Capítulo 12 #2
Colgué. Y esa misma noche dormí en casa de Nao. De hecho, he dormido todos los días con ella, sin excepción. No quería volver a mi piso. No me sentía seguro.
Y todas las noches, en algún momento entre las once y la una, antes o después del sexo, manteníamos una conversación pequeña en voz baja que se convirtió en lo único que me importaba de verdad.
La primera noche, justo antes del primer polvo, mientras ella rebuscaba un preservativo en un cajón como si estuviera preparando una autopsia en lugar de acostarse conmigo, le pregunté:
—¿Vas a dejar que me quede a dormir contigo después?
Se giró despacio. Me miró como si acabara de proponerle criar alpacas en el salón.
—¿Por qué quieres saberlo? —Frunció el ceño con evidente sospecha.
Me encogí de hombros.
—Curiosidad.
Entrecerró los ojos. Era fascinante la facilidad que tenía para desconfiar incluso de una palabra tan inocente.
—Probablemente.
Sonreí con guasa.
—¿Aún no lo has decidido?
—Depende de lo empalagoso que te pongas al terminar…
—Me portaré bien.
Ella arrugó la nariz.
—No me fío de ti.
—Y no deberías… porque pretendo que durmamos abrazados.
Me lanzó el preservativo a la cara.
Después me echó de su apartamento. De manera literal. Cerró la puerta delante de mis narices. Y aguanté exactamente treinta segundos antes de que volviera a abrir la puerta, negando con la cabeza.
—Entra, idiota.
La segunda noche estábamos tumbados bocarriba en la cama. Ella tenía la cabeza apoyada sobre mi hombro mientras yo recorría con el dedo esa cicatriz diminuta que cruza su antebrazo izquierdo.
Nunca le pregunté de dónde había salido.
—Que sepas que, si te pasa algo, te mataré con mis propias manos.
—Es una declaración de amor muy interesante, Nao.
—Es mi forma de decirte que tengas cuidado.
—De acuerdo. Lo anoto.
—Y que no quiero perder el tiempo en hospitales o funerales. Los odio.
—Recibido.
—Y que me gusta tenerte dentro de mi piso…
Levanté la cabeza para mirarla. Y pronto entendí que aquella era su manera de decirme que le importaba.
Cualquier otra mujer habría dicho «ten cuidado». Nao prefería amenazarme de muerte
—¿Sabes lo que significa eso? —pregunté sonriente.
—No significa nada. Ahora cállate y duérmete.
La tercera noche, después de un revolcón que me dejó sin saber dónde tenía algunos órganos, ella permanecía apoyada sobre mi pecho, distraída, mientras hacía girar entre los dedos un viejo reloj de bolsillo que descansaba en mi mesilla.
Lo observaba con la misma concentración con la que examina un tatuaje antes de empezar a pinchar tinta.
—¿Tiene alguna historia?
Sonreí.
—Era de mi padre.
Sus dedos dejaron de moverse un instante.
—¿Está vivo?
—No. Murió cuando yo tenía catorce.
Bajó la mirada al reloj.
—Vaya. Lo siento.
—No lo sientas.
Guardó unos segundos de silencio antes de preguntar:
—¿Lo querías mucho?
—Sí. Era policía. Un buen policía. Yo entré en esto por él.
La habitación volvió a quedarse en silencio. Uno de esos silencios que no incomodan. Solo existen.
Al cabo de un rato, habló tan bajo que casi tuve que contener la respiración para escucharla.
—Yo no tengo padre.
—Lo sé.
—Pero al tuyo le habría caído bien.
No pude evitar reírme.
—Le habrías caído fatal.
Levantó la cabeza de golpe.
—¿Por qué lo dices? Yo caigo bien a los padres.
—A los que son polis no. Tienes pinta de chica problemática. Y, para qué engañarnos…, das bastante miedo.
La comisura de sus labios se curvó apenas unos milímetros.
—Eso es lo más bonito que nadie ha dicho sobre mí.
La cuarta noche descubrí que Nao tenía una forma muy peculiar de hacer los gestos importantes. Como si le diera alergia reconocer que lo eran.
Me dio una llave sin ninguna ceremonia. Solo la puso encima del lavabo del baño sin decir nada. Me quedé mirando aquel trozo de metal como si acabara de entregarme un anillo. Porque para cualquier otra persona era una llave, pero para Nao era una rendición.
—Es del montacargas —explicó.
—¿Mmm?
—Para que puedas subir cuando quieras aquí. Sin avisar.
Me quedé paralizado.
—No lo conviertas en un momento romántico —me rogó.
—No lo estoy haciendo, pero…
—No sigas, te lo suplico. Es pura logística.
—Vale…
—Y porque a veces me da pereza abrirte.
—Lo comprendo perfectamente.
—Total, pasas la mayoría del tiempo aquí.
—Ajá.
—Como digas algo más te quito la llave.
No lo hice, pero me la quitó igual por «ponerle ojitos». Me hizo sufrir exactamente cinco minutos. Después me la devolvió con un beso, un tirón de pelo y un: «No te acostumbres».
Esa noche dormí con la llave debajo de la almohada como un niño con un juguete nuevo.
La quinta noche fue ayer. Y no la recuerdo del todo porque ayer también fue el día que me empujaron en la estación.
El recuerdo me cae encima con la misma elegancia con la que yo debí de caer a las vías. Me di con el hombro derecho contra el andén y oí un crujido horrible. Mi clavícula y dos costillas se salieron de su sitio de golpe y pegué un alarido.
No podía moverme, pero la vibración de los raíles, unas luces agrandándose deprisa y el sonido de un trueno acercándose a mí a gran velocidad me indicaron que o me movía o el convoy iba a partirme por la mitad de un momento a otro.
Tenía cuatro o cinco segundos. No más.
Rodé hacia el muro sintiendo un dolor atroz y me pegué al hueco bajo el andén, que es donde tienes que pegarte si te caes a las vías y no te da tiempo a salir. Me hice un ovillo. Apreté la carpeta contra mi pecho y el metro pasó por encima.
Algo me golpeó la pierna y sentí el peroné rompiéndose como una rama seca. Para terminar, el filo del estribo del último vagón me rascó el hombro, dejándomelo en carne viva.
El elevated paró unos metros más allá, todavía en el exterior.
Y recuerdo pensar una cosa increíblemente estúpida en ese momento: «Nao va a matarme». Porque ella intenta no cogerle cariño a nada ni a nadie por si lo pierde. Y sospechaba que conmigo estaba empezando a sentir algo muy fuerte, o eso esperaba.
Intento incorporarme un poco y un latigazo de dolor me atraviesa el cuerpo. Vuelvo a cerrar los ojos porque, siendo franco, estaba mejor inconsciente.
—¿Te duele mucho? —pregunta Nao.
—Un poco…
—Puedes ser sincero.
—Más de lo que puedo soportar.
—Llamaré a alguien para que te den más analgésicos.
—Espera… Llevaba una carpeta conmigo… Los paramédicos me la quitaron. ¿Te la han devuelto?
—Está en mi piso. A buen recaudo. Se la dieron a tu hermana ayer.
—¿Mi hermana?
—Sí. Voló desde Nueva York. Ahora se ha ido a tu casa a por ropa y a descansar. Volverá mañana.
—Joder… ¿Y mi madre?
—Viene mañana. Con una maleta enorme. Dice que quiere cuidarte.
—¡DIOS, NOOO!
Cierro los ojos un segundo e intento asimilar la que se me viene encima.
Mi hermana y mi madre van a venir… Y esa última viene a gritarme, no a cuidarme.
Mi hermana hablará conmigo en serio. Y yo voy a tener que decirles a las dos que lo único que me ha mantenido vivo esta semana ha sido la mujer del pelo lila que está sentada a mi lado ahora mismo.
Que la necesito a ella. Y solo a ella. Ahora mismo es peligroso estar cerca de mí.
Levanto la mano izquierda, la sana, y le hago un gesto a Nao para que se acerque.
Ella obedece y se sienta en el borde de la cama con cuidado, como si pudiera romperme si se apoya mucho.
—¿Qué quieres?
—Ven aquí.
—Estoy aquí.
—Más cerca.
—No quiero hacerte daño.
—Hazme daño. Te quiero más cerca.
Se inclina más y apoya su frente contra la mía. Vuelve a respirar aliviada. Y es la mejor sensación del mundo.
Entonces, le rozo el pelo lila con los dedos y digo en voz baja:
—Estoy vivo, Nao.
—Lo sé.
—Y tú estás aquí.
—Afirmativo.
—No quiero que te alejes porque vengan mi madre y mi hermana. Ahora mismo te necesito más que a ellas.
—No te prometo llevarlo bien… Ya me conoces.
—Empecemos por hoy…, ¿vas a quedarte?
—Sí. Hasta que me echen.
—No te van a echar.
—Mejor para ellos. Porque no pensaba irme.
Sonreímos y hago una mueca de dolor.
Nos quedamos así, con su frente apoyada contra la mía, respirando despacio, durante unos minutos.
Y, joder…, yo todavía estoy procesando que tengo una clavícula rota, dos costillas dislocadas, un peroné partido, una madre y una hermana muy inoportunas y a alguien poderoso intentando matarme.
Pero, de pronto, McCain, Evan, las niñas, el metro…
todo se apaga. Todas las preguntas, todos los nombres, toda la guillotina que llevo cinco días notando sobre el cuello…
Todo desaparece. Porque hay dolores mucho peores que unas costillas rotas.
Y uno de ellos es imaginar a Nao creyendo que iba a perderme.
Cierro los ojos y me duermo otra vez con su pelo lila entre mis dedos.