Capítulo 40 #2
—Rebecca —la llama Neva—, te mueres, es un hecho, y no conozco a nadie que le guste eso. Mi hermana te está dando una opción.
—¿Por qué? —pregunta y por un momento pienso en decirle que porque puedo, pero una mujer con la que ha estado Preston no puede ser de las que le vale con esa respuesta. Así que le cuento todo.
Le hablo de mis habilidades, de cómo conocí a Preston y que ahora somos algo así como amigos que quieren ser algo más. Y también le hablo sobre la conversación de madrugada, de cómo me siento al no saber si me elige o se conforma, y en sus ojos veo la comprensión.
—No sé si estáis locas o…
—¿Quieres vivir o no? —la corto.
Asiente y me arrodillo para descubrirle el costado. Preparo la runa, y cuando estoy lista, le clavo la aguja.
Rebecca se me mete dentro como un río de aguas bravas.
No me da información clara entre su sufrimiento. Solo son astillas. Fragmentos de lo que le ronda la cabeza mientras divaga, y las de esta mujer se me clavan una detrás de otra, como si llevaran dos años haciendo cola para salir.
«Ojalá me hubiera casado con él aunque fuese un mes».
«Le solté la mano y todavía la noto».
«No lo dejé porque no lo quisiera».
«Mi Preston… ¿cómo pude renunciar a él?».
Aprieto los dientes y sigo tatuando.
Porque yo venía con una teoría muy cómoda: que se querían a medias, que él la llamaba por costumbre, que le devolvía a una mujer que ya había pasado página y así todos contentos.
Y lo que me encuentro en las costillas de esta desconocida es que Rebecca es exactamente la misma imbécil que soy yo.
Que lo soltó queriéndolo. Que lleva dos años muriéndose de dos cosas a la vez y solo una tiene tratamiento.
No somos rivales. Somos la misma chica en dos cuerpos distintos, haciendo el mismo gesto estúpido de apartarse por el bien de un hombre al que nadie le ha preguntado.
La mano me empieza a temblar. No de pena; de vacío. Noto cómo mi habilidad tira de mí hacia la aguja, hacia ella, obligando a su cuerpo cansado a defenderse. Es como achicar un depósito de gasolina con una pajita.
Termino el dibujo con la vista nublada y las rodillas líquidas.
—Ya está —digo al final.
Cuando me pongo en pie de nuevo, Neva me sostiene por la cintura antes de que me vaya al suelo. Luego se pone delante de Rebecca, le sujeta la cara con las dos manos y la mira a los ojos.
—Ahora escúchame, bonita. Hoy no ha venido nadie a tu casa.
Y tira del hilo hasta que veo desaparecer el último cuarto de hora de la cara de Rebecca como se borra el vaho de un cristal. Cuando nos vamos, se queda con los ojos un poco perdidos, con el sobre del correo en la mano, preguntándose por qué está sentada en el escalón de su casa.
—Vámonos ya —susurra Neva.
Nos alejamos. Yo apoyada en mi hermana, con las piernas de trapo y el pecho lleno de desesperanza.
∞∞∞
Después de aquello, dormí dieciocho horas seguidas. Llevar mi habilidad a ese extremo me deja agotada.
Le dije a Preston que era un virus y me creyó, o fingió creerme; con él nunca se sabe.
Me traía sopa que no me comía y me ponía la mano en la frente cada dos horas con esa cara de perro preocupado que se le pone, y yo me dejaba, y me odiaba por dejarme, porque cada vez que me tocaba pensaba en lo que había hecho.
He tardado cuatro días en poder usar mi habilidad otra vez. Cuatro días en dejar de oír «mi Preston» rebotándome dentro del cráneo cuando cierro los ojos.
Preston va mejorando día a día con rapidez.
Ahora se ríe y vuelve a ser insoportablemente adorable.
Me dijo que no pensaba irse de Chicago cuando le dieran el alta, y yo hice un chiste malo para no tener que preguntar si estaba seguro.
Después lo hicimos por primera vez desde que salió del hospital.
Fuimos con más cuidado que nunca por su invalidez, y que fuera tan lento me mató un poco más dentro.
Me picaron los ojos durante un momento, y lo superé de milagro.
Casi consigo convencerme a mí misma de que aquella llamada de madrugada no ocurrió. Casi.
Porque de pronto suena su móvil y lo veo mirarlo con la cara desencajada. Sin necesidad de mirar la pantalla sé que es ella. Aun así, mi vista cae y lee el nombre de REBECCA.
Siete letras. En mayúsculas dentro de mi cabeza. Como una alarma.
Se me para todo. Incluso el pulso durante medio segundo asqueroso. Porque llevo días esperando este momento y ahora que ha llegado resulta que no estaba preparada ni de lejos.
Preston registra cómo leo el nombre y se gira para contestar. Supongo que no quiere que le vea la cara y se me quede grabada en la retina para siempre.
—¿Rebecca? —Lo oigo decir. Cierro los dedos alrededor de un abridor de latas.
No escucho lo que ella dice. Solo a él. Pero me basta, porque llevo meses aprendiéndome sus tonos como quien se aprende un idioma difícil.
—Estoy de pie con una muleta, que es peor —bromea. Le sale esa voz de cuando alguien te cae bien y quieres que le caigas bien de vuelta.
Mi piso es silencioso como un ataúd, y puedo oír la risa de ella al otro lado. La que yo misma le compré con mi tinta y con cuatro días de mi vida tirados en una cama sin poder ni sostener un vaso.
—Rebecca, ¿va todo bien…?
Suelto el abridor y huyo de su lado porque no quiero oír nada más. Quizá sea mi manera de ganar una discusión que él ya ha perdido.
Cuelga rápido y viene a buscarme con una cara que no le había visto nunca. Está blanco, pero con los ojos brillantes, sujetando su móvil en la mano como si pesara.
—Era Rebecca —me informa.
—Ya lo he visto.
—Está en Chicago. Quiere verme.
—Vale.
«Vale». Se me da de lujo esta mierda. Cuatro letras y ni un músculo moviéndose en mi cara. Podría estar diciéndole que ha dejado de llover, mientras por dentro sufro una avalancha.
Porque ya está. Ya viene. Trae la buena noticia, y en cuanto la suelte encima de la mesa, se acabó la excusa del tiempo, se acabó lo de la mujer con fecha de caducidad, se acabaron los motivos para no estar juntos de nuevo.
Podrá elegir, que era exactamente lo que yo quería.
Lo que pasa es que una cosa es querer algo tumbada a oscuras a las cuatro y veinte de la mañana, y otra muy distinta es que llegue el momento y no te tiemblen las rodillas.
—Quiero que vengas conmigo —dice de repente.
Lo miro a los ojos alucinada.
—Ni de coña.
—Nao, por favor…
—Que no. —Me cruzo de brazos—. Ve tú. Es tu ex, tu vida y tu conversación. Yo pinto menos ahí que un pingüino en una boda.
—Quiero que vengas —insiste.
—¿Por qué? —contesto a la defensiva—. ¿Miedo a sucumbir? ¿Necesitas carabina para no acabar en un hotel llorando y follando?
En cuanto lo suelto quiero clavarme el abridor que todavía tengo en la mano en la garganta.
Porque acabo de enseñarle la herida entera.
Ahí, en mitad de mi apartamento, le acabo de decir tengo miedo de que se vaya con ella con todas las letras, y lo he disfrazado de chiste cruel porque es lo único que sé hacer con lo que siento: envolverlo en algo que corte para que nadie se acerque a mirarlo.
Preston tendría que cabrearse. Otro día lo haría. Me soltaría una de las suyas y estaríamos dos horas sin hablarnos. Pero hoy me mira con esa calma suya de poli que ha decidido no morder el anzuelo.
—No —dice—. Quiero que vengas porque desde hace un mes no hago nada importante sin ti. Y esto es importante.
Esa respuesta me deja sin munición.
Aprieto la mandíbula hasta que me duele.
Porque no puedo decirle que no. Y tampoco puedo decirle que sí, joder, no puedo sentarme en una mesa a escuchar a una mujer contando su milagro, sonriendo como una imbécil, fingiendo sorpresa y callándome lo único que tendría derecho a decir en toda esa conversación.
Pero voy a tener que verlo. Vivir el momento exacto en el que le digan que va a vivir, y voy a tener la respuesta ahí mismo, sin anestesia, de si acabo de comprarle la felicidad a otra con mi propia sangre.
Es lo más idiota que he hecho nunca y ni siquiera me arrepiento.
—Eres un manipulador de mierda —suelto cabreada.
—Lo sé.
—Voy a estar insoportable, que lo sepas.
—Cuento con ello. Voy a decirle que quedamos en la cafetería de aquí abajo. No puedo ir muy lejos.
Me da un beso en la sien, cosa que odio, y se vuelve a la cama cojeando con su muleta y la ilusión de niño en Navidad.
¡Estoy jodida!