Manos de artista Capítulo 6 La captura
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Capítulo 6 La captura

Ámsterdam. Elandsgracht. Lunes, 22 de noviembre de 1943. Tres de la madrugada.

A las dos y cuarto, Henk había recibido el aviso.

No llegó por radio. Ni por teléfono. Un muchacho de diecisiete años llamó tres veces a la puerta trasera de la imprenta, esperó, volvió a llamar dos veces y entregó un sobre sin remitente.

Dentro había una hoja arrancada de un cuaderno. Solo tres palabras:

BAKKER. ANTES DEL AMANECER.

Henk quemó el papel.

—Puede ser una trampa.

—Puede —dijo Daan.

—Entonces no vas.

—Si no lo es, Thomas estará detenido antes de que abra la librería.

Bram se levantó.

—Voy yo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Thomas me conoce.

—Precisamente.

Daan cogió su chaqueta.

—Si apareces tú a las tres de la mañana, pensará que vienes a matarlo.

—Y si apareces tú, pensará que has perdido la cabeza.

—Eso ya lo piensa.

Henk no sonrió.

—Daan.

Él se detuvo.

—El aviso no tiene firma.

—Nunca la tienen.

—Este es distinto.

—¿Por qué?

Henk miró las cenizas del papel.

—No lo sé.

Daan esperó. Henk terminó negando con la cabeza.

—Nada. Ve. Le dices que abandone la casa y que no vuelva a la librería. Nada de recoger ropa. Nada de despedirse. Pieter tiene un sitio preparado cerca de Zaandam.

—Entendido.

—Y si ves cualquier cosa rara…

—No entro.

Bram soltó una risa.

—Eso no te lo crees ni tú.

Daan se puso los guantes.

—Volveré antes de las cuatro.

Joop estaba sentado al otro extremo del sótano. Había permanecido callado durante toda la conversación. Al pasar junto a él, Daan se detuvo.

—¿No tienes ningún comentario?

Joop levantó la vista del cigarrillo.

—Sí.

—¿Cuál?

—No pases por Rozengracht.

Daan frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Patrullas.

—¿Desde cuándo?

Joop se encogió de hombros.

—Desde esta noche.

Daan lo observó.

—¿Cómo lo sabes?

Joop expulsó humo.

—Contactos.

Aquella palabra otra vez. Daan no insistió.

Salió. Las calles de Ámsterdam pertenecían a otra ciudad después del toque de queda.

No había campanas de bicicletas. Ni conversaciones desde las puertas.

Ni niños. Ni mujeres regresando del mercado.

Solo ventanas oscuras, canales negros y el ruido ocasional de un motor que hacía que cualquiera que estuviera fuera de casa buscara instintivamente una sombra.

Daan pedaleaba sin linterna. Había tomado una ruta distinta de la habitual.

No por Rozengracht. Por consejo de Joop.

Aquello le molestaba. No sabía por qué. Cruzó un puente.

Esperó. Nada. Continuó. En el bolsillo interior llevaba un documento que justificaba un supuesto turno nocturno en una fábrica de alimentación.

Era bueno. No perfecto. Después de conocer a Elise, la diferencia entre ambas palabras había adquirido demasiada importancia.

Pensó en ella. Intentó no hacerlo. No funcionó. Nueve minutos. Habían hablado nueve minutos en el puente. Trescientos cuarenta y siete documentos.

Aquella cifra regresaba más que su sonrisa. Eso era bueno. Significaba que todavía recordaba quién era ella. Una mujer podía ayudarte una vez y continuar formando parte de una máquina que enviaba a otros a prisión. Las contradicciones no anulaban los hechos.

Daan se repitió aquello mientras entraba en la Elandsgracht.

Entonces vio la bicicleta. Estaba apoyada contra una fachada.

Negra. Sin luz. Una bicicleta corriente.

Daan pasó junto a ella. Tres metros después dejó de pedalear.

La rueda trasera estaba mojada. El cuadro no.

Había llovido hasta poco antes de las dos.

Aquella bicicleta había llegado después.

Daan miró la calle. Oscura. Silenciosa. La casa de Thomas estaba a unos treinta metros.

Todas las ventanas apagadas. Nada fuera de lugar.

Precisamente eso era lo que no le gustaba.

Recordó las palabras de Henk. Si ves cualquier cosa rara, no entro.

Giró la bicicleta. Un motor arrancó detrás de él.

Daan reaccionó de inmediato. Pedaleó. Una luz se encendió al final de la calle. Un automóvil. No podía volver por donde había llegado. Giró hacia un callejón lateral. Dos hombres aparecieron desde la oscuridad.

—¡Alto!

Daan embistió al primero. El hombre cayó contra la pared. El segundo intentó agarrar el manillar. Daan giró. La bicicleta derrapó. Cayó. El golpe contra los adoquines le arrancó el aire. Se levantó antes de sentir el dolor. Corrió. Oyó pasos. Una orden en alemán. Después otra en neerlandés.

—¡Visser!

Daan se detuvo apenas una fracción de segundo. Su nombre. Error. Siguió corriendo. Doblando la esquina podría llegar al canal. Había un patio. Una puerta. Una valla que conocía. Si conseguía cruzarla… Un hombre apareció delante. Abrigo oscuro. Pistola.

Daan frenó. Detrás llegaron los otros dos. No había salida. El agente de la pistola lo miró.

—Daan Visser.

Esta vez Daan no reaccionó.

—Se equivoca.

—¿Sí?

—Sí.

—Documentos.

Daan respiraba con dificultad. Sacó el persoonsbewijs. Su auténtico documento. El hombre lo tomó. Acercó una linterna. Daniël Visser. Le devolvió una mirada casi divertida.

—Qué mala suerte.

Daan no contestó.

—¿Adónde iba a estas horas?

—Trabajo.

—¿Dónde?

—Fábrica de conservas.

—¿Cuál?

Daan dio el nombre preparado. El hombre asintió.

—Muy bien.

Sacó otro papel del bolsillo. Lo desplegó. Daan no pudo verlo.

—¿Y Thomas Bakker?

El corazón le dio un golpe. No lo mostró.

—No sé quién es.

—Claro.

—¿Estoy detenido?

El hombre dobló el papel.

—Todavía no.

Eso era peor.

—Entonces me gustaría irme.

—Naturalmente.

Se apartó. Daan no se movió. El hombre sonrió.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Puede marcharse.

Era una prueba. Daan lo supo. Los dos agentes permanecían detrás. La calle estaba libre a su derecha. La bicicleta había quedado tirada más atrás. Si caminaba hacia Thomas, confirmaba que lo conocía. Si regresaba…

—Me iré por donde he venido.

El hombre asintió.

—Buena elección.

Daan caminó. Un paso. Dos. Tres. Esperó el golpe. No llegó. Cuatro. Cinco. Siguió. Quizá realmente iban a dejarlo marchar. Quizá pretendían seguirlo. Eso sería peor. Podía llevarlos hasta el sótano.

Daan decidió no regresar. Iría hacia el oeste. Caminaría hasta el amanecer si era necesario. Entonces el hombre habló.

—La imprenta de su padre debió de ser bonita.

Daan se detuvo. No se giró. El aire pareció volverse más frío.

—Visser & Zonen —continuó el agente—. Un nombre curioso para un hombre con un solo hijo.

Daan cerró los ojos. Lo sabían. No cuánto. Pero sabían demasiado. Se giró.

—¿Qué quiere?

—Hablar.

—Estamos hablando.

—En otro sitio.

—Prefiero este.

—No le he preguntado.

Uno de los hombres se acercó. Daan calculó.

Tres hombres. Una pistola. El primero estaba a dos metros.

El segundo, detrás. El tercero aún se recuperaba del golpe de la bicicleta y cojeaba ligeramente.

Podía intentar correr otra vez. Quizá conseguir veinte metros.

Treinta. Después una bala. Y si lo mataban allí, al menos no hablaría.

El pensamiento fue tan claro que lo asustó.

El agente de la pistola pareció adivinarlo.

—No haga tonterías.

—Depende de lo que considere una tontería.

—Morir en una calle por nada.

—A veces morir por nada es mejor que vivir para algo peor.

La sonrisa desapareció del rostro del hombre.

—Ahora entiendo por qué nos dijeron que era usted difícil.

Daan sintió un cambio. Una palabra. Dijeron. No «descubrimos». No «averiguamos». Nos dijeron.

—¿Quién?

El agente sonrió otra vez. Demasiado tarde. Daan había visto la respuesta que no era una respuesta. Alguien. Había alguien.

—¿Quién les dio mi nombre?

—Va a tener mucho tiempo para pensar en eso.

El hombre hizo un gesto. Los otros avanzaron. Daan golpeó primero. El puño alcanzó la mandíbula de uno. Intentó girarse. La porra le dio en las costillas. Dolor. Cayó de rodillas. Se levantó. Otro golpe en la espalda.

Daan lanzó el codo hacia atrás. Escuchó un gruñido.

Corrió. Tres pasos. La porra golpeó la nuca.

El mundo se inclinó. No cayó del todo. Una mano lo sujetó por la chaqueta.

Daan intentó golpearla. Falló. El segundo golpe le alcanzó detrás de la oreja.

Esta vez los adoquines subieron hacia él.

La mejilla chocó contra el suelo. Saboreó sangre. Oyó voces deformadas.

—Vivo.

—¿Qué?

—He dicho vivo. Quieren que hable.

Manos lo giraron. Le esposaron las muñecas. Daan abrió los ojos. Vio una bota. Una rueda. La fachada de una casa. Intentó recordar dónde estaba. Elandsgracht. Thomas. La trampa.

—Bakker… —murmuró.

Uno de los hombres se agachó.

—¿Qué ha dicho?

Daan lo miró. Sonrió con sangre entre los dientes.

—He dicho que su madre debería haberle enseñado a pegar.

La bota le golpeó el estómago. El aire desapareció. Daan se dobló.

—Basta —ordenó el agente de la pistola—. Brandt lo quiere consciente.

El nombre penetró la niebla de su cabeza. Brandt. Elise había hablado de él. Está buscando a alguien. Daan intentó ordenar las piezas. Documentos. El archivo. Thomas. Alguien había dado su nombre. ¿Joop? No. Demasiado fácil.

Joop tenía contactos. Joop conseguía llaves.

Joop sabía dónde había patrullas. No pases por Rozengracht.

Daan abrió los ojos. ¿Por qué había sabido que había patrullas?

¿Por qué precisamente aquella noche? La sospecha apareció.

No una certeza. Solo una grieta. Y antes de que pudiera seguir pensando, le cubrieron la cabeza con un saco.

Oscuridad. Lo levantaron. Lo metieron en un vehículo. La puerta se cerró. El motor arrancó.

Daan intentó contar los giros. Derecha. Recto.

Izquierda. Otro giro. Los perdió después del cuarto.

El dolor de la nuca pulsaba al ritmo del motor.

Respiró lentamente. Había una cosa que necesitaba recordar.

No nombres. No lugares. No Henk. No Bram.

No Pieter. No Joop. Ni siquiera Thomas. Y, por encima de todos:

Elise.

Si descubrían que ella lo había ayudado, moriría.

Daan apoyó la cabeza contra la chapa del vehículo.

Pensó en el puente. Nueve minutos. Chopin.

Los trescientos cuarenta y siete documentos.

No sabía quién era aquella mujer. No sabía si debía confiar en ella.

Pero sí sabía una cosa. Había abierto una puerta para él.

Ahora él tendría que mantener cerrada otra.

El vehículo frenó. Puertas. Voces. Lo arrastraron fuera. El aire olía distinto.

Daan oyó una cerradura pesada. Escaleras hacia abajo. Entonces comprendió adónde lo habían llevado. Euterpestraat. El mismo edificio del que había salido cuatro días antes empujando un carro municipal. Esta vez entraba esposado. Y no había ninguna llave en el bolsillo.