Manos de artista Capítulo 2 El sótano
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Capítulo 2 El sótano

Ámsterdam. El Jordaan. Lunes, 15 de noviembre de 1943. Once de la noche.

Daan contó los escalones al bajar. Uno. Dos.

Tres. Lo hacía siempre. No porque tuviera miedo de tropezar ni porque necesitara saber cuántos eran.

Sabía perfectamente que había catorce. Los había bajado miles de veces desde niño, cuando aquel sótano aún servía para guardar cajas de papel, rodillos gastados y botellas de ginebra que su padre escondía de su madre.

Ahora contarlos era otra cosa. Una costumbre. Una frontera. Arriba estaba Ámsterdam.

Abajo, la resistencia. Catorce. Daan empujó la puerta.

El olor llegó antes que la luz. Carbón. Tinta.

Papel húmedo. Tabaco. Un poco de sangre.

La estufa ardía junto a la pared y lanzaba una luz rojiza sobre las vigas bajas del techo.

Habían cubierto la única ventana con dos mantas negras para evitar que se filtrara claridad a la calle.

El aire estaba cargado y demasiado caliente después del frío del exterior.

La vieja imprenta de su padre ocupaba casi toda la pared del fondo.

Drukkerij Visser & Zonen. Visser e Hijos.

El nombre seguía pintado en una placa de madera que Daan había descolgado de la fachada meses atrás.

La palabra Zonen siempre le había hecho gracia.

Hijos. Él era hijo único. Su padre decía que aquello daba sensación de empresa seria.

Su padre también decía que una imprenta podía sobrevivir a cualquier gobierno porque todos los gobiernos necesitaban papel. Se había equivocado.

La prensa Heidelberg descansaba bajo una lona. A su lado estaban las mesas de composición, las cajas de tipos móviles, los rodillos, las cuchillas, las planchas metálicas y una docena de frascos de tinta ordenados por tonos. En cualquier otro lugar habría parecido un taller. Allí era un arsenal.

—Llegas tarde.

Henk van der Berg estaba sentado junto a la estufa con una pipa apagada entre los dientes.

Tenía cincuenta y tantos años, gafas redondas y el cabello gris peinado hacia atrás.

Antes de la guerra había sido profesor de historia en un instituto de Ámsterdam.

Después de que los alemanes expulsaran a varios compañeros judíos, dejó de presentarse a clase.

Nunca contó exactamente por qué. Nadie se lo preguntaba.

Henk tenía la desagradable costumbre de recordar todas las preguntas.

—Había un control en el Amstel —dijo Daan.

Se quitó la chaqueta. Henk levantó la vista.

—¿Problemas?

—Ninguno.

Respondió demasiado rápido. Lo supo en cuanto pronunció la palabra. Henk también. Pero el hombre se limitó a sacar la pipa de la boca y golpearla suavemente contra el borde de la estufa.

—Entonces has tenido suerte.

Al otro lado del sótano, Pieter de Vries estaba inclinado sobre un hombre tumbado en uno de los catres.

Daan no reconoció al herido. Eso tampoco era extraño.

Pieter había convertido un rincón de la imprenta en algo parecido a una consulta clandestina: vendas, alcohol, agujas, sulfas cuando conseguía encontrarlas, instrumentos quirúrgicos robados de hospitales.

Antes de la ocupación era estudiante de medicina. Ahora nadie sabía exactamente qué era.

—Sujétalo —dijo Pieter.

Un muchacho que estaba junto al catre agarró al herido por los hombros. Pieter introdujo la aguja. El hombre apretó los dientes. No gritó.

—La bala ha salido —explicó Pieter—. Eso es bueno. Lo malo es que ha decidido llevarse medio brazo de recuerdo.

—¿Lo perderá? —preguntó Daan.

Pieter levantó la vista. Tenía ojeras profundas y una mancha de sangre en la manga.

—Si deja de hacer estupideces, no.

El herido murmuró algo. Pieter sonrió.

—Dice que no promete nada.

Daan dejó la chaqueta sobre una silla. Bram Smit estaba junto a la mesa de grabado.

No dijo hola. Nunca decía hola. Tenía veintidós años y parecía cinco mayor.

Una quemadura irregular nacía en el antebrazo izquierdo y desaparecía bajo el cuello de la camisa.

Había sobrevivido al incendio del taller donde trabajaba su hermano.

Kees no. La policía de seguridad alemana había detenido a Kees catorce meses antes.

Lo fusilaron junto a otros siete hombres.

Desde entonces Bram hablaba poco y odiaba mucho.

—Los documentos —dijo.

No era una pregunta. Daan se agachó. Levantó una tabla suelta junto a la prensa y sacó el paquete envuelto en tela encerada. Lo dejó sobre la mesa. Bram se acercó. Henk también. Daan desplegó la tela. Tres documentos.

Henk tomó el primero. Lo examinó bajo una lámpara.

—Isaac Cohen.

—Desde mañana, Hendrik van Leeuwen.

—¿Mujer e hija?

—Los documentos están en otra célula. Los entregan mañana.

Henk asintió. Tomó el segundo.

—¿El inglés?

—Piloto. Derribado cerca de Eindhoven. Ahora se llama Pieter Janssen y repara tractores en Breda.

Bram cogió el tercero.

—Anna de Boer. Utrecht.

—Ese es el nombre que usará.

—¿Nombre real?

—No me lo dijeron.

—Mejor.

Henk pasó el pulgar por uno de los sellos. Daan lo observó. Pensó en la mujer del puente. En la linterna. En sus dedos examinando exactamente el mismo lugar. Henk frunció el ceño.

—Aquí.

Daan sintió una descarga en el estómago.

—¿Qué?

Henk acercó el documento a la lámpara.

—Nada importante. La tinta ha cargado demasiado.

Bram miró a Daan.

—¿Demasiado?

—Un poco.

—¿Un poco cuánto?

—Lo suficiente para que Henk lo vea porque Henk lleva veinte minutos buscando algo que criticar.

Henk sonrió.

—Para eso me tenéis.

Daan cogió el documento. La acumulación era mínima. Un borde ligeramente más oscuro. La mujer del puente había visto lo mismo. Henk dejó la pipa sobre la mesa.

—Tenemos que mejorar los sellos.

—Llevas diciendo eso dos meses —dijo Bram.

—Y llevo teniendo razón dos meses.

—Los documentos pasan.

—Hasta que uno no pase.

Bram cruzó los brazos.

—Nada pasa siempre.

—Exactamente.

Henk miró a Daan.

—El problema no es el papel. Tampoco la tipografía. En eso eres probablemente mejor que los que fabrican los originales. El problema son las matrices.

Daan dejó el documento.

—Necesitamos originales.

—Necesitamos algo mejor que originales.

Henk fue hasta una estantería. Sacó una carpeta. La dejó sobre la mesa. Dentro había fotografías, croquis, copias de sellos y varias hojas escritas a máquina.

—Registro municipal del distrito sur.

Daan entendió antes de que Henk continuara.

—No.

Bram lo miró.

—¿No?

—Sé lo que va a decir.

Henk se sentó.

—Entonces me ahorras tiempo.

Pieter terminó de vendar al herido.

—¿Qué pretende?

Henk abrió la carpeta por una página marcada.

—Necesitamos la plantilla de los sellos oficiales.

Pieter soltó una pequeña carcajada.

—Claro.

Henk levantó la mirada.

—¿Algún problema?

—Ninguno. Pensaba que ibas a proponer algo difícil.

Bram no rio.

—¿Dónde está?

Henk señaló una dirección. Euterpestraat.

El ambiente cambió. Daan dejó de sonreír.

Pieter también. La sede de la Sipo-SD. El edificio del que la gente hablaba bajando la voz.

Interrogatorios. Archivos. Prisioneros. Nombres.

El tipo de lugar al que un hombre podía entrar caminando y salir convertido en un número. Si salía.

—Imposible —dijo Bram.

—Difícil —corrigió Henk.

—Imposible.

—Esa palabra suele emplearla la gente antes de que alguien haga precisamente aquello que asegura que no puede hacerse.

Bram apoyó las manos en la mesa.

—No es una oficina municipal, Henk. Es el SD.

—Lo sé.

—Hay guardias.

—Sí.

—Controles.

—También.

—Y media policía de seguridad alemana metida en el mismo edificio.

—Lo tengo presente.

Bram golpeó la carpeta con un dedo.

—Entonces explícame qué parte de esto te parece una buena idea.

Henk abrió otra hoja. Era un plano.

—El archivo principal está en las plantas superiores. Pero las matrices antiguas y parte del material confiscado se guardan en una dependencia del sótano. Hay una entrada secundaria aquí.

Señaló.

—Una ventana.

Daan se inclinó.

—Demasiado pequeña.

—No para ti.

—Eso no es un argumento.

—Para Bram sí lo sería.

Bram no sonrió. Henk continuó.

—La ventana tiene una cerradura sencilla. Los jueves por la mañana descargan material en el patio trasero. Durante aproximadamente veinte minutos hay movimiento de empleados, mensajeros y trabajadores de mantenimiento.

Pieter observó el plano.

—¿Cómo sabes todo eso?

Henk no respondió inmediatamente. Ese pequeño retraso llamó la atención de Daan.

—Tenemos una fuente.

Bram resopló.

—Siempre tenemos una fuente.

—Y por eso sigues vivo.

—¿Quién?

—No necesitas saberlo.

—Si voy a arriesgar el cuello, sí.

—No vas a arriesgarlo tú.

Henk miró a Daan. El silencio ocupó la habitación. Bram apartó la vista del plano.

—No.

Daan levantó una ceja.

—¿No qué?

—No vas.

—Gracias por decidirlo.

—Eres el único que puede fabricar los documentos.

—Precisamente por eso tengo que ir. Soy el único que sabrá cuál es la plantilla correcta.

—Puedo memorizar un sello.

—No.

Bram lo miró.

—¿No?

—No puedes.

Aquello sí consiguió irritarlo.

—Puedo memorizar un maldito círculo con letras.

—No se trata del círculo. Se trata del desgaste, la profundidad del grabado, la presión, el tipo de caucho, cómo queda la tinta en los bordes. Necesito verlo.

Bram apretó la mandíbula.

—Y si te detienen, ¿qué?

Daan no respondió.

—Si te detienen —continuó Bram—, pierdo yo, pierde Pieter, pierde Henk. Pierden las familias que esperan papeles. Lo perdemos todo porque tú has decidido demostrar que tienes cojones.

—No tengo que demostrar nada.

—Siempre tienes que demostrar algo.

—Basta.

La voz de Henk no fue fuerte. No necesitaba serlo. Bram se apartó de la mesa. El silencio quedó tenso. Pieter se lavó las manos en un cuenco. El agua se volvió rosa.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Jueves.

Daan miró el plano. Jueves, 18 de noviembre.

La mujer del puente apareció de nuevo en su memoria.

Uniforme gris. Ojos atentos. Una linterna.

Manos examinando tinta. No sabía su nombre.

No sabía si trabajaba en la Euterpestraat.

Había decenas de funcionarios del SD en Ámsterdam.

Sería absurdo pensar que volvería a verla.

—¿Hora? —preguntó Daan.

—Antes de las ocho.

—¿Acceso?

—Trabajador municipal.

—Muy original.

—Los alemanes confían en los uniformes, los sellos y la gente que parece aburrida.

—Por suerte, parezco aburrido.

—Pareces idiota —dijo Bram.

Daan sonrió.

—Eso ayuda.

Pieter se acercó.

—¿Y la llave?

Henk miró hacia la puerta. Por primera vez desde que Daan había bajado al sótano, todos parecieron notar lo mismo. Joop no estaba. Daan comprobó la hora.

—¿Dónde está?

Bram se encogió de hombros.

—Salió después de cenar.

—¿Adónde?

—No dijo nada.

Henk encendió la pipa.

—Joop está buscando la llave.

Daan lo miró.

—¿La llave de la ventana?

—Sí.

—¿Cómo?

—Tiene contactos.

Bram soltó una risa sin humor.

—Joop siempre tiene contactos.

Nadie añadió nada. Daan observó el abrigo de Joop colgado en una silla. El bueno. El de lana oscura. Faltaba el viejo, el que usaba cuando tenía que mezclarse con obreros. Sobre la mesa, junto al cenicero, había una colilla aplastada.

Daan reparó en otra cosa. Un pequeño rectángulo limpio entre el polvo.

Como si hubiera habido allí un papel. O una fotografía.

No preguntó. Joop iba y venía. Conseguía gasolina.

Sellos. Direcciones. Nombres. Información que nadie sabía de dónde procedía.

Y hasta aquel momento, todo había servido.

En una guerra, pensó Daan, había preguntas que era mejor no formular.

Henk cerró la carpeta.

—Jueves. Entramos, conseguimos la matriz y salimos.

—Entro —corrigió Daan.

—Entras.

—Y salgo.

Bram lo miró.

—Eso dijiste la última vez.

—Y aquí estoy.

—Algún día no estarás.

Daan sostuvo su mirada. Durante un instante pensó en Kees. No hizo falta nombrarlo.

—Algún día ninguno estaremos —dijo—. Pero mañana esa niña de Utrecht tendrá un documento. Y la familia Cohen tendrá otro. Y el inglés llegará a Bélgica. Para eso estamos aquí.

Bram bajó la mirada. No respondió. Pieter sacó una hogaza de pan negro. La cortó en cinco trozos.

—Comamos antes de que Daan convierta esto en un discurso.

—Era un buen discurso.

—Era horrible.

—Le faltaba música —dijo Henk.

Pieter le tendió pan a Daan.

—Come.

Daan tomó el trozo. Se sentó junto a la estufa.

El calor empezaba a devolverle sensibilidad a los dedos.

Los miró. Tinta junto a las uñas. Pequeños cortes.

El arco fino que había dejado el buril en el índice.

Volvió a oír la voz de aquella mujer. ¿Solo encuaderna?

No había sido una pregunta casual. Había visto algo.

¿Qué? Mordió el pan. Estaba duro. Sabía a poco.

Al fondo, el herido respiraba lentamente.

Henk estudiaba el plano. Bram afilaba una cuchilla. Pieter ordenaba las vendas. Y la silla de Joop permanecía vacía. A las once y veinte se oyó la puerta de arriba. Todos dejaron de moverse.

Bram agarró la pistola que llevaba en la cintura.

Dos pasos. Una pausa. Tres pasos. La contraseña.

Bram relajó la mano. La puerta del sótano se abrió.

Joop bajó los últimos escalones con una sonrisa cansada.

Tenía treinta y pocos años, cabello rubio oscuro y esa facilidad para parecer cómodo en cualquier lugar que a Daan siempre le había producido una mezcla de admiración y desconfianza. Se quitó los guantes.

—Buenas noches.

Bram guardó la pistola.

—Llegas tarde.

—Me alegra que alguien se preocupe por mí.

Henk levantó la vista.

—¿La tienes?

Joop sacó algo del bolsillo. Una llave pequeña. La hizo girar entre dos dedos.

—Naturalmente.

La dejó caer sobre la mesa. El metal produjo un sonido diminuto. Daan la cogió.

—¿De dónde la has sacado?

Joop sonrió.

—De una persona que mañana echará de menos una llave.

—¿Quién?

—No preguntes cosas cuya respuesta no necesitas.

Daan lo miró. Era prácticamente la misma frase que Henk utilizaba. Joop tomó un trozo de pan.

—¿Alguna novedad?

—Daan entra el jueves —dijo Bram.

Joop dejó de masticar apenas un instante. Muy poco. Daan casi no lo percibió.

—¿En la Euterpestraat?

—Sí.

Joop volvió a masticar.

—Entonces procura salir.

—Ese es el plan.

Joop levantó el pan a modo de brindis.

—Los planes son maravillosos.

—¿Por qué?

—Porque solo existen hasta que empieza la realidad.

Le dio otro mordisco. Daan miró la llave que tenía en la palma.

Después miró a Joop. No sabía por qué, pero recordó la mujer del puente.

Dos desconocidos. Dos personas a las que apenas había mirado.

Y, sin embargo, aquella noche ambos le producían la misma sensación.

La sensación de que sabían algo que él ignoraba.

Cerró los dedos alrededor de la llave. El jueves entraría en la Euterpestraat. Conseguiría la plantilla. Volvería.

Daan guardó la llave en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuando apagaron la última lámpara del sótano, el metal golpeó suavemente contra su pecho al subir los catorce escalones.