Capítulo 40
Nao
N unca pensé que acabaría formando parte de una pareja normal. Bueno… Lo de «normal» es discutible.
Mi novio es policía, y yo llevo un cuchillo escondido en la bota.
Él se está recuperando de una tentativa de asesinato y yo he escondido tres pistolas por el apartamento por si alguien vuelve a intentarlo.
Ayer discutimos por quién dejó unos calcetines en medio del salón, y después estuvimos veinte minutos debatiendo si una pizza con piña debería considerarse un delito penal.
Decidimos que sí. Pero dentro de nuestros estándares, somos sorprendentemente normales.
O al menos, lo suficiente como para que empiece a bajar la guardia. Gran error de principiante…
La realidad es que llevamos días jugando a las casitas, y para mi sorpresa, no se me da mal del todo. El precio es que ahora mi piso huele a él y a una pomada para la rodilla que apesta a alcanfor y convierte mi esplendido salón en la sala de espera de un traumatólogo.
Hay unas muletas apoyadas contra mi pared inmaculada, una camiseta suya colgada del respaldo de mi silla y un bote de analgésicos sobre la encimera haciendo que mi blanco impoluto no brille.
Un día incluso encontré un pelo rubio en el lavabo y tardé diez segundos en recordar que era normal. El problema de vivir sola demasiado tiempo es que acabas considerando invasión cualquier prueba de vida, así que lo dejé donde estaba.
Supongo que eso también significa querer a alguien. O quizá me he vuelto idiota.
—¿Sabes qué parecemos? —le digo una noche mientras le paso el plato desde el sofá, porque él sigue empeñado en fingir que puede levantarse solo y yo sigo empeñada en demostrarle que es un inútil.
—¿Qué?
—Una pareja normal.
Se ríe con la boca llena.
—Qué horror.
—Ya te digo. Casi vomito al pensarlo.
—Aún estás a tiempo de echarme, Nao.
—Lo he pensado.
—¿Y?
—Ahora mismo das mucha pena, me haría sentir culpable.
Él sonríe.
La nuestra es una normalidad rara. Ridícula diría. Pero funciona.
Debería haber desconfiado precisamente por eso. Porque las cosas buenas nunca duran demasiado cuando llevan mi nombre.
Desde que enterraron a Danny —bueno, desde que lo enterraron sin él, que no le dejaron ni coger el avión—, Preston se está desmontando por dentro con disimulo.
De día está perfecto. Hace chistes. Se pelea con la fisioterapeuta y discute conmigo por tonterías con esa energía de golden retriever cabreado.
De noche, todo es distinto. Lo noto en que se queda mirando el techo y su respiración cambia, se vuelve corta y controlada, como la de la gente que está haciendo cálculos en la oscuridad. Y yo me quedo quieta a su lado, de espaldas, sin decir nada.
Porque ese es mi gran problema, el de siempre.
Day sabe qué hacer cuando todo se va a la mierda.
Row siempre encuentra una salida. Aunque normalmente implique dinamita, una pala o salir huyendo de los problemas.
Neva consigue que la gente encuentre fuerzas para levantarse cuando ya había decidido quedarse en el suelo.
Y yo… Yo solo pongo parches. Alivio a la gente. Hago que las cosas sean un poco más soportables durante un rato. Pero cuando el efecto desaparece, el problema sigue ahí.
Y quizá eso es exactamente lo que soy también para Preston: un parche. Un sitio donde dejar de doler durante unas horas, mientras la herida de verdad sigue teniendo otro nombre. Y, por lo visto, eso no es suficiente.
Lo confirmo la madrugada del jueves. Cuando lo oigo incorporarse con cuidado, tragándose un gruñido de dolor para no despertarme.
Pienso que va al baño, lo normal, hasta que escucho cómo coge el móvil de la mesilla, cruza el pasillo despacio, apoyándose en las muletas, y oigo la puerta del baño cerrándose.
Un segundo después suena el pestillo.
Me quedo inmóvil unos instantes. Podría volver a dormirme. Debería hacerlo, pero este piso tiene un problema: está construido para el silencio. Y en el silencio absoluto, hasta los secretos hacen ruido.
Me levanto descalza y avanzo hasta el baño procurando no hacer ruido.
Al otro lado de la puerta, su voz suena distinta. Más baja y cálida. Un tono que no le conocía.
—Hola... Sí, soy yo. Perdona la hora.
Alguien le responde.
—Sí. No pensé que fueras a contestarme cuando te escribí esta mañana.
«¿Esta mañana?».
O sea que mientras yo le cambiaba el vendaje de la pierna… ¿Él estaba escribiéndole a alguien?
—No... Sí. Ya lo sé. Es raro.
Hace una pausa larga y sentida.
—Es que Danny ha muerto y… —Su voz se rompe apenas un instante. Lo justo para que yo lo note.
—Yo… Necesitaba oírte.
«Necesitaba oírte».
Las palabras se me clavan entre las costillas con mucha más precisión que cualquier bala.
Me quedo inmóvil, con la mano a dos centímetros de la puerta, sin llegar a tocarla.
Él sigue hablando. Le cuenta lo del atropello, la muerte de Danny, lo de su esposa llorando al teléfono. Se lo cuenta todo con detalles que a mí no me ha dado. Con una voz que se le va rompiendo por sitios que conmigo nunca se le rompen.
A mí me dijo cuatro frases secas sentado en el borde de la cama. «Mi capitán… Lo han asesinado». Punto. Y yo le contesté lo único que se me ocurrió, que era proponerle matar a todos los implicados uno por uno.
Y me pareció que servía. De verdad me lo pareció.
Preston sonríe. Porque esa sonrisa se oye.
—Sí, sigo haciendo un café horrible.
Genial. Bromas privadas de una vida anterior.
Entonces oigo su nombre.
—Rebecca… —Lo pronuncia con una naturalidad devastadora. Como quien ha repetido ese nombre tantas veces que ya forma parte de su respiración. Y algo dentro de mí, algo que llevaba semanas fingiendo que no existía, se agrieta.
Siempre había pensado que Rebecca pertenecía al pasado. Como un tatuaje mal borrado. Que sigue ahí, pero ya no duele.
Y resulta que no. Que está viva, y sigue siendo el número al que él llama cuando el mundo se le cae encima a las cuatro de la mañana.
Vuelvo a la cama antes de que cuelgue. Me tumbo de cara a la pared y me quedo con los ojos abiertos, muy quieta, haciendo lo que mejor se me da: ordenar la información sin sentirla.
Resumiendo: cuando el mundo está en orden, me elige a mí. Cuando se le rompe... todavía la busca a ella.
Oigo el pestillo y las muletas de nuevo. Se acuesta con un cuidado infinito para no despertarme y deja la mano cerca de mi espalda, sin llegar a tocarme.
Y yo, mirando la pared, pienso con frialdad: «ella se va a morir». Y Preston se pasará veinte años queriendo a un fantasma, exactamente igual que ha hecho estos dos.
Y ahí, tumbada en mi cama blanca a las cuatro y veinte de la mañana, discurro una teoría:
Yo puedo quitar dolores. Puedo obligar a un cuerpo a dormir, a despertarse, a soltar el intestino, a ponerse cachondo, a dejar de temblar.
Nunca lo he intentado con nada más grande porque nunca he tenido motivos.
Pero si puedo empujar la carne… a lo mejor puedo empujar aquello que se la está comiendo.
A lo mejor puedo darle años o décadas. Y si se las doy… Si le quito de encima el «terminal» que la convierte en tragedia, entonces, la mujer a la que Preston llora de madrugada dejará de ser un fantasma.
Toda mi vida he tenido la sensación de llegar tarde. Como si el sitio importante ya estuviera ocupado cuando aparecía yo.
Da igual que fuera una competición, una conversación o una persona, siempre terminaba sintiendo que alguien había llegado antes que yo.
Durante mucho tiempo pensé que aquello era mala suerte. Luego entendí que simplemente había aprendido a conformarme con el hueco que quedaba libre.
Y resulta agotador vivir preguntándote si alguien te habría elegido igualmente si hubiera llegado cinco minutos antes o si solo eres el segundo plato.
¿Cómo voy a competir contra eso?
¿Cómo voy a creerme que Preston me ha elegido a mí cuando cada llamada del hospital le recuerda que ella se está apagando?
No. Así no.
Si algún día decide quedarse conmigo... necesito saber que también podía haber elegido quedarse con ella.
Me duermo con la decisión ya tomada. Mañana hablaré con Neva.
Si existe la más mínima posibilidad de arrancarle el cáncer del cuerpo... Voy a encontrar a Rebecca. Y después dejaré que Preston decida quién ocupará el lado izquierdo de su cama.
∞∞∞
Al día siguiente, en cuanto veo la oportunidad, aporreo la puerta de Neva.
—Necesito que vengas conmigo a Minnesota —le suelto en cuanto abre.
—¿A qué?
—A borrarle la memoria a una mujer.
Neva parpadea. Es la única de las cuatro que sigue poniendo esa cara cuando le pides algo así, como si el mundo le siguiera pareciendo un sitio decente a ratos.
—Vale. ¿Y quién es?
—La ex de Preston.
—Nao…
—No es lo que crees. No voy a hacerle nada malo. —Trago saliva—. Voy a curarla.
Y entonces se lo cuento todo. Lo de la puerta cerrada con pestillo a las cuatro de la mañana. El «necesitaba oírte». Se lo cuento seco, como si le estuviera leyendo el parte meteorológico, porque es la única forma de que me salgan las palabras.
Neva me escucha sin interrumpir. Cuando termino, no me dice ninguna de las cosas que me temía. No intenta convencerme de que Preston me quiere ni me dice que estoy siendo idiota. Solo pregunta:
—¿Y tú qué ganas con esto?
—Nada —digo encogiéndome de hombros.
A ella se le humedecen los ojos como si esa respuesta le diera miedo. Pero viene. Claro que viene. Porque es Neva y porque, aunque piense que me estoy tirando por un acantilado, prefiere estar abajo para recogerme.
∞∞∞
Rebecca vive en una casa pequeña a las afueras, con un porche que reconozco sin haberlo visto nunca. Es el porche donde él le dijo que se fuera tranquila.
La abordamos cuando sale a por el correo sin darle tiempo a asustarse. Neva le pone una mano en el brazo y le habla con esa voz suya de profesora de niños pequeños. Yo hago lo que sé hacer: le miento lo justo y le digo la única verdad que necesita.
—Sabemos que estás enferma, Rebecca. Y yo no te voy a curar, no soy Dios. Pero puedo darte tiempo, el suficiente para tener una vida plena. ¿Me dejas que lo intente? —Le enseño la pistola de tatuar y ella la mira extrañada.
Nos mira como si tuviéramos tres cabezas y tiene cara de querer gritar.