Capítulo 3 Margot #2
Elise bebió. No respondió. Margot se quedó mirándola.
—Lo dejaste pasar.
—Porque no había motivo para detenerlo.
—Pero había motivo para recordarlo.
Elise puso el vaso con demasiada fuerza sobre la mesa. Una gota de vino cayó sobre la madera.
—No conviertas esto en algo que no es.
Margot la observó. Durante unos segundos no dijo nada. Cuando volvió a hablar, había desaparecido el tono burlón.
—Elise, ¿cuántas personas has detenido este mes?
La pregunta la sorprendió.
—¿Qué?
—Has oído.
—No las detengo yo.
—Tú marcas los documentos.
—Analizo falsificaciones.
—Y después otros los detienen.
—Es mi trabajo.
—No he dicho que no lo sea.
—¿Adónde quieres llegar?
Margot tomó el vaso. No bebió.
—A ninguna parte. Solo quiero saber por qué recuerdas a este hombre.
Elise miró la mancha de vino sobre la mesa.
—No lo sé.
Era la primera verdad completa que decía aquella noche. Margot asintió ligeramente.
—Bien.
—¿Bien?
—Prefiero esa respuesta.
Se sentó otra vez. Durante un rato no hablaron. Afuera pasó una bicicleta. Después un coche. Después nada. Elise se preguntó si Margot había terminado. Sabía que no.
—Brandt está preocupado —dijo Margot.
Ahí estaba.
—¿Por qué?
—Documentos falsos.
Elise la miró.
—Siempre hay documentos falsos.
—No como estos.
Margot encendió un cigarrillo. La cerilla iluminó brevemente su rostro.
—Han encontrado tres esta semana. Distritos distintos. Personas sin conexión aparente. Los documentos habían superado controles previos.
—¿Qué tenían en común?
—Eso es lo que intentan averiguar.
—¿Los has visto?
—Uno.
—¿Y?
Margot expulsó humo.
—Yo no soy tú.
—Margot.
—Era bueno. Muy bueno. El tipo de documento que yo habría aceptado sin pensarlo.
Elise sintió una ligera presión en el pecho.
—¿Qué defecto tenía?
—Brandt dice que el sello.
—¿Qué parte?
Margot sonrió. No de diversión. De confirmación. Elise comprendió el error. Había preguntado demasiado rápido.
—Ya veo —dijo Margot.
—No ves nada.
—Esquina inferior derecha.
Elise no se movió. La acumulación de tinta. Un borde apenas más oscuro.
—¿Cuánto?
—Brandt dijo un milímetro.
Elise miró la ventana. El canal había desaparecido casi completamente detrás de la niebla.
—Puede ser coincidencia.
—Claro.
—Puede ser un defecto de la matriz.
—Claro.
—Puede ser cualquier cosa.
Margot dio otra calada.
—Claro.
Elise la miró.
—Deja de decirlo así.
—¿Así cómo?
—Como si no me creyeras.
—No sé si te creo.
Aquello la enfadó más de lo que debería.
—Entonces vete.
Margot no se movió.
—Mañana llegan dos especialistas de La Haya. Brandt quiere revisar todos los documentos confiscados de las últimas semanas.
Elise permaneció de pie.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque tú vas a dirigir el análisis.
—Eso ya lo sé.
—No. Sabes que eres la mejor analista del departamento. No sabes que Brandt está convencido de que hay una imprenta clandestina nueva.
—Siempre está convencido de algo.
—Esta vez tiene motivos.
Margot apagó el cigarrillo.
—El falsificador conoce los formatos municipales. Tiene acceso a buen papel. Reproduce marcas de agua. Trabaja con tipos correctos. Y ha conseguido sellos que no deberían estar fuera de los archivos oficiales.
Elise recordó las manos. El corte del índice. La tinta. La manera en que Daan había preguntado:
¿Nada más?
No. Era absurdo. Podía ser cualquiera. Ámsterdam estaba llena de impresores. De grabadores. De personas dispuestas a falsificar un documento para seguir respirando una semana más.
—¿Qué quiere Brandt?
—Encontrarlo.
—Eso es evidente.
—No. Encontrarlo personalmente.
Margot bajó la voz.
—Quiere demostrar que puede desmontar una red completa a partir de un error de impresión.
Elise conocía a Brandt. Aquello sí sonaba a él.
—¿Y qué sabes tú?
—Que el jueves van a reforzar la seguridad de la Euterpestraat.
Elise levantó la mirada.
—¿Por qué el jueves?
—Reorganización del archivo. Traslado de material. Nuevos controles.
Algo se movió dentro de ella. No una certeza. Una alarma.
—¿Qué clase de material?
—Sellos. Plantillas. Documentación municipal confiscada.
Elise no respondió. Margot la observó cuidadosamente.
—Ahora sí estás preocupada.
—Estoy pensando.
—Eso es peor.
Elise caminó hasta el piano. Pulsó una tecla. Una sola nota.
—¿Por qué me lo cuentas?
Margot tardó en responder.
—Porque eres mi amiga.
—No sé si eso es cierto.
—Yo tampoco.
Elise la miró. Margot sonrió con cansancio.
—Pero es lo más parecido que tengo.
Aquello consiguió atravesar alguna defensa. Muy pequeña. Suficiente.
—¿Para quién trabajas realmente? —preguntó Elise.
Margot soltó una risa.
—Sabía que acabarías preguntándolo.
—Nunca respondes.
—Porque la respuesta cambia.
—Eso no es una respuesta.
—Precisamente por eso sigo viva.
Se puso de pie. Cogió el abrigo. Elise continuó junto al piano.
—Margot.
—¿Sí?
—Si ese hombre fuera el falsificador…
Margot se detuvo.
—¿Qué?
Elise no sabía cómo terminar la pregunta.
Si Daan Visser era quien Brandt buscaba, ella había tenido la oportunidad de detenerlo.
Había visto la anomalía. Había visto sus manos.
Y lo había dejado marchar. No por compasión.
Al menos eso quería creer. Simplemente no tenía pruebas. Ese era el procedimiento. Eso era todo.
—Nada.
Margot se puso el abrigo.
—Te diré una cosa.
—No te la he pedido.
—Por eso será gratis.
Se acercó a Elise.
—Hay gente que empieza a desobedecer porque descubre que el enemigo es malo. Esos son los fáciles. Los que siempre supieron dónde estaba la línea.
Elise no apartó la mirada.
—¿Y los otros?
—Los otros son más interesantes.
Margot ajustó uno de los guantes.
—Son los que descubren que llevan años de pie en el lado equivocado.
Elise sintió la frase como una bofetada.
—Vete.
Margot asintió. Caminó hacia la puerta.
—Ah.
Se volvió.
—Deberías esconder mejor esa libreta.
Elise se quedó inmóvil.
—¿Qué libreta?
Margot sonrió.
—Buenas noches, querida.
Abrió la puerta.
—Margot.
La mujer se detuvo.
—¿La has leído?
Margot la miró desde el umbral. Por primera vez en toda la noche Elise no pudo interpretar su expresión.
—Buenas noches.
Salió. La puerta se cerró. Elise permaneció quieta. Escuchó los pasos de Margot bajando la escalera. Después nada. Fue hasta el cajón. Lo abrió. Sacó la libreta. El papel chamuscado seguía dentro.
Manos de artista. No de impresor.
Lo miró durante varios segundos. Debajo había espacio. Elise tomó la pluma. Dudó. Después escribió:
Daan Visser.
Se detuvo. La tinta todavía estaba húmeda. Añadió:
Posible grabador.
Eso era profesional. Objetivo. Defendible.
Podía formar parte de cualquier análisis.
Luego escribió otra línea. Jueves. Euterpestraat.
Se quedó mirando las palabras. No sabía por qué las había escrito.
No sabía qué esperaba que ocurriera el jueves.
Ni siquiera sabía si volvería a ver a aquel hombre.
Cerró la libreta. La guardó. Esta vez giró la llave del cajón.
Después se sentó frente al piano. Colocó las manos sobre las teclas.
Chopin. Desde el principio. Tocó. La primera frase salió limpia.
La segunda también. En la tercera volvió a equivocarse.
Elise dejó las manos inmóviles. Miró hacia el cajón cerrado.
Luego hacia la fotografía de los De Wit, todavía boca abajo.
Por primera vez se preguntó dónde estaban.
Y esa pregunta, mucho más que el hombre de la bicicleta, fue lo que le impidió dormir.