Capítulo 9 La boca del lobo #2
—Alemán.
El golpe llegó rápido. Elise no apartó la vista. No podía. Daan dobló el cuerpo. Respiró. Volvió a incorporarse. Brandt seguía tranquilo.
—Otra vez.
—No sé su nombre.
—¿Hombre o mujer?
Elise sintió el peligro. Daan levantó los ojos.
—Hombre.
La primera mentira concreta. Por ella. Brandt lo observó.
—Edad.
—Cincuenta.
—¿Uniforme?
—No.
—¿Departamento?
—No pregunté.
—Qué poco curioso para alguien que entra clandestinamente en la sede del SD.
Daan respiró con dificultad.
—Tenía prisa.
Brandt miró a Elise. Ella mantuvo una expresión neutra.
—¿Qué piensa? —preguntó.
—¿Sobre qué?
—¿Miente?
Elise sintió la perversidad del juego. Quería que analizara a Daan. Que lo condenara o lo protegiera delante de él.
—Sí.
Brandt levantó una ceja. Daan también.
—¿En qué? —preguntó Brandt.
Elise se acercó ligeramente. Miró a Daan como habría mirado cualquier documento.
—No creo que recuerde a la persona que le abrió.
—¿Por qué?
—Porque creo que nadie le abrió.
Daan la observaba con atención. Elise continuó:
—Probablemente consiguió una llave previamente.
La llave de Joop. Había existido. Eso hacía plausible la historia.
—Entró —dijo Elise—, utilizó una llave preparada y ahora inventa un funcionario porque cree que ustedes ya saben que hubo ayuda interna.
Brandt pensó. El interrogador también. Daan comprendió lo que acababa de hacer. Elise había construido una explicación que lo protegía a él y, al mismo tiempo, la alejaba a ella.
—¿Tiene sentido? —preguntó Brandt.
—Más que un empleado desconocido entregando las llaves del archivo a un extraño.
Brandt miró a Daan.
—¿Dónde consiguió la llave?
Daan sonrió.
—De un hombre de cincuenta años.
El interrogador levantó la mano. Brandt lo detuvo.
—Basta.
Se levantó. Elise respiró sin mostrarlo.
—Müller tiene razón.
Daan no dijo nada.
—Alguien de su grupo consiguió la llave.
Brandt se acercó.
—Dígame quién.
—No.
—Podríamos continuar con el índice.
Elise sintió un escalofrío. Daan miró su propia mano. El índice. El pulgar. Lo poco que todavía podía controlar. Después levantó la vista.
—No.
Brandt permaneció frente a él. Unos segundos. Después se dirigió al interrogador.
—Déjelo descansar.
—Todavía puede…
—He dicho que descanse.
Brandt caminó hacia la puerta.
—Müller.
Elise lo siguió. Antes de salir miró a Daan. No debería. Lo hizo. Él estaba mirando la mano izquierda. No a ella. Pero cuando Elise llegó a la puerta, habló.
—Señorita Müller.
Brandt se detuvo. Elise también. Daan levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Tenía razón.
Elise no entendió.
—¿Sobre qué?
Daan movió apenas el índice sano.
—La tinta.
Brandt miró a Elise. Daan continuó:
—La de la orden municipal. Era demasiado nueva.
Elise sostuvo su mirada.
—Sí.
—La próxima vez lo haré mejor.
Brandt soltó una risa breve.
—No habrá próxima vez.
Daan lo miró.
—Eso dicen todos.
Elise sintió algo doloroso y cálido al mismo tiempo. No sonrió. Salió. En el pasillo, Brandt caminó sin hablar. Elise lo siguió. Subieron una planta. Después otra. Al llegar a la escalera principal, Brandt se detuvo.
—Solicite la evaluación médica.
Elise tuvo que controlar la reacción.
—¿Hoy?
—Esta tarde.
—Sí, señor.
—Quiero un informe sobre la mano.
—Lo tendrá.
Brandt la observó.
—Y Müller.
—¿Sí?
—No vuelva a bajar sin mí.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Continuó caminando. Elise esperó a que desapareciera.
Solo entonces apoyó una mano contra la pared.
No estaba temblando. Eso le sorprendió. Había visto a Daan.
Estaba vivo. Golpeado. Con tres dedos destruidos.
Pero vivo. Y Brandt acababa de autorizar exactamente lo que necesitaban.
Evaluación médica. Una razón para mover al prisionero.
Una razón para cambiar de custodia. Una grieta.
Subió al archivo. Cerró la puerta. Sacó la hoja que había empezado aquella mañana.
TRASLADO DE PRISIONERO.
La colocó frente a ella. Ahora podía completar una parte. Motivo: evaluación médica especializada de lesión traumática en mano izquierda. Escribió despacio. Después añadió:
Riesgo de pérdida funcional permanente.
Se quedó mirando la frase. Era verdad. Eso era lo extraño. La mentira funcionaría mejor porque estaba construida alrededor de verdades. Oyó abrirse la puerta. Margot entró. Elise levantó la vista. Bastó verle la cara. Algo había ocurrido.
Margot cerró la puerta. No hizo ninguna broma. No sonrió. Llevaba un sobre en la mano. Lo dejó sobre el escritorio. Elise lo abrió. Membrete. Abwehr. Solicitud de transferencia temporal de custodia para interrogatorio relacionado con documentación británica. Firma. Sello. Todo auténtico.
Elise sintió una esperanza inmediata.
—Lo has conseguido.
Margot no respondió. Elise miró otra vez el documento.
—¿Quién lo ha firmado?
—No importa.
—Sí importa.
—No.
Elise levantó la mirada. Margot estaba pálida. El maquillaje ocultaba mal una marca rojiza junto a la mandíbula. Elise dejó el papel.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
La palabra salió demasiado rápido. Elise se levantó.
—Margot.
—Tenemos la orden.
—¿Qué te ha hecho?
Margot la miró. Durante un instante desapareció todo aquello que utilizaba para protegerse. La ironía. La elegancia. El misterio. Quedó una mujer agotada.
—Tenemos la orden —repitió.
Elise sintió que comprendía algo que no quería comprender.
—Dijiste que te debía un favor.
Margot soltó una risa sin alegría.
—La gente como él nunca debe favores. Solo aplaza el precio.
Elise se quedó inmóvil.
—¿Cuál ha sido?
Margot miró hacia la ventana. No respondió. Eso fue suficiente.
—No.
Elise dio un paso hacia ella.
—Margot, no.
—No empieces.
—No puedes…
—Ya está hecho.
—Yo no te pedí…
Margot se giró.
—No termines esa frase.
Elise calló.
—No me quites la decisión —dijo Margot—. No después de haberla tomado.
La voz no era fuerte. Precisamente por eso dolía más.
—Lo hice porque quise.
—Pero por Daan.
—Por ti.
Elise cerró los ojos. Margot añadió:
—Y por mí.
Eso la hizo mirarla.
—No necesito que lo entiendas hoy.
Margot señaló el documento.
—Necesito que ese papel sirva para algo.
Elise apretó los labios. Quería abrazarla. No sabía si tenía derecho. Margot pareció leerlo.
—Ni se te ocurra.
Elise casi sonrió.
—Bien.
—Odio los abrazos dramáticos.
—Mentira.
—Muchísimo.
Margot respiró. Recuperó algo de su antigua expresión.
—¿Lo has visto?
Elise asintió.
—¿Cómo está?
Tardó en responder.
—Vivo.
Margot entendió todo lo demás.
—¿Puede caminar?
—Creo que sí.
—¿Manos?
Elise miró las suyas.
—Tres dedos rotos. Mano izquierda. Mucha inflamación.
Margot cerró los ojos un instante.
—Hijos de puta.
—Brandt ha autorizado una evaluación médica.
Margot abrió los ojos.
—Eso es perfecto.
—No exactamente.
—En nuestra situación, se parece mucho.
Se acercó al escritorio. Elise colocó ambos documentos juntos. Autorización médica. Orden del Abwehr. Dos piezas.
—Necesitamos una tercera —dijo Elise.
—¿Cuál?
—La firma de Brandt autorizando la salida física del edificio.
Margot miró el papel.
—¿Puedes conseguirla?
Elise pensó en Brandt. En su forma de mirarla. En la conversación de aquella mañana. En la pregunta:
¿Conocía a Visser antes del jueves?
—No.
Margot la miró.
—Entonces tenemos un problema.
Elise tomó una hoja.
—No.
—¿Qué vas a hacer?
Sacó del cajón varios documentos firmados por Brandt. Los colocó sobre la mesa. Margot entendió.
—Elise.
—Daan me enseñó algo.
—¿Qué?
Elise examinó las firmas. Una. Otra. Una tercera.
—Que una falsificación no tiene que ser perfecta.
Margot permaneció en silencio. Elise eligió una firma. La más limpia.
—Solo tiene que sobrevivir el tiempo suficiente.
Tomó papel de calco. Margot la observó.
—Nunca has falsificado una firma.
—No.
—Y vas a empezar por la de Brandt.
—Sí.
Margot miró hacia el techo.
—Dios debe de tener un extraño sentido del humor.
Elise apoyó la punta de la pluma. La mano le tembló por primera vez en todo el día. Se detuvo. Respiró. Volvió a intentarlo. El trazo empezó a aparecer sobre el papel. Lento. Imperfecto. Humano.
Elise sonrió.
—Mejor.
—¿Qué?
—La primera era demasiado limpia.
Margot la miró. Después sonrió también. Muy poco.
—Manos de artista.
Elise detuvo la pluma. La frase. Miró a Margot.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
Elise bajó la vista hacia la firma. Continuó. Mañana, si todo salía bien, aquellas líneas sacarían a Daan de la Euterpestraat. Si salía mal, llevarían a tres personas al sótano. Elise terminó la firma. La contempló. Brandt. O casi. Dejó la pluma.
—Ya tenemos la tercera pieza.
Margot miró los documentos.
—Entonces mañana lo sacamos.
Elise negó con la cabeza.
—No.
Margot frunció el ceño.
—¿Qué?
Elise miró el reloj. Las tres menos veinte. Después miró hacia el suelo. Hacia las habitaciones que estaban debajo.
—Hoy.
—Elise…
—Si esperamos hasta mañana, pueden volver a interrogarlo esta noche.
Margot guardó silencio. Elise recogió los tres documentos. Los alineó. Evaluación médica. Abwehr. Brandt. Tres papeles. Tres mentiras. Una vida.
—Hoy —repitió.
Margot la miró largamente. Después asintió.
—Hoy.