Mañana (Arpías 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Para que me mates… Por favor, mátame. ¡Ya no la soporto más! Ha sido una noche espantosa.

—¿Tan mal ha ido? —Medio sonreí.

—Me ha despertado tres veces a las cuatro de la mañana para preguntarme si tenía frío. Y luego una cuarta para preguntarme si tenía calor. Ha llamado a la enfermera dos veces para discutir el calendario de las curas. Después me ha leído un capítulo de su libro de autoayuda.

—¡Pobrecito!

—Ayúdame, joder. No vuelvas a irte por la noche.

—¿Quieres que arregle esto en tres segundos?

—Sí, por favor…

—¿A mi manera?

—Haz lo que sea necesario.

—¿Aunque tu madre te mate después?

—Mátala tú primero y tema resuelto.

—Serás cabrón…

En ese momento, su madre salió del baño con los ojos brillantes y radiante, tras lavarse la cara con agua muy fría para no aparentar que llevaba encima treinta horas de hospital seguidas.

—¡Hola, Nao! ¿Cuándo has llegado?

—Hace un momento.

—¿Has dormido bien?

—Sí.

—¿Has desayunado?

—Sí.

—¿Has comido fruta?

—No.

—Hay que comer tres piezas al día. Voy a ir al supermercado a por fruta para los tres.

—¿Qué tal si mejor se va a su casa? —dije tajante.

Catherine Reed me miró como si fuera a desollarme viva. Preston contuvo la respiración.

—¿Cómo dices?

—Preston está bien. Ya lo ha visto. Yo cuidaré de él a partir de ahora. Puede irse. No hace falta que esté aquí.

—¡Pero…! ¡Soy su madre!

—Y yo su novia.

Catherine miró a Preston anonadada, mi chico bajó la cabeza y otorgó mi veredicto con el silencio.

—Pero… ¡Necesitarás ayuda cuando te den el alta! —insistió.

—No se preocupe, señora, lo instalaré en mi casa. Estará bien atendido, se lo prometo.

Catherine me miró sorprendida y, de pronto, empezó a sonreír con suspicacia.

—¡Misión cumplida! Solo quería que etiquetarais vuestra relación de una vez. ¡Te ha costado cuatro días, chica! Pero ya lo has dicho. Así que, adiós, hijo. Y de nada.

Preston cerró los ojos y meneó la cabeza, sonriente.

—Joder, mamá… ¡Pensaba que te habías vuelto loca!

—Y yo que no tenías tanto aguante para el maltrato.

—Me has torturado. Y estoy herido…

—Lo sé, pero esto era necesario.

Catherine recogió sus cosas con una velocidad sorprendente para una mujer que hacía cinco minutos parecía que iba a quedarse a vivir.

Luego se acercó a la cama, le dio un beso a Preston en la frente, otro a mí en la mejilla que no me esperaba para nada, y por el que me quedé congelada tres segundos, y, un instante después, la puerta de la habitación se cerró a la voz de «espero que la próxima vez vengáis vosotros a visitarme».

Cuando nos quedamos solos, Preston soltó el aire aliviado.

—Joder, Nao… Eres una diosa. Gracias.

—De nada.

—Te quiero más que hace cinco minutos.

—¿Eso es posible?

—Resulta que sí.

—Te perdono.

—Oye…, ¿qué estabas a punto de decirme antes de que mi madre saliera del baño? —preguntó con cara de cachorro abandonado.

—No sé de qué me hablas —contesté pizpireta.

Él no me presionó. Y solo por eso no pude seguir viviendo sin que lo escuchara. ¡Maldito!

—Si te llega a pasar algo, Preston…

—Pero estoy bien —musitó, cogiéndome la mano. Se la agarré instintivamente. Me había acostumbrado a ellas; ese poli tenía acceso ilimitado a toda mi piel, y eso solo podía significar una cosa.

—Me importas mucho, Preston.

Él sonrío con una tristeza que me partió el alma, porque esperaba oír otra cosa.

—Lo sé —contestó solo, sin protestar. Siendo paciente.

—Y te quiero muchísimo —solté a bocajarro.

Casi pude sentir cómo su corazón se paraba. Me miró de una forma que nunca olvidaré. Porque sabía que yo nunca hablaba por hablar. Y que este era un momento muy importante.

Su contestación me demostró, una vez más, que es el hombre perfecto para mí.

—Tranquila, dejarás de hacerlo cuando me acojas en tu piso.

La sonrisa en mis labios fue dilapidada por los suyos cuando me besó con un sentimiento palpable.

No sé cuánto tiempo estuvimos besándonos de ese estado de absoluta perfección, bueno, sí, hasta que una enfermera nos interrumpió y le eché una mirada que la pobre tampoco olvidará en su vida.

Hoy, tres días después, le han dado el alta. Y una silla de ruedas.

Primero hemos ido a su casa para llevarnos todo lo que necesitará.

El gesto de acogerlo en mi casa no ha sido romántico, es porque en la suya corre peligro.

Es un piso franco que le procuró el enemigo.

Hemos tramitado la baja médica por e-mail .

El siguiente paso lógico es desaparecer hasta que se recupere.

Nada más entrar en mi casa, abro las ventanas. Traemos el olor a desinfectante de hospital pegado a la ropa y no lo soporto.

Lo acomodo en la cama, le pongo el pie sobre unos cojines y me siento en el borde.

—Ahora, tranquilito. Lee un libro, ponte a ver series o algo así.

—¿Qué? No. ¡Tengo que seguir trabajando!

—De eso nada.

—Han intentado matarme, Nao. La próxima vez lo conseguirán si no me adelanto.

—Te has olvidado de un detalle, poli.

—¿Cuál?

—Tienes la clavícula rota. Dos costillas. El peroné. Y tres puntos en la frente. Ahora mismo eres un mueble.

—Un mueble con placa.

—¡Eres un mueble con escayola!

—Nao…

—Vas a estar tres semanas en la cama. Te recuperas, comes, duermes y, cuando las costillas te dejen, podremos follar.

—Soportaré el dolor, quiero follar ya.

Me río. Y es un sonido tan desconocido para mí, tan íntimo, tan suyo… que me doy asco a mí misma.

—Esperaremos tres días.

—Dos.

—Tres.

—Dos y medio.

—Esto no es una subasta, Preston.

—Dos y tres cuartos de hora.

Vuelvo a reírme y lo beso.

Sé que nuestros enemigos siguen ahí fuera, pero, sinceramente, los compadezco.

Porque no hay nada más peligroso que una Arpía enamorada.