Capítulo 12
Preston
A bro los ojos y lo primero que registro es el pitido de un monitor a mi derecha haciendo bip cada segundo y medio. Estoy en el hospital.
Me lo confirma un dolor crudo extendiéndose por todo mi cuerpo. Es tan generalizado que durante los primeros tres segundos no consigo localizar dónde me duele más.
La buena noticia es que estoy vivo. Aunque no sé si entero.
Cierro los ojos un segundo más para hacer inventario.
Empiezo por los pies, parece que están ahí.
Subo un poco. Hostia…, la pierna. Está vendada.
Pero entera. La cadera bien. No estoy paralítico.
Costillas…, mejor no respirar muy hondo.
Hombros…, el izquierdo bien, el derecho…
muy vendado. ¿Clavícula? Dios… ¡Qué dolor!
¿Cabeza? Como si me hubiera atropellado un tren.
Espera… ¡Literalmente me ha atropellado uno! ¡Ahora lo recuerdo! ¡Estaba en el metro!
De pronto, giro la cabeza un poco más y la veo.
Nao está sentada en la silla del acompañante, con las piernas dobladas debajo del culo, una sudadera que le queda enorme y la cara de alguien que lleva veinticuatro horas sin dormir. Tiene los ojos rojos. Como si hubiera llorado. Algo imposible en ella.
¿La mujer que estrangularía a cualquiera que insinuara que tiene sentimientos ha llorado por mí?
Cuando se da cuenta de que la estoy observando, suelta aire aliviada con una exhalación. Parece que llevara toda una vida sosteniéndolo.
—Hola… —musito.
—Hola.
—¿Cuánto llevo aquí?
—Día y medio.
—Joder…
—Pues sí.
—¿Tengo algo grave?
—Te has roto la clavícula, dos costillas y el peroné de la pierna derecha. Y tienes una conmoción de las gordas. Pero los médicos dicen que en pocas semanas estarás como nuevo. Te has librado por muy poco de que la línea L te partiera por la mitad.
—Tranquila, estoy bien.
Pone cara de querer darme un guantazo. No me sorprende que esté cabreada.
Quiero alargar la mano y tocarle la cara, pero no puedo mover el brazo derecho y en el izquierdo tengo la vía intravenosa. Así que solo la observo. Y ella, que es Nao y jamás en su vida ha admitido cariño en voz alta, no aparta la mirada de mí.
Eso es más que suficiente para saber que le importo.
—Nao…
—¿Qué?
—¿Has estado aquí todo este tiempo?
—No. He bajado dos veces a la máquina de café.
Mi chica literal.
—Y a fumar.
—Tú no fumas.
—Empecé ayer. Row me incitó a hacerlo.
—Te voy a quitar ese vicio rápido.
—Cuando puedas moverte, lo hablamos.
Esbozo una sonrisa. Hasta eso me duele.
Cierro los ojos un segundo y los abro otra vez. Tengo un dolor de cabeza tremendo, pero ya empiezo a recuperar el norte. Y lo primero que pienso, antes que cualquier otra cosa, es la pregunta que mi cerebro lleva treinta y seis horas queriendo formular:
«¿Quién cojones me empujó a las vías?».
Yo no lo vi.
Eso ya lo había procesado, tirado en el andén, durante los cuatro minutos eternos que tardaron en llegar los servicios médicos.
No vi a nadie. Solo sentí una mano plana y abierta en mitad de la espalda.
Y un empujón calibrado con la fuerza necesaria para que cayera a las vías sin posibilidad de agarrarme al borde.
Al alzar la mirada, recuerdo ver la silueta de unas botas militares alejándose en el andén, pero nada más.
Lo que me viene a la mente es la secuencia previa.
Treinta segundos antes del empujón, mientras esperaba el metro mirando el móvil porque le estaba escribiendo a Nao una gilipollez subida de tono que prefiero no recordar, registré movimiento detrás de mí, pero no actué porque estaba pensando en Nao.
En la frase exacta con la que iba a contestarle a su última provocación.
Se me perdona; llevaba cinco días durmiendo poco y follando mucho y mi atención de sabueso estaba por los suelos.
Sin embargo, tal como va mi investigación, sé que les he dado motivos para querer eliminarme. Lo cual implica, por descarte, que he encontrado algo jugoso.
Pero lo más duro de estos cinco días ha sido seguir sonriendo cada mañana en comisaría al hombre que probablemente haya dado la orden de que me ejecuten.
He tenido que mentir en mi propia casa porque ya no sé qué pared está limpia.
Lo primero que decidí cuando salí de la cena del piso de Nao fue comprobar si Evan mentía. Él juró que todo lo que había hecho fue bajo coacción, pero yo le miraba la cara y sentía que mentía, como si tuviera la habilidad de Day. Aunque lo mío, más bien, son años de servicio.
He intentado verificar todo lo que contó. Y no, no nos mintió. Al menos, no del todo. Los mentirosos son fáciles. Los peligrosos son los que mezclan verdad y basura hasta que resulta imposible distinguirlas.
Y cuanto más escarbo, más veces aparece el apellido McCain en movimientos extraños.
Como una mancha de humedad extendiéndose detrás de una pared.
El problema es que nunca encuentro nada definitivo.
Una prueba, un documento firmado, una confesión…
Solo sombras. Y un patrón que empieza a repetirse demasiado: lagunas, espacios en blanco…
La gente limpia deja huellas, y la gente demasiado limpia suele esconder cadáveres.
Así que no me ha quedado otra que seguir a Evan a distancia durante estos días.
He grabado sus movimientos con una cámara analógica de las que ya nadie usa desde la llegada del teléfono inteligente.
He apuntado en una libreta cada vez que ha salido a la calle y he confirmado varias cosas: como que tiene dos teléfonos distintos, un piso demasiado caro en Bucktown al que nunca lleva a Neva y que queda a menudo con un hombre al que he identificado como el jefe de gabinete del senador McCain.
Creo que Evan no trabaja para mi jefe de policía corrupto, sino para el jodido senador.
Lo descubrí ayer por la mañana. Y, por la tarde, sospecho que alguien decidió que ya había averiguado suficiente.
No he querido decirle nada a Nao. Al fin y al cabo, Evan es la pareja de su hermana y prefiero no meterme ahí. Al menos hasta que tenga pruebas fehacientes que respalden mis sospechas.
Lo de las niñas de GenoLabs es otro frente.
Joder con las niñas asesinas… Porque si McCain es una pregunta incómoda, ellas son directamente una locura.
Parece que alguien las hubiera colocado a propósito en el borde de la fotografía de la escena del crimen de Terry.
Y cuanto más intento sacarlas de la ecuación, más vuelven a meterse en ella.
He estado haciendo guardia delante de GenoLabs por si las veía.
He seguido a la doctora Walsh por toda la ciudad.
Pero son fantasmas. Han desaparecido. No sé dónde las tiene escondidas.
Mi pizarra, la que tenía en mi despacho de casa y ya no, está condensada en esa carpeta y va siempre conmigo. La meto en una mochila pequeña que llevo enganchada al cuerpo todo el día y no la suelto ni para mear. Duerme a mi lado, en la mesilla de noche.
No me fío de mi ordenador del trabajo. Ni de mi teléfono. Ni de nadie con autoridad para pedir un acceso telemático a mi escritorio. Ni siquiera me fío del propietario de mi apartamento; la policía me lo otorgó. Tampoco me fío de las cámaras de seguridad de mi edificio. Ni de las de la calle.
Solo me fío del papel. Y de mi madre.
Por eso, anteayer, después de imprimir una copia de la carpeta y meterla en un sobre acolchado, fui a la oficina de correos y la envié a Minnesota, a casa de mi madre. Me dijeron que tardaría tres días en llegarle.
No obstante, esa misma tarde la llamé por teléfono:
—Hola, mamá.
—¡Hijo, ¿qué tal?!
—Te he mandado un sobre. Cuando llegue, lo guardas en un sitio seguro y no lo abras.
La línea se quedó en silencio.
—Preston…, ¿qué está pasando? ¿Cómo que no lo abra?
—No. No lo abras nunca. Si me pasa algo, vas a mi comisaría y se lo das en mano a mi jefe, Daniel Whitaker.
—¡¿Qué va a pasarte?! ¡¿Estás en peligro?!
Puse los ojos en blanco. Justo lo que necesitaba mi madre, más material para que se plantase aquí y empezara a preocuparse por mí como si tuviera cinco años.
—No, mamá, es solo por precaución.
—¡Precaución de peligro!
—Es rutina policial.
—No me mientas, Preston Aaron Reed. Soy tu madre —dijo con firmeza. E imaginé justo la cara de coronel del ejército del Norte que estaría poniendo.
—No te miento, mamá. Solo…, si me pasa algo, llévaselo a Danny. Si no, no hagas nada y dentro de unos meses te diré que lo tires al fuego, ¿vale?
—No, no vale, hijo.
—Mamá…
—¡No vale para nada! —exclamó—. Pero te lo guardaré sin leerlo.
—Gracias, mamá.
—Prométeme una cosa, Preston.
—Diiime… —contesté, arrastrando las palabras.
—Que me llamarás mañana.
—Te llamaré mañana, no te preocupes.
—Y cada día.
—Cada maldito día. A cada hora.
—Así me gusta. Y otra cosa…
—¿Quééé? —pregunté, arrastrando las palabras de nuevo.
—Esa chica de la que me hablaste la semana pasada. La tatuadora…
Sonreí sin querer.
—¿Qué pasa con ella? —dije disimulando, pero prestando renovada atención.
—¿Ya estáis juntos?
Me quedé unos segundos en silencio. Podría haberle dado una respuesta ambigua. O directamente mentir. Pero no merecía la pena. Ella lo sabría. También tenía habilidades. especiales. Poderes de madre.
—Sí, mamá. Estamos juntos.
Escuché un pequeño murmullo de celebración al otro lado de la línea.
—¿Y vais muy en serio o es solo sexo moderno?
Solté una risa por la nariz y me tapé los ojos con una mano.
—Vamos muy en serio.
—¿Cuánto?
—Estoy a punto de pedirle matrimonio. ¿Contenta?
Se hizo un silencio largo esta vez.
—No tienes remedio, hijo mío.
—Lo sé…
—Pero me alegro mucho por ti.
Aquellas palabras me aflojaron algo por dentro.
—Gracias, mamá.
—Aunque sea una tatuadora.
—Recibido.
—Y aunque no quiera conocerme.
—Ya la conocerás, mamá. Dale tiempo.
—El tiempo te lo doy a ti, no a ella. Que se ponga las pilas.
Sacudí la cabeza con una sonrisa que ella no podía ver.
—Vale, mamá.
—Te quiero mucho, hijo.
Aquellas tres palabras siempre sonaban igual. Como si siguiera teniendo diez años.
—Y yo a ti.
—Cuídate, por favor.