Manos de artista Capítulo 3 Margot
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Capítulo 3 Margot

Ámsterdam. Brouwersgracht 47. Lunes, 15 de noviembre de 1943. Once y media de la noche.

Chopin. Nocturno en mi bemol mayor. Opus 9, número 2.

Elise Müller sabía tocarlo sin partitura.

Podía hacerlo con los ojos cerrados. Lo había aprendido a los catorce años, en Heidelberg, cuando su madre todavía llenaba la casa de flores incluso en invierno y su padre aún creía que Europa era un lugar razonable.

En aquella época, Elise había pensado que la música servía para explicar sentimientos que las palabras estropeaban.

A los veintisiete años ya no estaba tan segura.

Dejó caer los dedos sobre las teclas. La melodía llenó la habitación. El piano no era suyo. La casa tampoco. El número 47 del Brouwersgracht había pertenecido a una familia llamada De Wit. Padre, madre y dos hijos. Judíos.

Elise había aprendido aquello después de instalarse.

No sabía dónde estaban. No había preguntado.

Al principio. Luego había querido hacerlo.

Y para entonces ya era demasiado tarde para fingir que la respuesta no importaba.

Tocó una nota equivocada. Se detuvo. Miró sus manos.

Volvió a empezar. La primera frase. La segunda. Otra nota incorrecta.

Elise apartó los dedos del teclado.

—Maldita sea.

El silencio regresó de golpe. La casa parecía mayor cuando no había música.

Las paredes estrechas. Las ventanas cubiertas por cortinas gruesas.

Una estufa que calentaba poco. Dos fotografías que había encontrado olvidadas dentro de un cajón y que todavía no se había atrevido a tirar.

En una de ellas aparecía la familia De Wit.

El padre llevaba un sombrero absurdo. La madre sonreía.

Los niños estaban sentados en el suelo. El más pequeño sostenía un caballo de madera.

Elise había guardado la fotografía boca abajo.

Aquella noche podía sentirla dentro del cajón.

Se levantó. Fue hasta la ventana. El canal era una superficie negra bajo la niebla.

Apenas se distinguían las luces de las casas del otro lado.

Pensó en el puente. No quería hacerlo. Pensó de todos modos. El ciclista.

Daan Visser. Había recordado el nombre durante todo el trayecto de regreso. Eso la irritaba. Recordaba cientos de nombres. Era su trabajo. Nombres, fechas, municipios, profesiones, números de identificación. Nada más.

Daan Visser debía haberse convertido en otro registro sin importancia.

Pero seguía viendo sus manos. Las había tomado creyendo que encontraría callos de encuadernador.

Había encontrado otra cosa. Las marcas de alguien que trabajaba con precisión.

Grabado. Corte. Tinta. Quizá restauración. No necesariamente falsificación.

Elise conocía el peligro de confundir intuición con prueba.

También conocía algo peor. El peligro de querer que una intuición fuera falsa.

Regresó al piano. Sobre la tapa descansaba la carpeta del control.

La abrió. Encontró el margen. La frase seguía allí.

Había intentado tacharla. No lo suficiente.

En once meses había escrito «FALSIFICACIÓN CONFIRMADA» trescientas cuarenta y siete veces.

Conservaba la cifra porque las cifras eran cómodas: se archivaban, se sumaban, no hacían preguntas.

Nunca había anotado qué ocurrió después con las personas que llevaban aquellos documentos.

Aquella noche, por primera vez, comprendió que quizá había preferido no saberlo.

Manos de artista. No de impresor.

Frunció el ceño. Era una tontería. Una observación impropia de un informe oficial.

Arrancó la hoja. La sostuvo sobre la llama de una vela.

El borde se ennegreció. El fuego empezó a avanzar.

Elise lo observó. Podía dejar que se consumiera.

Nadie sabría que había escrito aquello. Nadie preguntaría por Daan Visser.

Nadie tendría motivos para revisar de nuevo su documentación.

Sopló. La llama murió. El papel quedó chamuscado en una esquina.

Elise se quedó mirándolo.

—Ridículo.

Lo dobló. Lo guardó dentro de una libreta pequeña. Cerró la libreta. La metió en el cajón. Fue entonces cuando oyó el ruido de la cerradura. No unos nudillos. No una llamada. La llave girando.

Elise se levantó de inmediato. Su mano fue hacia la pistola que guardaba bajo la mesa. La puerta se abrió.

—Espero que no estés apuntándome otra vez.

Elise soltó aire.

—Margot.

—Me halaga que hayas pensado en dispararme antes de saludar.

Margot Lacroix entró y cerró la puerta tras ella.

Llevaba un abrigo de lana oscuro, guantes negros y un sombrero pequeño colocado ligeramente de lado.

El cabello negro aparecía recogido en la nuca y sus labios eran de un rojo demasiado intenso para una ciudad donde casi todo empezaba a adquirir el color del hambre.

En una mano llevaba una botella. En la otra, un paquete envuelto en papel.

—¿Cómo has entrado?

Margot alzó la llave.

—Por la puerta.

—No tienes llave de mi casa.

—Por eso es tan divertido.

Elise dejó la pistola sobre la mesa.

—Algún día voy a cambiar la cerradura.

—Y yo algún día voy a empezar a respetar las cerraduras.

Margot se quitó el abrigo. Debajo llevaba un vestido verde oscuro. Demasiado elegante para un lunes. Demasiado caro para 1943. En Margot casi todo despertaba preguntas. Y Margot sobrevivía porque rara vez respondía alguna. Dejó la botella sobre la mesa.

—Vino.

Después el paquete.

—Queso.

Elise lo miró.

—¿De dónde?

—De una vaca.

—Margot.

—De una vaca holandesa, supongo. Aunque no le pregunté la nacionalidad.

Elise no sonrió. Margot sí.

—Cada día te pareces más a los alemanes.

La frase cayó entre ambas. Margot dejó de sonreír. Solo un instante.

—No digas eso.

Elise apartó la mirada.

—Lo siento.

—No lo sientas si lo piensas.

Margot abrió la botella.

—¿Vasos?

—En el armario.

—Ya sé dónde están.

—Por supuesto.

Margot sacó dos vasos distintos y sirvió el vino. Le tendió uno. Elise no lo tomó.

—Mañana trabajo.

—Precisamente.

—No necesito beber.

—Nadie necesita beber. Por eso funciona tan bien.

Elise aceptó el vaso. Margot levantó el suyo.

—Por seguir vivas.

—Es un brindis deprimente.

—Es 1943. Hay que adaptar las expectativas.

Chocaron los vasos. El vino era bueno. No «bueno para la guerra». Bueno. Elise lo notó inmediatamente.

—Esto viene de Francia.

—Probablemente.

—Tú sabes de dónde viene.

—Yo sé muchas cosas.

Margot abrió el paquete de queso. Cortó dos porciones con la pequeña navaja de mango de nácar que siempre llevaba encima.

Elise la había visto usar aquella navaja para cortar pan, abrir sobres, limpiar barro de una bota y amenazar a un oficial borracho del Abwehr.

Nunca preguntó dónde la había conseguido.

Margot se sentó en el sofá. Miró el piano.

—Has tocado Chopin.

—Sí.

—Mal.

Elise la miró.

—¿Perdón?

—Dos errores.

—Uno.

—Dos.

—Uno.

Margot bebió.

—En el compás veintisiete te adelantaste.

Elise se quedó callada.

—Eso no es un error.

—En ti sí.

Margot mordió el queso.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Claro.

—He tenido un día largo.

—Todos tenemos días largos.

Elise bebió. Margot la observó por encima del vaso.

—Tres horquillas.

Elise no entendió.

—¿Qué?

—Llevas tres.

Se señaló el cabello.

—Normalmente llevas cuatro.

Elise levantó una mano. Tocó el recogido. Faltaba una.

—Se habrá caído.

—Y no te has dado cuenta.

—¿Por qué debería importarme?

—Porque a ti te importa todo.

Margot apoyó el vaso.

—Por eso eres buena en tu trabajo.

Elise sintió una incomodidad inmediata.

—No quiero hablar del trabajo.

—Entonces hablemos del hombre.

Elise dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Qué hombre?

Margot sonrió. No una sonrisa amplia. Solo una pequeña curvatura en los labios.

—Ese.

—No sé de qué hablas.

—Y ahora estás mintiendo.

—Margot.

—He estado esta tarde en la Euterpestraat.

—Tú no trabajas allí.

—Eso nunca me ha impedido entrar.

—¿Qué hacías?

—Lo mismo que hago siempre.

—¿Espiar?

—Relacionarme.

—¿Para quién?

—Depende del día.

Aquello era lo máximo que Margot solía explicar acerca de sí misma.

Francesa. Había llegado a los Países Bajos en 1941.

Oficialmente trabajaba como intérprete para el Abwehr.

Extraoficialmente, Elise había llegado a sospechar que trabajaba para cualquiera que pudiera mantenerla viva.

A veces proporcionaba información a los alemanes.

A veces se la ocultaba. Otras veces ayudaba a personas a desaparecer.

Una vez había conseguido sacar a una mujer judía de una lista de deportación.

Nunca explicó cómo. Elise tampoco preguntó cuánto había costado.

—He visto tu informe —dijo Margot.

Elise se tensó.

—¿Qué informe?

—El del control del Amstel.

—¿Por qué?

—Porque estaba sobre el escritorio de Brandt.

—Eso no explica por qué lo has leído.

—Precisamente lo explica.

Elise se levantó.

—No deberías entrar en su despacho.

—Brandt deja los cajones abiertos.

—Un día va a dispararte.

—Un día alguien va a dispararnos a todos.

Margot bebió.

—Habías tachado algo.

Elise no respondió.

—Una frase.

—No era importante.

—Entonces ¿por qué la tachaste?

—Porque no pertenecía al informe.

Margot inclinó la cabeza.

—«Manos de artista. No de impresor».

Elise sintió cómo se le endurecía la espalda.

—Has leído demasiado.

—Siempre.

—Olvídalo.

—No puedo.

—Pues inténtalo.

Margot se levantó. Caminó hasta el piano. Pasó un dedo por una tecla sin pulsarla.

—¿Quién es?

—Nadie.

—¿Un detenido?

—No.

—¿Un sospechoso?

Elise tardó demasiado en contestar. Margot levantó los ojos.

—Ah.

—No significa nada.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando muchas cosas.

—Pues deja de hacerlo.

—Imposible.

Margot se apoyó contra el piano.

—Cuéntamelo.

Elise caminó hacia la ventana. Miró el canal.

—Un hombre pasó por el control.

—¿Holandés?

—Sí.

—¿Nombre?

Elise dudó. No quería decirlo. Precisamente por eso comprendió que ya era demasiado tarde para fingir que no lo recordaba.

—Daan Visser.

Margot repitió el nombre despacio.

—Daan Visser.

—Encuadernador.

—Pero escribiste que tenía manos de artista.

—Fue una observación estúpida.

—Tú no haces observaciones estúpidas.

Elise se giró.

—Tenía marcas.

—¿Qué clase?

—Cortes pequeños. Callos que no correspondían del todo con el oficio. Restos de tinta.

—Trabaja en una imprenta.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo.

Elise regresó a la mesa. Tomó el vaso.

—Había algo en su documentación.

Margot dejó de bromear.

—¿Falsa?

—No.

—¿Segura?

Elise pensó en el sello.

—El documento era auténtico.

—Eso no es lo mismo que estar segura.