Capítulo 10 El traslado #2
—Retiren las esposas.
Uno de los guardias frunció el ceño.
—¿Aquí?
—Cambio de custodia.
Margot intervino.
—Puede dejárselas. Tenemos las nuestras.
El guardia sacó la llave. Metal contra metal. El grillete derecho se abrió. Después el izquierdo. Daan hizo una mueca cuando el aro rozó la muñeca. Margot sacó otro par. Se acercó. Por primera vez quedó frente a él.
—Manos.
Daan obedeció. Margot cerró unas esposas nuevas sobre sus muñecas. Elise sabía que estaban trucadas. Habían limado una parte del cierre interior. Una presión concreta bastaría para abrirlas.
Henk había preparado el mecanismo. Daan no lo sabía. Todavía.
—¿Terminamos? —preguntó Margot.
Krüger revisó el registro una última vez. Elise sintió ganas de gritarle que dejara de mirar.
—Sí.
Margot tomó a Daan del brazo. Él dio un paso. Se detuvo. Elise continuaba a menos de tres metros. Podía hablar. No debía. Daan la miró. Ella levantó la carpeta entre ambos.
—Señor Visser.
Margot se tensó. Krüger también levantó la cabeza. Daan respondió:
—¿Sí?
Elise abrió la carpeta. Sacó una hoja.
—Su informe médico.
Se lo tendió a Margot. No a él.
—Que no lo pierdan.
Margot tomó el papel.
—No ocurrirá.
Daan miró a Elise. Había entendido. No el papel. El mensaje. Sal de aquí.
—Gracias, señorita Müller —dijo.
Elise mantuvo el rostro inmóvil.
—No me las dé. Solo hago mi trabajo.
Algo apareció en el único ojo completamente abierto de Daan. Tristeza. Quizá ironía.
—Sí —dijo—. Claro.
Margot tiró suavemente de su brazo. Caminaron hacia la puerta.
Elise no los siguió. Daan cruzó el vestíbulo.
El mismo vestíbulo por el que había entrado cuatro días antes vestido de trabajador municipal.
Entonces llevaba una orden falsa. Ahora llevaba tres órdenes.
Dos verdaderas. Una falsa. Y salía prisionero.
Aquello le pareció extrañamente apropiado.
La puerta se abrió. Afuera esperaba un vehículo negro con matrícula militar.
Un conductor. Nadie más. Daan subió. Margot después. La puerta se cerró. El motor arrancó. Elise escuchó cómo se alejaba. No se movió. Krüger cerró el libro de registro.
—¿Müller?
—¿Sí?
—Se ha quedado con la carpeta.
Elise miró sus manos. La carpeta seguía allí.
—Gracias.
La recogió. Caminó hacia la escalera. Solo al llegar al primer rellano comprendió que Daan había salido. Fuera. Ya no estaba en el sótano. No estaba a salvo. Pero estaba fuera. Apoyó una mano en la pared. Un segundo. Nada más. Después continuó subiendo.
Brandt podía regresar en cualquier momento. Y cuando lo hiciera, el documento que llevaba su firma ya estaría viajando por Ámsterdam. Dentro del vehículo, Daan no habló durante las primeras tres calles.
Margot tampoco. El conductor llevaba uniforme. No miraba hacia atrás. Daan observó las esposas. Después a Margot.
—¿Adónde me llevan?
—La Haya.
—Eso dice el papel.
—Entonces ¿para qué pregunta?
Daan volvió la vista hacia la ventanilla. La ciudad pasaba detrás del cristal. Bicicletas. Canales. Personas. Cosas normales. Le resultaba extraño verlas. Habían pasado menos de veinticuatro horas desde su detención. Sentía que llevaba semanas enterrado.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Margot Lacroix.
El nombre. Elise había mencionado a Margot. No mucho. Lo suficiente. Daan la miró.
—La amiga.
Margot giró lentamente la cabeza.
—Eso ha sonado casi ofensivo.
—No era mi intención.
—Entonces todavía tiene que practicar.
Daan apoyó la cabeza contra el asiento. El vehículo tomó una curva. Le dolieron las costillas. Cerró los ojos.
—¿Elise?
Margot miró al conductor.
—No pronuncie ese nombre.
Daan abrió los ojos. Margot continuó, más bajo:
—Ni aquí. Ni mañana. Ni cuando crea estar solo.
Daan la observó.
—¿Está en peligro?
—Usted está en un coche del Abwehr después de salir de un sótano del SD con una autorización que no debería existir. ¿Qué cree?
Daan miró las esposas.
—Creo que debería estar preocupado.
—Por fin una buena respuesta.
Pasaron otro puente. Daan reconoció la zona. No iban hacia una estación. Tampoco hacia una carretera de salida.
—Esto no es camino de La Haya.
Margot apoyó un dedo sobre los labios. El conductor habló por primera vez.
—El prisionero observa demasiado.
Margot respondió en alemán:
—Por eso lo detuvieron.
El hombre rio. Daan no. Cinco minutos después entraron en una calle industrial junto a un almacén. El vehículo redujo velocidad. Margot miró al conductor.
—Aquí.
El hombre detuvo el coche. No apagó el motor. Margot sacó un sobre del bolso. Lo dejó en el asiento delantero. El conductor lo tocó. No lo abrió.
—Nunca estuve aquí —dijo.
—No.
—Nunca recogí a nadie.
—No.
—Y el detenido escapó durante el traslado.
Margot lo miró.
—Cuando informe.
El conductor asintió.
—Mañana.
Daan entendió. Margot abrió la puerta.
—Fuera.
Daan no se movió.
—¿Qué?
—He dicho fuera.
—Sigo esposado.
Margot tomó su mano derecha. Presionó una parte del cierre. La esposa se abrió. Daan la miró.
—Interesante.
—Bram.
—¿Bram?
—Luego.
Abrió la otra. Daan bajó del vehículo. Las piernas casi fallaron. Margot lo sujetó.
—Puedo caminar.
—Perfecto. Hágalo.
El vehículo se marchó. Daan vio desaparecer las luces al final de la calle. Solo entonces comprendió algo.
—He escapado.
Margot lo miró.
—Todavía no.
Una puerta del almacén se abrió. Bram apareció primero. Pistola en mano. Detrás, Henk. Daan sintió algo en el pecho que dolió casi tanto como las costillas. Bram guardó el arma.
Durante un instante ninguno habló. Después miró la cara de Daan. La mano. Las vendas. Toda su expresión cambió.
—Joder.
Daan sonrió.
—También me alegro de verte.
Bram cruzó la distancia. Lo abrazó. Demasiado fuerte. Daan soltó un gemido. Bram se apartó inmediatamente.
—Costillas.
—Varias.
—¿Rotas?
—No sé.
Henk llegó hasta ellos. No lo abrazó. Le puso una mano detrás de la nuca. Lo miró. Después miró la mano izquierda.
—¿Cuántos?
—Tres.
Henk cerró los ojos. Solo un momento.
—Pieter está esperando.
Daan miró hacia el almacén.
—¿Dónde?
—Otro sitio.
—¿El sótano?
Henk y Bram intercambiaron una mirada. Daan la vio.
—¿Qué?
—No vuelves allí —dijo Henk.
—¿Por qué?
—Porque si te encontraron una vez, pueden encontrarte dos.
—No saben dónde está.
—No podemos asumirlo.
Daan pensó en la Elandsgracht. En el hombre diciendo:
Nos dijeron que era usted difícil.
—Hay un informador.
Henk lo miró.
—¿Qué?
—Alguien dio mi nombre.
Margot dejó de moverse. Bram también.
—¿Estás seguro? —preguntó Henk.
—Lo dijeron.
—¿Quién?
—El hombre que me detuvo. Dijo «nos dijeron».
Bram apretó la mandíbula.
—Thomas.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si Thomas hubiese hablado, sabrían más.
Daan recordó la advertencia. Rozengracht. Joop. Los contactos. La llave. No. Todavía no. Una sospecha no era una prueba. Y acusar a un hombre dentro de la resistencia sin pruebas podía ser tan mortal como una delación.
—¿Quién sabía que ibas a casa de Thomas? —preguntó Henk.
Daan lo miró.
—Nosotros.
Henk entendió.
—¿Todos?
—Los que estábamos en el sótano.
Bram escupió al suelo.
—Entonces uno de nosotros.
—O alguien oyó algo.
—No había nadie más.
Margot intervino:
—Esto lo habláis después. Ahora mismo Brandt todavía cree que Daan está bajo custodia del Abwehr. No sé cuánto durará.
Daan la miró.
—¿Cuánto?
—Hasta que alguien compruebe los papeles.
—¿Y entonces?
Margot sonrió con cansancio.
—Entonces la señorita Müller tendrá un día bastante desagradable.
El nombre no había sido pronunciado. No hacía falta. Daan sintió miedo.
—Tenemos que sacarla.
Margot lo miró como si hubiera dicho la cosa más estúpida de la tarde.
—No.
—Si Brandt descubre…
—Ella sabe lo que hace.
—No.
Daan dio un paso hacia Margot. Las piernas le fallaron ligeramente. Bram lo sujetó.
—Daan.
—La va a matar.
Margot se acercó.
—Escúchame. Si Elise desaparece al mismo tiempo que tú, Brandt no necesitará investigar nada. Tendrá la respuesta.