Manos de artista Capítulo 8 Elise lo sabe
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Capítulo 8 Elise lo sabe

Ámsterdam. Euterpestraat. Lunes, 22 de noviembre de 1943. Ocho de la mañana.

Elise llegó antes que de costumbre. Había dormido poco. A las cuatro seguía despierta. A las cinco había abandonado cualquier intento.

A las seis estaba vestida. Y poco después de las siete había salido de casa sin desayunar.

No sabía por qué tenía aquella sensación.

No era miedo. El miedo tenía una dirección.

Aquello era distinto. Una presión constante bajo las costillas.

Como si algo hubiera ocurrido durante la noche y su cuerpo lo supiera antes que ella.

Se sentó frente al escritorio. Encendió la lámpara.

Colocó las carpetas en orden. Haarlem. Utrecht. Róterdam.

Documentos confiscados. Informes pendientes.

Hizo lo que hacía siempre. Papel. Fotografía.

Firma. Sello. Errores. Aquella mañana, sin embargo, las letras parecían moverse.

Leyó tres veces la misma fecha. No la retuvo.

Dejó la lupa. Se frotó los ojos. Pensó en Daan.

Eso la irritó. Habían hablado dos días antes.

Nueve minutos. Nada más. No sabía dónde vivía exactamente.

No sabía quiénes eran sus amigos. No sabía qué hacía cuando no estaba fabricando documentos falsos.

No sabía siquiera qué comida le gustaba. Apenas sabía nada de él. Y, sin embargo, desde que se había despertado tenía la certeza absurda de que algo iba mal. La puerta de la sala se abrió. Elise levantó la vista.

Brandt entró. No la miró. Caminó hasta su escritorio. Dejó una carpeta. Se quitó los guantes. Se sentó. Normal. Todo era normal. Elise volvió a trabajar. Eso era peor. Pasaron diez minutos. Después quince.

Brandt hojeaba papeles. Firmaba. Leía. No decía nada. A las ocho y media entró un funcionario. Le entregó un sobre. Brandt lo abrió. Leyó. Elise mantuvo los ojos en su documento. No conseguía entender una sola palabra. El hombre se marchó. Cinco minutos más.

—Müller.

Elise levantó la cabeza.

—¿Sí, señor?

Brandt seguía mirando el papel.

—¿Conoce la Elandsgracht?

Elise sintió algo frío.

—Sí.

—Naturalmente.

Brandt dejó el informe.

—Esta noche hemos detenido a un hombre allí.

Elise no preguntó quién. Eso habría sido demasiado rápido. Esperó. Brandt la observó.

—Daan Visser.

El nombre atravesó la habitación. Elise no se movió. No debía hacerlo. No debía respirar distinto. No debía mirar la puerta. No debía pensar en el archivo. Ni en el puente. Ni en Chopin.

—¿El trabajador municipal? —preguntó.

Su propia voz le sonó lejana. Brandt levantó ligeramente una ceja.

—Lo recuerda.

—Entró en este edificio hace cuatro días.

—Pensaba que atendía a decenas de personas.

—Las atiendo.

—Pero lo recuerda.

Elise cerró la carpeta que tenía delante.

—Usted mismo me pidió revisar su orden de trabajo.

Brandt asintió.

—Cierto.

Se levantó. Caminó lentamente por la habitación.

—Curioso.

Elise esperó.

—¿Qué cosa?

—Que no era trabajador municipal.

—¿No?

—No.

Brandt se detuvo frente a la ventana.

—Era falsificador.

Elise dejó pasar un segundo.

—Entiendo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué espera que diga?

Brandt se giró.

—No lo sé.

La miró.

—Usted validó su documento.

Ahí estaba. Elise notó cómo se tensaba su espalda.

—La orden tenía formato correcto.

—Era falsa.

—Entonces me equivoqué.

Brandt sonrió. No con humor.

—Usted no se equivoca.

—Todo el mundo se equivoca.

—Usted no.

—Eso es una opinión demasiado favorable.

—Es una estadística.

Caminó hacia su mesa. Tomó una carpeta.

—Trescientos cuarenta y siete documentos falsos identificados en once meses.

Elise sintió el golpe de la cifra. La misma que le había dicho a Daan. Brandt continuó:

—Ochenta y dos con modificaciones casi imperceptibles.

Abrió otra página.

—Treinta y uno fabricados por talleres especializados.

Otra.

—Seis considerados prácticamente indistinguibles del original.

Cerró la carpeta.

—Y el jueves pasado entra un falsificador en esta sede con una orden falsa y precisamente usted decide que es auténtica.

Elise sostuvo su mirada.

—Eso parece.

Brandt la estudió.

—¿Por qué?

—Porque lo parecía.

—No.

Brandt se acercó.

—Quiero saber qué vio.

Elise tomó aire. Despacio.

—Papel correcto.

—¿Qué más?

—Formato administrativo correcto.

—¿Firma?

—Compatible.

—¿Sello?

La palabra cayó con precisión. Elise sabía que Brandt estaba observando sus manos.

—Correcto a primera vista.

—A primera vista.

—Sí.

Brandt apoyó dos dedos sobre el escritorio.

—¿Y a segunda?

Elise no respondió.

—Müller.

—Había una acumulación mínima de tinta.

Brandt sonrió.

—Ah.

Elise comprendió que había llegado demasiado lejos.

—Nada concluyente.

—Pero la vio.

—Sí.

—Y aun así lo dejó pasar.

—El defecto podía pertenecer al sello original.

—Podía.

Brandt caminó hasta quedar frente a ella.

—Pero no pertenecía.

Elise escuchaba su propio corazón.

—No lo sabía.

Brandt sostuvo su mirada durante unos segundos. Después retrocedió.

—Visser salió del edificio.

Elise no dijo nada.

—Cuatro días después aparecen documentos con una réplica mucho mejor del sello que buscaba.

—Y esta madrugada lo encontramos camino de casa de un librero que estamos investigando.

Elise sintió una pequeña esperanza. Solo Daan. Brandt no había mencionado la imprenta. Ni Henk. Ni Bram. Ni ningún otro detenido.

—¿Lo encontraron solo?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Brandt la miró. Elise corrigió inmediatamente:

—Quiero decir… si es falsificador, imagino que trabajará con más personas.

Brandt sonrió.

—Buena pregunta.

Se acercó a la ventana.

—Solo.

Elise bajó los ojos hacia los papeles. No debía mostrar alivio. Solo. Eso significaba algo. No habían encontrado la célula. No sabían dónde estaba el taller. O, al menos, Brandt todavía no lo decía.

—¿Llevaba documentos? —preguntó.

—Ninguno.

—¿Material?

—Nada.

—Entonces ¿qué pruebas tienen?

Brandt se giró.

—Parece preocupada por la solidez del caso.

—Soy analista.

—No abogada.

Elise se quedó callada. Brandt regresó a su mesa.

—Sabemos suficiente.

—¿Cómo?

La palabra salió demasiado rápido. Brandt no respondió inmediatamente. Se sentó. Alineó una pluma con el borde de la carpeta.

—Alguien habló.

Elise sintió que el mundo se estrechaba. No miró a Brandt.

—¿Quién?

—Eso no le concierne.

—Si estamos buscando una red de falsificación, cualquier fuente puede afectar al análisis.

—La fuente es fiable.

—Eso no significa que la información lo sea.

Brandt sonrió.

—Ahora sí habla como analista.

Elise pensaba deprisa. Alguien había dado el nombre de Daan. Solo el nombre. O quizá más. No podía saberlo. ¿Thomas Bakker? ¿Un detenido? ¿Alguien de la propia resistencia? Recordó algo. Joop.

Daan había pronunciado aquel nombre en el archivo. Solo una vez. Joop dijo que… Después se había detenido. Elise no había vuelto a preguntarle.

—¿Han registrado su domicilio? —preguntó.

—Sí.

—¿Encontraron algo?

—No.

—¿Una imprenta?

—No.

La respuesta llegó demasiado seca. Brandt estaba molesto. Eso significaba que realmente no la tenían. Elise notó una chispa de alivio. Daan había protegido el taller. Hasta ahora.

—¿Ha hablado? —preguntó.

Brandt la observó.

—Todavía no.

La palabra le produjo náuseas. Todavía. Elise sabía lo que significaba.

Todos en aquel edificio lo sabían. Había aprendido a vivir con los sonidos.

Puertas. Pasos. Algún grito demasiado lejano.

Después silencio. Los primeros meses había fingido que procedían de otra planta.

Después dejó de fingir. Simplemente aprendió a no pensar en ellos.

Daan estaba ahora allí abajo. En las mismas habitaciones. Elise sintió las uñas clavándose en la palma.

—Müller.

Levantó los ojos.

—¿Sí?

Brandt la observaba.

—Está pálida.

—No he desayunado.

—Debería hacerlo.

—Lo tendré en cuenta.

Brandt inclinó la cabeza.

—¿Conocía a Visser antes del jueves?

La pregunta llegó sin aviso. Elise sintió que todo el entrenamiento de los últimos años se reducía a aquel instante. El puente. La niebla. Su documento. Sus manos. ¿Solo encuaderna? Después el archivo. Después Brouwersgracht. Nueve minutos. Chopin. Tres errores. No. Dos.

Elise miró a Brandt.

—No.

—¿Nunca lo había visto?

—No.

Mentira.

—¿Nunca había revisado sus documentos?

—Que yo recuerde, no.

Otra.

—¿Nunca había hablado con él?

—Antes del jueves, no.

Tercera. Brandt la miró. No pestañeó. Elise tampoco.

El silencio se alargó. Por primera vez entendió físicamente lo que significaba mentir a un hombre que tenía poder para matarte.

No era valentía. Era control. Evitar que una respiración durara medio segundo de más.

Mantener las manos quietas. No humedecerse los labios. No buscar una salida con los ojos.

Brandt se levantó.

—Bien.

Caminó hacia la puerta. Elise sintió que las piernas empezaban a perder tensión. Entonces se detuvo.

—Una cosa más.

Elise esperó. Brandt no se giró.

—El hombre que lo interrogó esta mañana dice que Visser está protegiendo a alguien.

La sangre se le heló.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque no teme que encontremos el taller.

—Teme que encontremos a una persona.

Elise mantuvo el rostro inmóvil.

—¿Quién?

Brandt se volvió.

—Eso queremos averiguar.

Elise sostuvo su mirada.

—Quizá una mujer.

El corazón golpeó una vez.

—Quizá.

—Una amante.

—No lo sé.

—Una hermana.

—No tiene hermanas.

Elise comprendió el error. Brandt sonrió.

—Conoce bien su expediente.

—Lo acaba de dejar sobre la mesa.

Era verdad. La carpeta estaba allí. Brandt miró el expediente. Después a ella.

—Cierto.

Se acercó lentamente.

—O quizá protege a alguien de aquí dentro.

Elise no reaccionó.

—Eso sería preocupante —dijo.

—Mucho.

Brandt permaneció frente a ella.

—Alguien abrió un archivo al que Visser no debería haber tenido acceso.

—Entonces revise los registros.

—Lo estamos haciendo.

—Encontrará al responsable.

—Eso espero.

Elise mantuvo las manos sobre la mesa. Quietas.

—¿Quiere que haga algo?

Brandt pareció considerarlo.

—Sí.

Elise esperó.

—Revise nuevamente la orden municipal que utilizó Visser.

—Ya sabemos que era falsa.

—Quiero saber quién la fabricó.

—Probablemente él.

—No probablemente.

Brandt se inclinó ligeramente.

—Quiero certeza.

Se enderezó.

—Y quiero saber si el documento contiene algo que usted no vio la primera vez.

La frase quedó suspendida. Elise entendió. No era un encargo. Era una prueba.

—Lo haré.

—Hoy.

—Sí, señor.

Brandt caminó hacia la puerta.

—Müller.