Mañana (Arpías 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

Row

T umbada bocarriba sobre mi cama, no dejo de pensar en el incómodo encuentro con Thomas. Ahora mismo odio con todas mis fuerzas a mis hermanas y al traidor de Jesse por no haberme advertido de lo que me esperaba en la dichosa reunión.

Si hubiese ido preparada…

¿A quién quiero engañar? No hubiese acudido de haberlo sabido, y también me odio a mí misma por ello, porque el maldito Thomas Hutcher me ha convertido en una cobarde.

Escucho cómo alguien abre la puerta y resoplo con fuerza.

De verdad que tengo que empezar a cerrarla con llave. Estoy harta de que todo el mundo entre sin ser invitado.

—Neva, no tengo ganas ni paciencia para tus cuidados y cariñitos. Muy al contrario de lo que piensas, meterte en la vida sentimental de los demás no te va a ayudar a superar tu ruptura con Evan. Si lo echas de menos, adopta un gato, pero a mí déjame en paz —digo sin apartar la mirada del techo.

—No sé quién es Evan, pero tras haber cruzado un par de palabras con tu hermana, no me extraña que haya roto con ella.

Me incorporo de golpe en la cama al escuchar su voz, y cuando giro la cabeza lo veo ahí, junto a la puerta, observándome con atención, con las manos en los bolsillos del pantalón del traje hecho a medida y con el pelo perfectamente peinado.

No es justo que yo esté echa una mierda y él parezca que acaba de salir de un spa .

—¿Qué demonios quieres ahora? —mascullo, obligándome a apartar la mirada de Tom y su asqueroso aspecto de hombre poderoso y arrebatador.

Lo escucho suspirar y, tras unos segundos, vuelve a hablar.

—Por algún motivo que desconozco, no estoy para nada sorprendido de que vivas en un lugar tan desordenado. Te vendría bien hacer un poco de limpieza.

—Gracias por tu inestimable consejo, pero no recuerdo habértelo pedido. ¿Has venido a mi apartamento a criticar mis hábitos de higiene?

—No, Row, solo he venido a comprobar por mí mismo que estás siendo tan miserable e infeliz como yo.

Su declaración me toma por sorpresa.

Vuelvo a repasarlo con la mirada desde la cabeza a los pies y estiro el brazo para alcanzar mi paquete de cigarrillos.

—Yo te veo perfecto —mascullo justo antes de encenderme uno.

Escucho sus pisadas acercándose y, cuando levanto la cabeza, lo encuentro justo delante de mí. Me quita el cigarrillo de entre los labios y lo aplasta contra el fondo del cenicero.

—Solo se me da mejor que a ti fingir, y es curioso, porque aquí la mentirosa y la traicionera eres tú.

Aprieto los puños con fuerza y me pongo de pie, obligándolo a él a retroceder.

Por una milésima de segundo llegué a pensar que tal vez había venido a verme para algo que no implicara seguir insultándome y humillándome. Puede que no esté en mi mejor momento, pero aún conservo algo de orgullo y no permitiré que me lo arrebate.

—¿Qué quieres de mí? —siseo contra su rostro.

Su mandíbula se tensa con fuerza. Casi puedo escuchar el rechinar de sus dientes. Está furioso.

—¿Ahora me miras? ¿Ya has terminado de ignorarme, Row?

Sacudo la cabeza, confusa. No logro seguir la línea de pensamientos de este hombre.

¡Me está volviendo loca, joder!

—¿Eso es lo que te molesta, que te haya ignorado?

—Sí, aparte de muchas otras cosas.

—¿Y qué pretendes viniendo a mi apartamento? Si lo que buscas es una disculpa, no la encontrarás. Te dije lo que había pasado, fui sincera contigo y me echaste de tu casa. No tengo nada más para ti.

—No quiero que te disculpes —sisea entre dientes.

—¡Entonces, ¿qué demonios quieres?! —vocifero, perdiendo los nervios.

—¡Quiero largarme de aquí! —grita—. ¡Quiero poder irme y no mirar atrás ni una sola vez!

Lo esquivo y camino hacia la salida con decisión, abro la puerta y vuelvo a mirarlo.

—¡Adelante, joder! Nadie te lo está impidiendo. ¡Vete de una maldita vez y déjame en paz!

Con un gruñido, me alcanza en un par de zancadas, cierra la puerta con un golpe sonoro y me sujeta por la nuca.

—No puedo. Quiero hacerlo, deseo con todas mis fuerzas no pensar en ti cada maldito segundo del día, no echar de menos tu olor a cenicero, tu sabor a vodka y ese jodido carácter guerrero que me vuelve loco, pero por más que lo intento, soy incapaz de dejar de sentir toda esta mierda por ti, y me mata.

—Tom… —susurro, mirándolo a los ojos.

Ahora puedo verlo, todo el dolor, el sufrimiento y también la rabia en su mirada.

«Solo he venido a comprobar por mí mismo que estás siendo tan miserable e infeliz como yo». No mentía. Todo esto también lo está destruyendo.

Aparto la vista y él me sujeta con más fuerza por la nuca.

—De eso nada. El jueguecito de ahí arriba, ignorándome como si ni siquiera fuese digno de tu mirada, se ha acabado. No vas a apartar los ojos de mí, Row. Solo me mirarás a mí.

Lucho contra mi vena rebelde para seguir con la vista fija en él. Quiero desobedecerlo, pero no puedo hacerlo, porque en el fondo me encanta que se sienta así, tan desesperado por mí como yo lo estoy por él.

Tras unos segundos en los que solo nos miramos con la respiración acelerada, soy incapaz de contenerme más y dirijo mi boca a la suya, pero Thomas se aparta.

—¿A qué estás jugando? —susurro con un nudo en la garganta.

No sé si podría soportar su rechazo. Lo deseo con tanta fuerza… Quiero que deje de odiarme, aunque sea un segundo, y me bese.

—Aquí las reglas las pongo yo. —Enreda mi cabello en un puño y tira de él, obligándome a echar la cabeza hacia atrás—. Pídeme que te bese. Suplícamelo.

Aprieto los puños y le lanzo una mirada heladora.

—Eres un hijo de puta —siseo entre dientes.

El muy cabrón esboza media sonrisa y acerca su nariz a mi mejilla, lo escucho inhalar con fuerza y enseguida siento cómo su lengua se desliza por mi piel, desde la barbilla a la comisura.

—Suplícamelo —repite.

—¿Esta es tu forma de castigarme? —pregunto con voz temblorosa.

Una batalla a muerte se está librando en mi interior. Una parte de mí quiere ceder a sus demandas, lo desea con todas sus fuerzas, y la otra, la más rebelde e irreverente, se mantiene firme, aferrándose al pequeño resquicio que aún conservo de mi dignidad.

Tom vuelve a sonreír y esta vez desliza su lengua por encima de mis labios cerrados. Muerde el inferior al mismo tiempo que su brazo libre me rodea y me atrae más hacia su cuerpo.

—¿Lo sientes? —susurra, y empuja su erección contra mi bajo vientre—.

Esto sí que es un castigo, Row. No puedo estar cerca de ti sin empalmarme como un puto adolescente.

Sueño contigo, te deseo en todo momento.

—Exhala profundo y su aliento golpea mi rostro—.

Pídeme que te bese de una maldita vez y acaba con nuestro sufrimiento.

Mierda, está claro cuál ha sido la parte de mí que ha salido vencedora de la batalla.

Me humedezco los labios para recoger los restos de saliva que él acaba de dejar ahí y su mirada se enciende como una jodida antorcha.

—Bésame, te lo supl… —Antes de que pueda terminar la frase, sus labios colisionan contra los míos.