Manos de artista Capítulo 4 El archivo
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Capítulo 4 El archivo

Ámsterdam. Euterpestraat. Jueves, 18 de noviembre de 1943. Siete y media de la mañana.

La lluvia había empezado antes del amanecer. No era fuerte. Peor. Una llovizna constante que se pegaba a los abrigos, hacía brillar los adoquines y convertía cada esquina en una superficie gris.

Daan llegó a la Euterpestraat empujando un carro.

Dentro había dos cajas de herramientas, una bobina de cable, una escalera plegable y una bolsa de lona con el uniforme que Henk había conseguido la noche anterior.

Todo parecía auténtico. Eso era lo importante.

El mono azul estaba usado. Las botas tenían barro.

La gorra municipal llevaba una mancha de aceite en la visera.

Incluso el carro chirriaba. Habían pasado media noche envejeciendo objetos que ya eran viejos.

La parte más difícil había sido el documento. Dienst Gemeentewerken Amsterdam. Obras Municipales. Inspección de conducciones interiores. Orden urgente. Firma. Sello. Número de registro. Todo falso.

Daan llevaba el papel doblado en el bolsillo interior.

No lo tocó. Había descubierto que tocar demasiado un documento era una manera estupenda de anunciar que uno estaba pensando en él.

Frente a la entrada había dos guardias. Uno fumaba.

El otro miraba la lluvia con el odio resignado de quien llevaba demasiadas horas de servicio.

Daan empujó el carro hasta la puerta.

—Buenos días.

El guardia que fumaba lo miró.

—¿Qué quiere?

Daan levantó el mentón hacia el edificio.

—Revisión de conducción de agua del sótano.

—¿Quién lo ha pedido?

—Administración.

—¿Qué administración?

Daan soltó el carro. Sacó el documento. Se lo tendió. El guardia lo leyó sin demasiado interés. Después levantó la vista.

—Llegas pronto.

—Y usted trabaja en un sitio que se queja cuando el agua deja de salir.

El segundo guardia sonrió. El primero no.

—Espere.

Entró en la garita. Daan miró hacia la calle. No hacia la puerta. No hacia las ventanas. No hacia el callejón lateral donde Joop había dicho que estaría la entrada secundaria. La espera duró menos de un minuto. Pareció diez. El guardia volvió.

—Entre.

Daan cogió el carro.

—¿Dónde está el sótano?

—Pregunte dentro.

—Muy amable.

El guardia lo miró con fastidio. Bien. A la gente aburrida no le interesaban los hombres aburridos.

Daan cruzó la puerta. El edificio olía a calefacción, tabaco y papel mojado.

Había un vestíbulo estrecho. Un funcionario pasó junto a él con una carpeta.

Otro hablaba por teléfono detrás de un mostrador.

Dos hombres uniformados discutían en alemán al final del pasillo.

Daan siguió caminando. No demasiado despacio. No demasiado rápido. Henk se lo había repetido diez veces:

La gente que pertenece a un lugar no mira dónde está.

Así que Daan no miró. Siguió las indicaciones memorizadas del plano. Primer pasillo. Escalera. Puerta de servicio. El archivo secundario debería estar al fondo. Doblando la esquina apareció una mujer con una carpeta.

Daan se detuvo. No porque quisiera. Porque el cuerpo lo hizo antes que la cabeza. Elise Müller. Ella también se detuvo. Un segundo. Nada más. Daan vio el reconocimiento. No en su rostro. En la manera en que apretó ligeramente la carpeta contra el pecho.

Elise recuperó la expresión antes de que un hombre que caminaba detrás de ella pudiera advertir algo.

—Müller.

La voz vino del pasillo. Un hombre de unos cuarenta años se acercaba. Alto. Cabello oscuro peinado hacia atrás. Uniforme impecable. Elise giró la cabeza.

—Señor Brandt.

Daan siguió empujando el carro. No tenía otra opción. Pasó junto a ellos. Brandt lo miró.

—¿Quién es?

Daan se detuvo. Elise no respondió. No todavía. Brandt extendió una mano.

—Documentación.

Daan sintió una presión seca bajo las costillas. Sacó la orden. Se la entregó. Brandt la leyó. Una vez. Después otra. Eso era malo. La mayoría de la gente leía lo suficiente para encontrar una razón para dejarte pasar. Los hombres peligrosos leían buscando una razón para impedirlo.

—Obras Municipales —dijo Brandt.

—Sí, señor.

—Revisión de agua.

—Sí.

—¿Qué problema hay?

Daan no dudó.

—Pérdida de presión.

—No tenemos pérdida de presión.

—Eso dice el informe.

—Yo trabajo aquí.

—Yo arreglo tuberías.

Brandt levantó la mirada. Daan se preguntó si acababa de pasarse. Un funcionario apareció desde una puerta lateral.

—Müller, el informe de Haarlem.

Elise no se movió. Brandt seguía observando a Daan. Después dobló el papel.

—¿Quién firmó esto?

—Van Dijk.

—No conozco a ningún Van Dijk.

Daan se encogió de hombros.

—Yo tampoco. Si conociera a todos los que firman papeles, no tendría tiempo para trabajar.

Elise casi sonrió. Casi. Brandt le tendió la orden.

—Müller.

Ella la tomó.

—¿Sí, señor?

—Revísela.

Daan sintió que algo se hundía dentro de él.

Elise abrió la hoja. Membrete. Firma. Sello.

Formato. Daan conocía cada defecto. Había usado una tinta ligeramente más nueva porque no tenían otra.

El papel era correcto, pero la fecha del lote podía delatarlo.

La firma estaba copiada de un documento de seis meses antes.

Y el sello municipal… El sello municipal tenía exactamente el mismo defecto que ella había observado en el puente.

Elise pasó el pulgar por la esquina inferior derecha. Daan no apartó los ojos de ella. Brandt tampoco.

—¿Y? —preguntó.

Elise no respondió inmediatamente. Miró el documento otra vez. Después levantó la vista hacia Daan.

—La orden es válida.

Brandt frunció el ceño.

—¿Segura?

—El formato corresponde al departamento.

—He preguntado si está segura.

Elise sostuvo la mirada.

—Sí, señor.

Daan comprendió. Lo había visto. También comprendió otra cosa. Acababa de mentir. Por él. No sabía por qué. Y ese desconocimiento era más peligroso que la mentira. Brandt tomó nuevamente la orden.

—Bien.

Se la devolvió a Daan.

—No se mueva por el edificio sin acompañamiento.

Daan guardó el documento.

—No pensaba hacer turismo.

Brandt lo miró. Elise intervino.

—Yo lo acompaño al sótano.

Brandt levantó una ceja.

—Tiene trabajo.

—El archivo secundario está junto a la conducción. Si rompe algo, mañana tendremos humedad en los expedientes.

Brandt miró el carro. Después a Daan.

—No rompa nada.

—Haré un esfuerzo.

Brandt siguió por el pasillo. Elise esperó hasta que dobló la esquina. Después caminó.

—Sígame.

Daan empujó el carro detrás de ella. No hablaron. Bajaron una escalera. Atravesaron una puerta metálica. El ruido del edificio quedó amortiguado. El sótano era más frío. Paredes de ladrillo. Tuberías. Bombillas desnudas. Puertas numeradas.

Elise caminaba delante. Daan observó su espalda. No era la mujer del puente. No exactamente. Allí tenía soldados alrededor. Aquí estaba sola. Eso la hacía más peligrosa. Al llegar a un recodo, Elise se detuvo.

—Cinco segundos.

Daan frunció el ceño. Ella se giró.

—Tiene cinco segundos para explicarme por qué está aquí.

Daan miró el pasillo. Vacío.

—Revisión de agua.

—Cuatro.

—Señorita Müller…

—Tres.

—No debería saberlo.

—Dos.

Daan sostuvo su mirada.

—Sellos.

Elise no parpadeó.

—¿Qué sellos?

—Los del registro del distrito sur.

Elise cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos había algo distinto. Rabia.

—Es usted idiota.

—Eso me han dicho esta semana.

—Ha entrado en la sede del SD para robar una matriz de sellos.

—No exactamente.

—¿Qué parte he entendido mal?

—No necesito llevármela.

Elise lo miró.

—Necesito verla.

—¿Para qué?

Daan no respondió. No hacía falta. Elise bajó la voz.

—Los documentos.

—¿Qué documentos?

—Los que están apareciendo.

—No sé de qué habla.

—Claro que sí.

Daan permaneció inmóvil. Elise dio un paso hacia él.

—El sello. Esquina inferior derecha.

Daan sintió que la garganta se le secaba.

—Un defecto de imprenta.

—Eso dije yo.

El silencio cambió. Por primera vez Daan entendió completamente lo ocurrido en el puente. Ella había sabido que algo no cuadraba. Quizá no todo. Pero lo suficiente.

—¿Por qué? —preguntó.

Elise miró hacia el corredor.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Daan se acercó medio paso.

—Podría haberme detenido.

—Todavía puedo.

—Pero no lo hará.

Elise lo miró.

—No esté tan seguro.

Sonaron pasos en la escalera. Ambos se separaron. Elise levantó la voz.

—La conducción principal está detrás de estas salas.

—Entendido.

Apareció un funcionario. Pasó junto a ellos. Ni siquiera los miró. Cuando desapareció, Elise habló sin volverse.

—El archivo de matrices está cerrado.

—Joop dijo que…

Se detuvo. Demasiado tarde. Elise se giró.

—¿Quién?

—Nadie.

—Ha dicho un nombre.

—No.

—Joop.

Daan no respondió. Elise guardó el dato. Se notó.

—No vuelva a decir nombres aquí.

—Gracias por el consejo.

—No era un consejo.

Llegaron a una puerta metálica. Número 12. Elise sacó un manojo de llaves. Daan la observó.

—¿Va a abrirla?

—No.

—Entonces tenemos un problema.

—Usted tiene un problema.

—Ahora también es suyo.

Elise lo miró. Aquella frase no le gustó.

—No me meta en esto.

—Me acaba de salvar arriba.

—He validado un papel.

—Falso.

Elise apretó la mandíbula.

—No vuelva a decir esa palabra.

—¿Cuál?

—Falso.

Daan comprendió. Las paredes tenían oídos. Elise introdujo una llave. No giró.

—Cuando abra esta puerta, usted entra.

—Bien.

—No toque nada.

—Necesito…

—He dicho que no toque nada.

—Necesito copiar la matriz.

—Entonces memorícela.

Daan la miró.

—No funciona así.

—Pues haga que funcione.

—Necesito papel.

—No.

—Calco.

—No.

—Cinco minutos.

—Tiene dos.

—Tres.

—Dos.

Daan sonrió.

—Negocia bien.

—Usted negocia mal.

Elise giró la llave. La puerta se abrió.

Dentro había estanterías metálicas. Cajas.

Carpetas. Sellos. Matrices. Material confiscado.

Daan sintió una mezcla de fascinación y terror.

Aquello era una biblioteca de identidades.

Decenas de objetos capaces de decidir si una persona podía cruzar una frontera, entrar en un hospital o sobrevivir a un control.

Elise se quedó en la puerta.

—Tercer estante. Caja gris.

Daan la miró.

—¿Cómo sabe cuál busco?

Elise no respondió. Daan entró. Encontró la caja. La abrió. Dentro había seis matrices. Buscó la correcta. Distrito sur. La sostuvo. Madera. Caucho. Desgaste irregular en la letra A. Una hendidura en el borde. La presión de años de uso había deformado mínimamente una parte del sello.