Capítulo 39
Row
H ace un buen rato que nos dejamos caer sobre la cama, sudorosos y con las respiraciones aceleradas. Creí que nada más terminar el sexo saldría corriendo, pero aquí sigue, acariciando mi espalda con delicadeza, con sus piernas entrelazadas en las mías y sosteniendo mi cabeza contra su pecho.
—Este silencio me está volviendo loca —susurro cuando ya no soy capaz de seguir callada por más tiempo. Su pecho se agita y alzo la cabeza para mirarlo. Está riendo. Supongo que eso es bueno, o, al menos, mejor que quiera marcharse dando un portazo—. ¿Te resulto graciosa?
Niega con la cabeza y acomoda un mechón de pelo detrás de mi oreja.
—Solo predecible. Estaba calculando cuánto tiempo tardarías en hablar. No te gustan los silencios.
Estrecho la mirada sobre él y me acomodo mejor sobre su cuerpo.
—¿Cómo sabes eso si apenas me conoces?
Tom suspira y se encoge de hombros.
—Creo que podemos estar de acuerdo en que nada de lo que pasa entre nosotros es lo más habitual, ¿cierto? —Me lo pienso unos segundos y asiento—. Solo lo sé. Me gusta que seas tan inquieta, que te cueste quedarte callada más de unos minutos, que siempre me lleves la contraria en todo…
—¿En serio? —lo corto, y él frunce el ceño—. Y yo que pensaba que odiabas que te llevara la contraria.
—No, lo que de verdad no soporto son las mentiras. —Respiro hondo y aparto la vista—. No dejes de mirarme, Row.
Suspiro y regreso la mirada a la suya.
—Ya me he disculpado. No sé qué más puedo hacer.
—¿De verdad lamentas haberme mentido? Sé sincera, por favor.
—En parte, sí, y por otro lado… Hacía mi trabajo.
Tú eras solo un objetivo más al que eliminar para acabar con Madre.
No esperaba que pasara esto. —Señalo el poco espacio que hay entre nuestros cuerpos—.
Lamento no haber confiado en ti para decirte la verdad.
Estuve a punto de hacerlo esa mañana en tu casa, pero no pude, no sin consultarlo antes con mis hermanas. A ellas también les afectaría.
—¿Habías planeado contármelo en algún momento?
—¿Dices antes de que el Lameculos se volviese loco y fuese a buscarte con una pistola?
—Voy a suponer que el «Lameculos» es Jesse.
Asiento y se me escapa una sonrisa.
—Esa noche, en nuestra segunda cita, te prometo que iba a decírtelo.
—¿Por qué?
—No entiendo la pregunta.
Se incorpora un poco, obligándome a hacer lo mismo, y cuando ya ha apoyado la espalda contra el cabecero, estrecha la mirada sobre mí.
—¿Por qué decidiste arriesgarte a contármelo? Tú lo has dicho, solo soy un objetivo.
—He dicho que «eras» un objetivo. Dejaste de serlo desde que te colaste bajo mi jodida piel como una puta enfermedad.
El muy hijo de puta esboza una sonrisa socarrona.
—¿Estás admitiendo que sientes algo por mí, Desconocida? —Bufo con fuerza e intento apartar la vista, pero él me sujeta la barbilla y me obliga a mirarlo de nuevo—. Ojos en mí. Contesta a la pregunta.
—No estaría en esta situación si no sintiera algo por ti, Tom.
—¿Algo? ¿Qué es ese «algo»?
Aparto su mano de mi rostro y me bajo de la cama completamente desnuda.
—¿Qué importa eso ahora? —susurro, dándole la espalda.
—A mí me importa. Row, no me estás mirando.
Me giro de golpe y lo veo sentado en el borde del colchón.
—¿No te das cuenta de que nada de esto tiene sentido? Nosotros intentamos destruir a Madre y tú vas a seguir trabajando con ella. —Va a replicar, pero lo detengo alzando una mano en su dirección—. Entiendo por qué lo haces, pero eso es algo imposible de ignorar.
—No puedo quedarme con los brazos cruzados mientras mi hermana se muere.
—¡Lo sé! Y yo no puedo pasar por alto que esa hija de perra nos engañó, nos convirtió en asesinas, mató a mis hermanos, incluyendo a Terry, y ahora pretende repetir lo mismo con esas niñas del demonio.
—Sabes que no va a ser nada sencillo terminar con ella, ¿verdad? —pregunta.
Asiento y le paso su ropa para que se la ponga.
—Mientras sigan protegiéndola y financiando sus experimentos ricachones como tú será casi imposible, pero no por ello dejaremos de intentarlo.
—¿Yo? No seas ingenua, Row. Esa mujer mantiene una relación sentimental con el que, con casi toda probabilidad, va a convertirse en presidente de este país.
—¿Cómo dices? —pregunto, frunciendo el ceño.
Tom se pone de pie para abrocharse los pantalones, y tras ponerse la camisa sin abotonar, vuelve a acomodarse al borde del colchón.
—El senador McCain… —Pestañeo rápido—. ¿No lo sabías? Llevan juntos muchos años. Y el poder que tengo en todo esto no es comparable al suyo.
—¡No me jodas! ¡Eso tiene todo el sentido!
—¿A qué te refieres?
—El superintendente McCain, hermano del senador, ¡era el superior al mando de Preston!
—¿Hablas del tipo rubio de ahí arriba?
—Sí, es el novio de Nao. Es policía en asuntos internos y estaba investigando a McCain. ¡Y casi lo matan!
—Claro, porque el senador cuida de su hermano al igual que de su mujer. Tenéis que estar muy atentas. Si Walsh se entera de lo que estáis tramando, no se quedará quieta.
Bufo con fuerza y me acomodo el pelo sobre un hombro.
—No sé en qué momento se complicaron tanto las cosas. A veces me gustaría seguir ignorándolo todo. Vivir engañada puede ser mejor que tener que enfrentarse a tanta mierda junta.
—Lo entiendo —susurra, y tras ponerse de pie, da un par de pasos hacia mí y enmarca mi rostro con sus manos—. Se supone que ahora somos enemigos y, aun así, no soy capaz de dejar de quererte.
Trago saliva con fuerza. ¿Me quiere? Mierda. ¿Por qué tenía que decirlo ahora? Solo lo complica todo aún más.
Intento girar el rostro, pero él me sujeta con más fuerza. Resoplo y pongo los ojos en blanco.
—Que no deje de mirarte, lo sé —mascullo, intentando contener el llanto.
—Vas aprendiendo. —Se acerca para besarme y dejo que lo haga.
Sus labios se mueven con suavidad sobre los míos. No está siendo brusco ni apasionado, como las veces anteriores que me ha besado. Es dulce, cariñoso y…
¡Joder, me está destrozando!
Lo aparto, empujándolo por el pecho, y exhalo con fuerza.
—Deberías marcharte.
—Ya lo sé, pero no quiero hacerlo.
—Creí que mi apartamento no te gustaba, y ahora resulta que quieres quedarte.
Tom esboza una sonrisa triste.
Ambos sabemos que solo he hecho ese comentario para no tener que enfrentarme al hecho de que es probable que esta sea la última vez que nos veamos.
—Tampoco está tan mal. Si dejas las ventanas abiertas durante un tornado y se lleva toda la mierda que hay tirada…
Le doy una palmada en el hombro con la mano abierta y él sonríe, esta vez de verdad.
—Me alegra que hayas dejado de odiarme, al menos un poco —digo tras unos segundos de silencio.
—No te equivoques, te sigo odiando, pero te quiero más de lo que te odio.
El nudo en mi garganta vuelve con fuerza. Me pican los ojos por contener las lágrimas y sé que Tom se da cuenta de ello porque, cuando aparto la mirada, no dice nada.
Se acerca de nuevo, y tras depositar un beso fugaz en mi frente, da media vuelta, se pone la chaqueta sobre la camisa abierta y se dirige a la salida.
—¿Volveremos a vernos? —pregunto sin poder evitarlo cuando ya ha abierto la puerta.
Tom se gira a medias y me lanza una sonrisa traviesa por encima del hombro.
Apuesto a que él también está recordando ese momento en el ascensor de su empresa cuando me hizo esa misma pregunta.
—Espero que sí —responde, y se va.