Manos de artista Capítulo 11 La firma
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Capítulo 11 La firma

Ámsterdam. Euterpestraat. Lunes, 22 de noviembre de 1943. Cinco y media de la tarde.

—Siéntese, Müller.

Elise obedeció. Brandt no parecía enfadado. Aquello era malo. La ira habría sido más fácil. Un hombre enfadado quería castigar. Un hombre tranquilo todavía estaba pensando. Sobre el escritorio había tres documentos.

Elise reconoció dos. La orden médica. La autorización de salida. El tercero era una hoja en blanco. O eso creyó al principio. Después vio las dos firmas. Una encima de otra. Brandt. Brandt. La auténtica. La suya.

Elise sintió cómo el miedo intentaba subirle desde el estómago. Lo detuvo antes de que llegara al rostro.

—¿Algún problema? —preguntó.

Brandt apoyó un dedo sobre las firmas.

—¿Qué ve?

Elise se inclinó. No demasiado.

—Dos firmas.

—Eso también lo veo yo.

—Entonces no entiendo la pregunta.

Brandt sonrió ligeramente.

—Analícelas.

Aquello era perverso. Elise volvió a mirar. Había intentado reproducir sus variaciones naturales. La inclinación. La inicial. La presión al principio del apellido. Pero ninguna falsificación sobrevivía para siempre ante alguien que sabía dónde mirar. Lo sabía mejor que nadie.

—La de arriba presenta un trazo más rápido —dijo.

—Continúe.

—La presión es menor al final.

—¿Y la otra?

Elise señaló su propia falsificación.

—Más tensión al inicio. Probablemente hecha con más pausa.

—¿Por la misma persona?

Ahí estaba. Podía mentir. Tenía que hacerlo bien.

—Es posible.

Brandt la miró.

—No le he preguntado si es posible.

Elise levantó los ojos.

—No puedo afirmarlo con certeza.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Porque suele poder afirmar cosas con certeza.

Brandt tomó el documento falso.

—Esta firma autorizó la salida de Daan Visser de mi edificio.

Elise esperó.

—Yo no la hice.

No debía reaccionar. Ya sabía que él lo sabía.

—Entonces alguien la falsificó.

Brandt soltó una breve risa.

—Excelente trabajo, Müller.

—Me ha pedido una conclusión.

—Y me la ha dado.

Dejó el papel.

—Ahora quiero otra.

Elise permaneció inmóvil.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Quién puede falsificar una firma así dentro de este edificio?

—Cualquiera con acceso a documentos suyos y suficiente habilidad.

—¿Cuántos?

—No puedo saberlo.

—Usted tiene acceso.

Elise sostuvo su mirada.

—También Krüger. Su secretaria. Administración. Archivo. Personal de correspondencia. Cualquier funcionario que tramite órdenes firmadas por usted.

—Pero ninguno de ellos es especialista en detectar falsificaciones.

—Usted sí.

Elise sintió la frase como una hoja colocada contra la garganta. Brandt no sonreía ya.

—¿Está acusándome?

—No.

—Entonces no entiendo.

—Estoy pensando.

Elise recordó a Margot. Todo el mundo duda cuando le das suficiente papel. Quizá. Pero Brandt no necesitaba creer una historia completa. Solo necesitaba que varias historias fueran posibles.

—Si yo hubiera falsificado su firma —dijo Elise—, ¿cree que habría tramitado personalmente el documento?

Brandt no respondió.

—¿Habría llevado la autorización a Krüger con mi nombre en el registro?

Nada.

—¿Habría permitido que una mujer del Abwehr me acompañara y pudiera identificarme después?

Brandt apoyó los codos sobre la mesa. Elise continuó:

—Sería una manera bastante torpe de cometer traición.

—A veces las personas hacen cosas torpes cuando tienen prisa.

—Y a veces alguien quiere que parezca que una persona concreta las ha hecho.

Eso le interesó. Lo vio. Muy poco. Suficiente.

—Explíquese.

Elise pensó mientras hablaba. No podía acusar a nadie concreto. Una acusación inventada creaba pruebas que Brandt podía comprobar. Necesitaba posibilidades. No respuestas.

—El Abwehr presentó una solicitud auténtica.

—Sí.

—Alguien añadió su autorización.

—Sí.

—Yo la tramité porque estaba adjunta a una orden médica y porque la solicitud del Abwehr era correcta.

—¿No comprobó mi firma?

—La vi.

—Usted detecta un milímetro de tinta en un sello, pero no detecta una falsificación de mi nombre.

La frase llegó exactamente donde Elise sabía que llegaría. Respiró.

—Ese es el problema.

Brandt frunció ligeramente el ceño.

—¿Cuál?

—No estaba buscando una falsificación.

—Explíquelo.

Elise señaló las dos firmas.

—Cuando me entrega un persoonsbewijs confiscado, parto de la posibilidad de que sea falso. Busco errores. Cuando recibo una autorización interna con su firma, dentro de este edificio y unida a dos documentos auténticos, parto de lo contrario.

Brandt observó las hojas. Elise continuó:

—Los falsificadores no engañan solo a los ojos. Engañan las expectativas.

Por primera vez Brandt pareció considerar realmente la explicación.

—¿Eso es lo que hizo Visser?

—Sí.

—¿Con usted?

Elise sintió peligro.

—Con todos.

Brandt levantó la mirada.

—Entró aquí disfrazado de empleado municipal.

—Sí.

—Con una orden falsa.

—Sí.

—Usted la validó.

—Sí.

—Y consiguió acceso a una matriz que días después apareció reproducida en documentos clandestinos.

Elise no habló. Brandt se levantó. Caminó hacia la ventana. Afuera ya estaba oscureciendo.

—Dos errores, Müller.

—¿Perdón?

—En menos de una semana.

Se volvió.

—Primero la orden de Visser. Ahora mi firma.

Elise sostuvo su mirada.

—Entonces quizá me ha sobrevalorado.

Brandt sonrió.

—No.

—Todos cometemos errores.

—Eso me dijo esta mañana.

—Sigue siendo cierto.

—Puede.

Brandt regresó al escritorio. Tomó la solicitud del Abwehr.

—Margot Lacroix.

Elise no respondió.

—Es amiga suya.

—La conozco.

—No he dicho que la conociera.

Elise notó el error. Pequeño. Brandt también.

—¿Es amiga suya?

Podía negarlo. Sería absurdo. Margot entraba en su casa. Las habían visto juntas.

—Sí.

Brandt asintió.

—Una amiga que casualmente aparece con una orden del Abwehr para retirar al mismo hombre cuya documentación usted había validado cuatro días antes.

Elise mantuvo las manos inmóviles.

—Margot trabaja como enlace.

—Margot trabaja para Margot.

Aquello casi la hizo sonreír. Brandt continuó:

—¿Sabía que vendría?

—No.

—¿No hablaron esta mañana?

—Sí.

—¿Sobre Visser?

Aquí no podía mentir de forma absoluta. Podían haberlas visto.

—Sobre su necesidad de una evaluación médica.

—Y después su amiga consiguió una orden del Abwehr.

—Pregúntele a ella por qué.

Brandt la estudió.

—Lo haré.

Elise sintió miedo por Margot. No lo mostró.

—¿Dónde está Visser ahora? —preguntó Brandt.

—Bajo custodia del Abwehr.

—No.

Una sola palabra. Elise sintió que el corazón golpeaba con fuerza.

—El vehículo que lo recogió no llegó a La Haya.

Daan había escapado. O algo había salido mal. No sabía cuál.

—El conductor afirma que Visser huyó durante el traslado.

Elise eligió cada respiración.

—Entonces búsquenlo.

Brandt la observó.

—Eso estamos haciendo.

Daan estaba fuera. La certeza apareció lentamente. Si hubiera muerto, Brandt lo habría dicho. Si lo hubieran recapturado, estaría delante de ella. Había salido. El documento había pasado. Elise quiso cerrar los ojos. No lo hizo.

Brandt caminó alrededor de la mesa.

—Un falsificador detenido. Una orden del Abwehr. Mi firma falsificada. Una analista que comete dos errores en cuatro días. Y un prisionero que desaparece veinticinco minutos después de abandonar esta sede.

Se detuvo junto a ella.

—¿Qué conclusión sacaría usted?

Elise levantó la cabeza.

—Que alguien ha preparado bien la fuga.

—¿Quién?

—Si lo supiera, se lo diría.

—¿De verdad?

La pregunta fue tranquila. Elise lo miró.

—Sí.

Brandt permaneció en silencio. Después hizo algo que ella no esperaba. Sacó del bolsillo una pequeña caja de cerillas. La dejó delante de Elise.

—Ábrala.

Elise no se movió.

—Ábrala.

Lo hizo. Dentro había un trozo de papel doblado. Lo sacó. Desplegó. Cinco palabras.

Manos de artista. No de impresor.

Elise sintió que el aire desaparecía. No podía ser. Había quemado aquella hoja. No completamente. La había guardado después. Pero esa frase… Brandt observaba cada movimiento.

—¿La reconoce?

Elise miró la letra. No era la suya. Comprendió. Una copia. Una trampa. Brandt no tenía la hoja. Alguien había leído la frase. Margot. Quizá un informe anterior. Quizá Brandt había visto la línea antes de que ella la tachara.

Elise dobló el papel.

—Sí.

—¿Qué es?

—Una observación que hice durante un control.

—¿Sobre quién?

Ya no podía negar el puente. Brandt tenía demasiado acceso a los informes y aquella observación había quedado registrada. Negarlo solo la haría parecer más culpable.

—Visser.

Brandt no sonrió.

—Entonces sí lo conocía antes del jueves.

Elise sostuvo el papel.

—Lo vi.

—Esta mañana me dijo que no.

—Me preguntó si lo conocía.

—Eso es semántica.

—Es precisión.

Brandt se acercó.

—Lo vio en un control.

—Sí.

—Examinó sus documentos.

—Sí.

—Detectó algo.

—Un defecto mínimo.

—Y lo dejó ir.

—El documento era auténtico.

—Pero escribió esto.

Señaló el papel.

—Sí.

—¿Por qué?

Elise lo miró. Ya no había posibilidad de borrar aquello. Necesitaba una verdad.

—Porque sus manos no correspondían del todo con su profesión.

—¿Pensó que era falsificador?

—Pensé que podía trabajar con grabado.

—Y lo dejó marchar.

—No tenía motivo para detener a un hombre por tener manos de grabador.

Brandt apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Después ese mismo hombre aparece en mi archivo.

—Sí.

—Y usted vuelve a dejarlo marchar.

—Validé una orden.

—Falsa.

—Lo sé ahora.

Brandt se inclinó.

—Después ese mismo hombre sale de mi sótano con mi firma falsificada.

Elise no apartó la mirada.

—Eso parece.

—Tres veces.

—Tres veces, Müller.

Elise sintió una extraña calma. El peligro había dejado de ocultarse. Eso casi ayudaba.

—Si cree que lo he ayudado, deténgame.

Brandt no esperaba aquello. Se notó. Elise continuó:

—Registre mi casa.

—Podría hacerlo.

—Revise mis papeles.

—Lo haré.

—Interrogue a Margot.

—También.

—Entonces hágalo.

Brandt la miró durante mucho tiempo. Elise entendió algo.

No tenía pruebas. Tenía una historia. Muy buena.

Pero una historia no era suficiente para un hombre como él.

Porque si detenía a su mejor analista y resultaba equivocarse, admitiría que alguien había utilizado su firma, engañado a su departamento y sacado a un prisionero bajo su nariz sin que él supiera cómo.

Brandt no temía perder hombres. Temía perder control.

Elise lo había visto reprender aquella misma semana a un guardia por golpear a un detenido antes de formular una sola pregunta.

No había sido compasión. «La violencia sin propósito es desorden», había dicho.

Eso era Brandt: no necesitaba odiar a nadie para destruirlo.

Le bastaba con creer que cada persona debía ocupar el lugar que él había decidido para ella.

—No —dijo finalmente.

Elise esperó.

—¿No?

—No voy a detenerla.

Se sentó.

—Va a seguir trabajando.

Ahí estaba la verdadera amenaza.

—¿Por qué?

Brandt tomó la pluma.

—Porque si es inocente, me resulta útil.

—Y si no lo es, también.

Elise sintió frío. Mucho más que si hubiera ordenado esposarla.

—No entiendo.

Brandt empezó a escribir.

—No necesita entender.

Elise sí entendía. Cebo. La dejaría libre. La observaría. Esperaría a que intentara ponerse en contacto con Daan.

—Puede irse.

Elise no se movió.

—¿Eso es todo?

Brandt levantó la mirada.

—Por hoy.

Elise se levantó. Recogió la carpeta. Caminó hacia la puerta.

—Müller.

Se detuvo.

—¿Sí?

Brandt seguía escribiendo.

—Una falsificación excelente tiene un defecto curioso.

Elise esperó.

—Hace que quien la descubre quiera conocer al falsificador.

Levantó los ojos.

—Supongo que usted lo entiende.

Elise sostuvo su mirada.

—Perfectamente.

Abrió la puerta. Salió. No caminó demasiado deprisa. No demasiado despacio. Atravesó el pasillo. Bajó las escaleras. Salió a la calle. La noche la golpeó en el rostro. Solo entonces respiró de verdad.

Daan estaba libre. Brandt sospechaba. Margot estaba en peligro.

Y ella acababa de convertirse en la cuerda que Brandt esperaba seguir hasta la resistencia.

No podía ver a Daan. No podía escribirle.

No podía preguntar dónde estaba. No podía acercarse a nadie relacionado con él.

Precisamente ahora que sabía que estaba vivo.

Elise metió las manos en los bolsillos. Encontró algo. Un pequeño rectángulo de papel. Se detuvo bajo una farola apagada. No recordaba haberlo guardado. Lo sacó. Una frase. Letra que no reconoció. El documento pasó el control. Margot.

Elise cerró los ojos. Daan. Vivo. Por primera vez en todo el día sonrió. Una vez. Muy poco. Después rompió el papel en cuatro trozos. Luego en ocho. Los dejó caer en distintos canales durante el camino de regreso.

Brandt podía seguirla. Que siguiera. No encontraría nada. Todavía.