Mañana (Arpías 3) Capítulo 41 #2
88%

Capítulo 41 #2

Rebecca cierra los ojos un segundo. Cuando vuelve a abrirlos ya no hay decepción, solo paz.

—Entonces quédate con la mujer que te hace sentir así.

Rebecca nos mira y hace algo que me recuerda por qué la quise tanto: no pregunta. Solo coge su bolso, se levanta, y antes de irse se inclina y me da un beso en la frente, como si hubiera decidido que quiere una despedida bonita.

—Espero que seas feliz, Preston. Te lo has ganado a pulso.

Y entonces se gira hacia Nao y le dice:

—Encantada… «amiga».

—Igualmente. Me alegro de que vayas a vivir.

—Gracias.

Y se va.

Nos quedamos los dos solos con dos cafés fríos y la vista de la maldita calle donde empezó todo.

Nao no dice nada. Tiene los nudillos blancos alrededor de la taza.

—Nao…

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Da igual. Ya sé lo que vas a decir y la respuesta es no.

Alargo la mano por encima de la mesa y le cojo la muñeca. Podría haberse soltado. Es más rápida que yo, y más fuerte de lo que aparenta y encima yo tengo una pierna rota. Podría partirme el brazo ahora mismo si quisiera.

Pero no quiere.

—Sé que fuiste tú —digo.

Y esa mujer, que ha mirado a la muerte a los ojos sin pestañear, que ha aguantado interrogatorios y palizas y a Madre, empieza a temblar.

—No sé de qué hablas.

—Nao… —Le aprieto la mano.

—Suéltame.

—Fuiste a Minnesota con Neva. La tatuaste y por eso estuviste cuatro días hecha polvo —Bajo la voz—. Y le has dejado tu firma en las costillas, por si me quedaba alguna duda.

—Que me sueltes.

—¿Por qué?

Y en medio de una cafetería, con Brenda fingiendo que limpia una mesa a tres metros y la voz rota de una manera que no le he oído nunca, lo suelta:

—¡Porque tú la llamas a ella! —estalla nerviosa—.

¡Porque cuando estás bien te ríes conmigo, pero cuando se te muere alguien te encierras en el baño a las cuatro de la mañana y marcas su número!

¡Porque yo no sé consolar, ni abrazar, no sé decirte que todo va a salir bien porque no me lo creo ni yo!

—Se pasa la manga por la cara con rabia—.

Porque ella se estaba muriendo y yo no puedo competir con un recuerdo perfecto, Preston.

Nadie puede. Ibas a quererla siempre porque el tiempo se te acabó con ella en lo mejor de vuestra relación.

Y yo pensé… que si le daba años, si dejaba de ser una tragedia, entonces podrías elegir de verdad.

En igualdad de condiciones. Sin que el cáncer eligiera por ti.

—Pero Nao…

—¡Y si te ibas con ella, pues te ibas! —Le tiembla la barbilla—. Prefiero mil veces ser la que te suelta que la que te tiene a medias sabiendo que tu cabeza está en otra parte.

La miro alucinado.

Porque la mujer más peligrosa que he conocido en mi vida, acaba de confesar que me quiere para ella al 100%. Ni un poquito menos.

Giro todo el cuerpo hacia ella y le cojo la cara con las dos manos.

—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir nunca más.

—Preston, no…

—Que me escuches. —Le sujeto la mirada—. La llamé porque tenía la conciencia sucia.

Ella me mira con los ojos empañados sin saber qué pensar, pero voy a explicárselo.

—Yo solté a Rebecca hace dos años en un porche y llevo desde entonces preguntándome si hice bien o no.

Cuando mataron a Danny me sentí muy culpable…

y marqué el número de la única persona a la que yo había abandonado.

No la llamé porque la quisiera más que a ti, la llamé porque me sentía culpable.

Culpable por ser tan feliz contigo. Y eso, Nao, no es amor. Es un ajuste de cuentas conmigo mismo.

Ella niega con la cabeza, terca hasta el final.

—Se lo contaste todo con detalle. A mí no me cuentas ni la mitad.

—Porque a ella le estaba contando una historia. —Le limpio la cara con el pulgar—. Contigo la estoy viviendo.

Veo cómo las murallas de Nao empiezan a romperse y continuo.

—Tenéis una historia… ibais a casaros —insiste.

—Con ella puedo hablar del pasado. Contigo tengo un futuro. Uno precioso.

—Conmigo nunca lo es. Mira cómo estás…

—Nao, me has regalado años de vida de otra persona porque pensabas que me haría feliz.

—Se me rompe la voz y me da exactamente igual—.

No conozco a nadie en este planeta capaz de hacer eso.

A nadie. Ni siquiera mi madre. Así que no me digas que no sabes querer, porque acabas de hacer la cosa más bestia que ha hecho nunca nadie por mí, y encima ibas a irte sin contármelo.

—No quería que lo supieras.

—Ya lo sé. Por eso te elijo a ti.

Se queda quieta con los ojos muy abiertos. Con esa cara de no saber qué hacer con lo que le acaban de decir.

—¿Qué?

—Que te elijo. Aunque no hay nada que elegir, en realidad, porque llevo eligiéndote desde que te vi tatuar a tu hermana en mitad de la calle —señalo la ventana con la barbilla— y decidí que quería saber quién eras aunque me costara la vida.

—Casi te la cuesta.

—Ha valido la pena cada puta lesión.

—Estás fatal de la cabeza. —Sonríe un poco por fin.

—Por eso soy perfecto para ti.

De pronto, Nao me agarra de la camiseta, tira de mí y me besa en mitad de la cafetería, delante de Brenda y de toda la clientela. Allí mismo. Donde la vi por primera vez.

Cuando se aparta, sigue con una mano agarrando mi camiseta. Como si todavía no terminara de creerme. Mi frente se queda pegada a la suya y le digo lo único que me queda por decir:

—Una cosa más…

—¿Cuál?

—Como vuelvas a presentarte como «una amiga», te juro por Dios que le pido a Neva que te borre la tontería.

Nao se ríe como si hubiera contado un chiste. Y esa risa vale más que cualquier cosa.

—Yo que tú no le pediría eso…

—¿Por qué?

—Porque tú eres mi tontería.

Nos sonreímos una vez más en mitad de la cafetería donde empezó todo.

Durante meses necesité averiguar quién demonios era esa chica del pelo morado que tatuaba en una escena del crimen. Y hoy, por fin, ya lo sé.

Es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.