Mañana (Arpías 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Row

R onald entra en la sala de embalsamamiento y hace una mueca de asco al verme fijar los maxilares de un cadáver con un inyector mandibular.

—No sé cómo eres capaz de hacer eso sin vomitar —murmura, apartando la mirada.

—No creo que a los familiares de Josh les agradara el olor a vómito durante el velatorio —replico, y presiono con fuerza el enganche para que las púas penetren la carne; para el hueso me ayudo con un martillo.

—¡Dios santo! —exclama, empezando a palidecer.

—Si te desmayas, no pienso levantarte.

—No me quedaré aquí lo suficiente para eso. ¿Te falta mucho? Voy a cerrar ya.

—No. —Termino de fijar el metal y dejo el martillo sobre la mesa de herramientas antes de quitarme los guantes—. En media hora habré terminado.

—Entonces, cierra tú. Yo me voy. —Asiento y me enciendo un cigarrillo—. Ya te he dicho que no quiero que fumes aquí.

—Y yo que quiero que me subas el sueldo. Supongo que ninguno de los dos obtendrá hoy lo que desea —contesto, encogiéndome de hombros.

Ronald chasquea la lengua, contrariado, y tras dar media vuelta, se marcha sin decir nada más.

Sonrío y le doy una calada larga al cigarrillo.

Sienta bien volver al trabajo. Lo echaba de menos.

Además, el novato al que contrató para sustituirme no era un completo inútil. Al menos, no cómo el último que cubrió mis vacaciones el año pasado.

Al final me cuesta más de lo que esperaba terminar de preparar el cuerpo. El pobre Josh tuvo la mala suerte de verse envuelto en un tiroteo en la zona sur de la ciudad. La delincuencia abunda por esos barrios y él estaba en el lugar equivocado en el momento menos oportuno.

Meto el cuerpo en refrigeración antes de recoger mis cosas.

Cuando salgo de la funeraria y cierro la puerta, ya casi ha anochecido. Me muero de hambre, ya que solo he comido unas pocas galletas en todo el día.

Apenas me he alejado un par de pasos del aparcamiento cuando noto que un coche me está siguiendo. De manera instintiva, meto la mano en el interior del bolso que llevo cruzado sobre el pecho y agarro mi pistola, una SIG Sauer P365 de la que nunca me separo.

Sigo caminando, atenta a cada movimiento del vehículo. Actúo como si no me hubiese dado cuenta de que me persigue, pero estoy alerta. Si logro llegar a la estación de metro, es posible que el hijo de puta que ha tenido la mala idea de tocarme las narices pueda salvar su vida.

No me apetece nada ponerme a disparar en mitad de la calle, llamaría demasiado la atención y, ahora mismo, eso es lo que menos nos conviene.

Sujeto con más fuerza la empuñadura del arma, y estoy a medio camino de sacarla del bolso cuando, por el rabillo del ojo, veo que el vehículo está a punto de alcanzarme. Inspiro hondo una vez, dos y me giro de golpe, apuntando directamente al conductor.

—Mierda —susurro al reconocer al hombre que está tras el volante.

Thomas abre la ventanilla del lado del acompañante y me mira frunciendo el ceño.

—¿Vas a matarme, Desconocida? —lo escucho preguntar.

Guardo la pistola en el bolso y me inclino para poder verlo por el hueco de la ventanilla.

—Si no quieres que te disparen, te recomiendo que dejes de seguir a mujeres que van solas por la calle.

—Tomo nota. Entra, te llevo.

No menciona la pistola. A decir verdad, tampoco es tan extraño que una mujer soltera camine armada por las calles de Chicago. Tenemos que defendernos de alguna manera, ¿no?

—No es necesario que me lleves. La estación está a dos manzanas.

—No te estaba preguntado, Row. Sube al coche.

Estrecho la mirada sobre él y niego con la cabeza.

—Te recomiendo que dejes de darme órdenes como a un maldito perro.

—Es la segunda recomendación que me haces en menos de un minuto. Pero esta última voy a ignorarla porque, seamos sinceros, en el fondo te gusta cumplir mis órdenes.

La sonrisa arrogante que esboza me hace querer sacar de nuevo la pistola y meterle una bala en la cabeza. Respiro hondo y me enderezo.

—Buenas noches, señor Hutcher —digo, empezando a alejarme del vehículo.

—¡Row! ¡Espera! —Acelero el paso, pero él me sigue con el coche. Grita mi nombre y me pide que me detenga. Por supuesto que no lo hago—. ¡Maldita sea!

Escucho un portazo y en solo unos segundos noto cómo me sujeta del brazo.

—No seas cabezota. Entra en el coche.

Me zafo de su agarre con un movimiento brusco y clavo mi mirada en la suya.

—¡No me conoces para saber si soy o no cabezota!

—Eso es lo que intento remediar.

—¿El qué exactamente?

—Conocerte. Si me dejas llevarte a cenar, podré llamarte cabezota con conocimiento. Ahora, ¿puedes subir de una vez?

—No. Adiós.

Intento seguir avanzando, pero se cruza en mi camino, cortándome el paso.

—Por favor —susurra.

—Thomas, esto empieza a parecer un caso claro de acoso. Apártate o lo lamentarás.

—¿Vas a usar la pistola conmigo?

—Es posible.

Estrecha la mirada sobre mí y se cruza de brazos, pero no se hace a un lado.

—Bien, vas a tener que matarme para que te deje marchar, así que adelante.

«Eso ya lo he intentado y no funcionó», pienso.

No obstante, solo resoplo con fuerza y adopto su misma postura, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirándolo de manera desafiante.

—¿Por qué quieres cenar conmigo? Tienes un jodido harén de mujeres ansiando desesperadamente que les prestes atención. Elige a alguna de ellas y déjame en paz.

—¿Quieres saber por qué? —Arqueo una ceja de manera interrogante y él exhala con fuerza antes de dar un paso más cerca de mí—.

Porque nunca una mujer me había hecho sentir tanto en tan poco tiempo.

Porque la jodida imagen de tus ojos en mi mente se ha convertido en una obsesión.

Y porque me cuesta concentrarme en el trabajo, en mi casa, en cualquier aspecto de mi vida desde que tú irrumpiste en ella, y, sobre todo, porque ninguna de esas chicas me ha hecho pasar diez jodidos días delante de un edificio de ladrillos rojizos esperando verla al menos una vez.

Trago saliva con fuerza. ¿Qué se supone que debo decir ahora? ¡Me ha dejado sin argumentos!

Espera… ¿Ladrillos rojizos? Joder. ¡Sabe dónde vivo!

¡Maldita sea! Probablemente lo sepa todo sobre mí y mi familia, también nuestras intenciones de destruir a Madre, pero entonces… ¿Por qué está él aquí y no algún matón para acabar conmigo?

Madre jamás dejaría en manos de poco menos que un experto asesino una tarea tan complicada como matarme a mí.

«Tal vez solo intenta salvarle la vida a su hermana». La frase que le dije a Jesse resuena en mi mente.

He estado pensando en ello toda la tarde. ¿Y si él no es el monstruo insensible que creemos? Puede que su implicación en el proyecto A.R.P.I.A.S. sea por interés personal.

Tal vez esté tan desesperado por salvarle la vida a su hermana que no le importe cruzar todas las líneas morales y éticas que existan. Eso puedo entenderlo. Yo sería capaz de hacer cualquier cosa por proteger a mis hermanas.

Bufo con fuerza y dejo caer los brazos.

—Está bien, una cena. —Una de sus comisuras se estira y lo señalo con el dedo índice—. Borra esa maldita sonrisa, Hutcher. Tu patético discurso no ha influenciado en mi decisión. Solo te acompaño porque me muero de hambre y me has ofrecido comida gratis.

Se le escapa una risa por la nariz y asiente.

—Cualquier razón me sirve. Vamos, he reservado mesa en uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

Frunzo el ceño cuando está a punto de sujetarme por el antebrazo.

—Puedo ir sola, y no creo estar vestida de manera adecuada para entrar en uno de esos restaurantes de millonarios.

Se detiene justo delante de mí y su mirada me recorre de arriba abajo. ¡Joder, me encanta que me mire así, con tanto deseo!

—Estás perfecta, Row. —Se acerca aún más y aparta un mechón de pelo de mi frente mientras desliza la mirada hacia mis labios—. Sube al coche ahora mismo o juro que te arrastraré al primer callejón oscuro que encuentre, y tú no quieres eso, ¿verdad?

«A decir verdad, sí», debería responder.

Sin embargo, contengo el aliento cuando un conocido cosquilleo se empieza a manifestar en mi bajo vientre. ¡Mierda! ¿Cómo es posible que este hombre me excite tanto con solo una frase? Ahora mismo podría suplicar que me lleve a ese callejón y dejarle que haga conmigo lo que quiera.

«¡No, Row! ¡Contrólate, maldita sea!».

Niego con la cabeza y él retrocede.

—Espero que ese restaurante no esté lejos —digo, intentando controlar el temblor en mi voz mientras doy media vuelta para dirigirme a su vehículo.

Thomas me adelanta justo cuando estoy a punto de abrir la puerta, me empuja con suavidad y la abre para mí.

Arqueo una ceja con diversión.

No sabía que los hombres seguían haciendo eso, sin embargo, admito que me ha gustado el gesto.

—Aunque a veces no lo parezca, soy un caballero —comenta, adivinando mis pensamientos.

Escondo una sonrisa y entro en el coche. Mientras él lo rodea para tomar asiento tras el volante, intento recordarme a mí misma que Thomas Hutcher no es de fiar. Tengo que mantener la cabeza fría y no dejarme llevar por lo que provoca en mí.

—¿A qué estás esperando? —pregunto tras unos segundos en los que se queda inmóvil en el interior del vehículo.

Thomas suspira y me mira con intensidad.

—Antes de ir a ningún lado, necesito dejar algo claro.

—¿Qué?

—Lo que pasó entre nosotros la otra vez fue mucho más que un polvo sin importancia.

—Puede que para ti…

—No me mientas —me corta—. Y tampoco a ti misma.

Necesito que esta noche seamos sinceros el uno con el otro.

Se acabaron las mentiras y las medias verdades.

Si después de hoy no quieres volver a verme, lo aceptaré y juro que no volverás a saber nada más de mí, pero esta noche hablemos con la verdad.

Durante un buen rato no respondo.

¿Puedo ser sincera con él?

No, por supuesto que no. Aunque si es cierto que ya sabe quién soy, es probable que también conozca mi habilidad y lo que pretendía hacer con ella cuando nos conocimos en esa discoteca.

Supongo que solo hay una forma de averiguarlo.

—Está bien, no te mentiré. Pero si no puedo ni quiero decir la verdad, no responderé.

—Eso puedo aceptarlo.

—Genial, ahora arranca de una maldita vez. Que me muero de hambre es totalmente cierto.