Mañana (Arpías 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Nao

P reston es uno de esos tíos que adora a su madre. ¡Puaj!

Sin embargo, odió que se plantara en nuestras vidas desde el minuto cero.

Yo no. Yo recibí a Catherine Reed en la puerta del hospital fingiendo ser lo más normal posible, la dejé acomodarle la almohada de la cama de hospital, doblar la ropa de su hijo veinte veces seguidas e incluso me callé cuando me preguntó cuántos tatuajes tenía exactamente en el cuerpo.

—Jamás son suficientes, Catherine.

—Mi hijo me ha dicho que le has hecho un dibujo en la espalda.

—Yo no hago dibujos, señora, hago obras de arte.

—Más te vale…

Le sostuve la mirada lo justo y bajé los ojos después.

A los tres días, Catherine ya me ofrecía las galletas de la sala de espera antes que a su propia hija.

Y Preston me miraba desde la cama, negando con la cabeza despacio, como diciendo «qué engañada la tienes».

Y yo se lo devolvía en plan «Si quiero, sé fingir, pero nunca quiero. Lo hago por ti».

Pero la verdad es que la llegada de su madre fue un regalo.

Porque que Catherine quisiera hacerse cargo de su hijo dieciocho horas al día me dio tiempo para encontrar al hijo de puta que lo había empujado a las vías.

Esperé a que Evan apareciera por casa y lo abordé.

—Necesito hablar contigo en privado.

—¿Qué pasa?

—Sé que fue McCain el que mandó matar a Preston.

Su cara de sorpresa fue notable, teniendo en cuenta que caía de cajón.

—¿Por qué crees eso?

—Porque Preston lleva investigándolo un tiempo, y con los datos que supo por ti, seguro que se ha acercado demasiado a la verdad y ha querido frenarlo.

Evan dejó escapar el aire de su boca con un atisbo de alivio.

—Sí, eso tiene sentido.

—Tienes que ayudarme a encontrar al tío que lo empujó. Tú trabajas para él. ¿Sabes a quién más tiene en nómina?

—No tengo ni idea, Nao.

—Mientes.

—No te miento.

—Mira, Evan…, entiendo que hablar es un marrón para ti, pero tienes dos opciones. La primera es no ayudarme. Y cuando lo encuentre por mi cuenta, lo cual va a pasar porque siempre lo hago, voy a contarle a Neva que no quisiste ayudarme. La segunda opción es que me ahorres tiempo y te deba una.

Se hizo un silencio largo en el que aguanté sin hacer ni un solo gesto.

—Han podido ser varios —dijo Evan al final—. Tiene a varios tíos para este tipo de trabajos, pero no sé cuál. Y no puedo preguntarlo.

—No hace falta —dije, sacando el teléfono—. ¿Reconoces a este hombre?

Le enseñé la pantalla, en la que había una imagen de las cámaras de seguridad del metro, muy granulada, donde no se le veía la cara. No obstante, algo se apreciaba. Complexión, pelo corto, chaqueta oscura, botas militares…

—Joder, ¿tenías una foto? ¿De dónde la has sacado?

—Jesse y sus contactos.

—Por la complexión, puede ser Vince Garra. Hace trabajos sucios. Empujones, palizas, accidentes simulados… Una lista considerable de muertos confirmados.

—¿Dónde lo localizo?

—Solo sé que vive en el barrio de Pilsen. Seguro que lo encuentras en algún bar de mala muerte cuando anochezca.

En cuanto lo dijo, sonreí como la «chica problemática» que soy teniendo un novio en el hospital con cuatro huesos rotos.

Ver a Preston herido hizo que la asesina que llevo dentro rugiera de rabia.

Encontré al miserable en una taberna de Pilsen sobre las once de la noche.

Llevaba mi outfit «de matar»: ropa negra, botas militares, pelo bajo una gorra oscura y guantes de látex bajo los míos de cuero.

Mi cuchillo favorito, el de mango de hueso negro y un bisel de quince centímetros recién afilado, descansaba en su funda, atravesado en la cinturilla de mi pantalón.

Y, lo más importante, llevaba una runa de protección dibujada en mi propio antebrazo izquierdo para recibir con menos nitidez cualquier pensamiento que me pudiera llegar de él al tocarlo.

Llevo años aprendiendo a no recibir cosas feas de los muertos que toco. Y esta vez no iba a hacer una excepción.

Esperé en el callejón detrás del bar, contra la pared del lado oscuro durante horas. Hacía frío y olía a basura y a meados, pero al final la puerta se abrió y la silueta que estaba esperando apareció.

Tendría cuarenta y muchos. Pelo corto, espalda ancha, era él. Me acerqué con calma y se giró al escuchar mis pasos.

Que en sus labios apareciera una asquerosa sonrisa del tipo «Oh, una chica indefensa en el callejón equivocado» me dio un subidón instantáneo.

—Hola, muñeca…, ¿te has perdido?

—No.

—¿Buscas algo?

—A ti.

Frunció el ceño una décima de segundo. Y disfruté de soltarle la frase que llevaba dos días macerando en mi cabeza.

—Soy la novia del poli al que empujaste a las vías, hijo de puta. Y también soy la última cara que vas a ver…

Al tipo no le dio tiempo ni a abrir la boca, antes de atraerlo hacia la oscuridad y que mi cuchillo entrará por el costado de su cuello con un movimiento limpio, marca de la casa.

La carótida cedió como si fuera una manguera vieja y la sangre salió a chorros, cubriendo la pared de ladrillo con un patrón que me recordó a uno de esos cuadros abstractos que Day tenía colgados en su despacho de GenoLabs.

Vince, con los ojos desorbitados, cayó de rodillas.

El cabrón intentó decir algo, pero no creo que fuera «Lo siento». Gorgoteó un segundo y me aparté para dejarlo caer al suelo.

No sé cuánto tiempo estuve mirando su cuerpo inmóvil con una satisfacción única.

Después me agaché, limpié el cuchillo contra su chaqueta y revisé su bolsillo interior.

Desbloqueé su teléfono con su cara, instalé un programa muy mono y volqué toda la información de su teléfono en una carpeta del mío.

Cogí su móvil, la cartera y un pequeño bote con dos pastillas blancas, que probablemente era lo que se metía antes de cada trabajo. A mí no me hacía falta nada para encontrar el valor y hacer limpieza. Guardé las tres cosas en una bolsa hermética que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta.

Una hora después estaba en mi piso blanco, duchada y en pijama, deseando que pasara la noche para volver al hospital por la mañana.

Y mientras me ponía crema de manos, mirándome al espejo de mi baño, entendí una cosa importante sobre mí misma.

No tenía ni un solo remordimiento. Al contrario. Me sentía completa. Como si llevara tres días con una uña rota y por fin me la hubiera limado.

Vince Garra estaba muerto; equilibrio restablecido.

Madre tenía razón en lo que decía sobre nosotras cuando éramos pequeñas. Somos lo que somos. Nadie cambia. Y nosotras somos Arpías.

Al día siguiente, volví al hospital a primera hora.

Me había duchado tres veces y guardado la ropa negra de trabajo en el cajón cerrado con llave del fondo del armario junto con el cuchillo limpio. Y salí de mi piso hacia el hospital con la mejor cara de novia preocupada de mi catálogo.

Encontré a Preston despierto. Su madre estaba en el baño de la habitación. En cuanto me vio, me observó con un gesto extraño.

—Buenos días —saludé contenta.

—¿Y esa cara? ¿Qué has hecho?

—He hecho muchas cosas. ¿Te las enumero una a una?

—Algo especial has hecho para traer esa cara…

—¿Qué cara?

—No sé explicarlo, pero has hecho algo muy satisfactorio.

Me mantuve en silencio, intentando no sonreír, pero sí puse mi mejor cara de chica problemática.

—¿Qué has hecho, Nao? —preguntó alarmado.

—Lo que debía —contesté sincera.

—No me jodas… —musitó, cerrando los ojos—. ¿En serio?

—Lo siento, guapo…, pero pasarán unos cuantos días hasta que pueda volver a joderte.

—¡Shhh! —chistó nervioso, mirando hacia la puerta del baño.

—¿Crees que tu madre no sabe que follamos? —me burlé.

Él me miró con esa mirada de poli enamorado que conoce a la mujer que tiene delante demasiado bien para creer en su inocencia.

Y sabía que no había forma de mentirle. Tampoco quería.

—Pres… —empecé, acomodándome a su lado.

—Aquí viene —masculló nervioso—. La confesión.

—Tú condenas hijos de puta… Yo los elimino sin preguntas. Es mi trabajo.

—Dios, Nao…

—Es lo que hay.

—¿Quién me empujó?

—Un tal Vince Garra. Y empujarte en el metro es el último trabajito que hará para McCain.

Preston cerró los ojos un segundo eterno.

—¿Está muerto?

—Bastante.

—¿Cómo lo localizaste?

—Con vías que no te van a gustar. Pero Evan me ayudó.

—¿Evan?

—Sí.

—¡Joder, Nao!

—Si quieres estar conmigo, tienes que aceptarlo todo de mí.

No solo la mitad. No la parte que encaja en tu carpeta de asuntos internos.

Tienes que quererme con todo, Preston. Con lo de tatuar emociones, con lo de cargarme tíos en callejones cuando empujan a mi gente…

Con la Nao entera. Y si no puedes hacerlo, aléjate de mí.

Me miró durante tanto rato que creí que me iba a pedir que me fuera, pero solo levantó la mano izquierda y la apoyó en mi mejilla.

—Ya te lo dije, Nao… No puedo alejarme de ti. Amo cada fibra de tu jodido ser. Te quiero con todo.

Pestañeé conmocionada.

—Te quiero con tus runas demoníacas, con tu cara de mala leche permanente y con tu faceta sanguinaria. Te quiero enterita para mí.

Lo miré, intentando respirar, sin embargo, no pude porque esas palabras habían sido como una patada en el estómago y él lo sabía. Me abaniqué y me llevé una mano a la frente. Preston sonrió comprensivo.

—Llevo un tiempo esquivando lo que siento, sin querer reconocerlo. Pero lo que ha sucedido me ha enseñado que la vida puede ser demasiado corta para no ser sincero. Y me ha parecido que este era el momento perfecto. Lo siento.

Logré coger aire antes de que la situación me superara, mientras mi garganta me daba golpecitos impertinentes para que yo le correspondiera diciéndole lo mismo.

Pero no me veía capaz.

Y justo entonces, mientras abría la boca para decirle por primera vez en mi vida a un hombre una palabra que mi cuerpo llevaba veinte años negándose a pronunciar, se escuchó la puerta del baño abriéndose y Preston me acercó a él deprisa para susurrar:

—Dime que has traído tu cuchillo…

—¿Qué?

—¡A Bésame! ¿Lo tienes aquí?

Puse cara de espanto. Le había hablado de mi colección de cuchillos durante la cena.

—¿Para qué lo quieres?