Capítulo 8 Elise lo sabe #2
Elise levantó la mirada.
—¿Sí?
—Si descubre que cometió un error, dígamelo.
—Naturalmente.
—Prefiero un error a una mentira.
Abrió la puerta.
—Los errores pueden corregirse.
Salió. La puerta se cerró. Elise permaneció quieta. Cinco segundos. Diez. Después se levantó. Fue hasta el baño. Cerró la puerta. Apoyó ambas manos en el lavabo. Respiró. Una vez. Otra. El espejo le devolvió un rostro que parecía normal. Eso la sorprendió.
Daan estaba detenido. Daan estaba abajo.
Daan estaba siendo interrogado. Y alguien lo había entregado.
Se llevó una mano a la boca. No podía llorar.
No allí. Abrió el grifo. Agua fría. Se mojó la cara.
Pensó. Eso era lo único útil. Hechos. Uno: Brandt sabía que Daan era falsificador.
Dos: sabía que había entrado en el archivo.
Tres: sospechaba que alguien lo había ayudado.
Cuatro: Daan no había hablado. Cinco: la célula seguía libre.
Se quedó mirando el agua. Eso último importaba.
Mucho. Porque significaba que el informador no había entregado todo.
¿Por qué? Un verdadero infiltrado podía haber dado la dirección del sótano.
Nombres. Horarios. Todo. Pero solo había dado a Daan.
O Brandt ocultaba lo que sabía. Las dos opciones eran malas.
Elise cerró el grifo. Recordó la noche del puente. ¿Por qué conmigo sí? No había sabido responder. Ahora sí sabía una cosa. No podía dejarlo allí. La conclusión apareció con tanta claridad que la asustó. No era una emoción. Era una decisión. Sacarlo. ¿Cómo? No podía bajar y abrir una celda.
Brandt esperaba precisamente algo así. Necesitaba documentación. Órdenes. Firmas. Traslado. Hospital. Otra prisión. Cualquier movimiento administrativo capaz de convertir un hombre en papel.
Elise miró sus manos. Durante años, aquellas manos habían señalado errores en documentos y enviado personas hacia abajo.
Ahora quizá un documento pudiera sacar a una.
La idea fue tan simple que casi pareció inevitable.
Volvió al archivo. Se sentó. No abrió todavía la orden de Daan. Cogió una hoja en blanco. Escribió:
TRASLADO DE PRISIONERO
Se detuvo. La destruyó. Demasiado pronto. Demasiado obvio. Pensó en los procedimientos. Heridas. Evaluación médica. Cambio de custodia. Competencias entre departamentos. La burocracia alemana tenía una virtud para quien sabía utilizarla:
confiaba en sí misma.
Un papel correcto podía abrir puertas que una pistola no podía. Elise tomó otra hoja. Antes de escribir, oyó pasos en el pasillo. La guardó rápidamente bajo una carpeta. La puerta se abrió. Margot entró. No llevaba abrigo. Ni sombrero. Había una tensión extraña en su rostro.
—Elise.
No era habitual que usara su nombre de aquella manera. Elise se levantó.
—¿Qué haces aquí?
Margot cerró la puerta.
—¿Es verdad?
No hacía falta preguntar qué. Elise asintió. Margot palideció.
—¿Daan?
—Sí.
—¿Los demás?
—No.
Margot soltó aire.
—Gracias a Dios.
Elise la agarró del brazo.
—Alguien lo entregó.
Margot dejó de respirar.
—¿Estás segura?
—Brandt lo ha dicho.
—¿Nombre?
—No.
—¿Qué saben?
—Daan. El archivo. Que alguien de dentro lo ayudó.
Margot la miró.
—Entonces tienes que salir de aquí.
—No.
—Elise.
—No puedo.
—Brandt va a llegar a ti.
—Todavía no.
—¿Cómo lo sabes?
Elise miró hacia la puerta.
—Porque si tuviera pruebas, no estaría hablando contigo.
Margot guardó silencio.
—¿Dónde está Daan?
Elise señaló hacia abajo. Margot comprendió. Su rostro cambió.
—No.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—De madrugada.
Margot cerró los ojos.
—Mierda.
Elise soltó su brazo.
—Voy a sacarlo.
Margot abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—Eso no es valentía. Es suicidio.
—Entonces ayúdame a que no lo sea.
Margot la observó.
—¿Cómo?
Elise sacó la hoja que había escondido. La puso sobre la mesa. Margot leyó el encabezado.
TRASLADO DE PRISIONERO.
Después miró a Elise.
—Estás loca.
—Probablemente.
—Brandt controla los traslados.
—No todos.
—Los de prisioneros políticos sí.
—Si están en condiciones de ser interrogados.
Margot comprendió hacia dónde iba.
—¿Hospital?
—Evaluación médica.
—Necesitas una firma.
—Dos.
—Sellos.
—Los tengo.
Margot la miró.
—Y una orden del departamento que reclame al detenido.
Elise asintió.
—Abwehr.
Margot se quedó inmóvil.
—No.
—Puedes conseguirla.
—No.
—Margot.
—He dicho que no.
—Necesito que lo saques de la jurisdicción de Brandt durante veinte minutos.
—¿Y después qué?
Elise no respondió. Margot dejó escapar una risa seca.
—Ni siquiera tienes un plan.
—Tengo el principio.
—Eso no es un plan.
—Daan entró aquí con mucho menos.
—Y ahora está en el sótano.
Elise recibió la frase sin defenderse. Margot se arrepintió inmediatamente.
—Lo siento.
—Tienes razón.
Elise bajó la mirada.
—Precisamente por eso no pienso dejarlo allí.
Margot caminó por la habitación.
—Si hago esto, no hay vuelta atrás.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Se detuvo.
—Hasta ahora he movido información. He cambiado nombres. He hecho desaparecer papeles. Eso es una cosa.
Señaló la hoja.
—Sacar a un prisionero de la sede del SD utilizando documentos del Abwehr es otra.
—Sí.
—Si nos descubren…
—Lo sé.
Margot la miró.
—Deja de decir que lo sabes.
Elise levantó los ojos.
—¿Qué quieres que diga?
—Que tienes miedo.
Elise tardó unos segundos.
—Tengo miedo.
Margot asintió.
—Bien.
—Yo también.
Las dos se quedaron mirando la hoja. Finalmente Margot se acercó.
—Necesitarás un médico.
—Pieter.
—¿Quién?
Elise se detuvo. Daan nunca le había hablado de Pieter. No directamente. El nombre había aparecido entre sus sospechas, pero no podía actuar sobre información que no debía tener.
—Alguien.
Margot la estudió.
—No sabes quién.
—No.
Margot sonrió sin humor.
—Entonces tenemos un problema.
Elise tomó la pluma.
—Uno de muchos.
Comenzó a escribir. Margot la observó durante unos segundos.
—¿Qué estás haciendo?
—Un error.
—¿Qué?
Elise siguió escribiendo.
—Brandt me ha dicho que prefiere los errores a las mentiras.
Margot comprendió. Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Eso es bastante bueno.
Elise no levantó la vista.
—Gracias.
—¿Qué necesitas?
Elise dejó de escribir. Miró a Margot.
—Una orden del Abwehr.
Margot suspiró.
—Naturalmente.
—Firmada.
—Naturalmente.
—Para esta tarde.
Margot cerró los ojos.
—Te odio.
—No es verdad.
—Hoy sí.
Elise volvió al documento. Margot cogió el abrigo. Antes de salir se detuvo.
—Elise.
—¿Sí?
—Si conseguimos sacarlo…
Elise esperó.
—No vuelvas a decirte que no formas parte de esto.
Elise la miró. Margot continuó:
—A partir de hoy eliges de qué parte formas parte.
Salió. Elise quedó sola. Volvió la mirada al documento.
El papel estaba casi en blanco. Pero ya podía ver el camino.
Una firma. Un sello. Una orden. Una puerta.
Daan había falsificado identidades para salvar desconocidos.
Ahora ella tendría que falsificar el sistema que lo había atrapado.
Por primera vez entendió el verdadero poder de un documento.
No era demostrar quién eras. Era conseguir que los demás creyeran quién necesitabas ser.
Elise mojó la pluma. Y empezó.