Mañana (Arpías 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Evan

L o primero que cambia cuando alguien te importa no es un beso. Ni una caricia. Ni siquiera una promesa de futuro. Lo primero que cambia es el miedo.

Me doy cuenta varios días después, sentado con Tyler, Chase y Brandon alrededor de una mesa pegajosa del garaje donde solemos reunirnos cuando queremos hablar sin que nadie haga demasiadas preguntas.

Brandon está desmontando una pistola. Chase discute con Tyler sobre cuál de los dos conduce peor y yo llevo casi cinco minutos mirando la botella que tengo delante sin haber dado un solo trago.

—Te toca —dice Tyler, golpeando la mesa con los nudillos.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

—Que estás en otra galaxia.

—Siempre ha estado en otra galaxia —resopla Chase.

—No. Esta vez es diferente.

Brandon ni siquiera aparta la vista del arma.

—Tiene cara de haber descubierto un sentimiento.

Los cuatro nos quedamos en silencio un segundo. Luego Tyler estalla en una carcajada.

—Hostia, Brandon. No digas esas palabras delante de Evan. Le va a dar urticaria.

Pongo los ojos en blanco.

—Idos a la mierda.

—¿Ves? Confirmado. Cuando insulta tan poco es porque está pensando.

Intento seguirles el juego, pero no puedo. Porque sigo viendo la misma imagen.

Neva llorando en silencio. Nada de montar escándalos.

Las lágrimas le caían sin hacer ruido mientras intentaba convencerse de que todo iba a salir bien con el accidente de Preston. Decía que estaba bien, que solo necesitaba saber que sobreviviría, que todo se solucionaría…, pero las manos le temblaban mientras hablaba.

Y yo la abracé sin saber qué decir.

Recuerdo cómo escondió la cara contra mi cuello, respirando entrecortadamente, y cómo me dejó consolarla como si yo fuera su todo. O, al menos, lo más importante.

Y la culpa, a esa también la recuerdo bien. En ese preciso instante, con Neva entre mis brazos llorando por su hermana, no podía pensar en otra cosa que no fuese… «Esto es culpa mía».

—Eh.

La voz de Tyler me devuelve al garaje.

—¿Estás seguro de que sigues vivo?

Parpadeo.

—Sí.

Brandon deja la corredera encima de la mesa.

—¿Qué te pasa?

Durante unos segundos no contesto. No sé por qué. Quizá porque decirlo en voz alta hace que sea real. Al final resoplo.

—Neva estaba llorando hace unos días.

Los tres me miran.

—¿Y? —pregunta Chase.

—Y no podía soportarlo.

Se hace un silencio escéptico.

—No entiendo por qué me afectó tanto. No era por mí. Era por el accidente de Preston.

Tyler se encoge de hombros.

—Es normal. La chica te preocupa.

—No.

Niego despacio.

—No para mí.

Porque yo antes no era así. No tuve ningún problema en darle un susto a su hermana hace unas semanas en GenoLabs. Me ordenaron que le diera un aviso. Que la drogara y me marchara de allí sin dejar rastro, y así lo hice. Pero esta vez ha sido distinto.

Había fallado el encargo. El policía seguía vivo.

Yo mismo lo empujé a la jodida vía del metro y, contra todo pronóstico, había sobrevivido.

Debería estar analizando cada error de la misión, buscando en qué me había equivocado.

Sin embargo, mi cabeza solo volvía una y otra vez al mismo instante: ver llorar a Neva. Sentir su sufrimiento.

He visto llorar a miles de personas. Víctimas. Familiares. Compañeros. Incluso inocentes. Sus lágrimas nunca me provocaron absolutamente nada. El dolor ajeno no era más que información. Un dato. Una consecuencia inevitable. Ni siquiera las lágrimas de Neva habían significado nunca nada para mí.

Hasta ahora.

—La abracé… y lo único que podía pensar era que ojalá pudiera quitarle todo eso de encima.

Brandon sonríe apenas.

—Ajá.

—No quería arreglar el problema.

No. Quería borrar la posibilidad de que sufriera. Quería retroceder en el tiempo, volver a ese andén y no empujar a Preston. Así ella no estaría sufriendo.

Tyler me observa con una media sonrisa.

—Pues ya está.

Frunzo el ceño.

—¿Ya está qué?

—Que estás jodido.

—Muy jodido —asiente Chase de acuerdo.

—No exageréis.

—¿La llamas Chispa todavía?

La pregunta de Brandon me pilla desprevenido. Sonrío sin querer.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

«Desde que dejó de ser la chica a la que vigilar», contesto en mis pensamientos.

—Creo que empezó ahí —reconozco.

—¿Dónde?

—Cuando dejé de llamarla Neva.

Los tres intercambian una mirada. No hace falta que digan nada. Lo entienden antes que yo.

No bautizas con un apodo a alguien que te resulta indiferente. Lo haces cuando esa persona encuentra un hueco que nadie más ocupa. Cuando empieza a pertenecer a un rincón de tu cabeza y deja una marca. Y yo llevo semanas fingiendo que eso no significa nada. Pero significa demasiado.

—Mierda… —mascullo.

La palabra sale casi en un susurro.

Tyler sonríe.

—¡Por fin!

—¿Qué?

—Por fin has llegado.

—¿Adónde?

—Al punto en el que ya no puedes engañarte.

Me paso una mano por la cara. Todo encaja.

Las discusiones constantes. Las sonrisas que se me escapan sin darme cuenta.

Las ganas de verla nada más abrir los ojos.

La absurda tranquilidad que siento cuando se queda dormida apoyada en mí, como si, mientras siga respirando a mi lado, el mundo pudiera esperar unas horas más.

El orgullo que me invade cada vez que planta cara a cualquiera.

La necesidad, casi enfermiza, de saber si ha comido, si ha descansado, si está bien.

Y el miedo. Sobre todo, el miedo.

Porque yo no estoy aquí por ella. Estoy aquí por una misión.

Debía infiltrarme en su vida, observar cada uno de sus movimientos, informar de todo lo que descubriera. Esperar órdenes y cumplirlas. Nada más.

Nunca debía implicarme tanto.

Las hermanas no eran personas. Eran un objetivo. Un expediente. Una operación que debía llevar hasta el final sin hacer preguntas. Y, si llegaba el momento…, si alguien decidía que cualquiera de ellas se había convertido en un problema, quitarlas de en medio. Así de sencillo.

Solo que ya no lo es.

Porque cierro los ojos un segundo e intento imaginar a Neva al otro lado del cañón de mi pistola y no puedo. Ni siquiera consigo sostener la imagen en mi mente. Me produce náuseas. Siento el estómago retorcerse con una violencia que nunca había experimentado.

Abro los ojos de golpe.

—No podría. —Mi propia voz suena extraña.

—¿A qué te refieres? —Tyler deja de sonreír.

—No podría hacerle daño.

Brandon cruza los brazos.

—Lo sabemos.

Niego lentamente.

—No, no lo entendéis.

Ellos creen que hablo de sentimientos. Pero no. Si alguien me obligara a elegir… Ya sé cuál sería mi respuesta. Y ese es el verdadero problema. Porque yo siempre elijo la misión. Siempre. Es la única norma que nunca he roto.

Hasta ahora.

Hasta que aparece una mujer incapaz de quedarse quieta cinco minutos, que habla demasiado, sonríe como si el mundo todavía pudiera arreglarse y consigue que un tipo como yo descubra que existe un miedo mucho peor que morir: Perderla.

—¿Sabes cómo se llama eso? —pregunta Tyler con una calma insoportable.

Levanto la cabeza. Él sonríe de lado.

—Estás enamorado, idiota.

Esta vez no lo niego. Supongo que llega un momento en el que hasta el mejor mentiroso se cansa de engañarse a sí mismo.