Capítulo 8
Row
E n cuanto meto la cabeza en el horno, el calor de las llamas me obliga a cerrar los ojos.
No es la primera vez que termino con las pestañas quemadas por mi mala costumbre de encender un cigarrillo antes de cremar un cadáver, pero es una especie de ritual.
Mi despedida para los muertos, al menos, para los que yo misma he matado.
Echo un vistazo al frío cadáver que yace sobre la camilla de acero inoxidable mientras doy una calada larga. Este no va en un bonito ataúd ni tiene familiares esperando fuera para recoger sus cenizas. El hijo de puta no se lo merece.
Franklin Horace III, tiene nombre de persona influyente, pero en realidad ha pasado toda su asquerosa vida entrando y saliendo de prisión por violencia contra las mujeres, posesión de drogas y mi cargo favorito…: agresiones sexuales a menores.
Exhalo una gran bocanada de humo y apago el cigarrillo en su polla flácida.
—Allá a donde vas no necesitarás este colgajo, Frankie —susurro, esbozando una sonrisa ladeada.
Fue tan sencillo matarlo… Asqueroso, sí, pero extremadamente fácil. Solo tuve que presentarme en el bar de mala muerte donde estaba emborrachándose, darle un beso y marcharme, y aquí estamos veinticinco horas después.
Ya que pasé por su casa para comprobar que había funcionado, decidí traérmelo para darme el gusto de verlo freírse como el puto cerdo que es.
Acciono el mecanismo de la camilla para deslizar el cuerpo hacia el interior del horno y enseguida cierro la puerta.
Enciendo otro cigarrillo e inspiro hondo por la nariz.
Hace meses que le advertí a mi jefe que el horno tiene una fuga; no es muy grande, pero sí lo bastante como para que el olor a carne y pelo quemados se propaguen por toda la sala. Yo lo disfruto, más aún si quien se está tostando es un violador de niños.
Cierro los ojos y me lo imagino ahí dentro, envuelto en llamas.
Los tejidos blandos son los primeros en consumirse, la grasa funciona como combustible adicional y, por último, cuando la temperatura en el interior ya ha alcanzado cerca de los mil grados, los huesos se fragmentan.
Lo que no todo el mundo sabe es que, cuando se enfrían los fragmentos de huesos, los metemos en una trituradora industrial para que los familiares puedan llevárselos a sus casas dentro de una bonita urna.
Por supuesto, Frankie no va a tener una de esas.
Como mucho, tiraré sus cenizas al contenedor de basura más cercano.
Durante las siguientes horas me entretengo con el trabajo. Hoy estoy de guardia, pero los demás empleados de la funeraria tienen el día libre. No hay nada urgente que hacer, solo un par de cuerpos que cremar, aparte de mi cadáver personal.
Intento no pensar demasiado en cómo me siento, sin embargo, cada poco tiempo dirijo la mirada hacia mi nuevo tatuaje. ¿Por qué no está funcionando?
Ayer le pedí a Nao que me lo hiciera. Creí que eso era lo que necesitaba para dejar de sentirme tan… ¿Abrumada? ¿Inquieta? Ni siquiera puedo ponerle un nombre a lo que me ocurre.
El pederasta está muerto y eso significa que mi habilidad no es la que está fallando.
Entonces, ¿por qué demonios sigue vivo Thomas Hutcher? Y más importante aún, ¿por qué me alegré cuando Jesse me dijo que el segundo intento de acabar con él no había sido exitoso?
Termino de volcar las cenizas del cadáver número tres del día en la urna metálica que su familia ha escogido para él y me quito la mascarilla antes de respirar profundo.
Podría irme ya a casa, pero decido no hacerlo. Lo más probable es que mis hermanas estén en el complejo, todas reunidas en la planta que tenemos en común. No me importaría pasar un rato charlando con ellas, no obstante, sé que también estarán allí Jesse, Preston y Evan.
Los chicos me caen bien, de verdad. Bueno, el Lameculos no tanto, pero he aprendido a lidiar con él desde niña.
Me encantaría poder sentarme allí con ellos y disfrutar de un rato en familia, pero ver a mis hermanas con sus parejas, encontrando otras aficiones y costumbres en sus vidas, aparte de matar gente, es un recordatorio constante de que yo jamás podré tener eso.
No deseo unirme a alguien para el resto de mi vida, o, al menos, eso creo. No obstante, aunque lo quisiera, sé que nunca lo tendré.
Es imposible tener una pareja a la que ni siquiera puedo besar sin convertirla en fiambre a las veinticuatro horas. Lo sé porque lo intenté. Hace unos años salí con un hombre, Ralph. Era un buen tipo y me gustaba su sonrisa.
Creí que lo nuestro podría funcionar, incluso llegué a convencerlo de que no me gustaban los besos.
Follábamos, pero sin ningún contacto de nuestras bocas, hasta que el muy idiota decidió saltarse las normas y una mañana me despertó con un beso.
Ese fue su final y el de nuestra incipiente relación.
Ni siquiera me quedé para verlo morir. No podía volver a pasar por eso de nuevo.
La imagen del rostro de Alyss aparece en mi mente y sacudo la cabeza con fuerza.
Ella murió por mi culpa. La hermana gemela de Neva, su hermana de verdad, está muerta porque yo la besé.
El sonido de alguien llamando a la puerta logra sacarme de mis pensamientos.
Lanzo la colilla de mi último cigarrillo al interior del horno y ni siquiera me molesto en quitarme el delantal ignífugo antes de salir de la sala de cremación.
Cuando estoy atravesando la sala de exposición de ataúdes vuelven a tocar. Chasqueo la lengua y acelero el paso. Llego enseguida y, al abrir, me quedo boquiabierta al ver a Thomas Hutcher al otro lado.
—Hola, estoy buscando… —Se calla de golpe al verme—. Eres tú —susurra.
Me pongo en alerta al instante. Echo un vistazo a un lado y a otro del aparcamiento para comprobar que nadie nos está vigilando.
¿Cómo me ha encontrado? ¿Sabe quién soy y que he intentado matarlo dos veces?
Jesse me advirtió sobre él. Si trabaja con Madre, puede ser tan peligroso como ella. Tras unos segundos en los que él no ha dejado de mirarme de pies a cabeza, me doy cuenta de que no ha venido acompañado y eso me tranquiliza.
Puede que mis besos no le afecten, pero soy capaz acabar con él a la vieja usanza si me lo propongo.
—¿Thomas? ¿Qué haces aquí?
—¿Yo? ¿Qué haces tú aquí? ¿Me estás siguiendo?
Frunzo el ceño. No puede ser una casualidad, ¿o sí?
Vuelvo a echar un vistazo al exterior, y antes de que pueda decir nada más, lo agarro por la corbata y tiro de él para hacerlo entrar. Enseguida cierro la puerta y me giro con los brazos cruzados sobre el pecho.
—No te estoy siguiendo, y por tu reacción al verme, intuyo que tú a mí tampoco, de modo que voy a preguntar otra vez: ¿qué haces aquí?
—Estoy buscando a Ronald Greenwich. Hablé con él por teléfono esta mañana. Me dijo que me pasara por aquí cuando quisiera.
Suspiro de alivio.
Ronald es mi jefe y el encargado de la funeraria. Al final va a ser cierto que todo esto no es más que una desafortunada coincidencia.
—No está. Hoy estamos cerrados al público. Supongo que olvidó comentarlo en la llamada. Es muy común en él pasar por alto esos detalles.
—Espera… ¿Trabajas aquí? —Asiento y él estrecha la mirada sobre mí—. No sé por qué no me sorprende. Te pega trabajar en una funeraria.
Esbozo una sonrisa chulesca y arqueo una ceja.
—Tú no me conoces, Thomas, no sabes qué es lo que me pega.
—Ahora sé que trabajas aquí —replica, abriendo los brazos para señalar el espacio que nos rodea.
«Sí, y eso es un jodido problema». «Ahora vas a tener que matarlo, Row, y esta vez de verdad».
Si lo hiciese ahora mismo, no tendría que cargar con su cadáver hasta aquí.
Tengo el horno a solo unos metros de distancia y nadie lo sabría.
Sin embargo, su coche está en el aparcamiento, lo he visto antes.
¿Cuántas cámaras de tráfico lo habrán grabado conduciendo en dirección a la funeraria?
Si desaparece sin más, la policía lo buscará.
Un hombre tan importante e influyente como Thomas Hutcher no se va de la ciudad sin dejar rastro.
No, debo planearlo mejor. Volveré a casa y hablaré con Jesse. Tal vez él tenga una idea de cómo hacerlo.
—Acepta este consejo por tu propio bien, sal de aquí y olvida que me has visto.
—¿Me estás amenazando?
Inspiro hondo y niego con la cabeza.
—Este encuentro fortuito no debería haber sucedido.
—Claro, porque solo podemos encontrarnos cuando tú así lo decides, ¿verdad? Primero en el baño del club, después en el ascensor de mi empresa… ¿Qué es lo que quieres de mí, Row? ¿Te llamas así de verdad o me mentiste?
—Esas son demasiadas preguntas y no tengo intención de contestar a ninguna de ellas. Vete, Thomas. Tengo trabajo que hacer.
La mirada dura que me lanza me hace intuir que mi respuesta no le ha gustado. Ya me quedó claro la noche que nos conocimos que Thomas no es un hombre que acepte una negativa con facilidad.
Se ajusta la corbata con parsimonia y su mandíbula se tensa.
—Tú trabajas aquí y yo soy un cliente, ¿no? He venido a conocer vuestros servicios.
—¿En serio? —Asiente y yo resoplo—. Vas a tener que volver mañana. Ronald estará encantado de atenderte.
—Quiero que me atiendas tú.
—Eso no va a ser posible. Lo de escoger ataúdes, hacer presupuestos y toda esa mierda no es mi trabajo.
—¿Y cuál es tu trabajo, entonces? —inquiere, volviendo a deslizar la mirada por mi cuerpo.
—Me encargo de la barbacoa —respondo mientras señalo con el pulgar por encima del hombro—. La carne asada es mi especialidad. ¿Quieres probarla?
—Quiero pensar que estás bromeando.
Esbozo una sonrisa y él suspira aliviado.
—Estoy loca, pero no soy una caníbal.
—Entonces, ¿qué eres? Aparte de mi acosadora personal y empleada en una funeraria, claro.
—Escorpio, amante del rock y demócrata. Ahora, lárgate de una vez o yo misma te sacaré —digo, perdiendo la paciencia.
El muy cabrón sonríe de manera sutil y niega con la cabeza.
—No voy a marcharme hasta que obtenga lo que he venido a buscar.
—¿Y eso es…?
—Respuestas, pero me conformaré con un plan funerario.