Mañana (Arpías 3) Capítulo 41
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Capítulo 41

Preston

N o es casualidad que haya elegido esta cafetería.

Aquí empezó todo. Aquí vi a una chica con el pelo lila tatuar a otra cuando un tipo cayó del cielo y se incrustó en un Honda Civic, cambiándome la vida entera de la mejor manera posible.

Brenda nos trae dos cafés y me palmea el hombro.

—¡Anda, has traído a la chica!

—Sí. He traído a la chica

—Ya era hora, guapo. —Me guiña un ojo.

Nao no dice nada. Está sentada de espaldas a la pared, controlando la entrada, como si no se fiara de nadie. Lleva callada desde que hemos salido de casa.

Rebecca no tarda en aparecer. Y mi mundo se tambalea inevitablemente.

Porque llevo dos años imaginándomela. Y no me la esperaba así para nada.

La última vez que la vi tenía el pelo largo y una camiseta mía que nunca me devolvió, y todavía parecía sana.

El diagnóstico existía en un papel, pero no en su cuerpo.

Yo me fui de allí con esa imagen y la congelé, como un imbécil, como si el tiempo fuera a tener la decencia de pararse también para ella.

Pero no lo hizo.

La mujer que cruza la puerta de la cafetería lleva el pelo corto y le crece desordenado como si quisiera volver a empezar.

Está más delgada de lo que ninguna dieta lograría y tiene las ojeras de alguien que ha pasado dos años entrando y saliendo de sitios con olor a desinfectante.

En el dorso de la mano se aprecian las marcas de las vías que tantas veces han lastimado su piel.

Y a mí se me cae encima de golpe todo el peso de la depresión en la que me sumí por ella.

Nunca la vi vomitar ni le sujeté la cabeza. No la llevé a ninguna sesión, ni dormí en ninguna butaca de hospital. Me dejó fuera de su vida, en Minnesota primero y en Chicago después, mientras le guardaba un luto anticipado y perfectamente inútil a una mujer que estaba viva y peleando sola.

Le prometí que no la perseguiría más y cumplí. Vaya si cumplí. Dos años cumpliendo la peor promesa que he hecho nunca, y ahora tengo delante la factura entera escrita en su cara.

No obstante, camina con agilidad, sin apoyarse en nada. Y cuando levanta la barbilla, me sonríe de oreja a oreja con toda la boca.

Joder…

Me levanto como puedo y me abraza antes de que consiga decir nada.

—Me alegro de verte, Pres —me dice al oído con emoción.

—Hola… —jadeo—. Siéntate, por favor.

Obedece con una sonrisa radiante y se disculpa con educación cuando repara en Nao.

—Perdona. Soy Rebecca.

—Naomi.

—¿Estáis…? —Se le escapa con curiosidad.

—Soy solo una amiga —responde Nao con rapidez.

Aprieto las manos. ¿Una amiga?

Me trago las once mil cosas que quiero decir, porque este no es el momento. Hay una mujer al otro lado de la mesa a la que le quedan tres años de vida. Pero me lo apunto. Vaya si me lo apunto.

—Preston —dice Rebecca inclinándose hacia delante y me coge la mano encima de la mesa—. No puedo esperar más. Tengo que decírtelo. El cáncer está remitiendo.

Mi mente cortocircuita al oírla.

—¿Qué?

—Que está remitiendo. —Le tiembla la voz de la mejor manera—. Fui a la revisión la semana pasada y los marcadores han bajado drásticamente. Pensaron que era un error del laboratorio. Y volvieron a repetirme las pruebas porque no se lo creían. ¡Pero está remitiendo!

—Dios mío… ¿Cómo es posible?

—No lo sé, pero ha menguado, Preston. ¡Muchísimo! El oncólogo lleva veinte años ejerciendo y me ha dicho que no se lo explica. —Se ríe y se le escapa una lágrima—. ¡Ya no estoy condenada! Me han dicho que así puedo vivir años. ¡Muchos años!

Mi sistema respiratorio decide dejar de cooperar ante lo que eso significa.

Porque he soñado con esta escena mil veces.

En el sofá cada noche, en el coche, en la cama a las tres de la mañana.

Me he imaginado esta conversación exacta, frase por frase.

Y en todas esas veces yo hacía lo mismo: cogía un avión, me plantaba en su porche y le pedía que retomáramos la boda que no llegamos a celebrar.

De pronto, Rebecca me limpia la cara con el pulgar y me doy cuenta de que estoy llorando.

—Eh, tranquilo —Me coge las manos de nuevo.

—Perdona. Es que… joder. Esto es muy fuerte —digo apartando las mías en un acto reflejo.

—Ya. Ya lo sé.

Ella se seca los ojos con el dorso de la mano y me mira con intensidad.

—¿Por qué ahora? ¿No lo saben?

—No. No se lo explican. Pero últimamente me pasan muchas cosas que no pueden explicarse —añade pizpireta—. Espera, que esto te va a encantar, señor policía.

Se echa el pelo a un lado y se sube un poco el jersey por el costado izquierdo, lo justo para enseñarme la zona de atrás de las costillas y localizar un dibujo de líneas negras, con un patrón geométrico cerrado sobre sí mismo. No tiene nombres. Solo pequeños trazos sólidos y limpios.

Se me seca la boca al reconocer el estilo.

—¿Y eso? —No sé cómo me sale la voz normal.

—Ni idea. —Se encoge de hombros sin darle importancia—. Me lo encontré una mañana. Al principio me asusté, claro, pensé que era la enfermedad o algo de la piel, y fui corriendo al hospital.

—¿Y qué te dijeron?

—Que era un tatuaje. —Se ríe otra vez—. Y que estaba muy bien hecho, además. Mi oncólogo me miró como si fuera tonta y me preguntó cuándo me lo había hecho.

—¿Y tú qué le dijiste?

—La verdad. Que no me acordaba. —Se baja el jersey—.

Llevo dos años metida en un ciclo de quimio detrás de otro, Preston.

Hay semanas enteras que no recuerdo. Días que se me caen del calendario sin más.

Los médicos dicen que es normal, que es la forma que tiene el cerebro de protegerse.

Así que en algún momento debí de salir, sentarme en una silla y dejar que alguien me pintara esto, y ni me enteré.

—Dios, Rebecca…

—Ya sé que es raro. —Me mira, y por primera vez se pone seria—. Pero te voy a decir una cosa. Llevo dos años recibiendo malas noticias, y por fin me han dado una buena, así que pago el precio encantada. Como si fuera una marca de guerra.

Se toca el costado por encima del jersey, casi con cariño.

Y mientras ella sigue hablando —de los ciclos, de la dieta nueva, de que su madre no ha parado de encender velas—, mi cabeza empieza a hacer lo que hace siempre, aunque yo no se lo pida: trabajar.

Porque soy policía. Y un policía puede estar llorando de alegría y a la vez, en algún rincón frío de su cráneo, contando fechas y haciendo conjeturas.

Porque yo he visto ese estilo de tatuaje antes. Los hace una persona muy concreta con una pistola muy concreta.

Cuando por fin me atrevo a mirar a Nao, está muy quieta, concentrada en su café como si dentro hubiera algo interesantísimo. No ha dicho ni una palabra desde el «Solo una amiga». Ni ha preguntado nada. Tampoco a puesto cara de sorpresa ante la buena noticia de Rebecca. Nada.

¡No me jodas!

Nadie se traga una noticia así sin reaccionar. Y menos aún cuando la mujer que la cuenta acaba de enseñar un tatuaje que no recuerda haberse hecho.

«Un virus», dijo cuando se pegó casi un día entero durmiendo. Y cuando se levantó de nuevo estuvo cuatro días arrastrándose por el piso, blanca como el papel, sin fuerzas, mandándome a la mierda cada vez que le preguntaba si quería que llamara a un médico.

Neva subió dos veces a verla con una preocupación mal disimulada. Me olí que algo habían hecho, pero no quise preguntar. Por el bien de nuestra relación.

Joder, hacer la vista gorda es la mayor prueba de que estás colado por alguien.

—Preston…  —Rebecca me toca la mano—. ¿Estás bien? Te has puesto pálido.

—Sí. Sí, perdona. Es la emoción.

Mentira. Es lo contrario a la emoción. Es esa cosa helada que te baja por la espalda cuando encajas la última pieza de un caso y te das cuenta de que la respuesta llevaba días sentada enfrente de ti, tomando café con leche sin decir nada.

Miro a Nao de nuevo. Y ella por fin, levanta la vista para encontrarse con la mía.

En ese medio segundo, esa mujer que puede engañar a cualquiera en este planeta menos a mí, aparta los ojos otra vez hacia la ventana.

Ese simple gesto es como una confesión completa para mí. ¡Fue ella!

Fue a Minnesota. Se plantó delante de mi ex y le clavó la aguja hasta vaciarse entera para regalarle años de vida. Se llevó a Neva para borrarle la memoria y el experimento le pasó factura.

Volvió a casa, me mintió y ahora está aquí escuchando como yo lloro por otra, como si fuera una amiga.

¡La madre que la parió!

—No sabes cómo me alegro, Rebecca —digo, y no me reconozco la voz.

Ella sonríe.

—Detecto un «pero» después de esa frase.

El silencio se instala en la mesa. Nao ha dejado de mirar hacia la calle y ahora nos observa a nosotros.

Rebecca me sostiene la mirada unos segundos. Después asiente muy despacio, con una tristeza serena.

—Me lo imaginaba, la verdad.

—¿El qué?

—Que no quisieras volver conmigo.

No respondo. Las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

—En lo primero que pensé cuando me dieron la noticia fue en ti —confiesa sincera—. Pensé: «Ahora sí. Ya no hay excusas». Y... supongo que una parte de mí deseaba que llegara este momento.

—Lo siento.

Ella niega con una sonrisa cansada.

—No. No lo sientas. Me lo tengo merecido. Fui yo quien te dejó atrás.

—Rebecca...

—Déjame terminar. —Respira hondo—. Si alguien tenía derecho a rehacer su vida, eras tú. Solo necesitaba comprobar si todavía quedaba un sitio para mí en ella.

Lo dice sin reproche. Como quien hace una última pregunta antes de cerrar una puerta.

Y creo que le debo una respuesta que esté a la altura de todo lo que fuimos.

—Te quise como no había querido a nadie. Y una parte de mí te va a querer siempre. Eso no va a cambiar nunca.

Ella sonríe con los ojos empañados.

—Lo sé.

—Pero llevo demasiado tiempo viviendo de recuerdos. Tú fuiste el amor de mi pasado. Y durante mucho tiempo pensé que eso significaba que también tenías que ser el de mi futuro.

Hago una pausa.

—Hasta que conocí a alguien que dejó de hacerme mirar hacia atrás.

Rebecca baja la vista un instante. Después vuelve a levantarla.

—¿La quieres?

Miro a Nao instintivamente. Ella se está haciendo el mueble. Fingiendo que esta conversación no va con ella.

Sonrío sin darme cuenta.

—Con todo mi ser.