Capítulo 10
Thomas
S iempre he pensado que el sexo no es más que un intercambio de favores entre dos seres de la misma especie.
Ambas partes dan y reciben placer de manera equitativa.
Sin embargo, en este mismo instante, mientras me hundo en Row una y otra vez, me siento culpable por no estar siendo justo con ella porque es imposible que esté sintiendo lo mismo que yo.
Sus gemidos, sus jadeos ahogados por mis dedos, que siguen en su boca, la forma en la que su coño me aprieta, como si intentara arrancarme el alma a través de la polla.
No hay nada equitativo en lo que estamos haciendo. Yo me lo estoy llevando todo.
Saco los dedos de su boca e intento poner remedio a esta injusta situación pellizcando sus pezones.
¡Tiene unas tetas perfectas, joder!
Acerco mi boca a su otro pecho y lo succiono con ganas.
Row vuelve a gemir desde el fondo de la garganta y hunde sus dedos en mi pelo.
No sé en qué momento he empezado a sudar, pero tengo la camisa empapada y pequeñas gotas se escurren por mis sienes mientras arremeto con las caderas aún más rápido, más fuerte, más salvaje.
Deslizo una mano por su costado hasta llegar a la cintura, la sujeto con agresividad y sigo bombeando en su interior como un jodido animal. Durante un instante temo estar siendo demasiado brusco, separo mis labios de su pezón y busco su mirada mientras ralentizo la cadencia de mis embestidas.
—¡No pares ahora, joder! —grita Row, incorporándose para sujetarse a mis hombros.
Se me escapa una sonrisa y recupero el ritmo.
—Eres un puto sueño —gruño entre dientes.
Pego mi boca a la suya mientras la folló aún con más ímpetu si es posible. Sé que no voy a durar mucho más, pero necesito que ella se corra de nuevo antes de terminar.
—¡Eso es! ¡Más fuerte, Thomas!
Obedezco su orden como un jodido perro amaestrado. Me impulso hacia delante y hacia atrás mientras hundo el rostro en su cuello.
Siento sus uñas clavándose en mi espalda y su delicioso coño me aprieta con más fuerza. Solo necesito un par de empellones para que llegue al clímax. Todo su cuerpo tiembla, un grito sordo rasga su garganta.
Aguanto como puedo hasta que sus manos se aflojan sobre mis hombros y solo entonces dejo que el clímax me alcance. Lo hace como una avalancha o un tsunami imparable.
Clavo los dientes en su cuello, los dedos en sus muslos y me vacío en su interior con un gruñido ronco.
Ni siquiera sé el tiempo que paso resollando contra su hombro. Row intenta apartarme, pero el movimiento solo consigue despertar en mí el deseo de tenerla de nuevo. No soy tan estúpido como para pensar que voy a lograr que se me ponga dura de inmediato, pero no pierdo nada por intentarlo.
Deslizo la lengua por su cuello y ella suspira.
—Quiero follarte otra vez —susurro, buscando su mirada.
Arquea una ceja y esboza una sonrisa arrogante.
—Por supuesto que sí. Todos quieren repetir, pero no va a pasar. —Me empuja por los hombros y esta vez dejo que me aparte lo bastante como para que pueda bajarse del ataúd de un salto.
Echo un vistazo al lugar en el que estamos y sacudo la cabeza.
Nunca, ni en mis más sórdidos sueños, imaginé que llegaría a echar un polvo sobre un ataúd. Bueno, la que estaba sobre el ataúd era ella.
Su comentario se hace eco en mi aturdida mente mientras observo cómo se viste.
—¿Qué has querido decir con eso? —inquiero, abrochándome los pantalones.
—¿Qué he dicho? —Se gira y su imagen me golpea con fuerza.
Definitivamente es muy distinta a cualquier mujer que haya conocido. Tiene el pelo revuelto y el maquillaje de los ojos emborronado. Ninguna de las chicas de mi club de fans permitiría que yo la viese en ese estado, pero a Row no parece importarle.
—Lo de que todos quieren repetir. ¿Tienes por costumbre usar tu lugar de trabajo como picadero?
Se acomoda la melena oscura sobre un hombro y entrecierra los ojos.
—La verdad es que no. Lo de follar sobre un ataúd nunca se me había ocurrido, pero no ha estado mal. Tienes aguante, Thomas. —Se acerca más a mí y me da un par de golpecitos en el pecho con la mano abierta—. Bien hecho.
No sé qué me molesta más, si su tono condescendiente o la forma en la que le ha restado importancia a lo que acaba de ocurrir con un «no ha estado mal».
¡Ha sido increíble, joder!
Suelto un gruñido bajo que ella ignora mientras recoge mi chaqueta del suelo. Me la tiende y yo la tomo con un movimiento brusco.
Enseguida me la pongo, me abrocho los botones y ajusto los puños sin ninguna prisa. Por costumbre, echo un vistazo a mi alrededor en busca del preservativo usado, y solo entonces caigo en la cuenta de que no me he puesto uno.
¡Lo he hecho a pelo!
Yo, el que siempre ha estado seguro de que una mujer no le arruinaría la vida con un embarazo forzado.
¡Dios santo! ¡¿Era una trampa?!
Es posible que acabe de darle a una cazafortunas justo lo que quiere.
¡¿Cómo he podido ser tan imbécil?!
—Vas a venir conmigo —siseo con la mandíbula apretada.
—De eso nada.
Me acerco a ella en un par de zancadas y la sujeto con fuerza por el brazo.
—No te estaba preguntado. Vamos a ir ahora mismo a una farmacia y delante de mí te tomarás una píldora de emergencia.
La forma en la que clava su mirada en la mía casi me hace retroceder.
—Suéltame ahora mismo, Thomas. Solo lo diré una vez. —Su rostro sigue igual de relajado que hace unos segundos, pero esa maldita mirada de ojos azules es letal.
Me siento tentado a negarme para saber cuál es exactamente la amenaza que está implícita en su voz, pero libero su brazo y retrocedo un par de pasos.
No puedo obligarla a hacer nada que ella no quiera, y si la he dejado embarazada…
¡Santo Cristo! ¡¿Cómo demonios me he metido en este problema?!
«Pensando con la polla en vez de con el cerebro», resuena en mi cabeza.
Row exhala con fuerza antes de empezar a alejarse. La observo inmóvil mientras se adentra en lo que supongo que es el crematorio y, tras unos segundos, regresa con un bolso tipo bandolera entre las manos.
Viene hacia mí, rebusca en el interior y saca un blíster de pastillas.
—¿Qué se supone que es esto? —inquiero cuando me lo tiende.
—Píldoras anticonceptivas. Las tomo desde que era una adolescente. —Las lanza al interior del bolso y clava su mirada en la mía—. Aunque te parezca increíble, no todas las mujeres estamos desesperadas por cazarte, Thomas. No entra en mis planes ser madre, y mucho menos criar a un mocoso yo sola.
Frunzo el ceño por su último comentario.
—¿Qué te hace pensar que no me haría cargo de mi hijo si te quedaras embarazada?
—¿Hablas en serio? —Asiento y ella suelta una carcajada profunda—. Hace solo un rato me estabas acusando de ser una cazafortunas y después casi me llevas a rastras a una farmacia.
—Eso no significa que, si existiera un hijo mío en el mundo, fuese a desentenderme de él.
—Esta conversación es absurda. No va a pasar, ¿vale? Puedes quedarte tranquilo. Tus millones están a salvo de mí. —Respira hondo por la nariz y vuelve a acomodarse el pelo con la mano—. Ahora quiero saber si yo debo preocuparme por haber pillado una enfermedad de transmisión sexual.
—¿Cómo dices?
—Esto funciona en ambos sentidos, Thomas. Yo me hago análisis periódicos y sé que estoy sana. ¿Puedes decir tú lo mismo?
—Por supuesto. Siempre uso protección.
—No siempre, por lo visto —replica, cruzándose de brazos.
—Esto ha sido… Ha sido… —Bufo con fuerza y me ajusto el nudo de la corbata de manera nerviosa—. Un error.
—¿Hablas de no usar protección o del polvo? —inquiere, arqueando una ceja.
Ninguno. Ambos. ¡Qué sé yo! Esta maldita mujer me confunde.
Bufo con fuerza de nuevo y busco su mirada.
—Dime quién eres y por qué me estás siguiendo. Sé que nuestros anteriores encuentros no fueron casuales.
—En ningún momento he dicho que lo fueran.
—Entonces… —Soy interrumpido por el sonido de un teléfono.
Row vuelve a meter la mano en su bolso y me da la espalda para atender la llamada.
—¿Qué ocurre? —pregunta mientras yo sigo con la vista clavada en su espalda—.
¡¿Qué?! ¡¿En qué hospital?! Enseguida salgo.
—Se gira con el teléfono en la mano—. Lamento interrumpir esta apasionante conversación, pero me ha surgido una emergencia.
Llévate los panfletos y le diré a mi jefe que contacte contigo por la mañana.
—¿Quién está en el hospital?
—Eso no es asunto tuyo.
—Row, no voy a irme hasta que me lo digas.
Bufa con fuerza mientras se cuelga el bolso cruzado sobre el pecho.
—El novio de mi hermana ha sufrido un accidente. Ahora, lárgate de una maldita vez.
¿Tiene una hermana? Bueno, al menos he podido sacarle algo. Se llama Row y tiene una hermana. No es gran cosa, pero tal vez pueda tirar de ese hilo para conocer sus verdaderas intenciones. Está claro que ella no va a decirme nada más.
—Deja que te lleve —me ofrezco.
—No, y más te vale no insistir o juro que me harás perder la poca paciencia que aún me queda, y eso no te va a gustar. Fuera.
Sin saber muy bien por qué, sonrío.
Cierro los pocos pasos que nos separan, y tomándola desprevenida, rodeo su cintura con un brazo y la beso. No se resiste, pero tampoco responde a mi beso, así que enseguida me aparto.
—Está bien, Desconocida. Tú ganas de nuevo, pero esto no se acaba aquí. Volveremos a vernos —susurro antes de dar media vuelta y empezar a caminar hacia la salida.
—¡No si tengo suerte! —la escucho vociferar mientras abro la puerta.
No me detengo y tampoco echo un vistazo en su dirección. Salgo al exterior y tomo una respiración profunda.
No sé qué demonios me ha dado esta mujer para tenerme tan obsesionado. Necesito saber qué es lo que oculta.