Manos de artista Capítulo 10 El traslado #3
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Capítulo 10 El traslado #3

Daan respiró con dificultad.

—Entonces ¿qué hace?

—Volver a su escritorio.

—¿Como si nada?

—Exactamente.

—Eso es una locura.

Margot lo miró.

—Lo dice el hombre que entró en la Euterpestraat vestido de fontanero.

—Obras municipales.

—Qué alivio.

Daan quiso discutir. No pudo. Henk le puso una mano en el hombro.

—Ella tiene razón.

Daan lo miró.

—No la conoces.

—No. Pero conozco a los alemanes. Si huye, la cazan. Si se queda, quizá dude.

—Brandt no duda.

Margot respondió:

—Todo el mundo duda cuando le das suficiente papel.

Aquello hizo callar a Daan. Miró su mano izquierda.

Las vendas. Tres dedos. Papel. Elise lo había sacado de allí con lo mismo que él utilizaba para sacar a otros.

Por primera vez desde que empezó a falsificar documentos, entendió cómo se sentirían las personas que recibían una identidad nueva de sus manos.

No era gratitud. Era algo más humillante.

Depender completamente de que una mentira aguantara un día más.

—¿Fue ella? —preguntó.

Margot no contestó.

—La firma de Brandt.

Daan levantó la mirada.

—La falsificó ella.

Margot se ajustó los guantes.

—No sé de qué habla.

Daan casi rio.

—Miente fatal.

—Y usted tiene la cara destrozada. Ninguno está en su mejor momento.

Henk señaló la puerta.

—Nos vamos.

—¿Adónde?

—Una casa segura.

—¿Dónde?

—Esta vez no te lo voy a decir hasta que lleguemos.

Daan entendió. No nombres. No lugares. No información que pudieran arrancarle si lo capturaban otra vez. Bram le pasó el brazo derecho por encima de los hombros.

—Vamos.

Daan dio dos pasos. Se detuvo. Miró a Margot.

—Dígale algo.

Ella levantó una ceja.

—¿A quién?

—Ya sabe.

Margot esperó.

—Dígale que…

Daan buscó las palabras. Gracias era insuficiente. Cuídate era absurdo. Te debo la vida sonaba a despedida.

—Dígale que el documento pasó el control.

Margot lo miró. Comprendió.

—Se lo diré.

Daan asintió. Entró en el almacén apoyado en Bram.

Henk cerró detrás. Margot se quedó sola en la calle.

Sacó un cigarrillo. No lo encendió. Miró hacia el sur.

Hacia la Euterpestraat. En algún momento de la tarde, Brandt saldría de su reunión.

Vería un hueco en una celda. Un registro de salida.

Una solicitud del Abwehr. Su propia firma.

Y empezaría a hacer aquello para lo que realmente era bueno. No torturar. No gritar. Pensar.

Margot guardó el cigarrillo.

—Vamos, Elise —murmuró—. Haz que se lo crea.

Brandt regresó a su despacho a las cinco y veinte. Se quitó los guantes. Dejó una carpeta sobre la mesa. Llamó a Krüger.

—¿Alguna novedad?

Krüger apareció en la puerta.

—No, señor.

Brandt se sentó.

—¿El prisionero Visser?

Krüger dudó. Muy poco.

—Trasladado, señor.

Brandt levantó la vista.

—¿Trasladado adónde?

—Evaluación médica. Custodia temporal del Abwehr.

Brandt dejó la pluma.

—Yo no he autorizado ningún traslado al Abwehr.

Krüger palideció.

—Señor…

—El documento.

Krüger salió casi corriendo. Regresó con el libro y una copia de la autorización. Brandt la tomó. Leyó. Solicitud médica. Orden del Abwehr. Autorización. Su mirada llegó a la firma. Se quedó allí. Krüger tragó saliva.

—Está firmada por usted.

Brandt no respondió. Acercó el papel a la lámpara. Miró la inicial. El trazo. La presión. La pequeña acumulación de tinta al comienzo de su apellido. Una buena firma. Muy buena. La clase de firma que un hombre podía aceptar como propia si no recordaba haberla hecho.

Brandt pasó el dedo sobre la tinta.

—¿Quién tramitó esto?

—Müller.

El silencio cambió. Brandt levantó lentamente los ojos.

—¿Müller?

—Sí, señor.

—¿Estaba sola?

—No. Vino una mujer del Abwehr. Lacroix.

Brandt volvió a mirar el documento. Esta vez sonrió. No porque supiera la verdad. Todavía no. Porque acababa de encontrar una pregunta. Y Brandt prefería las preguntas a las respuestas. Las respuestas terminaban una investigación. Las preguntas la empezaban.

—¿A qué hora salió Visser?

—A las cinco.

Brandt miró el reloj. Las cinco y veinticinco. Veinticinco minutos. Llamó al teléfono.

—Localice el vehículo del Abwehr.

Krüger permaneció frente al escritorio. Brandt levantó los ojos.

—Y haga venir a Müller.

—Sí, señor.

Krüger salió. Brandt se quedó solo. Volvió a mirar su firma. Tomó una hoja en blanco. Firmó su nombre. Una vez. Colocó ambas firmas juntas. La auténtica. La otra. Las observó. No eran iguales. Eran mejores que iguales. Parecían realizadas por la misma persona en dos momentos distintos.

Brandt apoyó la espalda en la silla. Pensó en Daan Visser.

Después en Elise Müller. La mejor analista del departamento.

Una mujer capaz de encontrar un milímetro de tinta fuera de lugar.

Y pensó algo que todavía no era una acusación.

Solo una posibilidad. ¿Qué ocurría cuando la persona capaz de detectar la mejor falsificación decidía fabricar una? La puerta sonó.

Brandt cubrió ambos documentos con una carpeta.

—Adelante.

Elise entró.

—Me ha llamado, señor.

Brandt la miró. Elise cerró la puerta. No sabía todavía que Daan estaba libre. No podía saberlo. No con certeza. Brandt señaló la silla.

—Siéntese, Müller.

Elise obedeció. Brandt juntó las manos sobre la mesa.

—Hablemos del traslado de Daan Visser.