Capítulo 4 El archivo #2
Daan sacó una libreta del bolsillo. Elise lo agarró de la muñeca.
—No.
—Necesito…
—Si encuentran un dibujo suyo dentro de este edificio, nos matan a los dos.
Daan la miró. Nos. Elise también se dio cuenta. Soltó su muñeca.
—Memorice.
Daan observó la matriz. La giró. Cerró los ojos. Volvió a mirarla.
—Necesito una impresión.
—No.
—Elise.
Era la primera vez que usaba su nombre. Ella se tensó.
—No vuelva a hacerlo.
—Necesito una impresión.
Elise miró hacia el pasillo. Después entró. Cerró la puerta sin llegar a encajarla. Fue hasta una mesa. Sacó una almohadilla de tinta. Daan no dijo nada. Elise tomó un papel desechado de una caja. Colocó la matriz. Presionó. Levantó. El sello apareció. Perfecto.
Daan lo observó. La desviación. El desgaste. La mancha mínima del borde. Todo.
—Treinta segundos —dijo Elise.
Daan memorizó. No dibujó. No copió. Miró.
La distancia entre letras. La profundidad.
La irregularidad de presión. Veinte segundos.
Devolvió la matriz. Elise rompió el papel en cuatro.
Después en ocho. Lo introdujo en una pequeña estufa metálica del rincón.
Encendió una cerilla. El papel ardió. Ambos observaron cómo desaparecía la prueba.
—Ya está —dijo Elise.
Daan cerró la caja. La devolvió al estante.
—Me ha ayudado.
—No.
—Sí.
—No he visto nada.
—Ha falsificado una inspección.
—He validado un documento.
—Ha abierto el archivo.
—Por error.
—Ha hecho una impresión.
—Para comprobar el sello.
Daan la miró.
—Miente muy bien.
Elise sintió el golpe de la frase. Margot había dicho algo parecido.
—Váyase.
—¿Por qué lo hace?
—Váyase.
—Quiero saberlo.
—Yo también.
Daan no se movió. Elise se acercó.
—Escúcheme bien, señor Visser. Lo que acaba de ocurrir no vuelve a ocurrir.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada.
—Exactamente.
—No lo convierta en un juego.
La voz de Elise cambió. No era miedo. Era algo más serio.
—He visto hombres desaparecer por menos que esto. He visto familias desaparecer por menos. Usted entra aquí sonriendo y cree que porque sabe copiar una firma entiende dónde está.
Daan dejó de sonreír.
—Sé perfectamente dónde estoy.
—No. Si lo supiera, no habría venido.
Daan la miró.
—Si no venía, otras personas podían morir.
Elise sostuvo su mirada.
—Siempre dicen eso.
—¿Quiénes?
Ella no respondió. Porque la respuesta era incómoda. Los resistentes. Los detenidos. Los falsificadores. La gente cuyo nombre aparecía después en sus informes. Daan vio algo cambiar en su cara.
—¿Cuántos? —preguntó.
—¿Cuántos qué?
—Cuántos documentos ha marcado.
Elise se quedó inmóvil.
—No es asunto suyo.
—Quizá sí.
—No.
Daan bajó la voz.
—Usted sabe para qué sirven los documentos que detecta.
Elise no contestó.
—Sabe adónde van esas personas.
—Cállese.
—Sabe lo que ocurre después.
—He dicho que se calle.
Daan lo hizo. No porque obedeciera. Porque había visto algo. No culpa. Todavía no. Pero una grieta. Elise abrió la puerta.
—Váyase.
Daan cogió el carro. Antes de salir se detuvo.
—Gracias.
—No me dé las gracias.
—¿Por qué?
Elise lo miró.
—Porque no sé si lo que acabo de hacer ha salvado a alguien o ha condenado a otros.
Daan no respondió. No había respuesta posible. Empujó el carro. Caminaron hasta la escalera. Arriba se oyó una puerta. Voces. Brandt. Elise se detuvo.
—Espere.
Daan obedeció. Brandt apareció al final del pasillo.
—Müller.
—Señor.
Miró a Daan.
—¿Terminó?
Daan levantó una llave inglesa.
—No había avería.
—¿Entonces?
—La presión está dentro de límites.
Brandt frunció el ceño.
—Ha tardado bastante para descubrir que no había problema.
Daan se encogió de hombros.
—Los edificios viejos son como las personas. Hay que escucharlos antes de saber dónde duele.
Brandt no pareció apreciar la metáfora.
—Müller.
—¿Sí, señor?
—Acompáñelo fuera.
—Sí.
Caminaron. Al llegar al vestíbulo, Elise se detuvo. Daan empujó el carro hacia la puerta.
—Señor Visser.
Él se volvió. Había funcionarios alrededor. Guardias. Teléfonos. No podían hablar. Elise sostuvo la orden falsa entre los dedos. Se la había quedado. Daan lo comprendió. Prueba.
—Su documento.
Se lo tendió. Daan lo tomó. Sus dedos se tocaron. Ninguno retiró la mano de inmediato. Fue apenas un segundo, lo bastante breve para parecer casual y lo bastante largo para que ambos lo notaran.
—Gracias.
Elise lo miró.
—Una cosa.
—¿Sí?
—La próxima vez que prepare una orden municipal…
Daan sintió un escalofrío.
—¿Qué?
—No utilice tinta nueva para una firma que supuestamente lleva seis meses archivada.
Daan sostuvo su mirada.
—Lo tendré en cuenta.
—No debería haber próxima vez.
—Eso espero.
Salió. La lluvia seguía cayendo. Daan empujó el carro hasta la esquina.
No miró atrás. Solo cuando estuvo a dos calles de distancia se permitió respirar.
Había conseguido la matriz. No físicamente.
Pero la tenía. La veía dentro de la cabeza.
La deformación de la A. La hendidura. La presión del borde.
Podría reproducirla. Y también tenía otra cosa.
Un problema. Una mujer del SD que había mentido por él. No sabía por qué. Eso era peligroso.
Más peligroso aún:
quería volver a verla.
No porque la amara. Ni siquiera sabía si le gustaba.
Quería entenderla. Y en tiempos de guerra, pensó Daan, la curiosidad podía matar tan eficazmente como una bala.
Elise esperó hasta que desapareció. Después regresó al archivo.
Cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Las manos le temblaban.
Aquello era nuevo. Se miró los dedos. Habían sostenido la matriz.
Habían hecho la impresión. Habían quemado el papel. No había sido un error.
No había sido una omisión. No había dejado pasar algo que quizá no había visto. Esta vez había elegido. Fue hasta su escritorio. Abrió la libreta. Encontró la entrada:
Daan Visser. Posible grabador.
Debajo escribió:
Confirmado. Falsificador.
Se detuvo. Podía seguir. Detener. Investigar. Informar a Brandt. No escribió ninguna. En su lugar añadió:
He ayudado.
Se quedó mirando aquellas dos palabras. Después escribió una tercera línea.
Soy cómplice. La tinta tardó unos segundos en secarse.
Elise cerró la libreta. Por primera vez desde que había empezado a trabajar para el SD, comprendió que acababa de cruzar una frontera.
Lo terrible era que no sabía si acababa de salir del lado equivocado. O de entrar en otro.