Capítulo 5 Tres minutos
Ámsterdam. Puente sobre el Brouwersgracht. Sábado, 20 de noviembre de 1943. Seis de la tarde.
No fue una cita. Al menos ninguno de los dos habría utilizado esa palabra.
Elise salió de casa poco antes de las seis con la excusa de comprar pan.
Había una panadería a cuatro minutos en dirección contraria.
Caminó hacia el puente. Daan, por su parte, debía entregar una caja de tipos móviles a Henk en el Jordaan.
La ruta más corta no pasaba por el Brouwersgracht.
Eligió aquella. Ninguno sabía si esperaba encontrar al otro. Ambos habrían negado que sí.
La tarde había oscurecido pronto. Una llovizna fina flotaba sobre el canal y las fachadas se reflejaban deformadas en el agua. Algunas bicicletas cruzaban de vez en cuando. Una mujer caminaba con una cesta vacía. Un anciano empujaba un carrito de carbón que parecía pesar más que él.
Elise estaba junto a la barandilla. Abrigo oscuro. Guantes. Cuatro horquillas sujetando el cabello. Daan la vio desde el otro extremo. Siguió pedaleando. Podía continuar. Eso habría sido lo sensato. Pasar junto a ella. No mirar. No detenerse. Convertir el jueves en un incidente irrepetible. Frenó.
Elise lo había visto. Durante unos segundos ninguno hizo nada. Tres o cuatro metros los separaban. Suficientes para fingir que no estaban juntos. Insuficientes para ignorarse. Daan apoyó un pie en el suelo.
—Señorita Müller.
—Señor Visser.
La formalidad resultó absurda después de lo ocurrido en el archivo. Precisamente por eso ninguno la abandonó. Daan miró alrededor.
—¿Está esperando a alguien?
—No.
—Yo tampoco.
Elise arqueó una ceja.
—No le he preguntado.
—Me ha parecido información relevante.
Ella bajó la mirada hacia la bicicleta.
—¿La obra municipal terminó bien?
Daan entendió.
—Sin averías.
—Me alegro.
—El problema resultó estar en otro sitio.
—¿Dónde?
—En un sello.
Elise lo miró. Daan sonrió apenas.
—Pero ya está arreglado.
—No debería contarme eso.
—No le he contado nada.
—Exactamente.
Una bicicleta pasó entre ambos. Tuvieron que apartarse. Cuando volvió a quedar espacio, Daan miró hacia uno de los extremos del canal.
—No deberíamos estar hablando.
—No.
—Podrían verla.
—Sí.
—Podrían verme.
—También.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
Elise metió las manos en los bolsillos.
—Tres minutos.
Daan la miró.
—¿Qué?
—Podemos hablar tres minutos.
—¿Y después?
—Usted sigue por donde iba. Yo vuelvo a casa.
Daan comprobó el reloj.
—Tres minutos.
—Ni uno más.
—Es una conversación muy organizada.
—Estoy acostumbrada a los informes.
—¿También cronometra las conversaciones?
—Las importantes.
La palabra quedó entre ellos. Elise lo lamentó en cuanto la pronunció. Daan no hizo ningún comentario. Eso fue peor.
—Empiece —dijo ella.
—¿Yo?
—Usted se ha detenido.
—Usted estaba esperando.
—No estaba esperando.
—Por supuesto.
—Le quedan dos minutos y cuarenta segundos.
Daan sonrió.
—Eso ha sido muy rápido.
—Dos treinta y cinco.
—Está haciendo trampa.
Por primera vez, Elise sonrió de verdad.
Duró poco. Pero Daan la vio. Y descubrió algo que no esperaba.
Elise Müller parecía más joven cuando sonreía.
No más hermosa. Eso habría sido demasiado fácil.
Más joven. Como si durante un instante hubiera desaparecido de su rostro todo aquello que llevaba encima.
Daan dejó de sonreír. Ella lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estaba mirando.
—También usted.
Elise apartó la vista hacia el canal.
—Dos minutos.
Daan apoyó ambas manos en el manillar.
—¿Por qué me ayudó?
La sonrisa desapareció. Elise sabía que llegaría esa pregunta. Llevaba dos días preparándose para responderla. Las respuestas que había ensayado eran buenas. Ninguna le servía.
—Ya se lo dije.
—Me dijo que no lo sabía.
—Entonces esa sigue siendo la respuesta.
—No me la creo.
—Eso es problema suyo.
—Usted podía detenerme.
—Sí.
—Podía llamar a Brandt.
—Sí.
—Podía cerrar aquella puerta y no habría salido del edificio.
—Sí.
Daan guardó silencio. Elise lo miró.
—¿Qué quiere que diga?
—La verdad.
—La verdad es que no lo sé.
—Todo el mundo sabe por qué hace las cosas.
—No.
La respuesta salió más dura de lo que pretendía.
—Eso es algo que la gente se cuenta después. Cuando ya ha tomado una decisión. Inventamos una razón y la llamamos verdad.
Daan pensó en ello.
—Entonces invente una.
—No.
—¿Por qué?
—Porque sería para usted.
Eso le hizo callar. Elise miró el reloj.
—Un minuto y medio.
Daan no apartó los ojos de ella.
—¿Cuántas personas?
Elise supo inmediatamente a qué se refería.
—No.
—Me lo pregunté el jueves.
—Y no le contesté.
—¿Cuántos documentos falsos ha descubierto?
Elise apretó las manos dentro de los bolsillos.
—No es algo que quiera hablar aquí.
—¿En otro sitio sí?
—No habrá otro sitio.
—Eso no responde.
Elise miró a ambos extremos del puente. Nadie cerca. Una patrulla podía aparecer en cualquier momento.
—Trescientos cuarenta y siete.
Daan permaneció inmóvil. No esperaba una cifra. Mucho menos aquella.
—¿Los recuerda?
—Los documentos.
—He preguntado por las personas.
Elise sintió una punzada de irritación.
—No conozco a las personas.
—Pero sus documentos sí.
—Ese es mi trabajo.
—Y después de su trabajo viene otro.
Elise levantó la mirada.
—No necesito que me explique cómo funciona.
—No. Imagino que no.
—No sabe nada de mí.
—Sé dónde trabaja.
—Eso no significa que sepa quién soy.
Daan tardó en responder.
—A veces significa bastante.
Elise sintió el golpe. Miró hacia el agua.
—Anoche hubo una recepción.
Daan no entendió el cambio.
—¿Qué?
—Oficiales del SD. Policía. Algunos hombres del Abwehr. Brandt estaba allí.
—¿Y?
—Yo también.
Daan esperó.
—Bebieron —continuó Elise—. Rieron. Uno contó una historia sobre un detenido.
Se detuvo.
—Todos se rieron.
Daan miró sus manos.
—¿Usted?
—No.
—Pero estaba allí.
Elise se giró hacia él.
—Sí.
—Llevaba su uniforme.
—Sí.
—Trabaja con ellos.
—Sí.
Cada respuesta costaba más. Daan sostuvo su mirada.
—Entonces no me pida que le diga que no forma parte de eso.
Elise se quedó inmóvil. Aquello era precisamente lo que había querido decirle. Precisamente lo que necesitaba escuchar negado. No soy como ellos. No soy parte de eso. Soy distinta. Había venido hasta el puente para conseguir alguna versión de aquellas palabras.
Daan no se las dio.
—No se lo he pedido.
—Pero quería hacerlo.
Elise no respondió. El reloj seguía avanzando. Los tres minutos habían dejado de importar.
—No soy como Brandt —dijo finalmente.
—Eso espero.
—No disfruto con lo que hacen.
—Eso no impide que trabaje para ellos.
—¿Cree que no lo sé?
La voz de Elise subió. Un hombre que caminaba por la otra acera levantó la vista. Ambos callaron. Esperaron a que pasara. Elise habló más bajo.
—¿Cree que no sé dónde estoy cada mañana? ¿Que no sé qué ocurre en las plantas inferiores? ¿Que no sé qué significa cuando encuentro una falsificación?
Daan no dijo nada.
—Lo sé.
Elise tragó saliva.
—Lo sé desde el primer día.
—Entonces ¿por qué sigue allí?
Esa era la pregunta. No Daan. No el sello. No el jueves. Aquella. Elise volvió a mirar el agua.
—Porque al principio era fácil.
—¿Fácil?
—Sí.
Daan esperó. Elise se quitó un guante. No sabía por qué. Quizá necesitaba sentir el frío.
—Los documentos eran documentos. Las listas eran listas. Los nombres eran tinta. Yo era buena encontrando errores. Muy buena.
Daan pensó en sus dedos sobre el sello del puente.
—Eso ya lo sé.
—Me gustaba ser buena.
La confesión le costó más que las demás.
—Y cuando alguien desaparecía después de uno de mis informes, me decía que yo no lo había detenido. Que yo no había golpeado a nadie. Que mi trabajo terminaba cuando entregaba el papel.
—¿Y ahora?
Elise observó su propia mano.
—Ahora ya no consigo que termine ahí.
Daan guardó silencio. Podía haberle dicho algo amable. No lo hizo. Aquello le gustó a Elise y la enfureció al mismo tiempo.
—¿Y yo? —preguntó él.
—¿Qué pasa con usted?
—¿Por qué conmigo sí?
Elise volvió a ponerse el guante.
—Tal vez llegó en mal momento.
Daan soltó una breve risa.
—Es lo más romántico que me han dicho nunca.
Elise lo miró con incredulidad. Después comprendió la broma.
—No estaba intentando ser romántica.
—Menos mal.
—Además, apenas lo conozco.
—Eso también es tranquilizador.
—Y es usted un delincuente.
—Eso ya resulta más familiar.
Una sonrisa volvió a aparecer en los labios de Elise.
Esta vez intentó contenerla. No lo consiguió del todo.
Daan se dio cuenta. Algo cambió. Muy poco.
No confianza. Mucho menos amor. La conciencia incómoda de que bajo aquellas circunstancias imposibles podían haberse caído bien.
En otra ciudad. En otro año. En un mundo que no estuviera dividido entre quienes perseguían y quienes huían.
El pensamiento resultó tan absurdo que Daan lo apartó.
—Se han acabado los tres minutos —dijo Elise.
Miró su reloj. Habían pasado casi siete. Daan levantó una ceja.
—Su precisión alemana deja bastante que desear.
—No vuelva a decir eso.
—¿Alemana?
—Precisión.
Daan rio por lo bajo. Elise negó con la cabeza.
—Tiene que irse.
Esta vez hablaba en serio.
—Lo sé.
Daan colocó el pie en el pedal. No arrancó.
—Una pregunta más.
—No.
—Ya han pasado los tres minutos.
—Precisamente.
—Entonces estamos fuera del reglamento.
Elise suspiró.
—Una.
Daan dudó. Era una pregunta pequeña. Quizá demasiado personal.
—¿El piano es suyo?
Elise lo miró.
—¿Qué piano?
—El que se oye desde su casa.
El rostro de Elise cambió.
—¿Cómo sabe dónde vivo?
Daan comprendió inmediatamente el error.
—No lo sé.
—Acaba de decir…
—Pasé por esta calle hace unas noches.
—¿Me siguió?
—No.
—¿Entonces?
Daan señaló con la cabeza hacia las casas del canal.
—Una ventana estaba ligeramente abierta. Alguien tocaba Chopin.
Elise no respondió.
—Lo reconocí.
—¿Qué pieza?
—Nocturno en mi bemol.
Elise lo estudió.
—¿Toca?
—Mi madre.
—No he preguntado por su madre.
—Yo no.
—Entonces ¿cómo lo reconoce?
—Cuando una mujer te obliga a escuchar la misma pieza durante diecisiete años, acaba formando parte de tu sistema nervioso.
Elise bajó la mirada.
—Se equivocó.
Daan sonrió.
—Dos veces.
Ella levantó la cabeza.
—Una.
—Dos.
—La segunda no cuenta.
—Mi madre diría que sí.