Manos de artista Capítulo 1 La niebla
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Manos de artista

Manos de artista

Por Jose Antonio Medrano Corcoles

© inepub.com

Capítulo 1 La niebla

Ámsterdam. Lunes, 15 de noviembre de 1943.

La niebla había empezado a subir del Amstel antes de que anocheciera. No era especialmente espesa, pero sí lo bastante obstinada para desdibujar los puentes, borrar las fachadas del otro lado del agua y convertir a los ciclistas en sombras que aparecían y desaparecían entre bocanadas blancas.

Daan Visser pedaleaba despacio. El frío le había endurecido los dedos sobre el manillar y llevaba los hombros encogidos bajo la chaqueta, pero no aceleró.

En Ámsterdam, desde hacía tres años, un hombre que tenía prisa necesitaba una buena razón para tenerla.

Y Daan no podía permitirse que nadie le preguntara cuál era la suya.

Debajo del asiento de la bicicleta, dentro de un tubo de herramientas que ya no contenía herramientas, llevaba tres persoonsbewijzen.

Tres documentos de identidad. Tres nombres que no existían.

Los había terminado aquella mañana en el sótano de la imprenta, después de casi catorce horas de trabajo.

Papel correcto. Fotografía envejecida. Tipografía municipal.

Sellos reproducidos a mano. Incluso las marcas de agua deberían resistir una inspección apresurada.

Deberían. A Daan no le gustaba aquella palabra.

En su oficio, «debería» era la distancia que separaba una cama caliente de un paredón.

El primero de los documentos pertenecía ahora a Hendrik van Leeuwen, comerciante de tejidos de Haarlem.

En realidad, Hendrik era un profesor judío llamado Isaac Cohen que llevaba ocho meses escondido con su mujer y su hija de siete años.

El segundo convertía a un piloto británico de veinticuatro años en mecánico agrícola nacido en Breda.

El tercero pertenecía a una muchacha de Utrecht cuyo nombre auténtico Daan ni siquiera conocía.

Era mejor así. Los nombres verdaderos pesaban demasiado.

Al llegar al puente redujo aún más la velocidad.

Primero vio el camión. Después, los soldados.

Dos hombres de la Wehrmacht junto a la entrada del puente, fusiles al hombro.

Otro fumaba cerca del vehículo. Había cuatro civiles esperando junto a la caja trasera del camión: dos hombres, una mujer mayor y un muchacho que no tendría más de dieciséis años. Ninguno hablaba.

Daan sintió cómo se le tensaba el estómago.

Un control. Pensó en girar por la calle anterior.

Ya era tarde. Uno de los soldados lo había visto.

Dar media vuelta habría sido peor que continuar.

Así que siguió pedaleando. Fue entonces cuando reparó en la mujer.

Estaba junto a la barandilla, separada de los soldados como si no necesitara su protección.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y una pequeña linterna en la mano.

El uniforme gris la relacionaba con el Sicherheitsdienst, aunque Daan no necesitó fijarse en las insignias para saber que era ella quien dirigía el control.

No gritaba. No amenazaba. Ni siquiera parecía impaciente. Simplemente miraba. Un hombre se acercó. Ella tomó sus documentos, los examinó bajo la linterna y se los devolvió.

—Siga.

El siguiente tuvo menos suerte. La mujer acercó el papel a la luz. Lo inclinó. Pasó el pulgar por uno de los bordes. Volvió a mirarlo.

—¿Dónde nació?

El hombre respondió algo que Daan no alcanzó a escuchar. Ella formuló una segunda pregunta. El hombre tardó demasiado. Solo un instante. Pero fue suficiente. La mujer hizo un gesto al soldado que esperaba a su derecha. El civil fue conducido hasta el camión. Sin golpes. Sin gritos. Aquello era peor.

Daan continuó avanzando. Quince metros. Después diez.

El tubo bajo el asiento de la bicicleta parecía haberse vuelto enorme.

Absurdo pensar que los documentos pudieran verse a través del metal, pero durante un segundo tuvo la certeza de que todos en el puente sabían lo que transportaba.

Respiró por la nariz. Despacio. No mires el camión.

No mires a los soldados. No mires hacia atrás.

Cinco metros. La mujer alzó la cabeza. Sus ojos se encontraron.

—Alto.

Daan frenó. Apoyó un pie en los adoquines.

—Buenas tardes.

Ella no respondió al saludo. De cerca parecía más joven de lo que había pensado.

Quizá veintisiete o veintiocho años. Tenía el rostro afilado por el frío, el cabello recogido bajo la gorra y unos ojos grises que no parecían especialmente duros.

Eso inquietó a Daan todavía más. Había aprendido a reconocer a los fanáticos.

También a los cobardes, a los violentos y a los hombres deseosos de demostrar autoridad.

Aquella mujer no parecía pertenecer a ninguna de esas categorías.

—Documentación.

Daan metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. No demasiado rápido. Sacó su persoonsbewijs auténtico y se lo tendió. Ella lo tomó sin mirarlo a él. La luz de la linterna recorrió primero la fotografía. Después el nombre. Daniël Visser. Luego la fecha de nacimiento. Domicilio. Profesión.

Elise Müller levantó ligeramente el documento. La mayoría de la gente creía que una falsificación se descubría porque algo estaba mal hecho. No era cierto. Las mejores falsificaciones se descubrían precisamente por lo contrario. Porque estaban demasiado bien hechas.

Un documento auténtico tenía vida. Había pasado por cajones, bolsillos y mostradores.

Había absorbido humedad. Grasa. Polvo. La tinta se deterioraba de forma irregular.

Las esquinas acumulaban pequeños daños imposibles de reproducir deliberadamente sin exagerarlos.

Los falsificadores mediocres copiaban documentos.

Los buenos copiaban también el tiempo. El documento que sostenía era auténtico.

Elise habría apostado su sueldo. Pero había algo. Pasó el pulgar por la esquina inferior derecha. Una acumulación mínima de tinta rodeaba parte del sello municipal. Nada importante. Una variación producida probablemente durante la impresión. Aun así, volvió a tocarla.

Daan observó el movimiento. Precisamente aquel sello.

Sintió que el corazón le golpeaba una vez, con fuerza.

El documento era auténtico, pero meses atrás había tenido que restaurar una parte deteriorada del sello.

Había rehecho apenas unos milímetros. Nadie lo había detectado. Hasta ahora. La mujer levantó los ojos.

—¿Profesión?

—Encuadernador.

—Aquí dice imprenta.

—Trabajo en una imprenta. Encuaderno.

Ella miró sus manos. Daan estuvo a punto de esconderlas.

No lo hizo. Tenía pequeñas manchas oscuras alrededor de las uñas y una cicatriz fina en el índice derecho.

Restos de tinta que ni el jabón de sosa conseguía eliminar del todo.

La mujer le tomó la mano izquierda. Aquello sí lo sorprendió. No con brusquedad. La giró bajo la luz.

Daan sintió que se le secaba la boca.

—¿Algún problema? —preguntó.

Ella no contestó. Observó las yemas. Después el lateral del pulgar.

Las uñas. Había visto centenares de manos de trabajadores.

Hombres de imprenta con los dedos endurecidos por las máquinas, uñas rotas, pequeñas quemaduras, cortes producidos por cuchillas o papel.

Las de aquel hombre eran distintas. También había callos, sí.

Pero eran finos. Las marcas eran precisas.

En la yema del índice había una pequeña incisión semicircular.

Buril. O cuchilla de grabador. Elise soltó su mano.

—¿Solo encuaderna?

Daan sostuvo su mirada. La pregunta parecía inocente. No lo era.

—Cuando hace falta, hago otras cosas.

—¿Qué cosas?

Por primera vez sonrió ligeramente.

—En una imprenta pequeña, señorita, todo el mundo hace de todo.

Uno de los soldados se volvió hacia ellos.

—¿Hay algún problema?

Elise no apartó los ojos de Daan.

—Ninguno.

Volvió a mirar el documento. Daan esperó. El ruido de una bicicleta cruzando el otro extremo del puente le pareció lejano. También el motor del camión. Incluso el agua contra los pilares.

Durante unos segundos, todo el mundo se redujo a la linterna que iluminaba aquel pedazo de papel.

Elise podía ordenar que registraran la bicicleta.

No necesitaba una razón. Podía hacerlo por aburrimiento.

Por intuición. Porque no le gustaban sus manos.

Debajo del asiento encontrarían los tres documentos.

Después encontrarían el sótano. Después a Henk. A Bram. A Pieter.

Daan pensó en la niña de siete años que al día siguiente debía convertirse oficialmente en Anna van Leeuwen. No pensó en sí mismo. Eso lo tranquilizó. Elise le devolvió el documento.

—Daniël Visser.

Daan tardó una fracción de segundo en responder.

—Daan. Todo el mundo me llama Daan.

Elise alzó la vista una vez más, como si archivara también aquel detalle.

—Puede seguir.

Durante una fracción de segundo Daan no reaccionó. Después lo guardó.

—Gracias.

Sujetó el manillar. Antes de montar, la miró otra vez.

—¿Nada más?

La pregunta no tenía ningún sentido. Elise frunció ligeramente el ceño.

—¿Debería haber algo más?

Daan sonrió. Esta vez sin fingir del todo.

—Espero que no.

Montó en la bicicleta. Pedaleó. No rápido.

No todavía. Cruzó el puente con la espalda recta, consciente de cada metro que dejaba atrás.

Esperó hasta girar en la siguiente calle para respirar de verdad.

Solo entonces aumentó el ritmo. El tubo con los tres documentos seguía bajo el asiento.

Intacto. Tres personas que aquella noche todavía tenían una posibilidad.

Daan no sabía por qué la mujer lo había dejado continuar.

Quizá no había descubierto nada. Quizá él estaba convirtiendo un gesto banal en una amenaza porque llevaba demasiado tiempo viviendo entre amenazas.

Pero recordaba cómo había mirado sus dedos.

No sus ojos. No su rostro. Sus manos. Y aquello no le gustaba.

En el puente, Elise Müller siguió mirando la calle por la que había desaparecido el ciclista.

—¿Müller?

El soldado aguardaba con otro documento en la mano. Elise parpadeó.

—¿Qué?

—El siguiente.

—Sí.

Tomó el papel. Comenzó a examinarlo. Fotografía.

Nombre. Fecha. Sello. Pero su pensamiento regresó durante un instante al hombre de la bicicleta.

Daan Visser. Encuadernador. No. Eso no era exactamente cierto.

Había aprendido suficiente sobre impresión, grabado y falsificación para reconocer ciertas cosas.

Las manos contaban historias. Y las de aquel hombre contaban una distinta de la que figuraba en su documento.

Abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.

En uno de los márgenes había espacio. No sabía por qué escribió. Quizá porque necesitaba sacar aquella observación de su cabeza. Quizá porque llevaba demasiado tiempo entrenada para registrar cualquier anomalía. Apoyó la pluma. Escribió cinco palabras.

Manos de artista. No de impresor.

Se quedó mirando la frase. Era absurda. Impropia de un informe. Y, sobre todo, inútil. Pasó una línea sobre ella. La tinta no la borró por completo. Cerró la carpeta.

Podía justificarse: el documento de Visser era auténtico y unas marcas en las manos no demostraban nada.

Sin embargo, sabía que aquella no era toda la verdad.

Había visto un indicio, lo había reconocido y había decidido no seguirlo.

No sabía por qué. Esa ignorancia la incomodó más que la posibilidad de haberse equivocado.

—Siguiente —dijo.

Otro hombre se acercó con sus documentos. Elise encendió la linterna. Volvió al trabajo. Durante el resto de la tarde no pensó otra vez en Daan Visser. Al menos, eso intentó decirse.