
—Lo recordaré.
—Más te vale.
El camarero se acercó. Elise pidió café. Esperaron a que se marchara.
—Margot.
—No.
Elise calló.
—Sé lo que vas a preguntar.
—No estoy segura.
—Sí lo estás.
Margot llevó el cigarrillo a los labios. Inspiró.
—No quiero hablar de él.
Elise miró sus manos.
—De acuerdo.
Margot pareció sorprendida.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No vas a decirme que lo sientes?
—No.
—¿Que fue por mi culpa?
—Tampoco.
Margot apoyó el cigarrillo en el cenicero.
—Vaya.
—Me dijiste que no te quitara la decisión.
—Sí.
—Estoy intentando hacerte caso.
La expresión de Margot cambió. No mucho. Suficiente.
—Gracias.
Elise asintió. Llegó el café. El camarero dejó la taza. Se marchó. Margot esperó. Después habló.
—No fue un favor.
Elise no respondió.
—Quiero que entiendas eso.
—Te escucho.
Margot miró el humo.
—La palabra «trato» tampoco sirve.
Su voz permanecía serena.
—Para que haya un trato, ambos tienen que poder levantarse de la mesa.
Elise sintió náuseas. No intervino.
—Él tenía algo que yo necesitaba. Un sello. Una firma. Un vehículo. Sabía para qué lo quería.
Margot se encogió ligeramente de hombros.
—Y sabía que no podía irme sin ello.
Elise apretó la taza.
—Margot…
—No.
La palabra no fue dura. Fue cansada.
—Déjame terminar ahora que he empezado.
Elise asintió. Margot miró el café.
—No necesito contarte qué ocurrió.
—No.
—Necesito que sepas qué significa.
—Ahora cree que me posee.
Elise levantó los ojos.
—¿Te ha amenazado?
—No hace falta.
—¿Qué quiere?
—Todavía nada.
Aquello resultó peor.
—Me dijo que algún día necesitaría algo y que entonces recordaría lo que había hecho por mí.
Elise comprendió. Una deuda sin precio fijado. No había manera de pagarla porque podía crecer cuanto él quisiera.
—No puede obligarte.
Margot soltó una sonrisa amarga.
—Trabaja para el Abwehr. Yo soy una francesa en Ámsterdam con demasiados documentos, demasiados contactos y demasiadas habitaciones de hotel que preferiría no explicar. Puede obligarme a muchas cosas.
—Podemos encontrar una forma de…
—¿De qué?
Margot levantó los ojos.
—¿Matarlo?
Elise calló.
—¿Denunciarlo?
Otra sonrisa.
—¿A quién? ¿A Brandt?
Elise bajó la mirada.
—Exacto.
Margot tomó el cigarrillo.
—Así que no vamos a resolverlo hoy.
—No.
—Hoy vamos a sobrevivir.
Aquella palabra otra vez. Sobrevivir. Al principio de la guerra había parecido un objetivo demasiado pequeño. Cada mes que pasaba se volvía más ambicioso. Elise bebió café. Estaba horrible.
—Hay algo que sí puedo hacer.
Margot la miró.
—¿Qué?
—No volver a pedirte nada parecido.
—No.
—Margot…
—No decidas eso por mí.
Elise dejó la taza.
—No pienso permitir…
Margot se inclinó hacia delante.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La palabra.
Elise no entendió.
—Permitir.
Margot sostuvo su mirada.
—No me protejas convirtiéndote en otro hombre que decide por mí.
El golpe fue limpio. Elise cerró la boca. Margot se apoyó de nuevo en la silla.
—Si algún día vuelvo a elegir algo horrible porque la alternativa es peor, puedes odiarlo.
—Pero la decisión será mía.
Elise asintió.
—Tienes razón.
—Lo sé.
Eso hizo que ambas sonrieran un poco. La primera sonrisa auténtica de Margot duró apenas unos segundos. Fue suficiente.
—¿Quieres saber algo gracioso? —preguntó.
—Sí.
—El hombre del Abwehr cree que Daan es importante.
—Lo es.
—Para nosotros.
Margot negó con la cabeza.
—No. Cree que es importante para algo mayor. Una red británica. Inteligencia. Sabotaje militar.
Elise frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque nadie arriesga una orden del Abwehr y una firma del SD por un simple falsificador.
Elise entendió. La fuga había aumentado el valor de Daan ante sus enemigos. Al salvarlo, también lo habían hecho parecer más peligroso.
—¿Eso es malo?
Margot la miró.
—Todo es malo si lo miras desde el ángulo correcto.
Elise sonrió con cansancio.
—Eres insoportable.
—Estoy recuperándome.
Fuera empezaba a anochecer. El hombre del sombrero gris seguía en la librería. Margot dejó unas monedas sobre la mesa.
—Tienes que salir primero.
—¿Y tú?
—Cinco minutos después.
—Nos siguen.
—A ti.
—Puede que también a ti.
—Cariño, a mí me sigue media Ámsterdam desde 1941.
Se puso los guantes. Elise permaneció sentada.
—Margot.
—¿Sí?
—Gracias.
Margot se detuvo. Elise continuó antes de que pudiera protestar.
—No por lo que hiciste.
Margot la miró.
—Por seguir aquí.
Durante unos segundos no hubo ironía.
—Eso sí puedo aceptarlo —dijo Margot.
Se levantó. Antes de marcharse se inclinó ligeramente hacia Elise.
—Y una cosa más.
—¿Qué?
—Visser preguntó por ti.
Elise sintió el golpe en el pecho.
—No deberías contarme eso.
—Probablemente.
—¿Qué preguntó?
Margot sonrió.
—Si estabas viva.
Nada más. Elise bajó la mirada. Era suficiente.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad.
—¿Cuál?
Margot se puso el abrigo.
—Que sigues tocando el piano.
Elise quiso decir algo. Margot ya se alejaba.
Cruzó el café sin volver la cabeza. Elise se quedó sola.
No preguntó dónde estaba Daan. No preguntó cuándo podría verlo.
No preguntó si había dicho algo más. Era mejor así.
Por ahora. Terminó el café. Esperó cinco minutos.
Después salió. El hombre del sombrero gris cerró finalmente el periódico. La siguió.
Aquella noche, Daan estaba despierto cuando Henk regresó.
—Mensaje —dijo.
Daan levantó la cabeza.
—¿De quién?
Henk dejó un pequeño paquete de tabaco sobre la mesa.
—No sé.
—Mentiroso.
—Correcto.
Daan abrió el paquete. Dentro no había papel. Nada escrito. Solo una cerilla. La cabeza estaba teñida de azul. Daan la sostuvo entre dos dedos de la mano derecha.
—¿Qué significa?
Henk se encogió de hombros.
—Me dijeron que tú lo entenderías.
Daan no lo entendía. Hasta que vio una pequeña marca en la madera de la cerilla. Dos rayas. Una pausa. Una raya. Margot. No era un código de resistencia. Era algo mucho más simple. Una frase que ella había utilizado al entregar el mensaje:
Sigue tocando.
Daan cerró la mano derecha alrededor de la cerilla.
—¿Buenas noticias? —preguntó Henk.
Daan miró hacia la estufa.
—Sí.
—¿Qué dice?
Daan sonrió.
—Nada que puedas detener por posesión de información enemiga.
Henk negó con la cabeza.
—Estás insoportable.
—Estoy recuperándome.
Encendió la cerilla. La llama azulada apareció un instante. Daan la sostuvo hasta que llegó cerca de los dedos. Después la dejó caer dentro de la estufa. No quedó mensaje. No quedó papel. No quedó nada que Brandt pudiera encontrar. Solo una certeza.
Elise estaba viva. Y en alguna parte de Ámsterdam seguía tocando.