Capítulo 12 La mano
Ámsterdam. Casa segura cerca del Westerpark. Lunes, 22 de noviembre de 1943. Siete y cuarto de la tarde.
—Esto va a doler.
Daan abrió el ojo derecho.
—Esa frase ha perdido bastante capacidad de sorprenderme hoy.
Pieter no sonrió.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Estaban en el piso trasero de una vivienda aparentemente vacía.
Dos habitaciones. Una cocina sin agua corriente.
Ventanas cubiertas. Una estufa pequeña. El propietario había huido a Inglaterra en 1940.
Desde entonces la resistencia utilizaba el piso cuando necesitaba esconder a alguien durante pocos días.
Daan estaba tumbado sobre una mesa. No había cama. Pieter había cortado la venda. La mano izquierda descansaba encima de una toalla. Henk estaba de pie junto a la ventana. Bram fumaba sin encender el cigarrillo.
Margot se había marchado. Nadie sabía adónde. Daan tampoco había preguntado. Pieter examinó primero el meñique. Después el anular. Después el medio.
—Tres fracturas.
—Eso ya lo sabía.
—No como estas.
Daan miró hacia el techo.
—¿Qué significa?
Pieter tardó demasiado.
—Que necesito colocarlas.
Daan levantó la cabeza.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿No sería mejor esperar a que me encuentre preparado?
—No.
—Era una propuesta razonable.
—Muerde esto.
Pieter le entregó un trozo de cuero. Daan lo miró.
—Ni siquiera vas a emborracharme.
—Tenemos media botella de ginebra.
—Perfecto.
—La necesito para limpiar.
Daan cerró los ojos.
—Odio la medicina.
—Eso dicen todos hasta que se están muriendo.
Bram se acercó.
—¿Tengo que sujetarlo?
Pieter asintió.
—Hombro derecho. Henk, el otro.
Daan miró a los tres.
—Me siento profundamente querido.
Henk se quitó la pipa de la boca.
—Cállate y muerde.
Daan obedeció. Pieter tomó el meñique. Lo demás llegó en dolor. No como en el sótano. Allí había existido intención. Esto era diferente. Pero el cuerpo no entendía de intenciones. Cuando Pieter terminó con el primer dedo, Daan estaba cubierto de sudor.
—Uno —dijo Pieter.
Daan escupió el cuero.
—No cuentes.
—Necesito hacerlo.
—Yo no.
El anular. Daan gritó. No pudo evitarlo. Bram apretó más fuerte su hombro.
—Aguanta.
—Estoy intentando matarte con la mirada.
—Funciona fatal.
El segundo dedo quedó alineado. Pieter respiró.
—Último.
Daan miró el dedo medio.
—Déjalo.
Pieter levantó los ojos.
—¿Qué?
—Déjalo como está.
—No.
—Puedo vivir con dos.
—No estoy negociando.
Daan sintió una rabia repentina.
—Es mi mano.
Pieter dejó de moverse.
—Precisamente.
Daan miró los dedos hinchados.
—¿Voy a volver a trabajar?
Nadie respondió. La pregunta llenó la habitación. Bram miró al suelo. Henk volvió la cabeza hacia la ventana. Pieter fue el único que sostuvo su mirada.
—No lo sé.
Daan tragó saliva.
—Eso significa que no.
—Significa que no lo sé.
—¿Volveré a grabar?
—No lo sé.
—¿A escribir?
—Probablemente.
—¿Dibujar?
Pieter respiró.
—Daan…
—Contesta.
—El índice y el pulgar funcionan. Eso es bueno. Pero hay inflamación importante. Puede haber daño en tendones o nervios. No puedo saberlo aquí.
Daan miró la mano.
—Entonces haz el tercero.
Pieter asintió.
—Muerde.
Daan tomó el cuero. Esta vez no gritó. Se desmayó. Cuando despertó, eran las nueve y media. La mano estaba inmovilizada. Tres dedos sujetos a pequeñas férulas improvisadas. El índice libre. El pulgar también. Intentó moverlos.
—No.
Pieter estaba sentado cerca.
—¿Qué?
—Déjala quieta.
Daan volvió a apoyar la mano. La habitación estaba más oscura. Henk no estaba. Bram sí. Dormía sentado junto a la puerta con la pistola sobre las piernas.
—¿Cuánto?
—Dos horas.
—¿Dónde está Henk?
—Moviendo a Thomas.
Daan recordó. Thomas Bakker.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Lo encontraron?
—Llegamos antes.
Daan cerró los ojos. Una vida. Al menos una.
—¿El sótano?
Pieter tardó en responder.
—Lo estamos vaciando.
Daan volvió a abrirlos.
—¿Por mí?
—Por precaución.
—Es lo mismo.
—No.
—Sí.
Pieter se inclinó hacia delante.
—Escúchame. Nos habrían obligado a movernos tarde o temprano.
—No intentes hacerme sentir mejor.
—No lo estoy intentando.
Aquello consiguió que Daan lo mirara.
—Si alguien te vendió —continuó Pieter—, debemos asumir que puede vender el resto.
Joop. La sospecha regresó.
—¿Dónde está?
Pieter supo a quién se refería.
—No sabemos.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana.
—¿Desapareció después de mi detención?
—Sí.
Bram abrió los ojos. No estaba dormido.
—Eso no demuestra nada.
Daan lo miró.
—No.
Bram se incorporó.
—Joop desaparece siempre.
—Lo sé.
—Consigue cosas.
—Lo sé.
—Sin él no habríamos conseguido la llave.
Daan se quedó callado. Precisamente. La llave. ¿Y si Joop había conseguido la llave porque tenía acceso a alguien del otro lado? ¿Y si esa misma conexión había permitido después señalarlo? Demasiado fácil. Demasiado limpio.
—No acusaremos a nadie todavía —dijo Daan.
Bram lo observó.
—Pensaba que ibas a decir lo contrario.
—No tengo pruebas.
—Te entregaron.
—Alguien.
—¿Quién sabía que ibas a casa de Thomas?
—Todos nosotros.
—Entonces…
—He dicho que no.
La voz salió más fuerte. Las costillas protestaron. Daan apretó los dientes.
—No vamos a matar a uno de los nuestros porque tengo una sospecha.
Bram sostuvo su mirada.
—Si uno de los nuestros te entregó, dejó de ser uno de los nuestros.
Pieter se levantó.
—Esto puede esperar.
—No —dijo Bram.
—Sí.
—Hay un topo.
—Y Daan lleva menos de cuatro horas fuera de la Euterpestraat.
Bram miró la mano vendada. La rabia disminuyó. No desapareció.
—Descansa —dijo.
Daan soltó una risa seca.
—Todo el mundo me dice lo mismo.
Bram se levantó. Fue hacia la puerta. Antes de abrirla, Daan habló.
—¿Bram?
Se detuvo.
—Gracias.
Bram no se giró.
—¿Por qué?
—Por venir.
—Eres idiota.
—Ya.
—Pero eres nuestro idiota.
Abrió la puerta. Salió. Daan sonrió. Le dolió el labio. Pieter preparó caldo. Agua. Una patata. Un trozo de cebolla. Nada más. Daan bebió dos cucharadas. La tercera le produjo náuseas. Apartó el cuenco.
—Come.
—No puedo.
—Come.
—Te estás convirtiendo en mi madre.
—Tu madre tenía razón.
Daan tomó otra cucharada. Después miró la puerta.
—Margot.
Pieter dejó el cucharón.
—¿Qué?
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Ella organizó el traslado.
—Eso parece.
—¿Y Elise?
Pieter se quedó inmóvil. El nombre era la primera vez que aparecía entre ellos de forma abierta. Daan comprendió el error.
—¿Quién es Elise? —preguntó Pieter.
Daan miró el caldo. Podía mentir. Había pasado todo el día haciéndolo. Estaba cansado.
—La mujer del SD.
Pieter esperó.
—La que me ayudó en el archivo.
—La que falsificó la firma de Brandt.
Pieter se sentó lentamente.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque la conozco.
Pieter lo miró de una manera extraña. Daan entendió.
—No.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—¿Qué estoy pensando?
Daan apoyó la cabeza contra la pared.
—Que soy imbécil.
—Eso ya lo sabía.
Daan rio. Inmediatamente se llevó la mano derecha a las costillas.
—No me hagas reír.
—Entonces explícame.
Daan miró la ventana cubierta. ¿Cómo explicarlo?
El puente. Las manos. La orden falsa. Tres minutos que habían sido nueve.
Trescientos cuarenta y siete documentos.
Chopin. Una mujer que formaba parte del sistema y al mismo tiempo acababa de traicionarlo para salvarlo. No había una explicación limpia.
—No sé quién es —dijo.
Pieter frunció el ceño.
—Acabas de decir que la conoces.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Pieter permaneció callado. Daan añadió:
—Me ha salvado.
—Eso no la convierte en buena.
La frase dolió porque era cierta.
—Lo sé.
—Trabaja para ellos.
—Lo sé.
—Puede haber entregado gente.
Daan miró la mano.
—Lo sé.
—Entonces ten cuidado.
—Lo intento.
Pieter negó con la cabeza.
—No. Intentas entenderla.
Daan levantó los ojos.
—No es lo mismo.
—Exactamente.
Pieter recogió el cuenco. Daan habló antes de que se levantara.
—No la menciones a Henk.
—Daan…
—Todavía no.
—Si trabaja para el SD, afecta a todos.
—Me sacó de allí.
—Y eso puede ser precisamente lo que quieren que pensemos.
Daan no había considerado aquello. Se notó. Pieter continuó:
—Quizá Brandt te deja escapar para seguirte.
Daan sintió frío. Miró hacia la puerta.
—¿Nos han seguido?
—Henk hizo tres cambios de vehículo. Bram comprobó dos veces. Margot tomó otra ruta.
—Eso no significa…
—No.
Pieter dejó el cuenco.
—Por eso el sótano se está vaciando.
Daan cerró los ojos. Elise. ¿Y si la habían obligado? ¿Y si todo aquello era una operación? No. Había visto su cara. En el archivo. En el puente. En el sótano. Pero acababa de decirse a sí mismo que no debía convertirla en lo que quería que fuera.
—Tienes razón.
Pieter pareció sorprendido.
—¿Sí?
—No puedo confiar en ella.
Decirlo le dolió.
—Todavía.
Pieter asintió.
—Eso sí puedo aceptarlo.
Daan miró la mano izquierda.
—Pero tampoco puedo fingir que no hizo lo que hizo.
—No.
—Las dos cosas.
—Las dos.
Daan respiró. Quizá ese era el problema con Elise. Siempre había dos verdades. A las diez y cuarto llamaron. Tres golpes. Dos. Pieter cogió la pistola. Bram apareció en el pasillo. Abrieron.
Margot entró. Tenía el cabello mojado. El abrigo olía a humo.
—¿Está despierto?
—Sí.
Margot pasó. Daan intentó incorporarse.
—No.
—Todo el mundo disfruta dándome órdenes.
Margot se quitó los guantes.
—Brandt ya sabe que has escapado.
Daan dejó de bromear.
—¿Elise?
Margot lo miró.
—Viva.
Daan respiró.
—¿Está libre?
—Por ahora.
—¿Qué significa eso?
—Que Brandt sospecha.
—¿De ella?
—De todo.
Margot se sentó.
—Ha descubierto la firma.
Daan miró su mano.
—Era buena.
—Era excelente.
—Entonces ¿cómo?
—Porque Brandt sabe si firma o no firma un traslado.
Daan casi sonrió.
—Buen punto.
Margot no.
—La está vigilando.
—Tengo que verla.
—No.
—Margot.
—Ni mañana. Ni pasado. Ni la semana que viene.
Daan la miró.
—No puedes decidir eso.
—Puedo si quieres que siga viva.
Margot se acercó.
—Escúchame bien. Brandt no necesita demostrar que Elise te ayudó. Solo necesita seguirla hasta alguien de tu red.
—Entonces que no venga aquí.
—Eso hará.
—¿Cómo sabes?
Margot sonrió con cansancio.
—Porque es mucho más inteligente que tú.
—Empiezo a apreciar nuestra amistad.
—No somos amigos.
—Me has sacado de la Euterpestraat.
—Eso no significa que tenga que caerte bien.
Daan la estudió. La marca de la mandíbula. El cansancio. Algo distinto.
—¿Qué te costó?
Margot dejó de moverse. Pieter apartó la mirada. Daan entendió. No todo. Lo suficiente.
—Margot…
—No.
—Quiero…
—No quiero tus gracias.
—No iba a…
—Tampoco quiero tu culpa.
Daan guardó silencio. Margot sostuvo su mirada.
—Lo que hice es mío.
La misma idea que había expresado a Elise.
—No lo conviertas en una deuda que yo tenga que ayudarte a pagar.
Daan asintió despacio.
—Bien.
Margot respiró. La tensión disminuyó.
—Ahora sí.
Sacó algo del bolsillo. Una hoja pequeña.
—Esto es para ti.
Daan la tomó con la derecha. Dos palabras. Está viva. Nada más. Reconoció la letra. No porque la hubiera visto mucho. Porque la precisión era de Elise.
—¿Ella escribió esto?
—No me hagas preguntas cuyas respuestas puedan matarme.
Daan dobló el papel.
—¿Puedo quedármelo?
Margot lo miró como si acabara de insultarla.
—No.
—Imaginaba.
Tomó la hoja. La acercó a la llama de la estufa. El papel ardió. Daan lo observó desaparecer. Está viva. Dos palabras. Suficiente. Margot se puso de pie.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Brandt va a buscar el taller.
Henk apareció en la puerta. Había regresado sin que Daan lo oyera.
—Ya no existe.
Margot lo miró.
—¿La prensa?
Henk tardó un segundo.
—La movemos esta noche.
Daan se incorporó.
—No.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
—La Heidelberg pesa una barbaridad.
—Lo sabemos.
—Necesitáis seis hombres.
—Los tenemos.
—¿Dónde?
—No te importa.
—Es la prensa de mi padre.
Henk se acercó.
—Era.
Daan lo miró. La palabra dolió más de lo que esperaba.
—¿Qué quieres decir?
—Si no podemos sacarla, la destruimos.
Daan se quedó mirando a Henk.
—No.
—Daan.
—No.
—Si Brandt llega al sótano y encuentra esa máquina…
—Es todo lo que queda.
La voz se quebró. Muy poco. Pero todos lo oyeron. Daan miró su mano rota. Después a Henk.
—Mi padre trabajó con ella treinta años.
—Lo sé.
—Yo aprendí ahí.
—Lo sé.
—No puedes destruirla.
Henk se sentó frente a él.
—Esa prensa ha salvado personas.
Daan apretó la mandíbula.
—Sí.
—Entonces deja que siga haciéndolo.
—¿Destruyéndola?
—Si destruirla impide que Brandt encuentre nombres, papel, tipos, huellas o cualquier cosa que conduzca hasta nosotros, sí.
Daan miró hacia otro lado. Henk habló más bajo.
—Tu padre estaría de acuerdo.
Eso fue demasiado.
—No hables de mi padre.
Henk calló. Daan respiró. La rabia pasó. Debajo había otra cosa. Pérdida. La mano. La imprenta. Su casa. En menos de un día la guerra había empezado a quitarle no la vida, sino las cosas con las que sabía quién era.
Margot fue quien habló.
—Quizá podamos salvarla.
Daan levantó la cabeza.
—¿Cómo?
—No la Heidelberg entera.
—Entonces no.
—La placa.
Henk la miró. Margot señaló:
—Visser & Zonen.
Daan permaneció inmóvil. La vieja placa de madera. El nombre de su padre. No era la máquina. Pero era algo.
—Y algunos tipos —añadió Bram desde la puerta—. Los de la caja pequeña.
Daan miró a los tres. Henk asintió.
—Eso podemos hacerlo.
Daan bajó los ojos.
—Bien.
La palabra casi no salió.
—Bien.
Henk puso una mano en su hombro. Esta vez Daan no se apartó.
Esa noche, poco antes de medianoche, la imprenta Visser dejó de existir.
No hubo ceremonia. No podía haberla. Se llevaron lo que cabía en dos carros.
Papel. Matrices. Documentos. Algunas cajas de tipos.
Herramientas. La placa. Después limpiaron.
Quemaron registros. Rompieron planchas. Esparcieron tinta sobre superficies que podían conservar huellas. La Heidelberg era demasiado grande.
Henk hizo desmontar las piezas esenciales que podían retirarse. El resto quedó inutilizado. Bram fue el último en abandonar el sótano. Antes de subir los catorce escalones miró la máquina. Pensó en Daan. En su mano. En la frase que había dicho:
Es todo lo que queda.
Bram apagó la luz. Cerró. Al amanecer, la imprenta parecía exactamente lo que pretendía ser.
Un local abandonado. Nada más. En la casa segura, Daan despertó a medianoche.
No sabía por qué. La mano latía dentro de la férula.
El dolor había cambiado. Ya no era un fogonazo.
Era una presencia. Constante. Se incorporó.
Sobre una silla, Henk había dejado la placa. Drukkerij Visser & Zonen.
Daan la miró. Sonrió con tristeza. Zonen. Hijos. Su padre siempre había querido que parecieran más de los que eran. Daan apoyó la mano derecha sobre las letras. Después acercó la izquierda. No podía cerrar los tres dedos. Utilizó el índice. Tocó la madera.
—Todavía estoy aquí —murmuró.
Pensó en Elise. Está viva. También ella. Dos personas que no debían confiar la una en la otra. Dos personas que no podían verse. Dos personas que acababan de arriesgar demasiado por alguien a quien apenas conocían.
Daan miró sus manos. La derecha intacta. La izquierda rota. Y comprendió que no sabía qué iba a ocurrir con ninguna de las dos. Ni con la mano. Ni con Elise. Por primera vez, decidió no intentar adivinarlo. Solo sobrevivir hasta mañana.