Mañana (Arpías 3) Capítulo 33
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Capítulo 33

Neva

A Evan le hace gracia lo del hotel.

Lo noto en cuanto lo veo aparecer en la entrada, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa que me vuelve loca.

—¿Un hotel, Chispa?

Yo me apoyo contra la pared del vestíbulo y finjo que no tengo el corazón hecho pedazos debajo del vestido.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta?

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

—He pensado que podríamos haber ido a tu apartamento.

—En mi apartamento están mis hermanas.

—También tienen la mala costumbre de existir, sí.

Sonrío porque él sonríe. Porque necesito que me vea así.

Feliz. Ligera. Entera. Necesito que esta noche sea un recuerdo perfecto.

Aunque dentro de unas horas deje de existir.

No para siempre. Solo el tiempo suficiente.

Eso es lo único que me permite seguir respirando.

Porque no estoy renunciando a Evan. Lo estoy escondiendo. Protegiéndolo.

Cuando todo esto termine, cuando acabemos con Madre, cuando mis hermanas y yo podamos dejar de mirar por encima del hombro, volveré a buscarlo.

Da igual si pasa un mes. Un año. O Cinco. Volveré a por él.

Lo único que me aterra es la posibilidad de que rehaga su vida durante este tiempo. La idea me revuelve el estómago con una violencia absurda. Porque una parte de mí, la racional, sabe que tendría todo el derecho.

Cuando desaparezca, creerá que nunca he existido.

No sería una traición, sería exactamente lo que cualquier persona haría.

Pero luego está la otra parte. La que nunca ha sido razonable.

La que sonríe con los cuchillos en la mano.

La que piensa, con una tranquilidad que con toda probabilidad debería preocuparme, que volveré igualmente.

Y si cuando vuelva hay otra mujer… Mala suerte. Para ella, digo. Porque yo no pienso renunciar a él. No después de haber sacrificado nuestra historia para salvarle la vida.

Ya encontraré la manera de arreglar ese desastre cuando llegue el momento.

Es un pensamiento horrible, lo sé. Y profundamente egoísta, muy cierto. Tal vez, cuando vuelva a buscarlo, no logre que se interese por mí de nuevo, pero estoy demasiado enamorada para fingir que no hemos existido.

Evan me tiende la mano.

—¿En qué piensas?

La cojo enseguida.

—En nada importante.

Él sonríe.

—Mentira.

Claro que es mentira. Estoy pensando en un futuro que quizá nunca llegue. En una versión de nosotros que solo existe porque me niego a aceptar que esta sea una despedida definitiva.

Apenas entramos en la habitación lo empujo contra la cama, su carcajada invade la estancia y yo salto encima sabiendo que me va a atrapar, como siempre.

Recorro su cuello con besos y lametones, quiero guardar cada parte de él en mi memoria.

—Joder, Chispa, más despacio o esto va a acabar muy pronto —gime Evan en mi oído. Y un segundo después me tiene con la espalda contra el colchón y él sobre mí.

Me levanta el vestido y lo saca por la cabeza, su ropa desaparece antes de que pueda darme cuenta y cuando recorre mi cuerpo con sus besos, raspando mi piel con su barba de tres días, se me escapa un suspiro que me sale del alma.

Me quita las bragas y se me queda mirando, pero en sus ojos no veo solo lujuria, hay algo más que me cuesta descifrar, solo un segundo, lo suficiente como para cuestionarme si realmente lo he visto.

Él se quita los calzoncillos y se posiciona en mi entrada.

—Necesito sentirte a mi alrededor —me dice como si necesitara explicarse.

—Tenemos toda la noche para hacer preliminares —le contesto, y su sonrisa hace que me moje aún más.

Comienza a penetrarme de una forma lenta, dulce, y es justo lo que necesitaba en este momento.

—Dime que, si algún día tuviera que irme de viaje, me esperarías —le suplico, haciendo que él pare.

—¿Te vas a algún lado? —pregunta confundido.

—No, tonto —le miento, más o menos, porque del único sitio del que voy a irme es de su memoria—. Es que he visto una peli en la que ella se tenía que marchar y a la vuelta él se había casado con otra.

Evan se introduce hasta el fondo sin dejar de mirarme.

—Chispa, si algo tengo claro aquí —dice, señalándose el corazón—, es que te esperaría toda la vida.

Sonrío y dejo que me lleve al lugar donde solo somos Evan y Neva, donde no importa de dónde he salido, ni si tengo las manos manchadas de sangre o si me importa una mierda que lo estén. Aquí soy feliz.

Las horas pasan sin que me dé cuenta.

No sé en qué momento dejamos de besarnos para simplemente quedarnos uno frente al otro, hablando de cualquier tontería.

La suite parece suspendida fuera del tiempo, como si el mundo hubiera decidido concedernos unas pocas horas de tregua antes de volver a romperlo todo.

Estoy tumbada sobre su pecho y escucho el latido constante de su corazón.

Quiero memorizarlo y recordarlo así dentro de diez años si hace falta.

—¿Sabes una cosa? —dice de repente.

Levanto la cabeza para mirarlo.

—Sorpréndeme.

Él sonríe con esa mezcla de timidez y seguridad que solo aparece cuando estamos completamente solos.

—Al principio pensaba que eras un problema.

Suelto una risa.

—¿Solo al principio?

—Bueno…, ahora también lo eres.

Le doy un golpecito en el hombro.

—Qué bonito eres cuando intentas ser romántico.

—Espera, que aún no he terminado.

Me acaricia despacio el pelo, apartándomelo de la cara.

—El problema es que ya no sé imaginarme un día sin ti.

Mi sonrisa permanece en los labios, pero por dentro algo se desgarra.

«Nunca sabrás hasta qué punto, Evan».

—Ni yo sin ti —miento con la voz más dulce que consigo encontrar.

Porque sí puedo imaginármelo. Llevo haciéndolo desde que vi a Preston en esa cama de hospital e imaginé que podría ser él. Y cada vez duele más.

Lo observo inspirar hondo, como si fuera a decir algo solemne.

—Te quiero, Chispa.

De pronto, el mundo deja de existir. No porque nunca me lo haya demostrado, lo ha hecho mil veces con la forma de mirarme, de tocarme y de preocuparse por mí. Pero escucharlo… Escucharlo es algo muy distinto.

Siento que las lágrimas quieren subir, así que sonrío antes de que puedan hacerlo.

—¿Eso era lo tan importante que estabas pensando?

—Llevo mucho tiempo pensándolo.

Me besa la frente.

—Te quiero —me confirma—. Y voy a luchar por un futuro contigo. No sé cuánto tardaré en arreglar algunas cosas de mi vida, pero lo haré. Quiero despertarme contigo dentro de unos años y seguir pensando que eres la mejor casualidad que me ha pasado nunca.

Cierro los ojos. No puedo ni mirarlo. Porque, si lo hago, no tendré fuerzas para seguir adelante.

—Yo también te quiero, Evan —susurro—. Y también quiero ese futuro.

«Perdóname, por favor».

«Perdóname por dejarte soñarlo».

Permanecemos abrazados hasta que el cansancio empieza a vencerlo. Poco a poco noto cómo su respiración se hace más lenta, cómo sus dedos dejan de moverse sobre mi espalda. Se duerme confiando en mí. Como siempre.

Me quedo inmóvil durante varios minutos, aferrándome a él como si pudiera detener el tiempo únicamente abrazándolo un poco más fuerte.

Entonces, recuerdo la tarde.

Brandon. Chase. Tyler.

Sus recuerdos abiertos delante de mí. Las bromas sobre el casco rosa.

Las veces que Evan había pronunciado mi nombre.

Las conversaciones en las que, sin darse cuenta, había ido dejando pedazos de su corazón delante de ellos.

Uno a uno los fui borrando. Uno a uno desaparecí de sus vidas.

Y ahora me toca hacer lo mismo con el hombre al que amo.

Las lágrimas empiezan a resbalar silenciosamente por mis mejillas. Apoyo dos dedos sobre su brazo y cierro los ojos. Lo encuentro enseguida.

Nuestra primera discusión. La hago desaparecer.

La pista de patinaje. Borrada.

El casco con orejitas. Desvanecido.

Las noches en mi apartamento… Las risas. Los abrazos. Los besos… Todas las veces que me llamó Chispa. Cada recuerdo es un hilo luminoso que se apaga.

Voy tirando de ellos con un cuidado infinito, viendo cómo se deshacen entre mis manos hasta convertirse en un vacío limpio, sin dolor y sin preguntas.

Cada uno que arranco se lleva un trozo de mí. Esto es lo más duro que he hecho nunca.

Cuando termino, apenas puedo respirar. Apoyo la frente contra su hombro y lloro en silencio.

—Volveré a por ti —murmuro, sabiendo que ya no puede oírme—. Te lo prometo. Y cuando todo esto acabe, volveremos a construir cada uno de estos recuerdos y haré que vuelvas a quererme.

Me incorporo despacio.

Cojo su móvil de la mesilla e introduzco el código que tantas veces le he visto marcar sin que él se diera cuenta. Borro fotografías, conversaciones, ubicaciones y cualquier rastro que pueda conducirlo hasta mí. Después lo dejo exactamente donde estaba.

Recorro la habitación por última vez. No me dejo nada. Ni una sola prueba de que alguna vez compartimos esta noche.

Vuelvo junto a la cama. Lo observo unos segundos más. Parece tan tranquilo… Tan en paz. Ojalá pudiera odiarme. Todo sería mucho más fácil.

Me inclino y deposito un último beso sobre su frente.

—Espérame —susurro con la voz rota—. Aunque no recuerdes por qué.

Antes de irme, meto la mano en el bolsillo y toco la peonza. La de madera. La de siempre. Sigue ahí, con sus estrellas descoloridas y su punta gastada, tan mía como el hueco que acabo de dejarle en la cabeza.

Y entonces caigo en la cuenta de lo que también he borrado esta noche, sin querer, junto con todo lo demás: que él sabía.

Sabía que cuando me temblaban las manos había que girarla.

Era el único que lo sabía. El único en el mundo que aprendió a calmarme sin necesidad de preguntar de qué tenía que calmarme.

Y acabo de arrancárselo.

A partir de ahora, cuando el suelo se me abra bajo los pies, tendré que girarla yo sola. Como antes de él. Como si él nunca hubiera existido.

Salgo de la habitación sin hacer ruido.

Cuando la puerta se cierra a mi espalda, siento que acabo de abandonar la única vida que de verdad quería vivir.