Manos de artista Capítulo 7 Las manos #2
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Capítulo 7 Las manos #2

Soltó la derecha. Cogió la izquierda. La observó. Le dio la vuelta. Manchas de tinta alrededor de las uñas. Pequeños cortes. La cicatriz del índice.

—Bonitas manos.

Daan dejó de respirar. El hombre pasó el pulgar sobre las yemas.

—Brandt dice que son importantes.

—Los nombres.

Daan lo miró.

—No.

El interrogador tomó el meñique. Daan intentó retirar la mano. No pudo.

—Los nombres.

—No.

El primer dolor llegó antes del sonido. Una presión brutal. Después el chasquido. Daan gritó. El cuerpo entero se arqueó contra la silla.

Durante unos segundos no existió la habitación. Ni Brandt. Ni la guerra. Ni Elise. Solo un fogonazo blanco que atravesaba el brazo. El interrogador soltó el dedo. Daan respiraba a sacudidas. Miró. No debería haberlo hecho. El meñique estaba torcido.

—Uno —dijo el hombre.

Daan cerró los ojos.

—Váyase al infierno.

—Probablemente.

Cogió el anular.

—Nombre.

Daan pensó en Henk. La pipa. Los catorce escalones.

—No.

Dolor. Esta vez gritó antes de que terminara. El sonido salió solo. Animal. Humillante. El anular quedó inmóvil junto al primero. Daan jadeaba. Las lágrimas habían aparecido sin que pudiera impedirlo. No por tristeza. El cuerpo no pedía permiso para esas cosas.

—Dos.

El hombre esperó. Ese tiempo era peor. Daan sabía cuál sería el siguiente. El dedo medio. Lo vio acercar los alicates.

—Espere.

El interrogador se detuvo. Daan respiró. El hombre sonrió.

—Bien.

Se inclinó.

—Escucho.

Daan levantó la cabeza. Tardó unos segundos en conseguir voz.

—Tengo uno.

El interrogador se acercó más.

—Dígame.

—Adolf Hitler.

—Creo que vive en Berlín.

El golpe le abrió de nuevo el labio. Daan rio. No sabía por qué. Quizá porque la alternativa era llorar. El interrogador le sujetó el dedo medio.

—Última oportunidad.

Daan pensó en Pieter limpiándose sangre de las manos.

En Bram. En Henk. En el hombre británico que ahora se llamaba Pieter Janssen.

En la niña de Utrecht. Después Elise. La vio frente al piano aunque nunca la había visto tocar.

Cuatro horquillas. Dos errores en Chopin.

Nadie termina su trabajo donde decide que termina.

No. Eso lo había dicho ella de otra manera.

Pero lo entendía. Si hablaba, lo que ocurriera después también sería suyo.

—No.

El tercer crujido fue el peor. Después no recordó el grito.

Solo el silencio que vino detrás. Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en el suelo.

No sabía cómo había llegado allí. La silla seguía junto a él.

Las esposas habían cambiado de posición.

La mano izquierda estaba delante ahora. Alguien había envuelto tres dedos con una venda rudimentaria.

No por compasión. Para que no se desangrara o perdiera el conocimiento demasiado pronto.

Daan intentó mover el índice. Respondió. Después el pulgar. También. Meñique. Nada. Anular. Dolor. Medio. Una sacudida que le subió hasta el hombro. Dejó de intentarlo. El hombre de la camisa blanca estaba lavándose las manos en un recipiente.

—Tiene suerte.

Daan rio débilmente.

—Siempre.

—Podríamos seguir.

Daan miró la caja.

—Lo sé.

—Pero quiero que piense.

El hombre secó sus manos cuidadosamente.

—Mire la izquierda.

Daan no quiso. La miró.

—Eso era su trabajo, ¿no?

—Sus manos.

El hombre tomó la carpeta.

—Grababa. Dibujaba. Escribía.

Daan apretó la mandíbula.

—Puede que vuelva a hacerlo.

—O puede que no.

La frase sí consiguió atravesarlo. Más que los golpes.

Más que el dolor. Daan volvió a mirar los dedos.

Durante toda su vida sus manos habían sido algo que nunca necesitó pensar.

Obedecían. Transformaban una línea en una letra.

Una letra en un sello. Un sello en una vida nueva. Ahora tres dedos no parecían suyos.

—Dígame los nombres —dijo el hombre— y llamaremos a un médico.

Daan levantó los ojos.

—¿Un médico?

—Uno bueno.

—¿Y me arreglará la mano?

—Puede intentarlo.

Daan sonrió.

—Casi me convence.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

El hombre se quedó observándolo. Daan bajó la vista hacia los dedos.

Por primera vez apareció miedo de verdad.

No a morir. A sobrevivir sin poder volver a hacer aquello que sabía hacer.

Sin grabar. Sin dibujar. Sin sostener una pluma con precisión.

Sin fabricar un documento. Sintió una tristeza tan violenta que estuvo a punto de confundirse con rendición.

Entonces recordó las tres identidades bajo el asiento de la bicicleta.

Isaac Cohen convertido en Hendrik van Leeuwen.

Un piloto británico transformado en mecánico. Una muchacha sin nombre convertida en Anna de Boer. Las manos servían para algo. Pero no eran aquello por lo que hacía las cosas. Había confundido herramienta con motivo.

Daan levantó la cabeza.

—No.

El interrogador lo miró largamente. Después recogió el reloj. Se lo puso.

—Volveremos.

Salió. La puerta se cerró. Daan quedó solo. Miró la venda. Tres dedos. Meñique. Anular. Medio. El índice seguía ahí. El pulgar también. Intentó unirlos. Índice contra pulgar. Podía. El movimiento era torpe. Le dolía toda la mano. Pero podía. Una pinza. La forma básica de sujetar un lápiz.

Daan rio una vez. Muy bajo.

—Todavía no.

No sabía a quién se lo decía. A Brandt. Al hombre de la camisa blanca.

A la guerra. Quizá a sí mismo. Apoyó la cabeza contra la pared.

Cerró los ojos. Y entonces pensó en Elise.

No en sus ojos. Ni en su sonrisa. Pensó en el instante en que había validado aquella orden falsa delante de Brandt.

La orden es válida. Había mentido mirándolo a la cara.

Por él. Si pronunciaba su nombre, Brandt no le rompería tres dedos. La mataría.

Daan respiró lentamente.

—No.

Lo dijo en voz alta. La habitación estaba vacía.

—No.

Otra vez. No como una respuesta al interrogador. Como una decisión. Quien hubiera entregado su nombre ya había abierto una puerta. Daan no abriría ninguna más. Aunque para mantenerlas cerradas tuviera que perder las manos.