Mañana (Arpías 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Evan

L lego diez minutos antes porque Carter siempre llega diez minutos antes. Evan no.

Evan llega cuando le apetece, cuando no tiene que fingir que su vida está ordenada y puede permitirse no medir cada gesto, cada palabra y cada silencio.

Pero Carter es otra cosa.

Carter sonríe lo justo, pregunta lo necesario y sabe convertirse en el tipo de persona en la que alguien como Thomas Hutcher puede confiar sin preguntarse demasiado por qué.

McCain lo sabe. Por eso me puso cerca de él.

Y por eso hoy estoy sentado en un restaurante pequeño, con una carta cara entre las manos y una misión clavada en el pecho como una astilla: convencer a Thomas de que se centre en su hermana enferma y deje de hacer preguntas incómodas sobre GenoLabs.

Antes esa misión habría sido fácil… Ahora llevo el nombre de Neva tatuado en el alma.

Thomas llega con el pelo algo revuelto, ojeras y la cara de hombre que necesita un amigo. Y para eso estoy yo aquí.

—Carter —saluda, dejándose caer en la silla frente a mí.

—Thomas.

Nos damos la mano. Él pide agua y yo cerveza.

Al principio hablamos de cosas absurdas. Del tráfico, de lo mala que está la comida del hospital, de un camarero que se equivoca dos veces con la mesa de al lado y termina trayendo tres platos de pasta a una pareja que solo había pedido ensalada.

Thomas sonríe a medias, pero no se ríe de verdad. Está preocupado. Y eso me sirve.

—Tienes una cara horrible —le digo.

Él resopla afligido.

—Gracias, Carter. Siempre sabes conquistar.

—Es un don.

—No estoy durmiendo mucho.

—¿Por tu hermana?

Su mandíbula se tensa.

—Entre otras cosas.

Decido no entrar todavía. Si empujo demasiado pronto, se cerrará en banda. Así que hago lo que mejor se me da: miento con una parte de verdad.

—Creo que te entiendo más de lo que me gustaría.

Thomas levanta la vista.

—Ah, ¿sí?

Me apoyo en el respaldo de la silla y miro mi taza. El café está tan negro que parece una advertencia.

—He conocido a alguien.

La frase sale fácil. Porque no me lo invento. Estoy igual de jodido.

Thomas arquea una ceja.

—¿Tú?

—No pongas esa cara.

—Es que no tienes pinta de ser de los que hablan de sentimientos.

—No lo soy.

—Entonces debe de ser grave.

Sonrío sin querer. Y es un error. Porque la sonrisa no es de Carter. Es de Evan cuando piensa en Neva sentada en mi patinete con un casco rosa con orejitas. O recuerda su risa en un restaurante, o sus ojos brillando como si el mundo todavía tuviera algo limpio que ofrecerle.

Thomas me observa con atención.

—Joder…

—¿Qué?

—Reconozco esa mirada. Estás enamorado.

No respondo enseguida. Podría negarlo. Carter lo haría. Carter pondría una mueca, diría alguna estupidez seca, cambiaría de tema y listo.

Pero Evan está cansado.

Evan lleva días intentando respirar alrededor de un sentimiento enorme que ya no cabe en ningún sitio.

—Sí —admito al fin—. Creo que sí. Lo estoy.

Thomas se queda quieto. No con sorpresa, sino con reconocimiento. Como si acabara de percibir la herida porque él tiene una parecida.

—¿Y cómo es?

No puedo pronunciar su nombre. No puedo decir Neva.

Tampoco que es una mujer que incendia habitaciones, se ríe demasiado alto y con la que disfruto llenándome de purpurina. No puedo decir que me llama imbécil con cariño, que me mira como si fuera una caja de galletas o que, cuando llora, me destruye un poco por dentro

Así que elijo verdades incompletas.

—Es un jodido desastre —declaro.

Thomas sonríe.

—Eso es buena señal.

—Habla mucho. Discute incluso cuando sabe que no tiene razón. Se enfada conmigo por cosas que todavía no he hecho y luego me sonríe como si pudiera perdonármelo todo.

La voz se me ablanda.

—Y cuando la miro, todo lo demás se vuelve… secundario.

Thomas baja la mirada al vaso.

—No sabes cómo te entiendo.

Esa frase tiene peso. No es cortesía. Es una confesión.

—¿Te pasa? —pregunto.

Él tarda en contestar.

—Hay una mujer…

—Lo suponía.

—No quiero hablar demasiado de ella.

—No te lo he pedido.

—Pero existe —dice casi para sí mismo—. Y estoy sintiendo cosas intensas que no debería sentir ahora mismo.

El camarero nos trae la comida. Dos platos que ninguno de los dos parece tener demasiadas ganas de tocar. Thomas remueve la pasta con el tenedor, pero no come.

—Mi hermana me necesita —continúa—. Soy quien se encarga de su salud, de sus médicos, de estar pendiente del tratamiento.

Y esto…, lo que siento por esa mujer… me distrae.

Me arrastra a otro lugar. Tengo la sensación de que debo elegir entre la salud de mi hermana y la única mujer por la que alguna vez he sentido…

Deja la frase en el aire, pero tampoco necesito que la termine.

Es la puerta abierta que estaba esperando. Y tendría que cruzarla sin mirar atrás.

—Tu hermana es lo más importante —sentencio—. Las mujeres van y vienen, pero ella es tu familia.

He dicho exactamente lo que debía. Con firmeza. Con esa clase de seguridad que no deja espacio ni para respirar. McCain estaría satisfecho. Neva me odiaría si supiera lo que estoy haciendo. Y Row ni te cuento.

—Eso suena muy definitivo —dice Thomas.

—Lo es. La familia ante todo.

—Acabas de decirme que estás enamorado. Sabes cómo me siento.

—Y precisamente por eso te lo digo.

Me inclino hacia delante.

—Cuando alguien entra así en tu vida, empieza a ocuparlo todo. Te cambia las prioridades sin pedir permiso. Un día estás seguro de quién eres y al siguiente estás pensando en si ha comido, si ha dormido, si le pasa algo o si alguien la está haciendo sufrir.

Thomas me mira con demasiada atención. Aprieto la mandíbula con disimulo.

—Eso es peligroso, Thomas.

—¿Para quién?

—Para todos.

Me obligo a no pensar en Neva. En su pelo. En su boca. En la forma en que se abrazó a mí al salir del restaurante con mis amigos. Me obligo a ser Carter.

Y Carter no tiembla. No duda. Hace lo que tiene que hacer.

—Tu hermana está enferma —insisto vehemente—. Necesita que estés centrado. Necesita que no dividas tu cabeza en dos. Esa mujer que te importa puede esperar.

Thomas suelta una risa amarga.

—No sé si puede.

—Entonces no te conviene, amigo.

Me odian incluso mis propias palabras, pero sigo.

—Hay momentos en los que no puedes permitirte querer algo para ti. No si eso pone en riesgo a alguien que depende de ti. Tu hermana no ha elegido estar enferma. Tú sí puedes elegir no complicarlo más.

Thomas deja el tenedor sobre el plato y me mira con intensidad.

—Hablas como si fuera fácil.

—No he dicho que lo sea.

—Pero lo dices como si lo tuvieras claro.

Pienso en Neva, en la misión, en la orden que algún día podría llegar. Y durante un instante siento que el suelo se mueve bajo mis pies, aunque esté sentado.

—Ojalá yo hubiera tenido una hermana —espeto, porque esa mentira me sale útil, limpia, casi creíble—. Si la tuviera y dependiera de mí, no tendría dudas. Ninguna mujer, por mucho que me importara, estaría por encima de ella.

Thomas me estudia con detenimiento mientras piensa.

—¿Ni siquiera esa chica de la que estás enamorado?

La pregunta me atraviesa. Porque la respuesta real es no. La respuesta real es que Neva ya está por encima de casi todo.

Pero Carter no puede decir eso. No es el imperfecto Evan.

—Si alguien de mi familia me necesitara para vivir, elegiría a mi familia.

Thomas asiente despacio, aunque no parece convencido. Más bien parece herido. Y eso también me sirve. Las personas heridas buscan paredes en las que apoyarse. Y yo le estoy ofreciendo una.

Una falsa, pero una pared, al fin y al cabo.

Seguimos comiendo. O fingiendo que comemos.

Hablamos un poco más. Él me pregunta si creo que está siendo egoísta.

Yo le respondo que no, que querer no es egoísta, pero actuar como si nada más importara sí puede serlo.

Le digo que su hermana necesita estabilidad, que el tratamiento no puede esperar, que si esa mujer de verdad le importa, entenderá que dé un paso atrás.

Cada frase me ensucia el alma un poco más.

Cada consejo que le doy a Thomas parece escrito contra mí.

Porque yo no estoy dando un paso atrás con Neva. No puedo. Ni quiero. Y esa es la peor parte.

Cuando terminamos, Thomas se queda mirando el plato vacío.

—Supongo que tienes razón…

No siento victoria, solo un frío desagradable en el estómago.

—No siempre la tengo —digo, poniéndome en pie—. Pero en esto sí.

Él también se levanta.

—Gracias por la conversación, Carter. La necesitaba.

—Cuando quieras.

Nos despedimos en la puerta del restaurante. Thomas se marcha hacia la derecha, hundido en sus pensamientos, con los hombros cargados de una culpa que yo acabo de alimentar con cubiertos de plata. Y espero a que se aleje para sacar el teléfono.

McCain responde al segundo tono.

—¿Sí?

Observo la calle, los coches, la gente que pasa sin saber nada.

—Todo correcto.

—¿Va a seguir apoyando el proyecto?

—Mientras tenga una mínima esperanza de salvar a su hermana, sí.

Hay un silencio breve al otro lado.

—Bien hecho, Carter.

Cuelgo antes de que pueda añadir nada más.

Me quedo unos segundos con el móvil en la mano. Puede que Carter acabe de cumplir una misión con éxito, pero Evan acaba de traicionarse un poco a sí mismo.

Guardo el teléfono y echo a andar.

Esta noche he quedado con la Chispa de mi vida y tendré que fingir que todo esto no ha ocurrido.