Capítulo 21
Row
T odo es culpa de Jesse.
Sabe que cuando alguien me niega algo, tengo aún más ganas de hacerlo, y el muy imbécil dijo que me mantuviera alejada de Thomas.
Definitivamente, que esté en su ático de lujo, con su lengua invadiendo mi boca mientras me arranca la ropa a tirones es responsabilidad del puto Lameculos.
Thomas termina de deshacerse de mi ropa interior y enseguida ataca mis pechos con la boca. Echo la cabeza hacia atrás y contengo un gemido en el fondo de mi garganta. Su mano se mueve sobre mi vientre, desciende despacio y hunde los dedos en mi sexo.
—Tan jodidamente empapada… —sisea contra mis labios. Desliza la boca por mi mandíbula hasta llegar al lateral del cuello. Sus dientes presionan contra mi piel mientras hunde los dedos con más fuerza en mi sexo—. No he podido dejar de pensar en tus gemidos en diez putos días. Mira cómo me tienes.
Empuja las caderas contra mi muslo para que pueda notar la dureza de su erección, y esta vez soy incapaz de contener el gemido que sube por mi garganta.
—¡Joder…!
Me cubre la boca con su mano y busca mi mirada.
—No puedes gritar. —Frunzo el ceño—. No vivo solo, Row. Si gritas, despertarás a mi hermana o a su enfermera. Vas a tener que contenerte.
Tiene que ser una jodida broma. ¿Por qué me ha traído a su casa si no vive solo?
Quiero decírselo, sin embargo, en el mismo instante en el que aparta la mano de mi boca, sus dedos vuelven a restregarse sobre mi clítoris y me veo obligada a contener el aliento para no gritar.
—Esto va a ser una puta tortura —mascullo entre dientes mientras echo la cabeza hacia atrás.
Thomas retira la mano de mis bragas y esboza una sonrisa arrogante a la vez que retrocede de espaldas un par de pasos. Lo miro embobada meterse los dedos índice y pulgar en la boca.
—Deliciosa —susurra. Se desabrocha el cinturón sin dejar de mirarme a los ojos—. De rodillas, Row. Veamos si esa lengua tan afilada sirve para algo más que soltar réplicas ingeniosas.
Sus palabras me dejan paralizada, y no por lo que ha dicho, sino por cómo lo ha hecho. Ha sido una orden, una de esas que no admiten réplica, y la rebelde que hay en mí se niega a obedecer, aunque lo esté deseando.
—¿Qué pasa si no quiero? —Alzo la barbilla de manera desafiante y me cruzo de brazos.
Thomas estrecha la mirada sobre mí y su mandíbula se tensa.
—Sí quieres. —Cierra el par de pasos que nos separan y me sujeta por el mentón—.
Vamos a dejar las cosas claras, Row. Si te ordeno que te arrodilles y me la chupes, lo haces sin rechistar.
Si te digo que me beses los jodidos pies, obedeces también.
Y vas a empezar admitiendo que disfrutas de ello, porque ambos sabemos que es así.
—No me conoces —susurro.
El muy cabrón vuelve a sonreír y desliza el pulgar por encima de mi labio inferior.
—Sé que ahora mismo estás aún más empapada que cuando tenía mis dedos en tu coño, y ¿sabes por qué? Porque te gusta esto. Quieres complacerme del mismo modo que yo deseo hacerlo contigo. —Suelta mi barbilla y vuelve a retroceder—. Ahora, ponte de rodillas de una puta vez.
Estoy a punto de negarme, de verdad que quiero hacerlo, pero la forma en la que me mira, su tono de voz, ese deseo implícito en cada sílaba que pronuncia… Exhalo con fuerza y esta vez soy yo la que me acerco a él, coloco la mano en el centro de su pecho y lo miro directo a los ojos.
—Hago esto porque quiero, no porque tú me lo hayas ordenado.
El muy hijo de puta vuelve a sonreír. Hunde los dedos en mi pelo y me sujeta por la nuca.
—Claro que sí. Puedes seguir mintiéndote si eso te hace feliz.
Ignoro su comentario y me dejo caer de rodillas. Aparto su mano y yo misma le desabrocho el pantalón.
Puede que esté en una posición poco ventajosa, cumpliendo las órdenes de un millonario caprichoso y arrogante, pero esta es mi oportunidad de demostrar quién tiene todo el poder.
Bajo su bóxer lo justo para poder liberar su polla, y mientras la agarro con una mano, echo un vistazo hacia arriba y sonrío.
El hijo de perra no tiene ni idea de lo que le espera. Voy a hacer que me suplique clemencia.
Thomas
La observo sonreír desde mi posición. Es tan jodidamente preciosa…
Tiene el pelo negro y ondulado sobre uno de los hombros y sus ojos brillan, no sé si de deseo o malicia, tal vez una mezcla de ambas.
Tampoco me importa. Me gusta verla así, de rodillas, cumpliendo todas y cada una de las imágenes con las que tanto he fantaseado desde el día en que irrumpió en el baño de esa discoteca.
Mueve la mano con suavidad por mi polla y suelto un siseo bajo. Me quito la chaqueta, la lanzo sobre mi hombro, después hago lo mismo con la corbata y, por último, me remango la camisa hasta los codos mientras ella sigue masturbándome muy despacio.
—¿A qué esperas, Desconocida? Esa polla no se va a chupar sola.
—Sus ojos brillan aún más, esta vez estoy convencido de que es de furia contenida.
Debería preocuparme. Una chica cabreada tiene una parte importante de mi anatomía a solo unos centímetros de sus dientes—.
Como se te ocurra hacer alguna travesura, vas a tener proble…
—Me quedo a media frase cuando la veo deslizar la lengua por toda mi extensión, desde la base a la punta.
Su lengua cálida y húmeda sobre mi piel envía un latigazo de placer directo a mis pelotas.
Contengo el aliento y Row vuelve a mirarme, esbozando una sonrisa todo menos inocente.
—Ten por seguro que voy a hacer muchas travesuras —susurra antes de engullirme por completo.
—¡Santo Cristo! —gruño, y exhalo con fuerza todo el aire de mis pulmones.
Row mueve la cabeza de delante hacia atrás, se ayuda de la mano para tomarme por completo en su boca hasta que llego al fondo de la garganta, y entonces vuelve a empezar. Lo repite una y otra y otra vez, hasta que en solo unos segundos me encuentro al borde del orgasmo.
—¡Tienes que parar! —siseo entre dientes. Intento apartarla, pero no se mueve—. ¡Row, joder! Voy a correrme si no te detienes.
Sigue sin hacerme caso, de modo que, en un movimiento rápido y brusco, la sujeto por debajo de los hombros y la obligo a ponerse de pie. Aún con la respiración acelerada y las pelotas a punto de explotar, la agarro por la nuca y pego mi rostro al suyo.
—¿Vas a hacerme pagar por mis travesuras, Hutcher? —murmura, limpiándose las comisuras con una sonrisa ladina en el rostro.
Exhalo de nuevo y meneo la cabeza de un lado a otro.
—Entendido. Has dejado clara tu postura —respondo sin aliento.
—Bien. —Empieza a desabrochar mi camisa con rapidez—. Ahora, deja de hacerte el macho alfa conmigo y fóllame de una maldita vez.
La beso con rabia y deseo. ¡Quiero comérmela entera, joder!
Row es tan diferente y auténtica que me resulta imposible adivinar su próximo movimiento, y eso me encanta.
Mientras sigue deshaciéndose de mi camisa, tiro de ella para alzarla. Sus piernas rodean mis caderas y empiezo a caminar en dirección a las escaleras. Para lo que quiero hacerle necesito una cama. Mi cama.
Ni siquiera sé cómo soy capaz de llegar a mi dormitorio cargando con su peso escaleras arriba y sin apartar mi boca de la suya. Nada más entrar, me dirijo a la cama y la dejo caer sobre el colchón.
—Casi haces que me corra como un puto adolescente —digo mientras me quito los zapatos y después el pantalón junto a la ropa interior.
Row termina de desvestirse, lanza su ropa al suelo y estrecha la mirada sobre mí.
—No tienes el cuerpo de un adolescente, Hutcher —susurra, estirando una mano hacia mi vientre.
Sus uñas cortas me arañan la piel, y sonrío.
—¿Eso es una queja?
Se encoge de hombros y vuelve a arañarme.
—Bueno, no estás mal para un anciano.
Arqueo una ceja y estoy seguro de que la cabrona está conteniendo una carcajada.
¿Ahora resulta que mi edad es un problema para ella? Tampoco le llevo tantos años. Yo tengo cuarenta y ella… ¿veintiséis? Sí, eso fue lo que dijo uno de los investigadores.
Mierda, sí que soy mayor para ella.
Trago saliva con fuerza y sacudo la cabeza de un lado a otro.
¡Maldita sea! ¿Desde cuándo me molesta mi edad? Nunca me ha hecho sentir inseguro.
Me acerco más a ella y la sujeto por la barbilla para obligarla a mirarme.
—Este anciano puede hacer que te corras como nunca antes nadie lo ha intentado siquiera —siseo entre dientes.
La muy perra no esconde su sonrisa. Saca la lengua y lame mi dedo pulgar. El calor y la humedad de su boca en mi piel me ponen aún más cachondo si es posible.
—Hablas demasiado, Hutcher. Estoy esperando.
Introduzco el pulgar en su boca y dejo que lo succione con ganas antes de retirarlo y empujarla por los hombros para tumbarla sobre el colchón.
Sus preciosas y voluptuosas tetas se yerguen, pidiendo atención. Enseguida las sujeto con ambas manos y me coloco sobre ella. No puedo evitar darle un pequeño mordisco a su pezón antes de mirarla a los ojos.
—No quiero que vuelvas a llamarme por mi apellido.
Le separo los muslos y me hago un hueco entre sus piernas abiertas.
—Me gusta Hutcher —murmura ella, esbozando media sonrisa ladeada.
—Así me llaman los desconocidos, y tú no lo eres.
Agarro mi polla con una mano y la dirijo a su entrada, pero no la penetro aún. Su respiración se acelera por la anticipación.
—Thomas entonces —dice con una exhalación.
Niego con la cabeza y me hundo unos centímetros en su interior.
—Para ti, solo Tom. ¿Sigues tomando anticonceptivos? —Asiente con la cabeza—. Bien, entonces, aguanta. Esto va a ser rápido, pero prometo que repetiremos toda la noche si es necesario, hasta que te convenzas de que mi edad no es ningún impedimento.
—Yo no he dicho que lo se… ¡Oh, Dios santo! —grita cuando me clavo en su interior de una sola estocada.