Manos de artista Capítulo 13 El informe falso
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Capítulo 13 El informe falso

Ámsterdam. Euterpestraat. Miércoles, 24 de noviembre de 1943. Nueve de la mañana.

El hombre del sombrero gris llevaba cuarenta minutos siguiéndola.

Elise lo había visto por primera vez al salir del Brouwersgracht.

Escaparate de una farmacia. Sombrero gris.

Periódico doblado. Después, en la parada del tranvía.

El mismo hombre. Y de nuevo frente a la entrada de la Euterpestraat, fingiendo encender un cigarrillo bajo un toldo.

Brandt. No necesitaba demostrarlo. Precisamente por eso no hizo nada. No cambió de ruta.

No aceleró. No miró atrás. Entró en el edificio a la hora de siempre, dejó el abrigo en el perchero y se sentó frente a su escritorio.

A las nueve menos diez le llevaron una carpeta.

CASO VISSER.

Elise la abrió. Seis documentos. No procedían del antiguo taller.

Brandt todavía no había encontrado la imprenta.

Eran documentos confiscados durante las semanas anteriores en distintos controles: Haarlem, Ámsterdam, Utrecht.

Algunos pertenecían a personas ya detenidas.

Otros habían aparecido abandonados durante registros.

Brandt sospechaba que todos tenían un origen común.

Elise sabía que al menos cuatro eran obra de Daan.

Reconoció el primero enseguida. No había una firma secreta.

Ningún punto de tinta mágico capaz de señalar a su autor.

Los buenos falsificadores no hacían semejantes cosas.

Lo reconoció por detalles mucho menos evidentes.

La manera de reconstruir una letra deteriorada.

La presión ligeramente menor en los límites del sello.

Un desgaste artificial aplicado con irregularidad para evitar que pareciese artificial.

Pequeñas decisiones. Hábitos. Un estilo.

Lo mismo que ocurría con un pianista. Dos personas podían interpretar exactamente las mismas notas.

Nunca sonaban exactamente igual. Elise colocó el primer documento bajo la lupa.

Pensó en Daan. En su mano izquierda vendada.

Tres dedos. No sabía dónde estaba. Ni cómo había pasado la noche.

Ni si tenía fiebre. Ni siquiera podía preguntar.

El hombre del sombrero gris seguía probablemente en la calle.

Brandt quería que ella condujera la investigación. Y aquello, comprendió Elise, le ofrecía algo mucho más poderoso que la posibilidad de ocultar pruebas. Le ofrecía la posibilidad de decidir qué significaban. Tomó una hoja. Escribió el encabezado.

INFORME DE ANÁLISIS DOCUMENTAL

Se detuvo. Podía mentir. Eso era fácil. Una mentira absoluta también era fácil de descubrir.

Necesitaba algo mejor. Verdades inútiles.

Examinó los seis documentos durante casi dos horas.

Encontró diferencias reales. Dos tipos de papel.

Tres tintas. Distinta calidad fotográfica.

Variaciones en el envejecimiento. Un documento había sido corregido por una mano claramente menos precisa.

Bram, quizá. Otro parecía haber pasado por dos talleres distintos.

Eso le dio la estructura. A las once empezó a escribir.

El material examinado no permite establecer una autoría única con certeza.

Aunque existen coincidencias en sellos y procedimientos, se observan diferencias suficientes para considerar probable el intercambio de matrices, papel y técnicas entre varios talleres clandestinos.

Elise leyó la frase. Era cierta. Eso era lo hermoso.

Y lo terrible. Continuó. Las coincidencias encontradas no permiten localizar geográficamente el origen.

La presencia de documentación vinculada a Haarlem y Utrecht hace recomendable ampliar el análisis fuera de Ámsterdam.

También verdad. Había documentos de Haarlem y Utrecht.

Que Daan los hubiera fabricado en Ámsterdam era una conclusión que ella decidió no escribir. Añadió:

No se ha identificado ningún rasgo individual suficientemente estable para atribuir los documentos a un único grabador.

Esa sí era mentira. Elise podía reconocerlo.

Quizá no ante un tribunal. Pero sí ante sí misma.

La dejó. Después redactó recomendaciones.

Comprobar proveedores de papel en Utrecht.

Revisar imprentas clausuradas en Haarlem.

Comparar sellos incautados fuera de la capital.

Nada absurdo. Nada que pareciera sabotaje.

Solo caminos largos. Lentos. Caminos que consumirían hombres, horas y papel mientras Daan permanecía en otra parte. Leyó el informe entero. No estaba desviando una investigación hacia una dirección falsa. Estaba multiplicando las direcciones hasta que ninguna sirviera.

Elise entendió por qué los buenos falsificadores eran tan difíciles de encontrar. La falsedad más eficaz no sustituía la realidad. La ahogaba entre posibilidades.

—Interesante.

Elise levantó la cabeza. Brandt estaba en la puerta. No lo había oído entrar.

—Señor.

Entró. Cerró.

—¿Ha terminado?

—Casi.

Brandt se acercó. Elise dejó el informe encima del escritorio. No intentó ocultarlo. Él lo tomó. Leyó. Despacio. Elise esperó. Llegó a la conclusión. Volvió al principio. Leyó una segunda vez.

—Ayer parecía convencida de que Visser era el autor.

—De algunos.

—Ahora me dice que hay varios talleres.

—No son afirmaciones incompatibles.

Brandt dejó el papel.

—Explíquelo.

Elise tomó dos documentos.

—Este y este comparten matriz.

Los colocó juntos.

—Probablemente la misma fuente.

Tomó un tercero.

—Pero aquí cambia la impresión, el procedimiento de envejecimiento y la fotografía. Puede ser Visser utilizando otra técnica.

—O puede ser otro hombre.

—Exactamente.

Brandt frunció el ceño.

—Eso no me ayuda.

—No me ha pedido que lo ayude. Me ha pedido que sea precisa.

La frase podía irritarlo. Lo hizo. Pero también era la clase de respuesta que Elise habría dado antes de conocer a Daan. Eso importaba. Brandt tomó el cuarto documento.

—¿Dónde buscaría usted?

—Si quisiera respuestas rápidas, Ámsterdam.

—¿Y si quisiera encontrar la red?

Elise señaló el informe.

—Haarlem y Utrecht.

Brandt la observó.

—¿Por qué no Róterdam?

—Porque entonces estaría inventando.

Una pausa. Brandt sonrió.

—Me alegra saber que hay límites.

Elise sostuvo la mirada.

—Siempre.

La palabra casi resultó obscena. Brandt volvió al informe.

—Quiero equipos en Haarlem.

—Tiene sentido.

—Y dos hombres en Utrecht.

—También.

—Usted revisará todo lo que encuentren.

—Sí, señor.

Brandt tomó los seis documentos. Se detuvo antes de guardarlos.

—Uno más.

Elise esperó.

—El sello del distrito sur.

—¿Qué ocurre con él?

—Visser arriesgó su vida para verlo.

—Sí.

—¿Por qué?

La respuesta parecía evidente. Elise no cayó en la trampa.

—Tendría que preguntárselo a él.

—No puedo.

—Entonces podemos inferirlo.

—Hágalo.

Elise pensó.

—Sus falsificaciones anteriores estaban cerca de ser buenas. Necesitaba corregir un defecto recurrente.

—¿Y después del jueves?

—Mejoraron.

Brandt sonrió.

—Así que usted admite que salió del edificio con lo que buscaba.

—Sí.

—Y alguien se lo permitió.

Elise no respondió. Brandt guardó los documentos.

—Sigo pensando en eso.

—Me lo imagino.

Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—El hombre que la siguió esta mañana…

Elise sintió frío. Brandt se giró.

—Es malo.

Ella no dijo nada.

—Lo vio en el Brouwersgracht.

No era una pregunta.

—Sí.

—Después en el tranvía.

—Sí.

—Y frente al edificio.

—Sí.

Brandt la estudió.

—¿Por qué no intentó perderlo?

—Porque habría sido una buena forma de demostrar que tengo algo que ocultar.

Por primera vez en aquella conversación, Brandt pareció genuinamente satisfecho.

—Exactamente.

Abrió la puerta.

—Seguirá ahí esta tarde.

—Lo suponía.

—Y mañana.

—Entendido.

—No es un castigo, Müller.

Elise lo miró.

—¿Qué es?

Brandt sonrió.

—Curiosidad.

Salió. La puerta se cerró. Elise permaneció quieta. Había algo peor que ser sospechosa. Ser interesante. A las doce y veinte entregó oficialmente el informe. A la una, Brandt ordenó las primeras comprobaciones fuera de Ámsterdam.

A las dos, dos funcionarios empezaron a revisar registros de imprentas de Haarlem.

A las tres, otro departamento solicitó información a Utrecht.

Elise siguió trabajando. No sonrió. No celebró.

Cada orden enviada en dirección equivocada también podía afectar a una persona inocente.

Ese pensamiento no podía permitirse olvidarlo.

Desviar a Brandt tenía un precio. Siempre había un precio.

Eligió rutas que condujeran a talleres cerrados, empresas desaparecidas o investigaciones antiguas sin actividad conocida.

Lugares donde, según los archivos, nadie debía estar trabajando.

No podía garantizarlo. La resistencia tampoco disponía de mapas perfectos.

Elise empezó a comprender algo que nunca había entendido cuando se limitaba a detectar documentos.

Ayudar no era lo contrario de hacer daño.

A veces ambas cosas ocurrían al mismo tiempo.

Y vivir con eso formaba parte de la elección.

Casa segura. Oeste de Ámsterdam. Cinco y media de la tarde.

Daan llevaba veinte minutos intentando escribir una A. La primera parecía una escalera. La segunda, un tejado. La tercera era apenas reconocible. La cuarta le hizo romper el lápiz.

—Eso era el único lápiz bueno —dijo Pieter.

Daan arrojó los dos pedazos sobre la mesa.

—Ahora tienes dos.

Pieter no respondió. Daan miró la hoja. Había escrito con la derecha.

Desde niño había usado la izquierda para todo.

Dibujar. Grabar. Cortar. Escribir. Su padre había intentado corregirlo cuando era pequeño hasta que su madre le quitó la vara de la mano y le dijo que si Dios le había dado una izquierda sería por algo.

Después de aquello nadie volvió a obligarlo.

Ahora la izquierda descansaba dentro de una férula. Tres dedos inmóviles.

Índice y pulgar libres, aunque hinchados. Daan miró la mano derecha.

—Otra vez.

Pieter le dio un lápiz peor.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Cinco.

—No eres mi padre.

—Tu padre habría tenido más sentido común.

—No conociste a mi padre.

—Me caía bien por lo que me cuentas.

Daan sostuvo el lápiz.

A.

La quinta salió mejor. Después una D. Una A. Dos líneas. Intentó escribir su nombre.

DAAN

Parecía escrito por un niño. Aun así podía leerse. Daan observó la palabra. Algo le molestó. La tachó. Debajo escribió con esfuerzo:

DANIËL

Pieter lo vio.

—¿Daniël?

Daan dejó el lápiz.

—Mi nombre completo.

—Creía que eras Daan.

—Lo soy.

—Entonces ¿por qué Daniël?

Daan miró la hoja.

—Mi madre me llamaba Dani.

—¿Y tu documento?

Daan sonrió.

—Daniël Visser. Daan para todo el mundo.

Pieter asintió.

—¿Por qué escribes eso?

Daan se encogió de hombros.

—Quería comprobar si todavía podía escribir mi nombre.

Pieter miró la hoja.

—Puedes.

—Con la otra mano.

—Sigue siendo tuya.

Daan no respondió. Pieter recogió las vendas usadas. Antes de alejarse, añadió:

—No intentes ser el mismo.

Daan levantó la vista.

—¿Qué?

—Si la mano no vuelve exactamente como era, tendrás que aprender otra forma.

—Qué inspirador.

—No era una frase inspiradora.

—Sonó como una.

—Entonces la retiraré.

Daan sonrió. Pieter se fue. Daan volvió a mirar el nombre. DANIËL. Pensó en Elise. Ella no sabía aquello. Apenas sabía nada de él. Y quizá era mejor. Tomó otra hoja. Escribió:

ELISE

Le costó menos. Eso lo enfadó. Arrugó el papel. Lo acercó a la estufa. Esperó. Después lo quemó.