Capítulo 9
Row
R esoplo una vez más y decido darle lo que quiere.
Las respuestas no, lo otro. Cuanto antes se marche, antes podré librarme de esta jodida sensación que me confunde cuando lo tengo cerca.
—Está bien, pero como he dicho antes, ese no es mi trabajo. Como mucho puedo ofrecerte un par de panfletos y un tour por la sala de exposición de los ataúdes y urnas.
—Eso me sirve.
—Bien, pues acompáñame. —Me quito el delantal y lo dejo sobre una de las mesas auxiliares que hay en el recibidor antes de dar media vuelta y adentrarme en la sala.
Noto sus pisadas cerca de mí mientras me muevo entre los ataúdes que están expuestos—.
Antes de nada, necesito saber el peso y el tamaño del fallecido.
—No hay ningún fallecido —sisea entre dientes.
Me giro para mirarlo, frunciendo el ceño.
—Si no tienes un muerto ni eres un vampiro, no creo que necesites un ataúd y nada de esto tiene sentido.
Inspira hondo y, tras unos segundos, aparta la mirada.
—Es un plan de futuro.
—¿Para ti? —Niega con la cabeza.
—Un metro sesenta y cincuenta kilos aproximadamente, tal vez algo menos.
—¿Hombre o mujer?
—¿Qué demonios importa eso?
—Importa porque los ataúdes de mujer suelen tener una línea más redondeada, con interiores en satén color marfil o crema. Los de los hombres…
—Ya lo he entendido —me corta—. Una mujer joven.
—Es joven ahora, pero puede que cuando lo necesite no lo sea.
—Cuenta con que sí. ¿Puedes enseñarme alguno? —Echa un vistazo alrededor y entonces hace algo muy común en los compradores habituales, golpea con los nudillos la tapa de madera de uno de ellos—. Este tiene buena pinta.
—Es de caoba, con colchón ajustable y almohadilla cervical para mejorar la posición del fallecido durante la exposición pública—. ¿Sabes si la fallecida querrá ser enterrada o incinerada?
—No hay fallecida —vuelve a sisear.
Me queda claro que no es un tema que le guste mencionar, y tampoco lo culpo por ello. A todo el mundo le molesta pensar siquiera en la posibilidad de perder a un ser querido.
—No has respondido a mi pregunta.
—No lo sé. Supongo que valoraremos todas las opciones.
—Bien, para la incineración, lo más habitual es escoger un ataúd más sencillo y sin detalles metálicos porque deben ser retirados antes de la cremación, acompañado de una bonita urna, las tenemos de latón, acero inoxidable, aluminio, cerámica, mármol, cristal, resina y madera.
Pueden ser ornamentadas, personalizadas, bañadas en oro o en plata…
—Demasiada información —dice, volviendo a interrumpirme.
—Me has pedido información.
—Ya, pero… ¿No puedes solo decirme qué elegir y listo?
—Sabes lo que significa elegir, ¿verdad?
Bufa con fuerza y yo me cruzo de brazos.
—Quiero lo mejor y más caro de todo. El ataúd más bonito, la urna más exclusiva, las flores más llamativas. El jodido paquete completo.
—Menudo despliegue de medios. La mayoría de nuestros clientes trata de regatear el precio, pero, por supuesto, ellos no son los dueños de una empresa multimillonaria —comento sin poder contenerme.
Thomas clava su mirada en la mía.
—¿Eso es lo que buscas de mí? ¿Quieres dinero?
Estrecho la mirada sobre él y me cruzo de brazos.
—¿Crees que soy una cazafortunas?
—Es la única explicación que encuentro para tu extraña forma de actuar, aunque también he valorado la posibilidad de que estés intentando volverme loco.
—¿Está funcionando?
Exhala y da un paso hacia mí.
—Estoy a dos besos más de ingresar en un manicomio por voluntad propia.
Su respuesta me hace sonreír, aunque enseguida recompongo mi gesto y niego con la cabeza.
—No quiero tu dinero. Y estoy segura de que te quedan mucho mejor tus chaquetas de Armani que las camisas de fuerza.
—Entonces, ¿por qué me persigues?
«Porque tengo que matarte», pienso, pero solo me encojo de hombros.
—Has sido tú el que ha venido a mi trabajo.
Da un par de pasos más hacia mí sin dejar de mirarme a los ojos.
—Tú estás presente en mi jodida cabeza cada maldito segundo del día desde esa noche en el club. Me acosas desde mi propia mente.
—No me hagas responsable de tu desequilibrio mental, Thomas. —Retrocedo de espaldas, pero él sigue avanzando hacia mí—. Detente —pido.
Se queda quieto un segundo, esboza una sonrisa peligrosa y da otro paso más. Me aplasta con su cuerpo contra uno de los ataúdes.
—Detenme tú. —Rodea mi cintura con el brazo y hunde la nariz en mi pelo. Inspira hondo y exhala—. No vas a hacerlo, ¿verdad? ¿Sabes por qué?
Se aparta unos centímetros y usa la mano libre para sujetarme por la barbilla y obligarme a mirarlo.
—Ilumíname —susurro casi sin aliento.
A esto me refiero, joder. Yo no actúo así nunca, no dejo que me dominen, pero este hombre me hace sentir cosas extrañas e incómodas.
—Porque vuelves a tener esa mirada.
—¿Qué mirada? —pregunto, tratando de mantener el poco autocontrol que aún conservo.
—La que me está suplicando que te folle aquí mismo.
Trago saliva con fuerza.
¿De verdad estoy haciendo eso? Admito que he pensado en más de una ocasión en lo que pasó en el ascensor.
Aunque no estoy acostumbrada a ceder el control de esa manera, lo disfruté como nunca antes lo había hecho, y sí, tal vez tenga ganas de repetir, sin embargo, no dejo de repetirme a mí misma que Thomas Hutcher es un hijo de puta sin escrúpulos que merece la muerte.
—No me conoces —logro decir con una exhalación.
—¿Y quién es la culpable de eso? —Contengo el aliento cuando noto sus dedos deslizándose por debajo de mi camiseta a la altura de mi abdomen—.
Tienes la irritante costumbre de salir corriendo cuando las cosas se ponen interesantes.
¿Quieres huir ahora, Desconocida? —Aparta mi cabello con el dorso de la mano y me sujeta por la nuca.
Asiento sin mucho convencimiento. Ni siquiera sé que es lo que estoy confirmando. ¿Quiero huir o que me folle?
Thomas vuelve a sonreír y su mano asciende por mi vientre hasta llegar a mis pechos. Contengo un gemido cuando aprieta uno de mis pezones por encima de la tela del sujetador. Puede que mi mente esté confusa, pero mi cuerpo ya ha tomado una decisión.
—Bésame —pido.
Thomas parece sorprendido. A decir verdad, yo también lo estoy. Siempre soy yo la que beso, la que mata, y esta vez le estoy pidiendo a alguien que me bese a mí por el simple placer de sentir sus labios contra los míos.
—Voy a hacer mucho más que eso —susurra contra mi boca. Desliza la lengua por encima de mis labios mientras amasa mi pecho con la mano.
Me pego más a él. Puedo sentir la dureza de su erección contra mi muslo. Thomas exhala con fuerza y su aliento golpea mi rostro. Desabrocho su chaqueta y se la empujo por los hombros mientras él sigue lamiendo y mordisqueando mis labios.
Cuando al fin introduce la lengua en mi boca, lo hace con un gruñido ronco al mismo tiempo que me empuja contra el ataúd.
—¡Mierda! —exclamo al notar cómo los bordes de madera se clavan en la parte baja de mi espalda.
Thomas se aparta unos centímetros y vuelve a esbozar esa sonrisa peligrosa.
Me quita la camiseta y desabrocha mi sujetador a toda prisa antes de atacar mis pechos con la boca.
Tiro de su pelo, araño su cuero cabelludo y gimo sin ningún tipo de vergüenza.
Su lengua desciende por mi vientre. Se pone de rodillas, y cuando empieza a desabrochar mi pantalón, sé que lo mejor aún está por llegar.
Enseguida se deshace del resto de mi ropa, y cuando estoy completamente desnuda, se pone de pie y retrocede un par de pasos para mirarme desde los pies a la cabeza. Joder, hay tanto deseo contenido en su mirada… Nunca antes nadie me había mirado así.
Se acerca de nuevo y me sujeta con fuerza por la cintura.
—Admito que nunca pensé que hacer esto en un lugar así me pondría tan cachondo —masculla, y antes de que pueda ser consciente de su próximo movimiento, me alza en el aire y me deja sentada sobre la tapa del ataúd—.
Abre las piernas para mí, Desconocida —susurra, separando mis muslos—.
Quiero que me muestres lo que estoy a punto de llevarme a la boca.
Obedezco porque, por algún extraño motivo, mi cerebro se opone en rotundo a negarle nada a este hombre.
Me dejo caer hacia atrás, sujetándome sobre los codos, y en solo unos segundos noto la primera pasada de su lengua de atrás hacia adelante.
¡Casi grito, joder!
Thomas estira un brazo para amasar uno de mis pechos mientras sigue lamiéndome.
Los movimientos de su boca no tardan en acelerarse.
Me chupa, succiona y mordisquea sin descanso.
Yo solo soy capaz de jadear en busca de oxígeno.
La forma en la que mueve la lengua haría sonrojarse a una serpiente de cascabel.
—¡Dios santo, Thomas! —grito cuando un latigazo de placer me recorre de pies a cabeza.
Empiezo a temblar y dejo que el orgasmo me alcance con una fuerza desmedida. Thomas no se detiene hasta que termino. Aún con los restos del clímax chisporroteando en mis terminaciones nerviosas, lo noto colocarse entre mis piernas.
—¡Mírame, Row! —Ahí está nuevo. Una orden pronunciada de tal forma que no da lugar a réplica. Como la idiota sumisa en la que me convierto cuando él me habla así, alzo la cabeza y clavo mis ojos en los suyos. El muy cabrón vuelve a sonreír—. Sabía que podías ser una buena chica.
—¡Que te jodan! —suelto, agarrándome al último resquicio que aún conservo de mi dignidad.
Desliza la mano que tenía en mi pecho hasta mi cuello, lo aprieta unos segundos y después sigue ascendiendo hasta llegar a mis labios.
Introduce dos dedos en mi boca. Saben a mí.
—Seré yo el que te joda a ti. —Restriega su polla entre mis pliegues empapados, arrancándome un nuevo gemido—. Succiona mis dedos. Mientras me follo este dulce y apretado coño, quiero notar tu lengua en mis dedos.
Contengo el aliento.
Ni siquiera me planteo la posibilidad de no obedecer su orden. Cierro mis labios alrededor de sus dedos y los chupo con fuerza. Thomas vuelve a restregarse una vez más y enseguida noto cómo se coloca en mi entrada.
Un empellón, no necesita más que eso para hundirse en mi interior. Aprieto sus dedos con los dientes y cierro los ojos al sentir cómo su polla me llena y me estira en lugares que ni siquiera conocía de mi propia anatomía.