Capítulo 5 Tres minutos #2
Elise abrió la boca para responder. No lo hizo. Margot había dicho exactamente lo mismo.
Dos errores.
Por primera vez sintió algo parecido a una coincidencia amable en un mundo donde casi ninguna coincidencia lo era.
—El piano no es mío —dijo.
Daan vio que la respuesta contenía algo más. No preguntó.
—Pero toca bien.
—Se ha vuelto generoso.
—No se acostumbre.
Se oyó un motor. Elise miró hacia el extremo del canal. Un vehículo negro doblaba la esquina. Se tensó.
—Váyase.
Daan no necesitó que lo repitiera. Subió a la bicicleta. Antes de pedalear, Elise se acercó medio paso.
—Señor Visser.
—¿Sí?
—Brandt está buscando a alguien.
Daan dejó de sonreír.
—Siempre.
—A usted no específicamente.
—Eso tranquiliza mucho.
—Escúcheme.
Daan lo hizo.
—Los documentos están atrayendo atención. Más de la que deberían.
—¿Cómo sabe que son míos?
—No lo sé.
—Pero lo cree.
—Sí.
—¿Y qué quiere que haga?
—Desaparezca una temporada.
—No puedo.
—Puede.
—No.
Elise miró el vehículo que se acercaba.
—Entonces cometa menos errores.
Daan apoyó ambas manos en el manillar.
—Creía que mi trabajo era bueno.
—Lo es.
—¿Entonces?
Elise bajó la vista hacia sus dedos.
—Ese es el problema.
Daan entendió. Las falsificaciones mediocres desaparecían entre miles. Las extraordinarias podían convertirse en un desafío. Especialmente para hombres como Brandt.
—Tendré cuidado.
—Eso dicen todos.
—¿Quiénes?
Elise lo miró. La misma pregunta de dos días antes. Esta vez respondió.
—Los que luego terminan en mis informes.
El vehículo estaba ya a media calle.
—Ahora sí. Váyase.
Daan empezó a pedalear. Avanzó cinco metros. Se detuvo. Elise cerró los ojos un instante.
—¿Qué hace?
Daan se volvió.
—Elise.
Era la segunda vez que pronunciaba su nombre. Ella no lo corrigió.
—¿Qué?
Daan quería darle las gracias. No lo hizo. La palabra resultaba demasiado pequeña.
—La próxima vez tocará Chopin sin equivocarse.
Elise lo miró.
—No habrá próxima vez.
Daan sonrió.
—Eso dijo el jueves.
Pedaleó. Esta vez no se detuvo. Elise lo observó alejarse hasta que desapareció detrás de la esquina.
El automóvil negro pasó junto a ella. No pertenecía al SD.
Era un taxi. Elise soltó el aire. Miró el reloj.
Nueve minutos. Habían hablado nueve minutos.
Tres veces más de lo acordado. Regresó hacia su casa.
A mitad del puente se detuvo. La conversación volvía una y otra vez.
No la sonrisa de Daan. No Chopin. No siquiera la advertencia.
Una frase. Entonces no me pida que le diga que no forma parte de eso. Elise había querido odiarlo por decirla. No podía. Porque era verdad. Daan no fue directamente al sótano. Dio dos vueltas alrededor del Jordaan antes de acercarse a la imprenta. Costumbre. Precaución.
Aquella noche, además, necesitaba pensar.
Elise Müller había detectado cientos de documentos falsos.
Trescientos cuarenta y siete. Daan recordaba la cifra.
No quería imaginar qué había sucedido con aquellas personas.
No tenía derecho a confiar en ella. No después de saberlo.
Y, sin embargo, dos días antes aquella misma mujer había arriesgado su vida para que él pudiera copiar un sello.
Las dos cosas eran ciertas. Ese era el problema.
Habría sido más sencillo si Elise fuera una heroína.
También si fuera un monstruo. No parecía ser ninguna de las dos.
Daan giró hacia el Jordaan. Las calles estaban casi vacías.
Pensó en el piano. En los dos errores. En su sonrisa al discutir sobre ellos.
Se reprendió. Aquello sí era peligroso. No la policía alemana.
No Brandt. No los controles. Convertir a Elise Müller en algo distinto de lo que era porque deseaba que lo fuese.
Había visto a buenos hombres morir por creer lo que necesitaban creer. No cometería el mismo error. Cuando llegó al sótano, Bram estaba ajustando una plancha. Henk leía junto a la estufa. Joop fumaba.
—Llegas tarde —dijo Bram.
Daan dejó la bicicleta.
—Me he entretenido.
Joop levantó la vista.
—¿Con qué?
La pregunta era normal. El tono también. Daan lo miró un instante.
—Con nada.
Joop dio una calada.
—Los «nada» son los que más tiempo hacen perder.
Daan se quitó la chaqueta.
—¿Tenemos trabajo?
Henk señaló una carpeta.
—Tres nuevos.
Daan la abrió. Fotografías. Nombres. Vidas que necesitaban convertirse en otras vidas. Se sentó. Tomó la lupa. Intentó concentrarse.
Durante diez minutos funcionó. Después descubrió que estaba tarareando. Bram levantó la cabeza.
—¿Qué es eso?
Daan dejó de hacerlo.
—¿Qué?
—Estás tarareando.
—No.
—Sí.
Joop sonrió.
—Chopin.
Daan alzó los ojos. Joop seguía fumando.
—¿Conoces Chopin?
Joop se encogió de hombros.
—Mi madre tenía un piano.
La respuesta era perfectamente normal. Daan volvió al documento. Aun así, durante unos segundos no consiguió quitarse una idea de la cabeza. Todo el mundo parecía tener una madre que tocaba Chopin. Después se obligó a trabajar.
A las once y media terminó el primer documento. El sello era perfecto. Ninguna acumulación de tinta. Ninguna irregularidad que no estuviera también en el original. Daan lo sostuvo bajo la lámpara. Pensó en Elise. Cometa menos errores.
—Inténtalo ahora —murmuró.
Bram levantó la vista.
—¿Qué?
Daan dejó el documento sobre la mesa.
—Nada.
Esta vez sí era verdad. O casi.