Capítulo 19
Thomas
M e parece surrealista estar en uno de mis restaurantes favoritos acompañado por la mujer desconocida que me asaltó en la discoteca, y, sin embargo, pocas veces a lo largo de toda mi vida me he sentido tan emocionado por algo.
La observo mientras lee la carta de manera distraída y trago saliva con fuerza.
Estos últimos diez días han sido un infierno.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando los investigadores descubrieron que el mismísimo asistente de la doctora Walsh acude de manera asidua al edificio que ella comparte con sus compañeras.
Me he planteado que tengan una relación sentimental, y eso me cabrea más de lo que soy capaz de admitir.
No obstante, esa posibilidad no ha frenado mi obsesión por Row.
Cada maldito día, cada hora, cada minuto y cada segundo de estos diez días he pensado en ella, en lo mucho que disfruté follándola sobre el ataúd, en cómo se coloca el pelo sobre un hombro, en sus preciosos ojos azules, en su risa sarcástica y provocadora…
¡La muy perra se ha colado en todas partes! Apenas he sido capaz de trabajar, dormir o pensar en otra cosa que no sea ella.
Lo peor era no poder verla. No salió de ese edificio en ningún momento. Lo sé porque tengo gente vigilando todos los accesos. Hasta hoy. Cuando me llamaron para informarme de que Row había salido de acompañante en el vehículo de Jesse Jones, no pude contenerme y fui a buscarla.
Estoy harto de fingir que esta mujer no me vuelve loco. Quiero la verdad y voy a obtenerla como sea.
No tardamos en pedir, y cuando el camarero regresa con nuestra comida, ignoro deliberadamente la mirada de desaprobación que le dedica a Row.
Estoy seguro de que considera que sus vaqueros desgastados y la camiseta que deja un hombro al descubierto desentonan por completo con un restaurante de esta categoría.
Me importa una mierda lo que piense. Si vuelve a juzgarla, juro que lo pagará caro.
Le doy un primer bocado a mi comida y miro en su dirección.
No parece incómoda por no llevar puesto un bonito vestido y zapatos de tacón al igual que el resto de las mujeres que están en otras mesas.
Eso es algo que me encanta de ella; sabe lo que quiere, hace lo que le apetece y le importa una mierda lo que piensen los demás.
—¿Está bueno? —pregunto tras pasar un rato observándola en silencio.
Asiente y vuelve a meterse el tenedor en la boca.
—He probado carnes más sabrosas, pero no está mal. Lo que no entiendo es cómo vosotros, los millonarios, pagáis semejante dineral por tan poca comida. ¿Salir con hambre de una cena es algún tipo de moda entre los de clase alta?
—Algo así —contesto, esbozando una pequeña sonrisa—. Aunque esta noche no hemos venido aquí para disfrutar de la comida.
—Habla por ti. Yo sigo teniendo hambre —masculla.
La miro con intensidad y tenso la mandíbula.
—Row, tenemos que hablar.
Esta vez es ella la que sonríe, aunque lo hace de manera burlona.
—Una conversación de pareja que empieza con esa frase nunca termina bien. Por suerte, tú y yo no lo somos.
—¿Y te gustaría que eso cambiase? —suelto sin pensar.
Alza la mirada, con el tenedor a medio camino de la boca, y pestañea rápido, como si intentara asimilar mi pregunta.
—Creo que no te he entendido.
—Pues he sido bastante claro. ¿Te gustaría que entre nosotros hubiese una relación?
Carraspea y deja el tenedor sobre el plato.
—¿De qué tipo de relación estamos hablando? Follas bien, chico, pero tampoco creas que…
—No hagas eso —siseo entre dientes, cortándola—. Quedamos en que no íbamos a fingir que lo que pasó había sido solo un polvo.
—No, Thomas. Tú quedaste en eso. A mí me encanta fingir.
Entorno los ojos mientras la observo.
No sé cómo tomarme lo que acaba de decir. Por un instante estoy convencido de que acaba de admitir que siente lo mismo que yo y al siguiente parece estar negándolo.
¿Por qué tiene que ser siempre tan ambigua? Tan condenadamente enigmática.
¡Me vuelve loco, joder!
Lo que no tengo claro es si lo hace para bien o para mal. Aunque, siendo sincero, puede que ambas cosas sean ciertas.
—Dijiste que íbamos a ser sinceros.
—Y lo estoy siendo.
Inspiro hondo y me recuesto en la silla. Este es el momento de la verdad. Necesito respuestas que solo ella pueda darme.
—¿Qué relación tienes con la doctora Walsh? —inquiero.
Row entrecierra los ojos y alza un poco la barbilla, pero no parece sorprendida por mi pregunta.
—No voy a responder a eso.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
Exhalo con fuerza y vuelvo a la carga.
—¿Trabajas para GenoLabs?
—Trabajo en la funeraria Greenwich, pero eso ya lo sabes. —Se inclina sobre la mesa y coloca la mano junto a su boca, como si quisiera contarme un secreto. Me acerco más a ella—. Es el sitio donde hay ataúdes y un gran horno crematorio. ¿Te suena?
¡Será hija de…! Me alejo y vuelvo a apoyar la espalda en la silla.
—Row, esto no funcionará si no respondes a ninguna de mis preguntas.
Se encoge de hombros y le da un trago largo a su copa de vino. Tengo ganas de gritarle y zarandearla para que deje de comportarse como una maldita niña malcriada. ¡¿Qué demonios le pasa?!
—Está bien. Probemos algo distinto —digo tras resoplar. Row deja la copa en la mesa y me mira expectante—. Solo tienes que contestar con sí o no. Sin explicaciones. ¿Te parece bien?
Se lo piensa unos segundos y después asiente.
—Yo también quiero hacerte preguntas.
—Por supuesto. Responderé a todo con sinceridad.
—Está bien. Dispara.
Busco la manera de formular las preguntas sin ser demasiado invasivo.
—¿Conoces a la doctora Walsh?