Manos de artista Capítulo 7 Las manos
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Capítulo 7 Las manos

Ámsterdam. Euterpestraat. Lunes, 22 de noviembre de 1943. Cinco y media de la mañana.

Lo primero que hizo Daan al recuperar la consciencia fue intentar mover los dedos.

No sabía dónde estaba. No sabía cuánto tiempo había pasado.

No veía bien por el ojo izquierdo y tenía la boca llena de un sabor metálico que reconoció como sangre.

Pero movió los dedos. Primero los de la derecha.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Pulgar. Todos respondían. Después la izquierda. También.

Daan cerró los ojos. Todavía estaban ahí.

Aquello le pareció importante. Más importante que las muñecas esposadas detrás de la silla.

Más importante que el dolor en las costillas.

Más importante incluso que saber dónde estaba.

Sus manos seguían funcionando. La habitación era pequeña.

Paredes de ladrillo pintadas de un gris sucio.

Suelo de hormigón. Una bombilla desnuda colgaba del techo.

No había ventanas. Sobre una mesa descansaban una jarra de agua, un cenicero, una porra de goma y una carpeta.

Nada más. Daan reconoció el edificio por el olor.

Papel. Tabaco. Humedad. Calefacción. Euterpestraat.

Cuatro días antes había recorrido aquellos pasillos disfrazado de trabajador municipal.

Entonces Elise caminaba delante de él. Ahora estaba atado a una silla en algún sótano del mismo edificio.

La ironía habría tenido cierta gracia en otras circunstancias.

La puerta se abrió. Entró un hombre. No Brandt.

Daan no lo conocía. Tendría unos treinta y cinco años. Delgado. Cabello rubio muy corto. Camisa blanca con las mangas remangadas y una corbata oscura perfectamente anudada. No llevaba uniforme. Eso lo inquietó más. Traía una taza de café. La dejó sobre la mesa. Después se sentó frente a Daan.

—Buenos días.

Daan no respondió. El hombre abrió la carpeta.

—Daniël Visser.

Pronunció el nombre con corrección. Sin acento apenas.

—Veintinueve años. Impresor. Encuadernador. Domicilio en el Jordaan. Padre fallecido. Madre fallecida.

Levantó los ojos.

—Sin hermanos.

Daan lo miró. El hombre pasó una página.

—Antecedentes limpios.

Otra.

—Sin afiliación política conocida.

Otra.

—Sin detenciones.

Cerró la carpeta.

—Un hombre aburrido.

Daan escupió sangre hacia un lado.

—Me esfuerzo.

El hombre sonrió. No parecía ofendido.

—Eso me han dicho.

La misma frase. Daan lo miró con más atención.

—¿Quién?

El hombre bebió café.

—¿Quién qué?

—Quién se lo ha dicho.

—Muchas personas.

—Dígame una.

—Empecemos por algo más sencillo.

Dejó la taza.

—Thomas Bakker.

Daan no reaccionó.

—¿Lo conoce?

—No.

—Librero.

—Hay muchos libreros.

—Prinsengracht.

—Hay muchos canales.

El hombre sonrió otra vez.

—Va a ser una mañana larga.

—No tengo prisa.

—Yo tampoco.

Aquella respuesta era peor. El interrogador abrió de nuevo la carpeta.

—Anoche salió de una imprenta abandonada poco después de las dos.

Daan no corrigió nada.

—A las tres apareció en la Elandsgracht.

—La casa de Thomas Bakker está allí.

Daan sostuvo la mirada.

—También muchas otras casas.

—Cierto.

El hombre se acomodó en la silla.

—¿Por qué fue?

—Ya se lo dije a sus amigos. Trabajo de noche.

—En una fábrica.

—Sí.

—Una fábrica que hemos llamado.

Daan sintió algo frío bajo el esternón. El hombre continuó:

—No trabaja allí.

—Entonces deberían despedir al encargado de personal.

—No tienen ningún encargado con el nombre que usted nos dio.

—Eso explica muchas cosas.

El hombre lo observó durante unos segundos.

—¿Sabe qué me gusta de los hombres como usted, Visser?

—No sabía que tuviera gustos tan específicos.

—Creen que resistir significa no responder.

Daan no dijo nada.

—Pero todos responden.

El hombre tocó la carpeta.

—Cuando mienten, responden. Cuando callan, responden. Cuando hacen bromas, responden. Incluso ahora.

Daan lo miró.

—¿Qué le estoy diciendo?

—Que tiene miedo.

—Sorprendente deducción.

—No de morir.

—De hablar.

La sonrisa desapareció de Daan. Muy poco. Suficiente. El interrogador lo vio.

—Ahí está.

Cogió el café.

—Eso es lo que buscamos.

Daan no volvió a abrir la boca. Pasaron veinte minutos.

Quizá treinta. Daan perdió la cuenta. El hombre hizo preguntas sencillas.

Después las mismas con palabras distintas.

Thomas Bakker. La imprenta. El material municipal.

Quién conseguía el papel. Quién fabricaba los sellos.

Quién organizaba las entregas. Quién proporcionaba nombres.

Daan respondió siempre igual. No sé. No conozco. No recuerdo. Nunca he estado allí. El interrogador no levantó la voz. Eso era lo peor. No quería asustarlo. Quería cansarlo.

—Volvamos al jueves —dijo.

Daan notó el cambio.

—¿Qué jueves?

—Dieciocho de noviembre.

El archivo. Elise. Daan mantuvo el rostro inmóvil.

—Entró en este edificio disfrazado de empleado municipal.

—Primera noticia.

—Tenemos testigos.

—Entonces pregúnteles a ellos.

—Lo haremos.

El hombre abrió otra hoja.

—Buscaba una matriz de sellos.

Daan no contestó.

—La consiguió.

—Cuatro días después encontramos dos documentos con una reproducción casi perfecta de esa matriz.

Daan lo miró.

—Entonces su seguridad tiene un problema.

—Eso creemos.

El hombre se inclinó hacia delante.

—Alguien le ayudó.

Daan sintió el latido del corazón en el cuello.

—No sé de qué habla.

—La puerta estaba cerrada.

—No estuve aquí.

—Alguien tuvo que abrirla.

—Pregúntele a ese alguien.

El hombre sonrió.

—Eso quiero hacer.

El silencio duró varios segundos.

—Necesito un nombre.

Daan pensó en Elise. En su mano girando la llave. En el papel ardiendo. En la expresión de su rostro cuando escribió sin saberlo la primera línea de su condena. Soy cómplice. Él no había visto aquella frase. Pero habría entendido su significado.

—No tengo ninguno.

El interrogador suspiró. Se levantó. Recogió su taza.

—Voy a darle unos minutos.

—Qué considerado.

El hombre llegó a la puerta.

—Visser.

Daan levantó los ojos.

—Una recomendación.

—¿Sí?

—No piense en lo que puede soportar.

Abrió.

—Piense en lo que está dispuesto a perder.

La puerta se cerró. Daan miró sus manos.

Brandt apareció a las seis y cuarto. Daan lo reconoció inmediatamente.

El hombre del pasillo. Uniforme impecable.

Cabello hacia atrás. La misma expresión de quien considera el mundo una habitación en la que todo debería permanecer exactamente donde él lo ha colocado. Entró solo. No se sentó.

—Señor Visser.

Daan levantó la cabeza.

—Señor Brandt.

Aquello provocó una mínima reacción.

—Conoce mi nombre.

—Nos presentaron.

—No recuerdo haberlo hecho.

—Tiene una personalidad memorable.

Brandt se acercó. Miró el rostro golpeado de Daan. Después sus manos.

—Es usted impresor.

—Encuadernador.

—Falsificador.

—Eso dicen.

—Yo lo digo.

Daan no respondió. Brandt rodeó la silla.

—¿Sabe cuántos documentos suyos hemos recuperado?

—No son míos.

—Quince.

Mentía. Daan lo supo. Si hubieran encontrado quince, algunas personas ya estarían detenidas. No reaccionó.

—Tres de Haarlem —continuó Brandt—. Cuatro de Utrecht. Dos destinados a Bélgica.

Seguía probando. Daan miró la pared.

—Buenos documentos.

—No sé de qué habla.

—Son excelentes.

Brandt se detuvo delante de él.

—Ese es su problema.

Daan pensó en Elise. La misma frase. Ese es el problema.

—Los falsificadores mediocres son molestos —dijo Brandt—. Los buenos me interesan.

—Me halaga.

—No debería.

Brandt abrió la mano. Sobre la palma llevaba una pequeña impresión de un sello municipal. Daan la reconoció. Distrito sur. La matriz que había memorizado.

—Esto es suyo.

—Es un sello.

—Una réplica.

—Se parecen mucho los sellos.

—No tanto.

Brandt se agachó.

—Usted entró aquí. Cuatro días después apareció esto.

Daan lo miró.

—Mala suerte.

—No.

Brandt acercó el rostro.

—Ayuda.

El estómago de Daan se contrajo.

—Alguien de este edificio le ayudó.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

—Eso intento averiguar.

Daan sonrió.

—Quizá cae bien.

Brandt no devolvió la sonrisa.

—Nombre.

—No sé ninguno.

—Nombre.

—Sigue sin aparecerme.

Brandt se incorporó.

—Podemos detener a todos los que trabajaron aquí el jueves.

Daan no dijo nada.

—Secretarias.

—Funcionarios.

—Guardias.

—Analistas.

La última palabra cayó despacio. Daan mantuvo la mirada fija en Brandt. No pensó en Elise. O intentó no hacerlo.

—Veinte personas —continuó Brandt—. Treinta, si es necesario.

—Entonces tendrá mucho papeleo.

—No me preocupa el papeleo.

Brandt caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo.

—Pero usted puede evitarlo.

Daan comprendió la trampa. Dar un nombre salvaría supuestamente al resto. Callar podía perjudicarlos. Era mentira. Probablemente. Eso era lo terrible de un interrogatorio. No necesitaban convencerte de una mentira. Solo conseguir que dudases lo suficiente de la verdad.

—No puedo decirle algo que no sé.

Brandt lo observó.

—Todavía.

Salió. A las siete entró de nuevo el hombre de la camisa blanca. Esta vez no llevaba café. Llevaba una caja. La dejó sobre la mesa. Daan no la miró. El hombre se quitó el reloj. Lo colocó junto a la carpeta. Después se remangó un poco más.

—Vamos a continuar.

Daan respiró.

—Pensaba que ya habíamos terminado.

—Ahora empezamos.

El primer golpe fue en el abdomen. No vio venir la porra.

El dolor le dobló el cuerpo contra las esposas.

No pudo respirar. El segundo llegó a la parte lateral de las costillas.

Después otro en el muslo. El interrogador sabía dónde golpear.

No buscaba dejarlo inconsciente. Buscaba mantenerlo allí. Presente.

Daan apretó los dientes.

—La imprenta.

Golpe.

—No sé.

—Los nombres.

Golpe.

—No.

—Quién consigue el papel.

Otro. Daan cerró los ojos.

—No.

El siguiente impacto le arrancó un sonido. No llegó a ser un grito. Eso pareció molestar al hombre.

—No se preocupe —dijo—. Gritará.

Daan respiró con dificultad.

—Tiene usted mucha fe en sí mismo.

La porra le golpeó las costillas. Esta vez gritó. El hombre esperó. Daan colgó la cabeza. Una gota de sangre cayó de su boca. Luego otra.

—¿Ve?

No respondió. La porra quedó sobre la mesa. El interrogador abrió la caja. Daan levantó los ojos. Había alicates. Unas tenazas pequeñas. Una hoja. Vendas. No hacía falta imaginar demasiado. El hombre tomó su mano derecha.

Daan tiró instintivamente. Las esposas se clavaron en las muñecas.

—Esta no.