Mañana (Arpías 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Thomas

L a muy hija de perra me la ha jugado. Se supone que Melissa estaba a punto de curarse, pero es mentira. ¡Joder! No hay cura. Mi hermana va a morir.

—¡¿Cuánto tiempo?! —inquiero, alzando la voz.

—No lo sé. Estamos trabajando en ello. Al principio creímos que la clave estaba en los genes implantados de las chicas, pero no fue así.

Durante los últimos años hemos trabajado con los clones y por ahora no ha habido suerte.

De hecho, hasta llegué a pensar que tal vez había algo escondido en los genes de los varones resultantes del estudio, no obstante, enseguida descartamos esa posibilidad.

Ellos nacen sin la enfermedad y sin ninguna habilidad especial.

—¿Son como yo? —inquiero.

—¿Cómo dices?

—Yo también soy portador de la enfermedad, pero no desarrollo los síntomas, ¿no es así?

—Sí, cierto. Solo las mujeres son afectadas, y no, no son como tú.

Supongo que, ya que estás tan enterado de todo, también sabes que Jesse, mi asistente, fue uno de los primeros experimentos fallidos.

—Asiento con la cabeza—. Él nació sano, sin rastro de la enfermedad en sus genes, pero es completamente inservible para la investigación.

En ese momento aparece uno de los investigadores que suelo ver habitualmente alrededor de Walsh acompañado de una niña de pelo castaño.

—Pensé que podría necesitarlo —le dice a Walsh, y ella asiente antes de que él se vaya.

Casi puedo ver cómo menea la colita como el buen perro que parece ser.

Walsh le dice algo a la niña, que se acerca y me agarra de la mano. Me mira, la miro y todo se vuelve muy raro.

—No puedo —dice la pequeña confundida.

—¿Qué está pasando? —pregunto sin entender nada.

Walsh inspira hondo por la nariz y se acerca más a mí.

—Acompáñame, por favor. Quiero comprobar una cosa.

—No voy a ningún lado contigo.

Walsh se detiene junto a la puerta y clava su mirada en la mía.

—Si lo que pienso es cierto, es posible que tus genes sean la clave para encontrar una cura. ¿De verdad vas a negarte a salvarle la vida a tu hermana?

Quiero hacerlo. Ir con ella, acceder a lo que sea que quiera hacerme va en contra de todos mis principios, sin embargo…

¿Podría vivir el resto de mi vida sabiendo que tuve la salvación de mi Mel en mis manos y decidí no hacer nada?

Resoplo con fuerza y camino hacia ella.

—Más te vale que digas la verdad, Walsh —mascullo, abriendo yo mismo la puerta.

—No más mentiras. A partir de ahora seré completamente transparente. ¿Le has contado a alguien sobre todo esto?

La niña va a nuestro lado.

«Te agradecería que no le contaras nada de esto a Madre. Si sabe que vamos a por ella, nuestras vidas correrán peligro». Las palabras de Row acuden a mi mente. No debería importarme lo que le ocurra, pero… ¡Maldita sea, me importa!

—No lo sabe nadie más que yo —farfullo, y salgo del despacho sin darle más explicaciones.

Acompaño a la doctora Walsh hasta la misma zona restringida donde me adentré no hace mucho. Ella se detiene frente al cristal, y tras presionar el botón, se vuelve traslúcido.

Las niñas están dentro, al igual que la otra vez, salvo que la cuarta que falta está a nuestro lado, mirándome como si tuviera tres cabezas.

Mientras las observo, no puedo evitar sentir lástima por ellas.

Row dijo que eran peligrosas, pero, al fin y al cabo, solo son niñas a las que nadie les ha enseñado otra forma de comportarse que no sea la violencia y el asesinato.

—Chicas, os traigo una visita —anuncia Walsh tras abrir la puerta.

La niña que me ha cogido de la mano entra y se pone en formación militar junto a las otras tres. No parecen asustadas, aunque la forma en la que ni siquiera dirigen la mirada en dirección a la doctora denota el respeto que le tienen.

—Hola —saludo con la mano, y la niña con la que hablé la otra vez levanta la vista hacia mí.

—Este es el señor Hutcher. —Walsh me señala—. Thomas, te presento a Uno, Dos, Tres y Cuatro.

Frunzo el ceño.

¿Ni siquiera les ha puesto nombres? ¡Dios santo! ¿En qué demonios me estoy metiendo?

A la que ha llamado Tres vuelve a mirar en mi dirección y esboza media sonrisa. ¿Por qué el color de sus ojos me resulta tan familiar? Son de un azul muy claro, como los de… ¿Row? ¡Mierda! Me fijo en las otras niñas. Todas tienen rasgos similares a ella y sus hermanas.

—¿Qué demonios pretendes, Walsh? —mascullo entre dientes para que las crías no me escuchen.

—Entra en la habitación, Thomas. Necesito saber si es cierto que eres inmune a las habilidades de mis chicas.

—¿Cómo sé que no intentarán matarme?

—¿Matarte? Yo no gano nada contigo muerto. Podemos trabajar juntos, al igual que lo hice con tu padre, y salvar a Melissa.

Frunzo el ceño. No me fio de ella. Estoy seguro de que intentará jugármela en cualquier momento, pero tampoco es que pueda hacer otra cosa.

En cuanto doy un paso al interior de la estancia, las cuatro niñas me lanzan miradas de desconfianza. Espero que no crean que he venido a hacerles daño.

—Hola —repito—. ¿Os acordáis de mí? No he podido traer los dulces, pero prometo que lo haré muy pronto.

Es Tres, la que se parece tanto a Row, quien da un paso adelante mientras Walsh me observa, evaluando mi declaración.

—Eso dijiste la última vez. No me gusta la gente que no cumple sus promesas —susurra para que solo yo pueda oírla.

—Tres, vuelve a la fila —le ordena Walsh, y ella enseguida obedece—. Uno, acércate al señor Hutcher.

La otra niña viene hacia mí y ladea la cabeza despacio, como si estuviese intentando leer mis pensamientos.

—Madre, ¿quién es él? —inquiere, y retrocede asustada—. No lo siento. No siento nada suyo.

—¿Estás segura? Vuelve a intentarlo.

La niña… Uno estrecha la mirada sobre mí y sacude la cabeza con violencia.

—Está vacío. No hay nada.

—Entonces, es cierto —susurra Walsh, y sonríe de oreja a oreja.

—¿Ya tienes lo que buscabas? ¿Puedo largarme de una vez? —inquiero, girándome para enfrentarla.

—Casi. Salgamos de aquí. —Ni siquiera se molesta en despedirse de las niñas, solo abandona la habitación y espera con la puerta abierta a que yo llegue junto a ella.

Antes de marcharme, echo la mirada atrás y trago saliva con fuerza.

¿De verdad voy a poder vivir sabiendo que estas niñas estarán encerradas durante toda su infancia para que mi hermana no muera? ¿En qué clase de persona me convierte eso?

Exhalo profundo y aparto la mirada.

Si existe el infierno, tengo claro que yo acabaré en él.

—¿Ahora qué? —le pregunto a Walsh cuando termina de cerrar la puerta.

—Ahora necesito hacerte un estudio genético completo, algunas pruebas y análisis exhaustivos. Puede que en tus genes esté la cura para Melissa, y si no es así, tal vez consigamos una especie de suero que nos ayude a prolongar su vida.

—¿Puede? ¿Tal vez? Todo son suposiciones, Walsh. Yo quiero certezas.

—Para obtenerlas necesito conocer cada parte de tu código genético, hasta el más mínimo detalle. No hay otra manera.

—¿Y si me niego?

Walsh exhala con fuerza y clava su mirada en la mía.

—Si no quieres hacerlo, puedes irte. Adelante, nadie te lo impide, pero las posibilidades de que tu hermana se recupere se reducirán considerablemente. Esto es por ella, Thomas, para salvarla.

¡Y una mierda! Lo único que quiere es usarme como una más de sus ratas de laboratorio, pero tampoco puedo negarme. Haré cualquier cosa que sirva para salvar a Melissa.

—Está bien. Más te vale no jugármela, Agatha.

—¿Eso ha sido una amenaza?

Me acerco más a ella para intentar intimidarla.

—No creo que al posible futuro presidente del país le venga bien de cara a las elecciones que la prensa se entere de lo que está pasando aquí. Sería un escándalo que su pareja esté involucrada en un caso de mala praxis, abuso y secuestro de menores, asesinatos…

—No me amenaces, Thomas.

—Señor Hutcher para ti. No te he dado permiso para que me tutees —siseo contra su rostro.

Me mantiene la mirada un par de segundos y después retrocede.

—¿Vas a hacerte las pruebas o no? Necesito organizarlo todo. —Inspiro hondo por la nariz y asiento—. Entonces, acompáñame.

—Iré en un momento.

Walsh no parece satisfecha con mi respuesta, pero no replica. Solo se aleja sin volver a dirigirme ni una sola mirada.

En cuanto me quedo solo, vuelvo a observar a las cuatro niñas que se encuentran dentro de la habitación.

El interfono está desconectado, así que no logro saber lo que se dicen, pero parecen hablar entre susurros, como si temieran que alguien las escuchara diciendo algo que no deben. Dos se fija en mí y frunce el ceño.

Me pregunto si están tan unidas como Row y sus hermanas. ¿Algún día podrán vivir ahí fuera como personas normales o sería demasiado peligroso para los demás?

Justo cuando estoy a punto de empezar a moverme, mi teléfono comienza a vibrar en el interior de la chaqueta. Lo saco y echo un vistazo a la pantalla. Es Carter. He estado a punto de llamarlo hoy, cuando el desquiciado de Jesse Jones apareció en mi ático amenazándome con una pistola.

«Llama a Carter, come con él y distrae tu cabeza un rato». Recuerdo las palabras de Mel y resoplo con fuerza.

Hace solo unas horas estaba ansioso por volver a ver a Row, ilusionado con la idea de ir a cenar, y ahora… Ahora no sé si puedo fiarme de ella. Intentó matarme en varias ocasiones.

Vuelvo a echar un vistazo a la pantalla, donde aparece el nombre de Carter, y suspiro. Tal vez me siente bien hablar con alguien y tener otro punto de vista.