Capítulo 9 La boca del lobo
Ámsterdam. Euterpestraat. Lunes, 22 de noviembre de 1943. Dos de la tarde.
Elise esperó hasta las dos. No porque quisiera.
Porque bajar antes habría sido una estupidez.
Desde que Brandt le había comunicado la detención de Daan, llevaba casi seis horas trabajando bajo su mirada.
Se había obligado a terminar tres informes, revisar doce documentos y almorzar medio trozo de pan en su escritorio.
Normalidad. Necesitaba que todo pareciera normal.
A la una y media llevó personalmente un expediente al segundo piso.
A las dos menos veinte regresó. A las dos menos diez cogió la carpeta de la orden municipal falsificada por Daan. Solo entonces llamó al despacho de Brandt.
—Adelante.
Entró. Brandt estaba escribiendo. No levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Sí?
Elise dejó la carpeta sobre su mesa.
—He terminado la revisión.
—¿Y?
—Visser fabricó la orden.
Brandt siguió escribiendo.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ahora puedo demostrarlo.
Aquello consiguió que levantara la vista. Elise abrió la carpeta.
—La impresión del sello comparte varias características con los documentos que estamos investigando. No es la misma matriz, pero hay hábitos de fabricación comunes. Distribución de tinta. Presión. Correcciones manuales.
Brandt examinó las hojas.
—¿Está segura?
—Sí.
Esta vez era verdad.
—Entonces nuestro hombre es realmente bueno.
—Sí.
Brandt sonrió ligeramente.
—Parece admirarlo.
Elise no reaccionó.
—Admiro un trabajo cuando está bien hecho. Por eso detecto cuando no lo está.
Brandt cerró la carpeta.
—¿Algo más?
Llegaba el momento. Elise apoyó un dedo sobre una fotografía ampliada del documento.
—Hay algo que no encaja.
—¿Qué?
—Quien haya trabajado con Visser conoce técnicas de grabado y restauración. Si logramos saber cómo reproduce determinadas matrices, quizá podamos identificar el taller.
Brandt la observó.
—¿Y pretende preguntárselo?
—Pretendo verlo trabajar.
—Está detenido.
—Sus manos.
Brandt no dijo nada. Elise mantuvo la voz profesional.
—El oficio deja marcas. Tipo de herramienta. Presión. Postura de los dedos. Callos. Cortes. Puedo decirle si él fabrica las matrices o si únicamente imprime documentos elaborados por otra persona.
Era razonable. Lo bastante razonable. Brandt apoyó la espalda en la silla.
—Quiere ver al prisionero.
—Quiero completar mi informe.
—No es interrogadora.
—No.
—Ni médico.
—Tampoco.
—Entonces ¿por qué debería perder el tiempo?
Elise señaló la carpeta.
—Porque si Visser no es el grabador, estamos buscando a otra persona.
Brandt permaneció callado. Después se levantó.
—Venga.
Elise sintió un golpe en el pecho. No esperaba que fuera él. Había pensado conseguir una autorización. Un guardia. Quizá cinco minutos. Brandt cogió sus guantes.
—¿Müller?
—Sí.
Elise tomó la carpeta. Lo siguió. No bajaron por la misma escalera que había utilizado con Daan cuatro días antes.
Aquella conducía al archivo. Brandt tomó otro corredor.
Puerta metálica. Escalones más estrechos.
El edificio cambiaba a medida que descendían.
Arriba olía a papel y tabaco. Abajo olía a humedad.
Desinfectante. Sudor. Algo metálico que Elise no quiso identificar.
Un funcionario abrió una puerta cuando vio a Brandt.
No preguntó nada. Eso le dijo más que cualquier cartel.
Elise conocía la existencia de aquellas habitaciones.
Por supuesto. Todos la conocían. Pero conocer una cosa y cruzar su puerta eran experiencias muy distintas.
Había dedicado años a separar ambos mundos.
Ella encontraba un documento falso. Otro departamento detenía.
Otro interrogaba. Otro decidía. Era una cadena.
Cada persona podía decir que únicamente había sostenido un eslabón.
Elise comprendió de pronto lo ridícula que era aquella defensa. Al final de la cadena siempre había alguien atado a una silla. Brandt se detuvo frente a una puerta. Habló con un hombre de camisa blanca. El mismo que había interrogado a Daan aquella mañana.
—¿Estado?
—Consciente.
—¿Ha hablado?
—No de forma útil.
—¿Nombres?
—Ninguno.
Elise mantuvo la vista en la carpeta. El hombre la miró.
—¿Quién es ella?
—Müller. Documentación.
—¿Para qué?
—Quiero que examine al detenido.
El interrogador sonrió.
—No queda mucho que examinar.
Elise levantó los ojos.
—Entonces quizá ha hecho mal su trabajo.
La sonrisa desapareció. Brandt la miró. Elise comprendió que había hablado demasiado. Añadió:
—Si le destruye las manos antes de que pueda determinar qué herramientas utiliza, perdemos información.
El interrogador la sostuvo con la mirada.
—Mi trabajo es conseguir información.
—El mío también.
Brandt intervino.
—Basta.
Abrió la puerta.
—Müller.
Elise entró. Y lo vio. Durante un instante no reconoció a Daan.
Su cerebro identificó primero partes. La camisa abierta en el cuello.
Sangre seca en el labio. Un hematoma que cerraba parcialmente el ojo izquierdo.
Una venda alrededor de la mano. Después el conjunto adquirió un nombre.
Daan. Estaba sentado. Las muñecas sujetas.
La cabeza inclinada. Respiraba. Eso fue lo primero que Elise necesitó comprobar. Respiraba.
Brandt entró detrás.
—Visser.
Daan no respondió. El hombre de la camisa blanca le tocó el hombro.
—Levante la cabeza.
Daan lo hizo lentamente. El ojo derecho encontró a Brandt. Después a Elise. No hubo sorpresa. Eso fue lo que más la impresionó. Como si hubiera esperado que tarde o temprano ella apareciera. Se miraron.
Elise no sonrió. Daan tampoco. Nada podía existir entre ellos. No allí. Brandt observaba.
—¿Lo reconoce?
Elise apartó finalmente la mirada de Daan.
—Sí.
—¿Quién es?
—Daan Visser. El hombre que presentó la orden municipal el jueves.
—¿Está segura?
—Completamente.
Brandt se acercó a Daan.
—¿Ha oído?
Daan humedeció el labio partido.
—Tengo un nombre muy popular.
El interrogador le dio un golpe en la nuca. No fuerte. Suficiente. Elise no se movió. Cada músculo de su cuerpo le pedía hacerlo. No lo hizo. Brandt la miró. Prueba. Todo era una prueba.
—Examine sus manos —ordenó.
Elise sintió miedo de verdad. No porque tuviera que tocarlas. Porque sabía que Daan comprendería por qué. Se acercó. El interrogador soltó una de las correas. La mano izquierda quedó sobre la mesa.
Elise la vio. La venda estaba mal colocada. Hinchazón importante. Manchas violáceas. Los tres dedos lesionados. Meñique. Anular. Medio. El índice permanecía extendido con dificultad. El pulgar respondía.
Elise tragó saliva.
—Quite la venda.
El interrogador la miró.
—¿Para qué?
—No puedo examinar una mano a través de tela.
La retiró. Daan cerró los ojos. Elise vio inmediatamente que aquello no era una lesión menor. No necesitaba ser médica para entenderlo. El meñique estaba desviado. El anular muy inflamado. El dedo medio presentaba una deformación evidente. Había heridas en la piel. La muñeca también estaba hinchada.
Elise tomó la mano con cuidado. Daan abrió los ojos. Sus dedos estaban fríos. Ella examinó las yemas. Las pequeñas cicatrices seguían allí. La marca del buril. Los callos. Las mismas manos del puente. Solo que ahora una de ellas estaba rota. Por hombres del edificio en el que ella trabajaba.
—Gírela —dijo Brandt.
Elise lo hizo.
—¿Qué ve?
Tenía que responder.
—Trabaja con herramientas finas.
—Eso ya lo sabemos.
—Grabado.
Daan la miraba.
—Probablemente buril. Cuchillas pequeñas. Quizá trabajo de retoque.
—¿Él fabrica los sellos?
Elise tocó el lateral del índice.
—Probablemente.
Daan habló.
—Siempre quise que alguien apreciara mis talentos.
Brandt lo ignoró.
—¿Puede seguir haciéndolo?
La pregunta detuvo a Elise. Miró la mano. Entendió lo que Brandt quería saber. Si Daan seguía siendo útil. Si merecía continuar el interrogatorio. Si podían destruir más.
—Ahora mismo, no.
—¿Después?
Elise tardó medio segundo.
—Depende.
—¿De qué?
—De si recibe tratamiento.
El interrogador soltó una breve risa.
—No está aquí para recuperarse.
Elise siguió mirando la mano.
—Si quiere que vuelva a demostrar cómo fabrica una matriz, necesitará conservar al menos el índice y el pulgar.
Daan la observó. Ella evitó sus ojos.
—Hay demasiada inflamación —continuó—. Y la coloración no me gusta.
Aquello era parcialmente cierto. Lo suficiente.
—¿Qué propone? —preguntó Brandt.
—Evaluación médica.
El interrogador negó con la cabeza.
—No.
Elise se giró hacia Brandt, no hacia él.
—Si aparece una infección y pierde la mano, deja de servirnos como especialista.
Brandt miró a Daan. Después la lesión. Daan comprendió. Elise lo supo porque vio cambiar algo en su rostro. Muy poco. Ella estaba construyendo una salida. No sabía cómo. Él tampoco. Pero ambos lo entendieron.
Brandt volvió la mirada hacia ella.
—¿Desde cuándo le preocupa la salud de un falsificador?
—Desde que su mano puede explicarme cómo falsifica.
Buena respuesta. Fría. Brandt pareció aceptarla.
—Después.
Elise soltó la mano despacio. Al separarse, el pulgar de Daan rozó el suyo durante un instante.
Ninguno buscó aquel contacto y ninguno permitió que durara.
El interrogador volvió a colocarle la venda sin cuidado.
Elise tuvo que contenerse para no corregirlo.
Brandt tomó una silla y se sentó frente al prisionero.
—Ahora que la señorita Müller está aquí, probaremos algo.
Elise sintió que todo se endurecía dentro de ella.
—Visser.
Daan levantó la cabeza.
—El jueves entró en este edificio.
—Alguien le abrió el archivo.
Daan miró a Brandt.
—Encontré una puerta.
—Estaba cerrada.
—Entonces tuve suerte.
—Una llave no es suerte.
Daan no respondió. Brandt señaló a Elise.
—¿Fue ella?
El mundo se detuvo. No metafóricamente. Para Elise, durante un instante, no existió nada fuera de aquella pregunta. Daan la miró. Podía decir que sí. Tenía motivos. Lo habían golpeado. Le habían roto tres dedos. Podía terminar parte de aquello pronunciando dos palabras. Fue ella.
Elise no sabía qué esperaba. Daan se volvió hacia Brandt.
—¿Ella?
—Müller.
Daan volvió a mirarla. Frunció ligeramente el ceño. Interpretaba. Era bueno. Incluso así.
—¿Cómo se llama?
Brandt no respondió. Daan insistió:
—La vi en el pasillo. Revisó mi orden.
El interrogador se acercó.
—Te dio la llave.
—No.
—¿Quién?
—Un funcionario.
Brandt inclinó la cabeza.
—Nombre.
—No lo sé.
—Descripción.
Daan sonrió débilmente.