Mañana (Arpías 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Neva

—E stoy enamorada de él.

Lo digo tan bajo que durante un segundo creo que Day no me ha oído porque sigue sentada en el borde de mi cama con una pierna doblada bajo el cuerpo, el pelo recogido de cualquier manera y esa cara suya de hermana mayor que no juzga, pero que puede destriparte el alma con una mirada si hace falta.

Entonces, parpadea.

—Ya.

La miro ofendida.

—¿Ya?

—Neva, por favor. Te llevó a patinar y desde entonces tienes cara de anuncio de colonia barata.

Me dejo caer sobre la almohada con un gemido.

—No me ayudes tanto, eh.

—Estoy ayudando. Solo que no con mentiras.

Me tapo la cara con las manos, pero la sonrisa se me cuela entre los dedos como una traidora con tacones. Porque es verdad. Desde aquella cita, desde que Evan me sujetó de la cintura, desde que se rio con esa risa baja y rara que no le sale con casi nadie, algo dentro de mí se rindió.

—Me da miedo —confieso.

Day deja de bromear.

—No tienes por qué tenerlo.

—¿Cómo no? Las cosas se están poniendo cada vez más feas.

Lo de Preston… —Trago saliva porque todavía me cuesta pensar en él en una cama de hospital, pálido, con tubos, con Nao fingiendo que no se estaba rompiendo por dentro—.

Preston ha sobrevivido, Day. Pero ¿y si la próxima vez no tenemos tanta suerte?

¿Y si es Evan el que acaba en la vía del metro?

¿Y si acaba muerto por estar cerca de mí?

Mi hermana se inclina hacia delante y me aparta las manos de la cara con cuidado.

—Evan no es tan frágil como crees.

—¿Cómo lo sabes? No lo conoces.

—Pero te conozco a ti.

—¿Y qué?

—Y sé que tú no te enamoras de cualquiera.

Tú te ríes con cualquiera, peleas con cualquiera, amenazas a cualquiera y probablemente podrías robarle la cartera a cualquiera mientras le dices que tiene unos ojos bonitos.

Pero enamorarte… —Niega despacio—. Eso solo lo haces cuando la otra persona es mucho más de lo que aparenta.

Me quedo callada.

Porque quiero decirle que Evan es mucho. Muchísimo.

Tiene una manera absurda de mirarme cuando cree que no lo veo.

Tiene manos grandes que podrían hacer mucho daño y, sin embargo, me tocan como si yo fuera algo delicado y valioso.

Tiene silencios que pesan, secretos que no me atrevo a empujar y una paciencia casi ofensiva cuando me pongo imposible.

Tiene esa forma de llamarme Chispa que me incendia por dentro y me calma al mismo tiempo.

Y eso es lo peor. Que lo estoy queriendo a él.

A Evan. Al que conozco. Al que se queda conmigo cuando todo arde.

Pero él no me conoce de verdad.

—Esto en algún momento va a estallar, no puedo permitir que viva conmigo —susurro—. Ni que se meta demasiado. Ni que sepa demasiado.

Day me sostiene la mirada.

—Porque tendría que saberlo todo.

Asiento. A veces me arrepiento de haberle borrado los recuerdos de la cena en la que le confesé toda la verdad. Quizá podríamos haberlo superado.

No fue una decisión sencilla. Al principio se lo tomó bien, pero después algo cambió entre nosotros. En sus ojos. Dejó de verme como su chica divertida que hace manualidades con purpurina y macarrones para convertirme en una asesina despiadada.

Fue egoísta, lo sé, pero necesitaba recuperar al Evan que había perdido esa mirada.

—Las parejas es lo que hacen, se van a vivir juntos, planean cosas estúpidas que con ochenta años recuerdan que no hicieron y se ríen.

Mi vida no tiene cajones normales. Tiene armas escondidas, identidades falsas, encargos imposibles, cadáveres que no se nombran y hermanas que matarían por mí antes de desayunar.

Evan cree que mi mundo es complicado, pero no sabe hasta qué punto. Y si lo supiera…, si supiera lo que soy de verdad…, ahora sé que me miraría distinto.

O quizá algún día alguien lo usaría para llegar hasta nosotras. Sea como sea, no es viable.

Un golpe en la puerta corta la conversación.

Jesse entra sin esperar permiso, con el pelo revuelto, ojeras y un vaso de papel en la mano como si llevara una bomba nuclear comprada en una cafetería.

—Tengo esto.

Day y yo miramos el vaso.

—¿Eso es…?

—De Thomas —dice Jesse, levantándolo un poco—. Ha bebido de aquí. Tiene saliva suficiente para sacar ADN, ¿no?

Day se pone en pie de inmediato.

—¿Por qué quieres analizar su ADN? —pregunta confundida.

—Solo… ¿Puedes hacerlo? Es importante.

—Sí. Podemos hacer un análisis, pero vas a tener que decirme qué es lo que quieres que busque exactamente.

—Necesito saber si tiene relación con la enfermedad genética para la que Madre busca cura. Nos crearon para eso, Day, y hoy Thomas ha dicho algo que…

—¿Qué ha dicho?

Jesse sacude la cabeza y resopla con fuerza.

—Aún no lo sé. Es solo una corazonada, pero necesito que examines su sangre.

—Está bien, pero después pienso pedir más explicaciones y espero que no sean tan ambiguas.

Day le sonríe y se quedan unos segundos mirándose a los ojos. Suspiro al pensar que Evan y yo jamás podremos tener ese nivel de intimidad porque él no forma parte de mi mundo.

¿Tengo derecho a involucrarlo en todo esto?

Conozco la respuesta a esa pregunta, pero no me atrevo a decirla en voz alta.

Day me mira.

—¿Estás bien, Neva?

Pongo mi mejor sonrisa antes de contestar:

—Claro.

Me incorporo justo cuando mi móvil vibra sobre la mesilla.

«Ya estoy abajo, Chispa».

El corazón me hace una pirueta ridícula. Un numerito de circo con lentejuelas.

—Tengo que irme —digo, intentando sonar normal.

Jesse me mira con una ceja levantada.

—¿Con Evan?

—No.

Day sonríe maliciosa.

—Claro que sí, mentirosa.

—Vale, sí. Pero no pongáis esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de «Neva se ha enamorado y está a tres malas decisiones de escribir su nombre en una libreta con corazones».

Jesse, que hace dos segundos parecía a punto de declarar una guerra, casi sonríe.

—Yo quiero ver esa libreta, Arcoíris.

—No existe.

—Todavía —replica Day.

Les saco el dedo corazón con elegancia familiar y salgo antes de que puedan seguir destruyéndome.

Bajo por el montacargas con el corazón latiéndome a mil por hora.

Evan está apoyado en su patinete eléctrico, vestido de negro, con esa pinta de friki con sonrisa peligrosa que me vuelve loca.

—Toma, esto es para ti —dice, tendiendo su mano.

Es un casco rosa con orejitas y brillibrilli. ¡¿Cómo no voy a estar enamorada?!

Me quedo mirando el casco como si acabara de ofrecerme una corona llena de zafiros.

—Seguridad vial, Chispa.

Lo cojo con las dos manos. Es suave, ridículo, adorable. Tiene unas pegatinas brillantes que parecen haber sido elegidas por una niña de cinco años con presupuesto ilimitado.

—Es el casco más cuqui del universo —confieso.

—Sabía que te gustaría.

—Tiene orejitas.

—No podía no tenerlas.

—Y brillibrilli.

—Fue un requisito.

Levanto la vista hacia él.

—¿Tú has entrado en una tienda y has comprado esto para mí?

—Sí.

—¿Con esa cara?

—La dependienta casi fue profesional.

Me río y algo dentro de mí se ablanda tanto que da miedo. Me pongo el casco y él lo ajusta bajo mi barbilla.

—Perfecta —murmura.

Y yo, que debería tener respuestas para todo, me quedo sin ninguna.

Subimos al patinete. Me agarro a su cintura y él nos lleva a otro barrio cercano, uno con calles más tranquilas, fachadas antiguas y restaurantes pequeños con manteles de cuadros.

El sitio al que entramos huele a tomate, albahaca y pan recién hecho. En una mesa del fondo nos esperan Chase, Tyler y Brandon.

Los he visto alguna vez, pero nunca así. Nunca como parte de Evan. Están sentados para comer, relajados, riéndose antes incluso de que lleguemos.

—La famosa Chispa —dice Tyler, levantando un vaso.

—La que le ha puesto cara de persona normal a Evan —añade Chase.

Brandon me señala el casco.

—Buen equipo de combate.

—Gracias. Me protege del asfalto y de la tristeza.

Evan me quita el casco con cuidado.

—No los animes.

Pedimos pasta, pizzas , pan de ajo y una ensalada que nadie toca salvo para fingir que somos adultos responsables.

Tyler cuenta que Evan, con trece años, intentó arreglar una tostadora y dejó sin luz a medio edificio.

Chase asegura que una vez se cayó dentro de un contenedor huyendo de un perro del tamaño de una zapatilla.

Brandon, con voz seca, añade que Evan estuvo tres meses diciendo que no fue miedo, sino «retirada estratégica».

—Tenía colmillos —protesta Evan.

—Era un caniche —dice Tyler.

—Un caniche con intenciones criminales.

Yo me río tanto que me duele la tripa.

Y lo miro.

Lo miro entre sus amigos, con la guardia más baja de lo habitual, protestando, sonriendo de medio lado, dejando que lo humillen con anécdotas de infancia porque sabe que lo quieren. Y esa versión de Evan me golpea en un sitio blando.

Porque no es solo el chico que me toca como si yo fuera fuego. Es este también. El que tiene historia. El que tiene gente. El que pertenece a algún lugar, aunque finja que no.

En un momento, Evan se levanta para ir al baño y yo aprovecho porque llevo días con una duda técnica y, por lo que sé, ellos son amigos hackers . O algo así.

—Oye —digo, bajando un poco la voz—. Ya que sabéis de ordenadores…, si un portátil se queda bloqueado y no te deja abrir un programa, pero tampoco cerrarlo, ¿cómo se desbloquea sin perderlo todo?

Los tres se quedan extrañamente quietos.

Tyler mira a Chase. Chase mira a Brandon. Brandon mira su plato como si la respuesta estuviera escondida debajo de un ravioli.

—Control, alt, suprimir —dice Tyler al fin, muy seguro.

—¿Y ya?

—Sí —contesta Chase con solemnidad—. Eso soluciona casi todo.

—¿Casi todo?

—Ordenadores, discusiones familiares, crisis existenciales…

Brandon carraspea.

—También puedes reiniciar.

Los miro despacio.

—¿Reiniciar?

—Apagar y encender —explica Chase, como si acabara de entregarme la clave de la NASA.

—Qué útil.

Tyler sonríe divertido.

—Somos hombres de soluciones simples.

—Ya veo.

Evan vuelve en ese momento, se sienta a mi lado y mira nuestras caras. Esto no me cuadra, pero lo dejo pasar porque creo que se están burlando de mí.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —decimos los cuatro a la vez.

Él entrecierra los ojos.

—Eso nunca significa nada.

—Tus amigos me han dado soporte técnico —respondo.

Evan mira a Tyler. Este bebe agua.

—Control, alt, suprimir —confiesa Brandon.

Evan cierra los ojos un segundo.

—Dios…

Yo me río otra vez.

Y no sé si es la pasta, el casco rosa, las anécdotas del caniche asesino o la manera en que Evan me roza la rodilla bajo la mesa como si necesitara comprobar que sigo ahí, pero algo se asienta dentro de mí con una claridad terrible.

Cuando salimos del restaurante, Evan coge el casco y me lo coloca otra vez, ajustándomelo con dedos cuidadosos. Yo lo abrazo antes de que pueda subirse al patinete. Y su reacción es quedarse quieto un segundo.

Luego sus brazos me rodean despacio.

—¿Estás bien, Chispa?

Cierro los ojos contra su pecho.

«No. Sí. No lo sé».

Estoy enamorándome de él de una forma que no cabe en ningún plan, en ninguna mentira ni vida doble. Estoy enamorándome del Evan que me lleva a patinar, del que me compra cascos ridículos, tiene amigos que no saben fingir que son hackers y se ríe cuando cree que nadie lo está mirando.

Del Evan de verdad. O, al menos, del que yo creo conocer. Y eso me aterra más que cualquier bala.

—Sí, todo bien —miento, apretándolo un poco más—. Solo quería abrazarte.

Él me besa el pelo.

—Entonces, abrázame todo lo que quieras.

Y lo hago. Porque todavía puedo.