Mañana (Arpías 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Row

N o puedo pensar. No puedo gritar. ¡Ni siquiera puedo respirar, joder!

Aguanto como puedo las brutales arremetidas de Thomas sin emitir ningún sonido. Se me escapan pequeños gemidos y jadeos, pero no lo bastante altos como para despertar a su hermana.

En el mismo instante en el que me dijo que no vivía solo, supe que sería una maldita tortura tener que guardarme para mí todo lo que me hace sentir durante el sexo.

—¡Thomas! —gimo sin poder evitarlo.

Se detiene de golpe y me lanza una mirada de advertencia.

—¡Tom! —Se vuelve a hundir en mí con fuerza y sale muy despacio—. ¡Tom! —Vuelve a clavarse hasta el fondo—. Quiero que digas mi jodido nombre.

Sigue follándome como un puto animal salvaje. Sus caderas se mueven tan rápido y con tanta fuerza que apenas soy capaz de recuperarme de una arremetida cuando viene la siguiente. Es una deliciosa tortura que no quiero que termine nunca.

—¡Tom! —jadeo sin aliento.

—¡Eso es, joder! ¡Vuelve a decirlo!

—¡Tom!

Un gruñido ronco reverbera contra mi piel.

Me besa duro, hundiendo la lengua en mi boca, mordiendo mis labios y tirando de mi pelo mientras sigue moviéndose en mi interior sin descanso.

Ya casi puedo notar cómo el clímax chisporrotea en mi sistema nervioso, lo siento desplazándose por mi columna, quitándome el poco aire que me queda en los pulmones y, de pronto, Thomas… , Tom se detiene y sale de mi interior.

—¡Ven aquí! —ordena, tumbándose de espaldas sobre el colchón.

Mi frustración por no haber llegado al orgasmo dura solo un segundo, el mismo tiempo que Tom tarda en arrastrarme encima de su cuerpo.

Me coloco a horcajadas sobre él y su polla dura y húmeda por mis fluidos y los suyos vuelve a deslizarse en mi interior como si ese ya fuese su hogar.

En esta posición, encima de él, lo siento aún más profundo si es posible.

Empiezo moviendo las caderas despacio, haciendo círculos largos y perezosos.

Tom gruñe bajo y me sujeta por las caderas para acelerar mi ritmo, pero no dice nada.

—Estabas deseando tenerme así, ¿verdad? —Me muerdo el labio inferior sin dejar de moverme y deslizo las uñas por sus pectorales—. Admítelo, te gusta que por una vez sea la mujer la que lleve el mando.

El muy cabrón esboza media sonrisa provocativa.

—Me gusta que seas tú quien lo lleve, Row. No cualquier mujer —susurra, y amasa mis pechos con las dos manos—. En algún momento de esta noche voy a follarme estas increíbles tetas. Admito que llevo deseándolo desde la primera vez que te vi.

Su tono de voz, ronco y cargado de promesas pecaminosas, reaviva el orgasmo que creía dormido en mi interior.

Me muevo más rápido de delante hacia atrás, rozando mi clítoris contra su pubis mientras lo noto endurecerse cada vez más dentro de mí.

Tom se incorpora, vuelve a agarrarme la cintura y tira de mí una y otra vez.

—¡Joder, voy a correrme! —grito sin poder evitarlo.

Vuelve a gruñir, esta vez cerca de mi oreja.

—Aráñame, muérdeme, haz lo que quieras conmigo, Row —jadea, impulsándose con las caderas para penetrarme más profundo.

Lo abrazo por el cuello, hundo mi boca en su hombro y deslizo las uñas por su espalda cuando el orgasmo me alcanza como un jodido tsunami.

Un nuevo grito se queda atascado en mi garganta. Tom me sigue moviendo a su antojo, adelante, atrás y adelante otra vez, rápido, duro, sin descanso.

Tras unos segundos, rodea mi cintura con los brazos y me abraza con tanta fuerza que temo que pueda romperme alguna costilla. Lo noto temblar. Todo su cuerpo se sacude y un jadeo ahogado se hace eco en la habitación.

Sus brazos se aflojan alrededor de mi cuerpo y se deja caer de espaldas, arrastrándome con él. Ni siquiera tengo fuerzas para apartarme. Solo me quedo tirada sobre su cuerpo, con la cabeza apoyada en su pecho, intentando recuperar el aliento y la capacidad para volver a ser una persona funcional.

Thomas

Ni siquiera soy consciente del tiempo que paso tumbado sobre el colchón húmedo por el sudor con Row encima de mí. La siento respirar de manera acompasada y los latidos de su corazón hace ya un rato que se ralentizaron.

—¿Sigues viva? —me atrevo a preguntar, y por un momento soy incapaz de reconocer mi propia voz.

Tengo la boca seca y la garganta irritada por contener todos los gemidos y jadeos que me hubiese gustado soltar.

—Ajá.

Sonrío y aparto varios mechones de su pelo para poder verle la cara, o al menos parte de ella.

—Vas a tener que darme algo más que eso, Desconocida. No quiero pensar que te he dejado sin palabras con un orgasmo.

Alza la cabeza y sus preciosos ojos azules me taladran. Está sonriendo de esa forma que tanto me gusta, como si el mundo entero no fuese más que una hormiga que puede aplastar con sus botas militares.

—No eres tan bueno, Hutcher. —Le pellizco la cadera y ella da un brinco. Paso por alto que acaba de volver a llamarme por mi apellido a pesar de haberle ordenado que no lo hiciera. Seamos sinceros, no esperaba que me obedeciera. No sería Row si lo hiciese—. ¿Tienes cosquillas? —pregunto.

—Sí, y te mataré si vuelves a hacer eso.

—¿Esto? —La pellizco de nuevo y ella se coloca sobre mí. Rodea mi garganta con la mano de manera amenazante, aunque no ejerce fuerza—. Está bien, me rindo —digo, riendo y alzando ambas manos sobre mi cabeza.

Tras una última mirada de advertencia, vuelve a acomodarse sobre mi pecho y suspira.

Si fuese un hombre listo, aprovecharía este momento en el que sus defensas están más bajas para seguir interrogándola, pero temo romper esta especie de momento mágico que se ha creado entre nosotros.

Deslizo una mano por su espalda desnuda y la acaricio con suavidad mientras ambos permanecemos en silencio.

—¿Cómo es posible que uses como picadero el mismo lugar donde vives con tu hermana? Eso es muy cerdo hasta para ti, Tom.

Me apunto un tanto mental por haber logrado que vuelva a llamarme por mi nombre y sigo acariciando su espalda con movimientos suaves y lentos.

—¿Qué te hace pensar que uso el ático como picadero?

—Que yo estoy aquí.

—Tú, pero nadie más.

—¿Y las otras mujeres?

Alza la cabeza y me mira a los ojos con verdadera curiosidad.

—A ellas las llevo a un hotel.

—¿Por qué a mí no?

—Porque no eres como ellas —confieso sin ningún tipo de vergüenza.

Pestañea rápido un par de veces y sacude la cabeza de un lado a otro.

—No sé cómo tomarme esa contestación. ¿No soy lo bastante buena para que te gastes un par de cientos de dólares llevándome a un hotel?

Frunzo el ceño. ¿Qué maldita mierda estará pensando?

—¿Qué…? ¡No!

—¿No?

Esta vez su mirada se vuelve heladora, y antes de que pueda explicarme, ya se ha bajado de la cama de un salto.

—¿Qué haces, Row? —pregunto al ver que empieza a recoger su ropa, que está desperdigada por la habitación.

—Me voy. No quiero que pierdas el tiempo con alguien que no es digna de ti.

—¡Maldita sea! Deja eso ahora mismo —gruño, sentándome al borde de la cama. Exhalo con fuerza e intento sujetarla por el brazo, pero me esquiva y sigue recolectando su ropa—. Me has malinterpretado.

—Yo no lo creo —se enfunda la camiseta sin sujetador bajo mi atenta mirada—, pero tranquilo. Todo está bien. No pretendo gustarte, Hutcher.

—Deja de hacer esto —siseo con la mandíbula apretada.

Se sube las bragas y esboza una sonrisa que cualquiera podría adivinar que es falsa.

—No, en serio. Está todo bien. Si esperas que me tiña el pelo de rubio y me ponga bótox en los labios hasta que parezca un chimpancé solo para agradarte, desde ya te adelanto que eso no va a suceder. Aunque creas que solo así merezco que me lleves a ese hotel…

—¡Row, cierra la jodida boca de una vez! —exclamo, alzando la voz.

Bufo con fuerza e ignoro la amenaza velada en su mirada.

—No te atrevas a hablarme en ese tono nunca más.

—Pues deja de fingir que no te importa que me acueste con otras mujeres. —Me pongo en pie y la alcanzo en un par de zancadas—. No he vuelto a ver a ninguna otra desde el día en que te conocí.

Pestañea rápido y sacude la cabeza de un lado a otro.

—No me lo creo —susurra.

—Te lo juro por mi hermana. No he mirado a ninguna otra mujer desde esa noche en la discoteca.

Parece tardar unos segundos en asimilar mis palabras y su expresión se transforma por completo en incredulidad y sorpresa.

—¿Por qué?

Enmarco su rostro con ambas manos y busco su mirada.

—Porque no eres como ellas —repito. En esta ocasión, Row parece entender lo que significa—. Regresa a la cama.

Cierra los ojos, y tras respirar hondo, niega con la cabeza y retrocede un par de pasos.

—No puedo. Debo volver a casa.

—No es cierto —siseo. La sujeto de nuevo, esta vez por el borde inferior de la camiseta que acaba de ponerse—. Quieres huir de mí y no te lo voy a permitir. Vuelve a la cama, Row.

Enarca una ceja en mi dirección.

—Sabes que ese tono mandón es terriblemente irritante, ¿verdad?

—Mis empleados estarían de acuerdo contigo —mascullo.

Tiro de la camiseta hasta quitársela por la cabeza y la lanzo lo más lejos posible. Después le toca el turno a las bragas, las bajo de un tirón, y cuando están en el suelo, sujeto a Row por la cintura y la cojo en brazos para deshacerme de la única prenda que cubre su cuerpo.

—Eres un bruto —se queja, sujetándose a mis hombros para no caerse.

—Lo dice la que ha creado una obra de arte en mi espalda con las uñas.

Vuelve a arañarme la espalda mientras me pego más a ella. Siseo en voz baja y tiro de su pelo con suavidad.

—Te gusta, ¿verdad?

—Me gustan tus tetas y el sabor de tu coño. Incluso podría aventurarme a decir que no me desagrada tu olor a cenicero.

—¡Oye! Yo no huelo a cenicero. —Se me escapa una carcajada por la forma en la que se ofende, como si lo que acabara de decir fuese un verdadero sacrilegio. Cuando al fin puedo calmarme, me doy cuenta de que Row me está mirando de una manera muy extraña—. ¿Qué ocurre?

Carraspea y niega con la cabeza.

—Nada. ¿Vas a volver a follarme o seguiremos haciéndonos arrumacos como un par de adolescentes imbéciles?

—Sé lo que estás haciendo —susurro.

—¿El qué?

Sonrío de nuevo y acaricio su rostro con suavidad.

—Usas el sarcasmo y la chulería para no tener que admitir que estás tan loca por mí como yo por ti.

Esboza una sonrisa arrogante y pone los ojos en blanco.

—Loca… Me han llamado cosas peores.

Inspiro hondo por la nariz y la obligo a mirarme.

—Row, no sé a qué le tienes tanto miedo, pero conmigo estás a salvo. No voy a apartarte de mi lado.

—Tal vez quieras salir corriendo en cualquier momento —murmura, creo que para sí misma. Resopla y vuelve a menear la cabeza—. Déjate de tanta charla y fóllame otra vez.

Niego con la cabeza.

—Soy un hombre obstinado y con mucha paciencia. Esa actitud de mierda no hará que me rinda.

—Hutcher, si no vas a follarme no hago nada aquí.

Gruño y pego mi boca a la suya. Sé que, si sigo insistiendo, solo lograré hacerla huir, y ahora mismo no soy capaz de pensar siquiera en la posibilidad de separarme de ella.

Me ha jodido por completo.

—A la ducha. Voy a mostrarte todo que te queda por hacer aún aquí.