Capítulo 10 El traslado
Ámsterdam. Euterpestraat. Lunes, 22 de noviembre de 1943. Cinco menos veinticinco de la tarde.
El documento perfecto no existía. Elise llevaba años demostrándolo.
Siempre había algo. Una tinta demasiado reciente.
Una presión irregular. Una letra que descendía medio milímetro más de lo habitual.
Una firma trazada por una mano que conocía la forma, pero no el gesto.
Por eso llevaba veinte minutos mirando la firma de Brandt.
La había copiado seis veces. Las cinco primeras estaban sobre la mesa, atravesadas por una línea negra.
La sexta seguía delante de ella. No era perfecta.
Precisamente por eso podía funcionar. Brandt no firmaba dos veces igual.
En algunos documentos terminaba la inicial con un trazo ascendente.
En otros no. Cuando tenía prisa, la última consonante casi desaparecía.
Cuando estaba enfadado, presionaba más la pluma y la tinta se acumulaba al inicio del apellido.
Elise había elegido una firma de media tarde. Prisa. Cansancio. Poca atención. Lo suficientemente imperfecta para resultar auténtica. Margot estaba de pie junto a la ventana.
—Si sigues mirándola, acabarás encontrando un error.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirar.
Elise no lo hizo. Sobre el escritorio había tres documentos.
El primero era auténtico. Solicitud de evaluación médica urgente.
Lo había redactado Elise y un médico del servicio lo había rubricado sin hacer demasiadas preguntas después de leer «posible pérdida funcional permanente».
El segundo también era auténtico. Solicitud de custodia temporal del Abwehr. Firma real. Sello real. Papel real.
Elise evitó mirar la marca junto a la mandíbula de Margot. El tercero era falso. Autorización de salida. Firmada supuestamente por Brandt. El documento más pequeño era el que podía matarlas.
—¿Dónde está? —preguntó Margot.
—Brandt.
—Sí.
—Reunión en el segundo piso. Con dos hombres llegados de La Haya.
—¿Cuánto durará?
—No lo sé.
—Necesito una respuesta mejor.
Elise levantó la vista.
—Nadie le ha informado del traslado.
—Eso no responde.
—No puedo darte otra.
Margot se apartó de la ventana.
—Entonces tenemos una hora. Tal vez menos.
—El vehículo llega a las cinco.
—Si llega.
—Llegará.
Margot sonrió sin alegría.
—Admiro tu fe en los hombres del Abwehr.
Elise guardó los documentos en una carpeta.
—No tengo ninguna.
—Excelente. Ya empiezas a entenderlos.
Se oyó el teléfono del despacho contiguo. Ambas callaron. Una voz. Pasos. Después silencio. Elise tomó la carpeta.
—Voy a registro.
Margot se puso el abrigo.
—Nos vemos abajo.
—No.
Margot se detuvo.
—¿Qué?
—No podemos parecer juntas.
—Elise…
—Tú vienes del Abwehr. Yo soy del SD. No somos amigas. No estamos coordinando nada.
Margot comprendió. Su expresión cambió de inmediato. El cansancio desapareció. También la preocupación. Cuando volvió a hablar era Margot Lacroix, intérprete, enlace, mujer que podía entrar en habitaciones reservadas a hombres que nunca recordarían exactamente por qué la habían dejado pasar.
—Señorita Müller —dijo.
Elise casi sonrió.
—Señorita Lacroix.
Margot abrió la puerta. Antes de salir se volvió.
—Una cosa.
—¿Qué?
—Cuando lo veas, no lo mires.
Elise sintió el golpe.
—Lo sé.
—No. Sabes que deberías hacerlo. No sé si podrás.
Elise sostuvo su mirada.
—Podré.
Margot asintió.
—Eso espero.
Salió. Elise esperó treinta segundos. Después fue hacia registro.
El hombre detrás del mostrador se llamaba Krüger.
Elise lo conocía. Cuarenta y tantos años.
Un hijo en el frente oriental. Una esposa en Düsseldorf.
Diabetes, según comentaba con cualquiera que tuviera cinco minutos libres.
Y una obsesión casi religiosa por los sellos administrativos. Aquello podía salvarlos. O destruirlos.
Elise dejó la carpeta sobre el mostrador.
—Traslado temporal.
Krüger no la abrió.
—Los traslados se tramitan por la mañana.
—Este no.
—Todos.
—Evaluación médica urgente.
Krüger suspiró.
—Müller, son casi las cinco.
—Sé leer un reloj.
—Entonces tráigalo mañana.
Elise abrió la carpeta.
—El prisionero tiene tres fracturas y posible compromiso vascular. Si pierde la mano durante la noche, Brandt querrá saber por qué un documento firmado por él estuvo varias horas sobre su mesa.
Aquello funcionó. Krüger miró la carpeta. Después a Elise.
—¿Brandt lo ha firmado?
—Sí.
Mentira. Krüger tomó el documento. Elise escuchó el papel crujir entre sus dedos. Nunca había comprendido hasta aquel momento cuánto ruido podía hacer una hoja. Krüger leyó. Primera línea. Segunda. Motivo. Destino. Custodia. Llegó a la firma.
Elise no respiró distinto. Eso era importante. Krüger levantó la hoja. La acercó a la lámpara.
—¿Qué hace?
—Reviso.
—Es la firma de Brandt.
—Ya lo veo.
Elise sintió humedad en las palmas. Krüger acercó más el papel. No estaba comprobando la firma. Estaba mirando el sello. Por supuesto. El sello. Siempre el sello. Pasó un dedo sobre la tinta.
Elise había utilizado uno auténtico. Eso tampoco bastaba. Los sellos podían robarse. Moverse. Usarse en el departamento equivocado.
—Este es de administración —dijo Krüger.
—Porque el traslado sale de administración.
—La custodia pertenece a interrogatorios.
—Hasta el momento de la salida.
Krüger la miró. Elise respondió con cansancio. No miedo. Cansancio.
—Si quiere discutirlo con Brandt, está en una reunión.
Eso era arriesgado. Precisamente por eso funcionó. Krüger volvió a mirar el documento.
—¿Quién recoge al prisionero?
Elise sacó la orden del Abwehr.
—Ellos.
Krüger cambió de expresión. Era mínimo. Pero Elise llevaba años viviendo de mínimos.
A nadie del SD le gustaba que otro servicio entrara en su territorio.
Y a nadie le gustaba todavía menos quedar atrapado en medio de una discusión burocrática entre superiores.
Krüger leyó la solicitud. Esta no tenía defectos.
Firma real. Sello real. Número de expediente real.
—¿Por qué quiere el Abwehr a un falsificador?
—Pregúnteselo al Abwehr.
—Se lo estoy preguntando a usted.
—Y yo trabajo para el SD.
Krüger la observó. Finalmente colocó los papeles sobre el mostrador.
—Falta el registro de salida.
Elise sintió que el estómago se cerraba.
—¿Cuál?
Krüger señaló una casilla.
—Hora prevista de regreso.
No lo habían visto. Un hueco. Cinco centímetros de papel. Eso podía destruirlo todo.
—No regresa hoy —dijo Elise.
—Entonces necesito destino nocturno.
Elise pensó. No debía parecer que pensaba.
—La Haya.
—Eso no figura aquí.
—Porque el Abwehr aún no ha decidido si será trasladado después de la evaluación.
—Entonces no puedo registrar la salida.
Elise lo miró. Krüger se encogió de hombros.
—Reglamento.
Elise sintió una furia inesperada. Daan estaba a dos plantas bajo tierra con tres dedos rotos.
Margot había pagado un precio que no quería nombrar.
Ella había falsificado la firma de un hombre que podía mandarla al mismo sótano.
Y todo podía detenerse por una casilla vacía.
El papel. Siempre el papel. Sacó la pluma.
—Ponga La Haya.
Krüger negó con la cabeza.
—Debe constar en la orden.
Elise tomó el documento del Abwehr. Escribió en el margen:
Weiterleitung nach Den Haag möglich.
Posible continuación hacia La Haya. Firmó con sus iniciales. Le devolvió la hoja. Krüger la miró.
—Eso no estaba ahí.
—Ahora sí.
—No puede modificar una orden del Abwehr.
—No la estoy modificando. Estoy registrando verbalmente la indicación recibida.
—¿De quién?
La puerta principal se abrió. Tacones. Margot. No miró a Elise. Caminó directamente hasta el mostrador.
—¿Hay algún problema?
Krüger levantó la cabeza. Margot dejó sobre la madera una credencial.
—Margot Lacroix. Enlace del Abwehr.
Hablaba alemán con una precisión que Elise rara vez le oía utilizar fuera de situaciones peligrosas. Krüger señaló el margen.
—La señorita Müller ha añadido que el prisionero puede ser trasladado a La Haya.
Margot leyó. Después miró a Elise. Fría. Profesional.
—Es correcto.
—No consta en la orden original.
—Porque la decisión depende del estado médico.
—Necesito confirmación.
Margot sonrió. No agradablemente.
—¿Quiere que llame al capitán ahora?
Krüger dudó. Margot continuó:
—Naturalmente puedo hacerlo. Le explicaré que el SD ha decidido retrasar la entrega de un detenido solicitado por su departamento debido a una casilla administrativa.
Krüger miró a Elise. Después a Margot. La guerra entre servicios duró unos cinco segundos. Ganó el miedo a los superiores. Krüger cogió el sello. Lo estampó.
SALIDA AUTORIZADA.
Elise sintió el sonido en el pecho. Krüger escribió:
17.00.
Luego abrió otro libro.
—Nombre.
—Daniël Visser —dijo Elise.
La pluma de Krüger avanzó sobre la línea. Visser, Daniël. El hombre al que habían convertido en prisionero acababa de convertirse de nuevo en papel. Margot recogió su credencial.
—El vehículo espera.
Krüger llamó a un guardia.
—Traiga al detenido.
Elise cerró la carpeta. Ya estaba. O casi.
Tardaron nueve minutos. Elise los contó sin mirar el reloj.
Se quedó junto al mostrador revisando papeles que no necesitaban revisión.
Margot permanecía cerca de la puerta. Ninguna hablaba.
A los cuatro minutos bajó un guardia. A los seis volvió a subir.
A los ocho se oyó una puerta metálica. A los nueve apareció Daan.
Caminaba. Eso fue lo primero que Elise vio. Despacio. Pero caminaba.
Llevaba las muñecas esposadas delante del cuerpo. La mano izquierda estaba vendada de forma más limpia que por la mañana; alguien había cambiado el apósito. El ojo izquierdo seguía hinchado. Tenía la barba oscura de un día y el rostro del color de la ceniza. Un guardia caminaba a cada lado.
Daan levantó la cabeza. Vio a Margot. Después a Elise. Elise recordó la advertencia. No lo mires. Miró el documento.
—Nombre —dijo Krüger.
Daan tardó un instante.
—Daniël Visser.
Krüger comprobó el registro.
—Destino provisional: evaluación médica. Custodia temporal del Abwehr.
Daan no respondió. Krüger extendió un papel.
—Firma.
Daan miró su mano izquierda. Después la derecha.
Tomó la pluma con la derecha. Firmó. El trazo salió torcido.
Elise lo observó. Daan siempre había tenido una letra precisa.
Eso imaginaba. Ahora la firma parecía de otro hombre.
Pensó en sus dedos. Apartó la mirada. Krüger secó la tinta con papel secante.