Mañana (Arpías 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Preston

L levo una semana en el piso de Nao y el aburrimiento empieza a ser más peligroso que mis heridas. Soy de los que necesitan trabajar o les entra urticaria, pero en mi estado eso es difícil.

Nao iba a quedarse otra vez conmigo, pero le he dicho que se fuera al estudio de tatuajes. Lleva siete días sin trabajar por mi culpa.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo. Vete, por favor.

—Te dejo el móvil cargado.

—Vale.

—Y la pastilla de las doce sobre la mesilla.

—Vale.

—Si necesitas algo, llámame.

—Vale.

—Como digas otra vez «vale», te dejo aquí encerrado dos días sin agua.

—Vale.

Me la juego al chiste y casi me cae una colleja, pero al final me da un beso en la frente, recoge la chaqueta y se va.

La oigo cerrar la puerta del montacargas y me quedo solo en el piso más blanco de Chicago con la pierna escayolada apoyada entre dos cojines.

Qué mierda de vida.

Cojo el móvil y veo que tengo dos llamadas perdidas.

Uno de los números es de Minnesota. Seguro que es mi mentor, Danny, desde algún recóndito lugar porque se ha quedado sin batería. Últimamente hablamos mucho. Llamo de vuelta y me sorprende encontrar la voz de Nora, su mujer, al otro lado.

—¿Preston? ¿Eres tú?

—Sí, soy yo, Nora. Dime.

Se hace un silencio condenatorio.

El silencio de una mujer que lleva cuarenta años casada con un policía y sabe a la perfección cuándo y cómo dar una mala noticia. Ese silencio que no se confunde con ningún otro.

—Nora…, ¿qué ha pasado?

—Ayer Danny tuvo un accidente. —Rompe a llorar.

—¿Qué clase de accidente?

—Lo atropellaron mientras sacaba a Roque a pasear…

—¡¿Dónde está?! ¡¿Está bien?!

—Lo operaron de urgencia anoche, pero no superó la madrugada. ¡Lo siento mucho, Preston!

La frase me rompe todos los huesos del cuerpo. O al menos siento el mismo dolor. Es tan agudo que me quedo sin aire, incapaz de decir nada. Nora, al otro lado, sigue llorando.

—Nora…

—Dime, cariño.

—¿Estás sola?

—Está mi hermana conmigo. Y dos compañeros del cuerpo.

—Voy para allá hoy mismo.

—No, no vengas. Ni se te ocurra. Sé lo que te ha pasado.

—Nora, por favor…

—Tienes la pierna rota, chico. Y la clavícula. No vas a coger un avión en tu estado, te lo prohíbo.

Cierro los ojos, maldiciendo el universo. Esa mujer me ha acogido tantas veces en su casa que siento que debería estar ahí en un momento como este.

—Joder… Esto no puede ser real. ¿Qué coño ha pasado?

—Lo están investigando. El coche se subió a la acera para arrollarlo. No fue un accidente, Preston.

—¡MALDITOS HIJOS DE PUTA! —rujo, golpeando la cama—. ¡AAAH! —Doy un alarido.

Ella sigue llorando en silencio. Y yo quiero hacerlo, pero estoy demasiado enfadado para eso.

—Nora…, ¿qué puedo hacer?

—Tranquilo, cariño. Llámame luego. Desahógate… Llora un rato. Él te quería mucho.

—Te prometo que no van a quedar impunes.

—No hagas nada, Preston. O terminarás reuniéndote con él. Cuídate mucho, hijo.

—Lo haré. Volveré a llamarte.

Cuelga y me quedo con el teléfono apretado en la mano izquierda, sin moverme.

No lloro. No me sale. No suelo llorar con las malas noticias. Llorar me llega después, en sitios raros, cuando ya no me lo espero. Por cualquier tontería absurda.

La última vez que hablé con Danny fue ayer.

Lo llamé desde esta misma cama. Una llamada cifrada por una línea segura de las pocas que aún quedan en uso.

—Hijo, ¿cómo sigues? —preguntó. Su voz sonaba tensa.

—Ya me han dado el alta. Estoy en casa.

—Bien. Vengo a echarte la bronca por haberme tenido que enterar por tu madre de dónde te has metido…

—¿Mi madre?

—Sí, estuvo aquí hace unos días. Se plantó en mi despacho con un sobre en la mano.

Maldije en voz baja.

—Joder…

—Brava mujer tu madre.

—Lo siento, capitán. Tendría que habérselo contado yo antes, pero quería recabar más pruebas.

—A mí no me mientas. Querías chulearte. Que nos conocemos.

Sonreí como un niño.

—No. En serio. No quería ponerlo en peligro innecesariamente.

Su reacción fue reírse. Como un capitán que está orgulloso de algo que no debería estar orgulloso.

—Hijo…

—¿Sí, Capitán?

—Sabía que ibas a conseguirlo. Esto es un bombazo.

—Todavía no lo he conseguido. Estoy en ello.

—Pero estás muy cerca. Por eso te han atacado. Por Dios…, ¡el hermano del senador McCain! En treinta años no me había encontrado nunca con algo de este calibre.

—Hay que tener cuidado. Tiene a mucha gente comprada.

—Lo sé. Por eso voy a mandar una copia de este sobre a Frank Sullivan, del comisionado de Minnesota. Es de los míos. Tengo confianza absoluta en él.

—De acuerdo.

—Buen trabajo, chico. Sabía que eras el adecuado para esto.

—Gracias, señor.

Esa fue la última vez que oí su voz. Y la sensación de que yo mismo escribí su sentencia de muerte me aprieta la garganta sin compasión.

Mi móvil suena otra vez. Lo miro, pensando que será Nora de nuevo, pero no. Es el número del despacho del superintendente McCain.

Trago saliva con fuerza.

Espero dos tonos enteros antes de cogerlo cabreado.

—Reed.

—Buenos días, Preston. ¿Cómo va esa recuperación?

—Lenta —mascullo serio.

—Lo imaginaba. Por eso te llamo. Como vas a tardar en reincorporarte, van a mandar a otro para seguir con tus investigaciones. Redacta un informe y…

—Eso no es posible, señor.

—Reed, escúchame. Te han atacado. Eso significa que, sea quien sea a por el que estás yendo, te tiene fichado.

«¡ERES TÚ, CAbrÓN!», quiero gritar. Porque lo ha matado… Ha matado a Danny.

—Eso significa que cualquier movimiento tuyo, a partir de ahora, puede comprometer la investigación —continúa sin inmutarse—. No podemos correr el riesgo de que vuelvan a ir a por ti. La próxima vez puede que no sobrevivas, chico.

—Señor McCain…

—Lo mejor es que vuelvas a Minnesota —sentencia rotundo—. Haz reposo, cierra el expediente y, cuando estés bien, lo reevaluamos.

—No puedo dejarlo ahora.

—Reed, es una orden. Es por tu bien. Y por el del caso.

Aprieto los dientes hasta que noto el pulso en la mandíbula.

—¿Quién entra en mi lugar? —pregunto para ficharlo como corrupto también.

—Jeffrey Connors. Joven. Limpio. Sin antecedentes en el departamento. Empezará mañana mismo.

—Esto es increíble… —mascullo.

—Es lo mejor para todos, Reed.

Lo pienso durante un momento. ¿Qué haría Danny en mi lugar? Esperar y actuar después. No tomar una decisión en caliente ni hablar de más.

—De acuerdo, señor.

—Me alegro de que lo entiendas, hijo.

—No me llame «hijo» —digo sin poder evitarlo.

Nos quedamos en un silencio tenso, y entonces suelta la frase que llevo dos minutos esperando. Porque Larry McCain es demasiado narcisista para no firmar sus obras.

—Te has enterado de lo de Whitaker, ¿no?

—Sí…

—Una putada. Lo siento, Reed. Saint Paul es una ciudad peligrosa. Y eso que él era un hombre muy precavido.

Aprieto la mandíbula con fuerza y me muerdo la lengua.

—Pues sí…

—Te acompaño en el sentimiento.

—Gracias.

—Cuídate mucho. Y descansa.

—Gracias, señor. Adiós.

Cuelgo atropelladamente, y entonces sí, me cae todo encima de golpe. Mi invalidez, Danny, Nora llorando y McCain con su voz refinada confirmándome lo que ya sabía, pero no quería pensar.

Lo han matado por mi culpa. Por las pruebas que yo le mandé en esa carpeta.

Joder, Danny… ¡¿Qué hiciste para delatarte?!

¡Qué puta mierda absoluta!

Cuando Nao vuelve del estudio a última hora, me encuentra sentado en el borde de la cama, con las dos muletas tiradas en el suelo y la mandíbula dolorida de apretarla tanto.

No dice nada porque nota algo raro en el ambiente.

Solo cierra la puerta, deja el bolso y camina hasta mí para sentarse a mi lado.

Pasa un minuto sin que diga nada.

—¿Preston…? ¿Qué ha pasado? —pregunta por fin.

—Mi capitán. El de Minnesota… Lo han asesinado.

—¡¿QUÉ?!

—Ha sido él, Nao. Ha sido McCain.

—¿Cómo lo sabes? ¿Qué le ha pasado?

—Un atropello descarado. Por encima de la acera. Ni siquiera esperaron a que cruzara la calle.

—Joder…

—Ya ves —digo, mirando al suelo, tragándome las lágrimas.

Se hace un silencio extraño, no como los que nos gusta compartir.

Sé que Nao no sirve para consolar a nadie, pero hace exactamente lo único que sirve cuando alguien muere por tu culpa. Me coge la cara con las dos manos y me mira a los ojos a quince centímetros de distancia.

—Preston…, vamos a matarlos. Uno a uno. A todos los implicados en esa muerte.

Por una vez no pienso que sea una locura.

—Te lo juro. Vamos a matarlos a todos. A Larry, al senador y a las dichosas niñas si hace falta. ¡A todos, joder! Por tu capitán, por Terry y por ti.

—No es tan fácil, Nao.

—Nada es fácil, pero se hace igualmente.

La miro en silencio y, por primera vez en todo el día, suelto la angustia que llevo aguantando desde la llamada de Nora.

—Vale… —Mi voz se corta y las lágrimas congestionan mi cara sin que pueda hacer nada.

—No llores, por favor —suplica como si le fuera la vida en ello.

Me sostiene la cara unos segundos más, dejándome ver cuánto le importo. La calidez que siento en el pecho lo llena todo por un segundo. Luego me besa despacio. No es un beso lascivo, sino de consuelo.

Bajo la cabeza y la apoyo contra su cuello. E inevitablemente lloro de nuevo en silencio.

Nao me aprieta contra ella un poco más fuerte, sin hacer comentarios ni chistes. Solo aguantando mis emociones. Algo bastante duro para ella.

Por la noche, ya con la cabeza más despejada, marco un número que me juré que solo marcaría en caso de emergencia apocalíptica.

Tras cuatro tonos, alguien lo coge, pero no dice nada.

—¿Sullivan? ¿Frank Sullivan?

—Sí.

—Soy Reed.

—Estaba esperando tu llamada —dice convencido.

«¿De veras?».

—Lo siento mucho, chico. Danny era de los buenos.

—Me dijo que acudiera a ti si necesitaba algo.

—Te escucho.

—McCain, el superintendente al que estaba investigando, me ha apartado del caso esta misma mañana. Una coreografía perfecta junto a la noticia de la muerte de mi mentor. Ese hijo de puta lo tenía todo bien calculado.

—Lo sé, Reed. Tengo la carpeta.

—Voy a ir a por él.

—Eso es lo que quería oír. La comisión me ha dado permiso para que te cojas una excedencia falsa y sigas investigando por tu cuenta.

Opera en la sombra durante el tiempo que haga falta.

Sin placa. Sin rastro. Sin reportes oficiales.

Solo llámame a mí a este número. Porque esto no va a quedar así, Reed.

—Por supuesto que no. No pararé hasta cogerlos.

—Perfecto. Tráenos a ese hijo de puta vivo o muerto. Me da igual. Yo me ocupo del papeleo. Pero quiero que lo hundas.

—Hecho.

—Buenas noches, Reed.

—Buenas noches, Frank.

Dejo el móvil bocabajo en la mesilla y me giro hacia Nao, que ha estado escuchando toda la conversación en silencio desde el otro lado de la cama.

—¿Lo has oído todo?

—Sí.

—¿Estás dentro?

—Estoy dentro desde antes de que hicieras la llamada, idiota.

—Bien. —La acaricio.

Nos abrazamos y me duermo casi en segundos de lo tranquilo que me he quedado.

«Bienvenidos a la guerra, hermanos McCain».

Os vais a enterar de quién era Daniel Whitaker. Y, sobre todo, de quién soy yo.